Apertura curso Instituto Superior de Ciencias Religiosas
de la Diócesis de Orihuela-Alicante
15 octubre 2002
El día 11 de octubre de 1962 se inauguraba solemnemente el Concilio Vaticano II. Han pasado cuarenta años. Ha llegado, pues, a madurez la generación del Concilio.
Hemos de subrayar, ante todo, la extraordinaria influencia de este acontecimiento, el más importante del siglo XX, en la vida de la Iglesia.
En un plano totalmente inferior, me place agradecer a Dios el favor impagable que para mi vida cristiana y sacerdotal supuso la decisión de nuestro Obispo Don Pablo Barrachina de encomendarme la presencia en Roma, junto a él, durante los períodos de Sesión Conciliar. El aleteo del Espíritu no se reduce a los Documentos aprobados.
1. Recepción del
Concilio.
En la Carta Apostólica Novo Milenio Ineunte, de repente, inesperadamente y sólo al final de las ochenta páginas, el Papa escribía: “En preparación al gran Jubileo, he pedido a la Iglesia que se pregunte sobre la recepción del Concilio. ¿Se ha hecho?”
Pues sí, se ha hecho. ¿Y qué ha sido del Concilio Vaticano II, de aquel gran acontecimiento que ha marcado la vida de la Iglesia Católica en el siglo XX, atravesándola como un potente soplo del Espíritu? Hace exactamente cuatro días se han cumplido cuarenta años de la solemne apertura, y parece, sin embargo, que ha pasado ya un siglo. También porque han desaparecido muchos de los protagonistas, testigos, cuantos representaban la memoria viva, auténtica. Los creyentes, en la inmensa mayoría, han olvidado, o cuando menos tienen dificultad para recordarlo, bajo el peso de los acontecimientos que después se han sucedido, o por los ritmos de una historia que tiende hoy a cancelar rápidamente el pasado.
Y, mientras tanto, han crecido, al menos, dos nuevas generaciones que saben poco o nada del Concilio. No han vivido el trauma de ciertos cambios, como sucedió a sus mayores, por ejemplo, cuando se pasó de la Misa en latín a la Misa en las lenguas vernáculas. Y los jóvenes tampoco han vivido la experiencia apasionante de aquel nuevo inicio que el Vaticano II, gracias a la intuición profética del Papa Roncalli, significó para el Catolicismo y para la acción evangelizadora. En las aulas del Teologado y de este Instituto es fácil constatar que ninguno de los alumnos había nacido cuando se celebraba el Concilio Vaticano II. Se citan sus documentos como se citan los del Concilio de Trento o de Nicea.
Bueno será dedicar este discurso inaugural del curso académico a la memoria del Concilio Vaticano II.
2. Un poco de historia
A las tres cincuenta de la madrugada, hora de Roma, del día 9 de octubre de 1958, con la muerte de Pío XII, moría un mundo, se cerraba una época en el curso de la historia de la Iglesia. A las cinco de la tarde del día 28 de ese mismo mes de octubre, y a muy pocos metros de la habitación en donde agonizara Pío XII, nacía un mundo nuevo, giraba uno de los quicios de la historia de las almas, silenciosamente, como si aquel minuto fuera uno más en la cuenta de los relojes del universo. Los miles de romanos que se agolpaban en la plaza de San Pedro se llenaron de gozo cuando vieron el humo blanco que salía desde la Capilla Sixtina, vitorearon al nuevo Pontífice, agitaron sus pañuelos, comentaban: “tiene cara de bueno”. Los periodistas de todos los continentes corrieron hacia los teletipos para comunicar a sus millones de lectores que, “como estaba previsto”, había sido elegido “un Papa de transición”: era el Cardenal José Ángel Roncalli, Patriarca de Venecia, que tomaba el nombre de Juan XXIII. Luego se hizo el silencio. Y los romanos durmieron sin sospechar siquiera lo que acababa de ocurrir ante sus ojos.
Con Pío XII moría, efectivamente, un mundo, una época nacida cuando León XIII dio el primer golpe de remo hacia la reconciliación de la Iglesia con el mundo moderno nacido de la Revolución Francesa. Una época de preparativos para el gran diálogo, tiempo de asentamiento y robustecimiento en el trampolín antes de intentar el salto.
No era asunto fácil encontrar un sucesor a Pío XII. El Papa Pacelli había llegado hasta los últimos límites de su propio camino. ¿Dónde estaba el hombre capaz de abrir una ruta radicalmente nueva? En la línea doctrinal, en los enfoques ascéticos, desde los planteamientos jurídicos del Papa difunto, parecía imposible aportar nada nuevo. Proseguir su camino hubiera sido simplemente una repetición. Y nunca segundas partes fueron buenas.
