La obediencia del “Hijo
mayor”, a la luz de Benedicto XVI en “Jesús de Nazaret”
“Si me amáis,
guardaréis mis mandamientos”. (Jn 14, 15). O dicho de otro modo,: “El que acepta mis
mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo
también lo amaré y me revelaré a él”. No es algo que resulte novedoso. En todo el Evangelio
hay muchas indicaciones que apuntan en la misma dirección… “no todo el que dice ¡¡Señor, Señor!! entrará en el Reino de los Cielos, sino el que
cumple la voluntad de mi Padre”, (Mateo 7, 21-27) . “En esto recibe
gloria mi Padre, en que cumpláis su voluntad”. Etc…
Esto de “cumplir los mandamientos” es una condición
para el amor. Pero en sus dos direcciones: de Dios hacia nosotros, si los
cumplimos; y si los cumplimos, estaremos
amando a Dios. Pero esto no es algo tan sencillo como nos parece. Porque este
“cumplimiento de las normas” ha de tener unas características. Es como un árbol
que tiene las raíces muy profundas,… y que quedan en la intimidad de la relación
con Dios. Sólo entonces se puede conjugar esta afirmación con aquella otra de
San Agustín: “ Ama y haz lo que quieras” porque el amor, que nace del corazón,
es más exigente que el mero cumplimiento de unas normas. Aquí entonces no hay
lugar para la expresión tan conocida en el mundo jurídico, “hecha la ley, hecha
la trampa”, o como ya nos dijo el mismo Cristo: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!
porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de
la ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer, sin
dejar de hacer aquello”. (Mateo 23:23)
No se trata entonces de un cumplimiento formal o “ritualista”
o meramente externo… Sería como,
retomando el ejemplo del árbol “confundir las raíces del árbol con sus
ramas”. Karl Rahner, gran Teólogo Alemán, en uno de sus “Escritos de Teología” y
más concretamente, cuando trata sobre la Evolución del Dogma, trae un ejemplo
muy esclarecedor que podemos aplicar paralelamente a este tema de la
obediencia. Dice: “ Veamos, pues, que
saber originario, no expresado, sin proposiciones e irreflejo, como posesión de
una realidad, y saber reflejo – expresado en proposiciones – y articulado sobre
este saber originario, no son expresiones contrapuestas, sino elementos de una
sola experiencia que mutuamente se condicionan, y que tal experiencia posee
necesariamente una historia. Raíz y hojas no son lo mismo, pero ambas viven la
una de la otra. El conocimiento reflejo hunde siempre sus raíces en un saber
anterior, en una posesión del objeto mismo. Lo que sucede es que este saber
originario se posee de manera distinta que antes; incluso en su propia
realización vive del conocimiento reflejo con el que se ha enriquecido. El
saber reflejo se secaría necesariamente en sí mismo sino viviese del saber
radical; más sencillo, si lo agotase totalmente. Y el sencillo saber radical se
cegaría si se negase, porque es más rico y lleno, a pasar al saber reflejo de los “pensamientos” y de
las “proposiciones” sobre él.” (Karl Rahner, “Escritos de Teología” Ediciones Cristiandad, pags77-77 )
Unas
páginas de de Benedicto XVI de su libro, “Jesús
de Nazaret” pueden ayudarnos a una
comprensión de este “cumplimiento”,
que se aprende y a su vez, se desprende de una relación amorosa con
Dios. Es decir, el amor nos ayuda a entender este “cumplir sus normas” y a su
vez, el cumplimiento de estas normas (no
meramente formal) sólo puede nacer del amor. De una relación amorosa con el Padre.
Benedicto
XVI está hablando de la parábola del “Padre Misericordioso”, del Hijo pródigo,
de los dos hermanos, y mas
concretamente, de la obediencia del hermano mayor. Dice: “Las palabras de Jesús sobre el
hermano mayor no alude sólo a Israel… sino al peligro específico de los piadosos, de los que estaban limpios, “(“sin
desobedecer nunca una orden tuya”)…. “Para ellos, Dios es sobre todo Ley, se
ven en relación jurídica con Dios y,
bajo este aspecto, a la par con Él.
Pero Dios es algo más: han de convertirse
del Dios – Ley al Dios más grande, al Dios del amor. Entonces no
abandonarán su obediencia, pero ésta brotará de fuentes más profundas, y será, por ello, mayor, mas sincera y pura, pero sobre todo también más humilde”.
“…En la amargura frente a
la bondad de Dios se aprecia una amargura interior” , (nos podríamos preguntar ¿no desobedece porque no puede o por que no
quiere…?) “… por la obediencia prestada
que muestra los límites de esa sumisión: en su interior también le
habría gustado escapar hacia la gran libertad. Se aprecia una envidia solapada
de lo que el otro se ha podido permitir. ….ven su libertad como una servidumbre y no están maduros para
ser verdaderamente hijos. También ellos necesitan todavía un camino, pueden
encontrarlo sencillamente si le dan la razón a Dios, si aceptan la
fiesta de Dios, como si fuera también la suya “(“Lo mío es tuyo, alégrate…”) …”. “Jesús de Nazaret” Ed. La esfera de los
Libros. Págs. 243 y ss.)
Hay
dos últimos detalles que no debemos pasar por alto: Cuando Benedicto XVI afirma
que la relación con Dios es más sincera y pura, pero sobre todo, es “más humilde” y cuando nos dice que “También ellos necesitan todavía un camino,
pueden encontrarlo sencillamente si le dan la razón a Dios,”. Más
humilde, porque casi todos los problemas que quitan el sueño a nuestra
sociedad, al hombre de hoy están motivados en gran parte por nuestra soberbia
ante la vida misma y en las relaciones
entre nosotros, a la vez que la intransigencia legalista hacia los demás alejándonos
los unos de otros, pese a “ser hermanos”. Resuenan como un eco, aquellas
palabras de Adán: “ESA” me dio de comer”. El mismo que unas páginas antes
afirmaba con orgulloso “ésta es carne de mi carne y hueso de mis huesos”. Esta
falta de humildad, está ocultando una “obediencia” que no nace de raíces
alimentadas del amor de Dios, es decir, no hemos probado nosotros mismos las
exigencias que nacen del amor. Por último, podemos estar en la casa del Padre,
pero no hemos recorrido el camino de la humildad… que nos introduce realmente
en la “casa del Padre” y el dar la razón a Dios, no será otra cosa que dejar a
Dios ser Dios y nosotros, ser sus
criaturas. (Creador-Creatura). Sólo entonces, se descubre una novedosa y
graciosa relación: la Filial, que nos hace exclamar “Abba”, y “Hermano”. Dos
términos que es difícil que sobrevivan, el uno sin el otro, sino es bajo el mismo techo.
Miguel Ángel Schiller Villalta, Párroco de San José de
L´Alfás del Pi (Alicante)