La enfermedad, puede conducirnos a la madurez cristiana.

 

La madurez cristiana no es algo acabado. Dios siempre ha de sorprendernos, y mediante la enfermedad, a la luz de Cristo, puede ayudarnos a esta conquista diaria.

Lo primero y principal es ver a los que sufren y a los enfermos, con los ojos de Jesús. “Cuanto hicisteis a uno de estos pequeños hermanos míos, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40)

En una primera aproximación al tema en concreto, descubrimos  en el enfermo una serie de necesidades físicas, psicológicas, sociales y económicas, morales y espirituales.

 

‑Necesidades físicas:

El control de Dolor y los esfuerzos por su paliación.

Ante la incomodidad propia del dolor, ofrecerle en todo momento, el máximo confort. La Limpieza e higiene esmeradas, (descubrimos enseguida como se entrelazan aquí con el necesario pudor, intimidad, etc.…  ) la alimentación apropiada y el arreglo y estética personal.

 

‑Necesidades psicológicas:

Seguridad, confianza en las personas que lo cuidan. Información regular. De alguien que le escuche y entienda, no solo oírle, necesidad de amar, ser amado y aceptado, y valorado.

 

‑Necesidades sociales y económicas:

Que no se sienta solo, que se le ayude a solucionar en los casos de enfermos terminales, los problemas económicos y jurídicos que pueda tener. Que pueda relacionarse con los suyos y seguir la marcha de su familia y entorno social.

 

‑Necesidades espirituales:

Ayudarle a responder a las preguntas vitales básicas, la posibilidad de seguir cultivándose, la confrontación con la presencia de Cristo muerto y resucitado, lo cual implica un conocimiento de su grado de fe, el ofrecimiento de una fe basada en la confianza y la esperanza, y no en el miedo. Dejar que exprese su sentimiento sobre el dolor y la muerte. Que el mensaje cristiano de respuestas a su situación y ofrecerle la ayuda misma de Jesucristo presente y operante en los Sacramentos.

 

El hombre, por el simple hecho de existir, posee una dignidad por sí mismo y no sólo como medio. El respeto por la dignidad humana, base de la convivencia, no es algo que ha sido conferido a la persona desde fuera o que le ha sido otorgado por la sociedad. Es un valor que le pertenece por estar dotado de inteligencia y libertad y, por consiguiente, merece el respeto de todos.

 

Esta dignidad humana no disminuye ni se pierde por el hecho de enfermar. La supremacía reconocida del enfermo exige que se preste atención a todos sus problemas humanos y no se desplacen  como algo que carecieran de importancia. La atención a las necesidades físicas, psíquicas, sociales y morales de la persona enferma en situación , reclama de los profesionales de la salud, así como de los agentes de pastoral sanitaria, una atención en la que la calidad asistencial sea el resultado de la competencia técnica y la sensibilidad humana y espiritual. Para ello, es necesario y conveniente que el equipo asistencial del paciente tenga un carácter interdisciplinario. Es de todos conocido y sobre todo, experimentado, que en aquellos centros en donde trabaja personal “consagrado a Dios”, no sólo se trata la enfermedad o el dolor, sino al “enfermo”.  

 

El ser humano esta condicionado sin embargo, por una serie de circunstancias: cuna, edad, nivel socio-cultural, creencias... Es en el plano de los sentimientos  y en “el corazón” donde el hombre hace frente a la enfermedad y al problema de la muerte. En estos momentos, se muestran de distinta manera los rasgos de la personalidad, que pueden aparecer enmascarados en múltiples y diversas actitudes.

 

 

Todo ser humano reacciona con cierto temor ante la incapacidad, la disminución de potencialidades, la dependencia a veces humillante; la soledad, la incertidumbre del cuándo y como de la muerte. Por tanto, el Pastor ha de estar atento a los signos velados o manifiestos con los que el paciente manifiesta sus temores para proporcionarle el consuelo o la compañía,  con la palabra animosa, o con el silencio respetuoso.

 

Así pues, la moral de un enfermo no ha de ser considerado como un edificio monolítico de normas y leyes que afectan y atan en la mayoría de los casos la conciencia, y si esto no es así en ningún caso, menos ha de serlo en estos momentos. Su “ Moral “ ha de ser el resultado de un encuentro amoroso en los últimos momentos de la existencia, o el resultado de un encuentro amoroso a lo largo de la vida activa o existencial de dicha persona. Por tanto, son dos las tareas que nos han de ocupar antes de nada: primero, descubrir con paciencia y respeto  cual es su historia personal, que experiencia ha tenido de Dios y por consiguiente, cual es la moral que ha privado en su vida. En un segundo momento, respetando siempre sus creencias, depurar si es necesario la concepción de una moral que le oprima, que se manifiesta en la mayoría de los casos por un sentido "mercantilista" de los Sacramentos....como para "comprar un pedazo de cielo".

 

El enfermo tiene derecho ha mantener su jerarquía de valores, como a no ser discriminado por el hecho de que sus decisiones puedan ser distintas a las de quienes le atienden. Íntimamente ligado al concepto de dignidad esta la conciencia del yo y de los valores que han dado sentido a la propia existencia. La persona como agente moral tiene una conciencia que es el punto de referencia último en las decisiones sobre valores morales. Nadie puede sustituir esta decisión de conciencia en la persona adulta y consciente y nadie tiene el derecho de coacción, manifiesta o encubierta.