¿Quién era el Cardenal Roncalli?
Los periodistas del mundo se lanzaron a estudiar su biografía, pero no conseguían mucho fruto. Estudiada “la carrera” de José Ángel Roncalli, todo era impresionantemente gris: seminarista de medianas notas, buen curita secretario de su Obispo, burócrata oscuro en la Congregación de Misiones, Delegado Apostólico que “fracasa” en los problemas más graves de Bulgaria, traslado posterior a Turquía, que era en realidad un descenso, inesperado ascenso a la Nunciatura de París, un buen ejercicio diplomático en Francia donde lograría los primeros éxitos diplomáticos de su vida; un traslado a Venecia, que él y todos consideraron un puesto sereno para concluir una vida episcopal. No había en su biografía ninguno de los grandes resplandores que habían rodeado a la figura de tantos Cardenales. Ninguna Pastoral que impresionara al mundo, ninguna intervención política o diplomática que hiciera hablar a los periódicos de todo el planeta.
La prensa del mundo no ocultó en aquel momento una especie de divertida decepción. En cientos de periódicos se escribió sin rodeos que sería un Papa de transición. El propio Papa que comenzó de inmediato a recorrer las calles de Roma, bromeaba diciendo que él era un Papa “di passsaggio”. No sabemos si quería decir “de paso” o “de paseo”.
Cuatro años más tarde, Juan XXIII escribió en su Diario con cierta ironía:
Cuando el 28 de octubre de 1958 los cardenales de la santa Iglesia romana me designaron para la suprema responsabilidad del gobierno de la grey universal de Cristo Jesús, a mis setenta y siete años de edad, fue general la convicción de que sería un Papa provisional, de transición. Pero aquí estoy, en vísperas del IV año de Pontificado, con un vasto programa ante mí, que es preciso realizar ante el mundo entero, que mira y espera.
Pronto comenzaron las sorpresas. Cuanto el Cardenal Roncalli fue elegido Papa, un segundo hombre nació en él, comenzaba a manifestarse en él una nueva personalidad hasta entonces desconocida e insospechada, él mismo no había detectado sus propias cualidades. El día 25 de enero de 1959, aún no cumplidos los cien días de Papado, sonó el gran pistoletazo que marcaba el comienzo de la gran carrera hacia lo desconocido.
Efectivamente, el día 25 de enero de 1959, festividad de la conversión de San Pablo, después de la solemne Liturgia celebrada en la Basílica de San Pablo “extra muros”, el Papa Juan XXIII dirigió a los presentes las siguientes palabras:
Venerables hermanos y queridos hijos: Pronunciamos delante de vosotros, a la verdad temblando un poco de conmoción, pero a la par con humilde resolución de propósitos, el nombre y la propuesta de una doble celebración: de un Sínodo diocesano para la Urbe romana y de un Concilio Ecuménico para la Iglesia Universal.
3. ¿Cómo brotó la idea de un Concilio?
El Papa Juan, en las páginas de su Diario, y en varias de sus alocuciones, nos lo fue contando:
La idea de un Concilio no maduró como fruto de prolongada consideración, sino como flor espontánea de inesperada primavera. El Santo Padre había acogido la feliz idea de acabar el anual Octavario de oración por la Unidad de los Cristianos en la basílica de San Pablo. En aquellos días pensó con insistencia que el objeto de tales preces es justamente el “que sean uno” de Nuestro Señor Jesucristo.
Pedro está siempre pronto a ser fiel a su misión, en vista de las nuevas posibilidades que incluso los recursos de orden material del progreso humano procuran para ventajas de orden espiritual. Frecuentes son en nuestros días las reuniones de políticos, diplomáticos, científicos, industriales... ¿Por qué no podrían reunirse los que coinciden en la exaltación del hecho más memorable de la historia humana: la victoria de la civilización a la luz de Cristo?
En una conversación con el Secretario de Estado, Cardenal Tardini, hablaban de cómo el mundo estaba inmerso en graves angustias y agitaciones. Pusimos de relieve –dice en su Diario- entre otras cosas cómo se proclama querer la paz y la concordia; pero, desgraciadamente, acaso se acaba por agudizar las desavenencias y acrecentar las amenazas. ¿Qué hará la Iglesia? ¿Debe seguir la mística navecilla de Cristo a merced de las olas y ser llevada a la deriva? Tenemos una visión muy reducida de la realidad. Podríamos consultar a todos los Obispos de la Iglesia, que nos dieran su visión de la propia realidad que viven.
