A modo de recensión de
la Carta al Director del perriódico Corriere della Sera firmado por el Senador
italiano y profesor de filosofía Marcello Pera, (no católico) publicado el 17
de marzo de 2010
La cuestión de los sacerdotes pedófilos u homosexuales desencadenada
últimamente en Alemania tiene como objetivo al Papa. Pero la intencionalidad va
mucho más allá. Ni se trata de una cuestión que como otras, se cerrase con el
tiempo. Está en curso una guerra. No precisamente contra la persona del Papa ya
que, en este terreno, es imposible. Benedicto XVI ha sido convertido en
invulnerable por su imagen, por su serenidad, su claridad, firmeza y doctrina.
Basta su sonrisa.
La guerra es entre el laicismo y el cristianismo. Se
pretende que con una mancha de fango en la sotana blanca, ensuciar la iglesia,
y de ello, se sigue ensuciar la religión cristiana.
El objetivo a alcanzar: «La difusión del abuso sexual de
niños de parte de sacerdotes socava la misma legitimidad de la Iglesia católica
como garante de la educación de los más pequeños». No importa que esta
sentencia carezca de pruebas, porque se esconde cuidadosamente «la cantidad de
la difusión»: ¿uno por ciento de sacerdotes pedófilos?, ¿diez por ciento?,
¿todos? No importa ni siquiera que la sentencia carezca de lógica: bastaría
sustituir «sacerdotes» con «maestros», o con «políticos», o con
"periodistas» para «socavar la legitimidad» de la escuela pública, del
parlamento o de la prensa. Lo que importa es la insinuación, los sacerdotes
son pedófilos, por tanto la Iglesia no tiene ninguna autoridad moral, por ende
la educación católica es peligrosa, luego el cristianismo es un engaño y un
peligro.
Encontramos un proceder similar en el nazismo y el comunismo. Cambian los medios, pero el fin es
el mismo: hoy como ayer, lo que es necesario es la destrucción de la
religión. Entonces Europa, pagó el precio de una guerra mundial, pagó con la
propia libertad. Es increíble que, sobre todo Alemania, mientras se golpea
continuamente el pecho por ello, vuelva a las andadas. Las naciones, el mundo hipócritamente
ignoraba la masacre hacia el pueblo judío. Hoy ,
volvemos todos a cerrar los ojos.
Entonces la destrucción de la religión comportó, la
destrucción de la razón. Hoy no comportará el triunfo de la razón laicista,
sino mucho más. En el plano ético, es la barbarie de quien asesina a un feto
porque su vida dañaría la "salud psíquica» de la madre. De quien dice que
un embrión es un «grumo de células» bueno para experimentos. De quien asesina a
un anciano porque no tiene más una familia que lo cuide. De quien piensa que
«progenitor A» y «progenitor B» es lo mismo que «padre» y «madre».
Pero los existe un drama mayor, no tanto fuera, sino dentro
de la Iglesia. Teólogos
frustrados por la supremacía intelectual de Benedicto XVI. Aquellos en crisis
de fe que han perdido el encanto del primer amor con Cristo y el celibato se hace insoportable. Aquellos que no tienen el coraje de denunciar (casi
siempre porque viven de las migajas de económicas de un Ministerio de
Educación) las agresiones que los cristianos sufren y las humillaciones expresar
públicamente la fe.
La guerra de los laicistas continuará, entre otros motivos
porque un Papa como Benedicto XVI, que sonríe, pero no retrocede un milímetro.
Quien se limita solamente a solidarizarse con él es uno que ha entrado en el
huerto de los olivos de noche y a escondidas.
Miguel
Ángel Schiller Villalta.