 

Desde la libertad religiosa y de conciencia y con la voluntad de ofrecer a cada persona enferma una atención integral, hay que atender las necesidades espirituales. La percepción y el hacerse cargo de estas necesidades facilita la comprensión de la persona y le ayuda a que pueda encontrar la serenidad y la paz que le ofrecen las creencias o las convicciones que dan sentido a su vida. Esta atención que siempre es importante, puede ayudar, especialmente a los enfermos terminales, para realizar en el santuario de su intimidad, balance de su vida y a reencontrar a menudo, aquella paz interior que le permita asumir lo que esta viviendo.

 

La delicadeza y el respeto a unas creencias o a unas convicciones filosóficas favorecen la relación de los diferentes profesionales con el enfermo y facilitan la confianza. Sobre todo, en la etapa final de su vida, cuando necesita el enfermo aquella comprensión que libera y permite mirar la vida con confianza y con esperanza. Como dijimos antes, el enfermo necesita curar las heridas que arrastra de su historia personal, encontrar sentido en esta situación de sufrimiento, reconciliarse, sentirse aceptado y aceptarse, asumir las perdidas que ha ido viviendo a lo largo de su vida.

 

La moral cristiana para el enfermo

 

El cristianismo, a diferencia de otras religiones no es un compendio de normas morales, no podemos caer en un moralismo. El cristianismo es principalmente una Revelación , un encuentro de Dios con el hombre. Si redujéramos el cristianismo a un moralismo, nos quedaríamos en una conducta de signos externos ( moral farisaica) y podríamos por consiguiente afirmar que "Soy cristiano, porque cumplo los mandamientos", el resultado de dicha afirmación es su negación en los tiempos actuales..."Soy cristiano pero no cumplo los mandamientos".

 

No es menos cierto que el cristianismo conlleva una moral, pero en un segundo momento, pues primero se revela Dios a Moisés, constituye su Pueblo, y en último lugar, le da una ley. Primero es la llamada, después la respuesta.

 

Por tanto se trata de una moral también revelada y no simplemente una ética natural. Lo que es bueno, o malo, lo determina Dios y no el hombre. (Nos lo recuerda constantemente el mismo Corazón).

 

 

El Cristianismo es una llamada, una vocación, "Ven y sígueme", y como consecuencia de esa llamada hay una respuesta. ¿A que nos llama? a un seguimiento. Ser cristiano es seguir a Jesús. ¿Para que? para un discipulado, para imitar su vida. Tener su misma vida. No nos de vergüenza de proclamarlo bien alto. Al enfermo se le presenta así la oportunidad de imitar al Jesús en el acto Redentor culmen. Pero demos un paso más, ya no se trata sólo de imitarlo, sino de identificarse con Jesús.  El “Siervo Doliente”, hasta poder afirmar aquello de S. Pablo: " Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí. Y mientras vivo en esta carne, vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí. Yo no anulo la gracia de Dios. Pero si la justificación fuera efecto de la ley, la muerte de Cristo sería inútil”. (Gálatas 2, 16. 19-21).

 

El culmen de esta moral, es por consiguiente alcanzar una “mística”, lo cual se lograr en la otra vida de una manera plena.. "Seremos semejantes a El". Pero ya aquí…podemos  completar en nuestra carne, lo que falta a la redención de Cristo, (“Así completamos en nuestra carne lo que falta a los sufrimientos de Jesús en favor de su Cuerpo que es la Iglesia” (Col 1, 24). Lo cual, nos conduce a aquella primera afirmación que encontramos en el Génesis y que refuerza nuestro itinerario..."Imagen y semejanza de Dios". El hombre por tanto, alcanza la libertad...incluso de sus sufrimientos, cuando se adecua más y más a la verdad misma de su ser.

 

El dolor como instrumento de redención y expresión de amor

 

¿Cómo se puede hacer dicha afirmación, cuando el sufrimiento en nuestra sociedad se ha convertido en un obstáculo a la felicidad y a veces, un motivo para alejarse de Dios? ciertamente, existen tribulaciones que desde el punto de vista humano, parecen sin sentido. Dios llama a todos a la vida, y aunque a través del dolor y de la muerte, a su Reino de Amor y de Paz. Para alcanzar la luz sobre el dolor, debemos, en primer lugar escuchar la Palabra de Dios contenida en la Sagrada Escritura, "un gran libro sobre el sufrimiento".

 

La respuesta plena y definitiva es Cristo, en el que encuentra el misterio del hombre su verdadera luz. Se ha de distinguir entre dolor y mal. Cuando el dolor es iluminado por la fe, se comprende que todo sufrimiento, puede ser  por gracia, una prolongación del misterio de Redención de Cristo por la humanidad. Cuando el enfermo logra descubrir el tesoro que lleva entre manos, el sufrimiento se transforma en un tesoro inapreciable del cual, especialmente aquellos que los cuidan y los tratan, son los primeros en beneficiarse. Es quizá por ello se suele decir que “mas que dar, (tiempo, cariño, dedicación, etc..)  recibimos de ellos”. Ellos forman parte privilegiada del gran tesoro de nuestra Iglesia. “Llevamos en nuestro cuerpo los sufrimientos de la muerte de Jesús, para que la vida de Jesús se manifiesta también en nuestros cuerpos” (2C 4,10)

 

 

                                               Miguel Ángel Schiller Villalta. Sacerdote

                                               Párroco de la Iglesia de San José de Alfás del Pi (Alicante)