De pronto nos iluminó el alma una gran idea,
advertida en aquel mismo instante y acogida con indecible confianza en el
Divino Maestro, y nos subió a los labios una palabra solemne y de alto empeño.
Nuestra voz la expresó por primera vez: ¡Un Concilio!
En efecto, una reunión de los Obispos de la Iglesia universal es un Concilio.
El día del anuncio experimentó las primeras dudas. La primera reacción de los Cardenales presentes en la Basílica de San Pablo no fue de gozos y de aplausos. Más bien recibieron la noticia en una actitud de silencio, de reticencias, tal vez de malestar y disgusto. Escribe el Papa en su diario:
Humanamente se podía pensar que los Cardenales, oída la alocución, se apretarían en derredor nuestro para expresarnos su aprobación y augurios. Se produjo, en cambio, un impresionante devoto silencio. La explicación sólo se dio en los días siguientes, cuando los purpurados, en la audiencia, hubieron de decirnos en síntesis: “Fue tan intensa nuestra emoción y tan profundo el gozo por un don tan precioso como inesperado que el Señor hacía a la Iglesia por obra del nuevo Papa, que no hallamos palabras adecuadas para manifestar el júbilo y la obediencia sin límites. Estamos prontos para el trabajo.”
4. Pío XII, precursor del
Concilio Vaticano II
Es fácil hablar del Concilio Vaticano II como el comienzo de una nueva etapa en la historia de la Iglesia. Y lo es en verdad. Pero el Concilio no partía totalmente de “Cero”. El magisterio de Pío XII había ido roturando caminos, iluminando ideas, que darían paso a los grandes documentos conciliares. Las cuatro Constituciones del Concilio Vaticano II encuentran sólido apoyo en el vasto y valioso magisterio de Pío XII.
1. La Constitución LUMEN GENTIUM tiene sus orígenes en la encíclica de Pío XII “Mystici Corporis Christi”, de 29 de junio de 1943. Frente a la doctrina eminentemente jerárquica del Concilio Vaticano I, Pío XII habla de la Iglesia como Cuerpo de Cristo, con diversidad de miembros que son todos los bautizados, santos y pecadores, con Cristo como cabeza y salvador, una Iglesia jurídica y al mismo tiempo de caridad, animada por la presencia del Espíritu Santo. Esta Encíclica supuso una grave sacudida en los estudios eclesiológicos de los grandes teólogos. Los manuales o libros de texto que se estudiaban en los Seminarios, escritos por los grandes teólogos de Salamanca y de Roma, presentaban a la Iglesia en su estructura humana y jerárquica, con sus connotaciones de “una, santa, católica y apostólica”. Al final, como un apéndice, se hablaba de “la Iglesia, cuerpo místico de Cristo”.
2. La segunda gran Constitución DEI VERBUM encuentra precedentes en la encíclica de Pío XII “Divino afflante Spiritu”, escrita también en 1943, el 30 de septiembre, festividad de San Jerónimo. Estimula los estudios bíblicos y ofrece criterios, que son un salto de gigante en relación con los estudios anteriores. El reconocimiento de los “géneros literarios”, como base de interpretación de la verdad de la Biblia, abría caminos hasta entonces desconocidos.
3. La Constitución sobre la SAGRADA LITURGIA la primera que fue aprobada en el Concilio Vaticano II, se mira al espejo en la Encíclica “Mediator Dei”, del 20 de noviembre de 1947, que presentaba una Liturgia muy distinta del mero rubricismo. La Eucaristía como sacrificio, la participación de los fieles, los signos y los símbolos, el Oficio Divino y los misterios del año, las normas adecuadas para vivir el espíritu litúrgico, todo ello queda asumido en la Constitución Conciliar.
4. La Constitución GAUDIUM ET SPES, sobre el diálogo de la Iglesia con la sociedad de nuestros días, bebe abundantemente en los “Radiomensaje de Navidad”, que cada año nos regalaba Pío XII.
Cuando fue elegido Papa Pío XII, Monseñor Roncalli, desde la lejana Turquía hacía una descripción del nuevo Papa que, sin pretenderlo, podría ser su propia descripción:
Su Santidad Pío XII sube a la Cátedra de San Pedro piísimo, dulce y lleno de sabiduría. Su ministerio es un ministerio de reconciliación y de paz. Para todas las naciones cristianas donde los fieles se cuentan por millones, para todas sin distinción alguna de disposiciones civiles o de tendencias políticas, el Papa es igualmente padre y pastor. Y aun más allá de la grey cristiana que más directamente le pertenece, el Santo Padre no ve más que hijos de Dios, dignos de todo respeto, de comprensión y de amor.
5. La preparación del
Concilio
El largo iter a recorrer comenzaba de inmediato.
1. LA CONSULTA UNIVERSAL a los Obispos, a los Superiores Religiosos y a las Universidades Católicas que precedió al Vaticano II fue ya una característica de este Concilio. Ningún programa fue fijado para realizar esta consulta. La encuesta, que comenzó en junio de 1959, estaba terminada a principios de 1960, recogiendo más de dos mil respuestas, enorme material que había que estudiar y sintetizar.
2. Tabuladas y evaluadas las respuestas de la encuesta, el Papa nombró, en junio de 1960, varias COMISIONES Y SECRETARIADOS, establecidos con criterio estrictamente internacional, sin limitarse a las Congregaciones Romanas. El trabajo de las Comisiones se llevó en secreto, aunque varias veces habló Juan XXIII del Concilio que se estaba preparando.
3. En octubre de 1960 comenzaba propiamente la etapa preparatoria. La Comisión Central asumió las principales tareas, reuniéndose repetidas veces en sesión solemne.
4. En Navidad de 1960, el Papa publicaba la Bula “Humanae salutis”, en la que convocaba oficialmente el Concilio. Señalaba tres objetivos principales:
Ø Que la Iglesia sea más apta para contribuir a la solución de los problemas que se presentan a la humanidad.
Ø Que la Iglesia se actualice (“aggiornamento”) para hacer más eficaz su vitalidad. Se trataba de promover la santificación de los cristianos, de extender la verdad revelada y de consolidar las estructuras de la Iglesia.
Ø El tercer fin del Concilio consistía en trabajar en la preparación de los caminos de la unidad de los cristianos.
En cuanto a la fecha, la Bula se limitaba a indicar el año 1962, sin precisar más.
5. En los tres meses anteriores a la apertura del Concilio, Juan XXIII habló varias veces de él, de modo impreciso y bastante desconcertante. Frente a unos documentos preparados de modo muy intelectual, el Papa seguía hablando de un estilo “pastoral”. Se puede decir que Juan XXIII no sabía casi lo que sería el Concilio que lanzaba contra toda prudencia humana y del que, al mismo tiempo, por una especie de oscura visión profética, trazaba sus líneas maestras.
6. ¿Qué pretendía el
Concilio?
El talante del Concilio había de ser eminentemente pastoral.
En el discurso de apertura del Concilio manifestaba pública y solemnemente cuál debía de ser el talante del Concilio:
Al iniciarse el Concilio Ecuménico Vaticano II es evidente como nunca que la verdad del Señor permanece para siempre. Vemos, en efecto, al pasar de un tiempo a otro, que las opiniones de los hombres se suceden excluyéndose mutuamente y que los errores, apenas nacidos, se desvanecen como la niebla ante el sol. Siempre se opuso la Iglesia a estos errores. Frecuentemente los condenó con la mayor severidad. En nuestro tiempo, sin embargo, la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia más que la severidad. Piensa que hay que remediar a los necesitados mostrándoles la validez de la doctrina sagrada, más que condenándolos.
El Concilio tenía que evitar los exclusivismos, los anatemas, los contradictorios, para tratar a los contrarios como complementarios y no excluyentes.
De manera gráfica, y con su característico gracejo, lo expresó Juan XXIII con dos frases que hicieron fortuna:
1. El Concilio quiere situar a la Iglesia sobre un pedestal. No para ofrecerle el incienso de sus alabanzas, sino para contemplarla cara a cara y preguntarle abiertamente: “Iglesia, ¿quién eres? ¿Qué piensas y qué dices de ti misma?”
2. El Concilio pretende abrir de par en par las ventanas de la Iglesia para que pueda entrar en ella aire fresco.
Reflexión de la Iglesia sobre sí misma, y apertura al mundo circundante para una mutua inter-relación, serían los dos grandes objetivos del Concilio. La Iglesia, en definitiva, era el tema central.
Ya el Concilio Vaticano I se había propuesto el tema fundamental de la Iglesia. En la sesión IV, el 18 de julio de 1870, se aprobaba la Constitución Dogmática I sobre la Iglesia de Cristo:
En ella se exponía la constitución de la Iglesia por voluntad de Cristo. Se hablaba en el Capítulo I de la institución del Primado Apostólico en el bienaventurado Pedro. En el capítulo II se exponía la perpetuidad del bienaventurado Pedro en los Romanos Pontífices. En el capítulo III se hablaba de la naturaleza y razón del primado del Romano Pontífice, que se completaba en el capítulo IV hablando de su magisterio infalible.
Aprobada esta primera parte de la Constitución, el Concilio quedó interrumpido. Con ello quedaba totalmente truncada la idea de Iglesia, viviendo un largo período –para algunos todavía vigente- en el que hablar de Iglesia es sinónimo a hablar del Papado y de la Jerarquía.
Así las cosas, el Vaticano II trata de cambiar el enfoque, para no volver a caer en la misma fosa:
1. La exposición del misterio de la Iglesia comienza remontándose al misterio mismo de Dios. Quiso el Padre convocar a todos los hombres en la santa Iglesia, prefigurada ya en la antigua Alianza. El Hijo, enviado por el Padre, nos eligió y nos predestinó a ser hijos adoptivos. El Espíritu Santo fue enviado para santificar indefinidamente a la Iglesia. La Iglesia es al mismo tiempo visible y espiritual, presente y escatológica, “peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios, anuncia la cruz del Señor hasta que venga.”
2. Esta Iglesia querida por Dios está integrada por judíos y gentiles, que constituyen el nuevo Pueblo de Dios. Un Pueblo que participa del carácter sacerdotal y profético del mismo Cristo. Un Pueblo universal presente en todas las razas de la tierra, siendo al mismo tiempo terrestre y celestial. Un pueblo abierto a todos y animado de espíritu misionero.
3. Para apacentar este Pueblo, Cristo instituyó diversos ministerios. En primer lugar los Apóstoles, que tienen sus sucesores en los Obispos, que forman verdadero Colegio unidos al sucesor de Pedro. A ellos corresponde el triple ministerio de enseñar, de santificar y de gobernar a este Pueblo, con la ayuda de sus colaboradores los presbíteros y diáconos.
4. La amplia mayoría de este Pueblo está constituida por los laicos, que por el bautismo se han incorporado a Cristo y se han integrado en este Pueblo de Dios. Este Pueblo de Dios es uno, con una admirable variedad. no todos van por el mismo camino, pero todos están llamados a la perfección. Estos laicos están llamados a su testimonio de vida, consagrando el mundo mismo a Dios. Con una misión propia e inexcusable que cumplir, están en íntima dependencia de los Pastores establecidos como maestros y gobernantes. “Como el alma en el cuerpo, así han de ser los cristianos en el mundo.”
5. Todos, pastores y laicos, todos están llamados a la santidad, que es la misma para todos, pero se vive en diversos estados.
6. Los Religiosos hacen profesión especial de tender a la santidad, mediante la observancia de los consejos evangélicos, que encuentran su máxima perfección en la caridad. Esta vida religiosa es signo de una vida futura a la que se tiende con esperanza.
7. La Iglesia a la que todos tendemos encontrará su consumada plenitud en la gloria celeste. La Iglesia peregrina esta unida a la triunfante por su íntima comunión con Cristo.
8.
Llegados aquí, parecería que ya está dicho todo lo
que sobre la Iglesia se puede decir. No es así. El Concilio Vaticano II añadió
un último capítulo porque le quedaba algo importante que expresar. Toda esta
misión de la Iglesia ha encontrado su cumplimiento y plenitud en María, la
primera cristiana, Madre de Dios y figura de la Iglesia.
7. Apertura solemne del Concilio
Juan XXIII presidía la solemne sesión de apertura del Concilio el día 11 de octubre de 1962, día en que la Liturgia celebraba la Maternidad divina de María.
En el discurso de apertura, entre otras cosas, manifestó como deseo:
Ø Buscar un talante positivo, sin prestar oídos a los profetas de calamidades:
En el ejercicio diario de nuestro ministerio, llegan a nuestros oídos, hiriéndolos ciertas insinuaciones... que carecen del sentido de la discreción y de la medida. Tales son quienes en los tiempos modernos sólo ven prevaricación y ruina. Van diciendo que nuestra hora, en comparación con las pasadas, ha empeorado, y así se comportan como quienes nada tienen que aprender de la Historia, la cual sigue siendo maestra de la vida.
Nos parece necesario decir que disentimos de esos profetas de calamidades que siempre están anunciando infaustos sucesos como si fuese inminente el fin de los tiempos. En el presente orden de cosas, en el cual parece apreciarse un nuevo orden en las relaciones humanas, es necesario reconocer los arcanos designios de la Providencia divina, que a través de los acontecimientos y de las mismas obras de los hombres, muchas veces sin que ellos lo esperen, se llevan a término, haciendo que todo, incluso las fragilidades humanas, redunden en bien para la Iglesia.
Ø Custodiar el depósito de la doctrina:
Lo que
principalmente atañe al Concilio Ecuménico es esto: que el sagrado depósito de
la doctrina cristiana sea custodiado y enseñado en forma cada vez más eficaz.
Nuestro deber no es sólo custodiar este tesoro
precioso, como si únicamente nos ocupásemos de la antigüedad. Si la tarea
principal del Concilio fuera discutir uno u otro artículo de la doctrina
fundamental de la Iglesia, repitiendo
con mayor difusión la enseñanza de los padres y teólogos antiguos y modernos,
que suponemos que conocéis y tenéis presente en vuestro espíritu, para eso no
era necesario un Concilio.
Ø Modo
de reprimir los errores:
Vemos al pasar de un tiempo a otro, que las opiniones de los hombres se suceden excluyéndose mutuamente y que los errores, apenas nacidos, se desvanecen como la niebla ante el sol. Siempre se opuso la Iglesia a estos errores. Frecuentemente los condenó con la mayor severidad. En nuestro tiempo, sin embargo, la Esposa de Cristo prefiere usar de la medicina de la misericordia más que de la severidad. Piensa que hay que remediar a los necesitados mostrándoles la validez de su doctrina sagrada más que condenándolos. La Iglesia Católica, al elevar por medio de este Concilio Ecuménico la antorcha de la verdad religiosa, quiere mostrarse madre amable de todos, benigna, paciente, llena de misericordia y de bondad para con los hijos separados de ella.
Ø Unidad
de la familia cristiana y humana
Desgraciadamente
la familia cristiana no ha conseguido plenamente la visible unidad en la
verdad. La Iglesia Católica estima, por tanto, como un deber suyo, el trabajar
denodadamente a fin de que se realice el gran misterio de aquella unidad que
Jesucristo invocó con ardiente plegaria al Padre celeste en la inminencia de su
sacrificio.
A este propósito es motivo de dolor considerar que la mayor parte del género humano, a pesar de que todos los hombres hayan sido redimidos por la sangre de Cristo, no participan aún de esa fuente de gracias divinas que se hallan en la Iglesia.
Venerables hermanos, esto es lo que se propone el Concilio Ecuménico Vaticano II.
8. Fin del Pontificado de Juan
XXIII
Terminada la primera sesión conciliar, Juan XXIII sentía el gozo del deber cumplido, pues en todo momento se había dejado llevar por la voz y la fuerza del Espíritu. Le quedaban dos cosas importantes por hacer: redactar su testamento y prepararse a bien morir.
Ø Encíclica “Pacem in terris”: su testamento
Seguía así, sereno y cotidiano, el magisterio pontificio de Juan XXIII, sin que se esperasen grandes o solemnes manifestaciones en estos meses en que el Concilio vivía su oculto cauce de Guadiana de las almas, cuando el Jueves Santo de 1963 (11 de abril) el Papa sorprendió al mundo con el más importante de todos los documentos de su pontificado, la Encíclica “Pacem in terris”. Digo “sorprendió” en el sentido más literal de la palabra, pues nadie en realidad lo esperaba. ¿Por qué la publicación de este documento? ¿Temía acaso que estos temas encontrasen dificultades en algunas corrientes conciliares y quiso dejarlos encauzados? ¿O tal vez Juan XXIII se sentía morir y no quería irse sin dejar dichas estas cosas? Es posible que las dos razones sean exactas, o que al menos fueran factores determinantes a la hora de decidir su publicación.
El momento de su publicación fue especialmente oportuno teniendo en cuenta la situación mundial: hacía sólo cuatro meses que se había producido la crisis de Cuba, con motivo del emplazamiento en aquella isla de rampas de lanzamiento de proyectiles dirigidos, por parte de los soviéticos, que fue uno de los momentos más peligrosos de la guerra fría entre USA y URSS y que estuvo a punto de provocar la tercera guerra mundial.
Una novedad de la Encíclica es
que iba dirigida no sólo a los Obispos, a los sacerdotes y a los fieles de la
Iglesia Católica, sino también a todos los hombres de buena voluntad.
La Encíclica fue muy bien acogida. Las grandes personalidades de entonces se manifestaron muy positivamente sobre el documento: así el Secretario General de la ONU, U’ Thant la comentó muy elogiosamente. El Director General de la UNESCO, la Conferencia de Ginebra sobre el desarme, el Consejo Mundial para la paz, la Liga de los Derechos del hombre, el Consejo de Europa... La Asamblea General de la ONU celebró una sesión especial, con la participación del Cardenal Suenens, entonces Primado de Bélgica y Arzobispo de Malinas, para presentar la Encíclica y tratar del contenido de su mensaje.
La Pacem in terris reflejó
el talante espiritual, la trasparencia y sencillez de alma de Juan XXIII, y su
preocupación por todos los sufrimientos humanos, su amor a la paz y su afán por
la unidad del mundo. Como él afirmó en alguna ocasión, “hay algunos que se
empeñan en complicar las cosas sencillas; yo, en cambio, prefiero simplificar y
aclarar las cosas complicadas”.
Especialmente significativo es el nº 35:
La
convivencia civil sólo puede juzgarse ordenada, fructífera y congruente con la
dignidad humana si se funda en la verdad. Es una advertencia del
Apóstol San Pablo: “Despojándoos de la mentira, hable cada uno verdad con su
prójimo, pues que todos somos miembros unos de otros”. Esto ocurrirá,
ciertamente, cuando cada cual reconozca en la debida forma, los derechos que le
son propios y los deberes que tienen para con los demás. Más todavía: una
sociedad humana será cual hemos descrito cuando los ciudadanos, bajo la guía de
la justicia, respeten los derechos ajenos y cumplan sus propias
obligaciones; cuando estén movidos por el amor de tal manera, que sientan como
suyas las necesidades del prójimo y hagan a los demás partícipes de sus bienes,
y procuren que en todo el mundo haya un intercambio universal de los valores
más excelentes del espíritu humano. Ni basta esto solo, porque la sociedad
humana se va desarrollando conjuntamente con la libertad, es
decir, con sistemas que se ajusten a la dignidad del ciudadano, ya que, siendo
éste racional por naturaleza, resulta, por lo mismo, responsable de sus
acciones.
Esta Encíclica, aun estando al margen de los documentos conciliares propiamente dichos, es en su conjunto una maravillosa realización de las tesis ideológicas de Juan XXIII y de la mayoría de los padres conciliares sobre el aggiornamento de la doctrina y de la vida de la Iglesia. En este sentido puede considerarse como testamento del Papa esta Encíclica “Pacem in terris”, promulgada dos meses antes de su muerte.
¿Qué le quedaba por hacer?
El Papa Juan había tenido la primera intuición del Concilio, el coraje de convocarlo, la inteligencia de encarrilarlo, la alegría de hacerlo florecer, el corazón para mantener el entusiasmo, pero aún no había hecho lo más importante: entregar su vida por él.
Se lo había dicho meses antes al Cardenal Suenens: “Mi colaboración en el Concilio consistirá en aportar sufrimiento”.
Y el Papa Juan lo aportó hasta el final. Largos meses de disimular el dolor entre sonrisas. Y por fin, su muerte ecuménica, la muerte más convivida que conoció la historia, la encíclica más leída que escribiera jamás un pontífice.
Muerte que sería en rigor una verdadera sesión del Concilio. Y que podría y debería incluirse en sus actas.
“Puesto que todo el mundo reza por el Papa enfermo -dijo el 28 de mayo al Cardenal Secretario-, es natural que demos una intención a todas esas oraciones. Si Dios quiere el sacrificio de la vida del Papa, que éste valga para impetrar copiosos frutos sobre el Concilio Ecuménico, sobre la santa Iglesia, sobre la humanidad que aspira a la paz.”
“Soy la víctima puesta sobre el altar por la Iglesia, por el Concilio y por la paz”, diría después a quienes rodeaban su lecho de muerte. Cambiaba sólo el orden de las palabras. Las intenciones eran las tres que habían llenado todo su pontificado.
“He amado a la Iglesia y a las almas que me habían sido encomendadas. Quiera Dios que los Padres del Concilio puedan concluir la obra empezada. Ofrezco todos mis sufrimientos “ut sint unum”, para que todos sean una sola cosa en Cristo”.
Y el 3 de junio, mientras el Cardenal Traglia lee las palabras: “Hubo un hombre enviado por Dios, cuyo nombre era Juan”, dejó de latir el corazón más grande que hemos conocido. Dejó de latir, pero él siguió viviendo dentro de cien mil almas, sigue respirando dentro de cien mil hombres que sentimos crecer nuestro corazón bajo su sombra, siguió viviendo como vive el árbol convertido en viga de esta casa que nos cobija. Dentro de cinco, dentro de veinte años, se hablará de este Vaticano II y, si los hombres son justos, lo llamarán “el Concilio de Juan XXIII”, porque, como un hijo, tiene el color de su padre, los rasgos de su padre, el estilo de quien lo trajo al mundo arrancándolo directamente de las manos de Dios.
9. ¿Qué hacer
hoy?
La Iglesia volvió a tomar conciencia de la propia naturaleza y misión; revisó a fondo la pastoral. Reflexionó sobre las relaciones en su interior y con las otras iglesias cristianas, con las otras religiones. Cambió su actitud hacia el mundo moderno, ya no juzgado con una hostilidad preconcebida, ya no condenado a priori, sino considerado ahora de modo cordial, como un interlocutor con el cual poder por fin dialogar.
Y entonces hay que preguntarse: ¿tienen hoy los católicos conciencia de todo esto? ¿Hasta qué punto lo viven en su cotidianeidad?
Las enseñanzas del Concilio han entrado progresivamente en la vida y en la actividad de la Iglesia, y han echado raíces en el terreno de las comunidades cristianas. A menudo, sin embargo, este proceso ha acontecido sólo a nivel institucional y en superficies; sin arraigar en las conciencias, en los corazones; sin traducirse en un real cambio de los métodos pastorales, de las estructuras; sin penetrar en esos sectores de la cultura laica, que, sin embargo, han habían mirado a la Iglesia con una cierta simpatía. Y, por lo tanto, se debería justamente concluir que la obra de la actualización (aggiornamento), si bien quedó fijada por el Concilio en las grandes líneas, ha quedado después incompleta.
Pero, ¿cómo pudo suceder? Dígase sobre todo, como premisa, que los Concilios ecuménicos, para su ejecución, han necesitado siempre tiempos muy largos: como aconteció en particular después del Tridentino, para la reforma de los Seminarios. Pero queda un hecho indiscutible que ha obstaculizado la realización del Vaticano II: los retrasos, las resistencias, las interpretaciones arbitrarias que se han dado y, como consecuencia, los conflictos que se han derivado en el mundo católico. Y, de todos modos, todo esto no puede explicar completamente por qué la renovación conciliar, entendida como una profunda transformación de la vida cristiana, ha sido hasta ahora recibida sólo muy parcialmente por la mayoría de los fieles.
Por eso es también necesario volver al Concilio, como dijo el Papa en el Congreso mundial del laicado católico, en noviembre de 2000, volviendo a entregar simbólicamente los documentos del Vaticano II a algunos representantes de varios continentes. Ha llegado, pues, el momento de llevar a término la revolución conciliar. Y de cómo ésta penetre en la pastoral ordinaria, y sea vivida en lo concreto de las comunidades cristianas, dependerá la profundidad del cambio espiritual y moral que el Jubileo puso en marcha.
Para esto, será necesario remontarse a los inicios del Vaticano II, y recorrer todo el camino, desde la fase preparatoria hasta los años tumultuosos, encendidos del post-Concilio. Y después será necesario recuperar los textos, uno por uno, estudiándolos en su génesis, y siguiéndolos en su desarrollo temático, en su aplicación concreta. En resumen, será necesario volver a leer el Concilio desde el inicio.
Releer el Concilio, para recordarlo a quien lo vivió. Para narrarlo a quien no estaba. Y, por lo tanto, para conocerlo en su espíritu auténtico. Para que entendamos el sentido, el alcance histórico, la influencia que ha tenido en el mundo cristiano, en la humanidad. Y, en fin, para volver a empezar desde el Concilio. Para conocer su rumbo con la brújula –según la expresión de Juan Pablo II- que oriente la Iglesia en su proyectarse proféticamente hacia delante, como para un nuevo Adviento, hacia los desafíos, tan terribles, del siglo XXI.
Esta Conferencia fue ofrecida por Monseñor Dr. D. José Carlos
Sampedro Forner, artífice, que como “abejita” puso al servicio del Concilio, su
saber, su experiencia, su hacer y su corazón, Así endulzó los nuestros, en este
hermoso jardín del flores, aromas, y colores que es la Iglesia y en la cual,
hemos nacido, vivimos.