Sobre la Comunión de quienes
viven fuera de la Comunión de la Iglesia.
El título del presente artículo ya es bastante esclarecedor, y deja al descubierto la paradoja de algunas actitudes que resultan escandalosas, o al menos, sorprendentes. La Eucaristía, el Cuerpo de Cristo que se entrega por nosotros, es un mandamiento de amor, que se perpetua en la Historia, “Haced esto, en memoria mía”, y que queda salvaguardado de los modismos, cambios, y alteraciones propios del correr los tiempos. Es un mandato que se prolonga en el tiempo y queda a salvaguarda en el depósito de la Iglesia. Unas palabras, un contexto, unos gestos, un sentir que se transmiten en la Iglesia de generación en generación. “Por tanto, siento el deber de hacer una acuciante llamada de atención para que se observen con gran fidelidad las normas litúrgicas en la celebración eucarística. Son una expresión concreta de la auténtica eclesialidad de la Eucaristía; éste es su sentido más profundo. La liturgia nunca es propiedad privada de alguien, ni del celebrante ni de la comunidad en que se celebran los Misterios. El apóstol Pablo tuvo que dirigir duras palabras a la comunidad de Corinto a causa de faltas graves en su celebración eucarística, que llevaron a divisiones (skísmata) y a la formación de facciones (airéseis) (cf. 1 Cor. 11, 17-34). También en nuestros tiempos, la obediencia a las normas litúrgicas debería ser redescubierta y valorada como reflejo y testimonio de la Iglesia una y universal, que se hace presente en cada celebración de la Eucaristía. El sacerdote que celebra fielmente la Misa según las normas litúrgicas y la comunidad que se adecua a ellas, demuestran de manera silenciosa pero elocuente su amor por la Iglesia”. ECCLESIA DE EUCHARISTIA
CARTA ENCÍCLICA Juan Pablo II
Pero habría que preguntarse, ¿que se necesita para hacer presente en la comunidad al mismo Cristo Eucaristía? ¿Basta con unas palabras pronunciadas pausadamente y con celebridad? ¿Basta… y no es poco, una invocación al Espíritu Santo y la extensión de las manos sobre un poco de pan y un poco de vino? No. No basta esto. Además de ellos, son necesarios unas actitudes, de unos y de otros, de un sentir al menos del Celebrante, del Sacerdote, que coincida con el sentir de la Iglesia. Hasta tal punto que, aún pronunciando las palabras de la Consagración, y repitiendo los gestos correspondientes de la Consagración, si no se tiene el sentir de la Iglesia, no se consagra, no se ”confecciona” la Eucaristía.
Además de ello, ni que decir tiene, pero baste al menos recordarlo, son precisas las especies sacramentales correspondientes, es decir, pan ácimo, y vino puro. Nuevamente, no se trata ya sólo de usar las mismas especies sacramentales que usó Cristo en la “última Cena”, sino además, repitámoslo nuevamente, de “Hacer” el sentir de la Iglesia y así perpetuar el mandato del Señor.
Pero si todo ello es referente al modo de proceder del Celebrante, del Sacerdote que confecciona la Eucaristía en la Sta. Misa, ¿Qué decir de la Comunión de los feligreses? (Recordemos, por ejemplo , los casados por la Iglesia que han recibido el divorcio y “vueltos” a casar civilmente).
Hacer la Comunión es mucho más que recibir la Eucaristía. O mejor, habría que decir, que recibir la Eucaristía implica y presupone, mas que provocarla, la Comunión. 35. La celebración de la Eucaristía, no obstante, no puede ser el punto de partida de la comunión, que la presupone previamente, para consolidarla y llevarla a perfección. ECCLESIA DE EUCHARISTIA
CARTA ENCÍCLICA Juan Pablo II La unión de mente, de corazón, de vida, de sentimiento con la Madre Iglesia, donde y con cuya unión, se realiza la Eucaristía.
Para acercarse a recibir la Eucaristía, se ha de estar en comunión con la Iglesia. En unión con la Iglesia, dentro de la Iglesia. Siempre, en última instancia, queda al juicio particular y personalísimo de cada feligrés, el examen previo necesario para acercarse o no a recibirla, pero también hay que recordar, que a veces, actitudes y estilos de vida, ya no han quedado en un ámbito privado, sino que dicho estado de vida “irregular” para la Iglesia, es notorio y público y manifiestamente no guardan la necesaria comunión con la Iglesia. Ello es motivo muchas veces en parroquias pequeñas, de escándalo para unos. ¿Qué hacer, como proceder? Es oportuno hacer el Pastor, una amonestación privada previamente, ello, bien personalmente, bien mediante otros feligreses que puedan acercarse a dichas personas sin levantar recelos o “perderlos” definitivamente del Redil de la Iglesia. La última opción, desagradable pero no por ello, deja de ser factible, será hacer una amonestación pública a dichas personas. Es sin lugar a duda, una situación nada deseable ni para unos ni para otros. La amonestación pública debe ser el último estado al que ha de llegar el Pastor de Almas tras haber recurrido a todos los medios posibles, siempre llevado por un corazón fiel, pero también y sobre todo, llevado por el criterio de la Misericordia, no provocando un mal mayor queriendo corregir otro. Hay que tener en cuenta además, que exista la posibilidad de que dicha situación que está provocando el impedimento para acercase a recibir públicamente la Eucaristía, ya no se esté dando en el tiempo y en el modo en dicha persona, bien porque pudo haberse acercado al Sacramento de la Confesión o bien exista un deseo verdadero de cambiar de actitud o estado. A veces, estas situaciones en unos, sirven más bien, para probar la virtud de los otros.
Es oportuno traer aquí las palabras de Juan Pablo II nuevamente:
37. La Eucaristía y la Penitencia son dos sacramentos estrechamente
vinculados entre sí. La Eucaristía, al hacer presente el Sacrificio redentor de
la Cruz, perpetuándolo sacramentalmente, significa que de ella se deriva una
exigencia continua de conversión, de respuesta personal a la exhortación que
san Pablo dirigía a los cristianos de Corinto: « En nombre de Cristo os
suplicamos: ¡reconciliaos con Dios! » (2
Cor. 5, 20). Así pues, si el cristiano tiene conciencia de un pecado
grave está obligado a seguir el itinerario penitencial, mediante el sacramento
de la Reconciliación para acercarse a la plena participación en el Sacrificio
eucarístico.
El juicio sobre el estado de gracia, obviamente, corresponde solamente al interesado, tratándose de una valoración de conciencia. No obstante, en los casos de un comportamiento ex- terno grave, abierta y establemente contrario a la norma moral, la Iglesia, en su cuidado pastoral por el buen orden comunitario y por respeto al Sacramento, no puede mostrarse indiferente. A esta situación de manifiesta indisposición moral se refiere la norma del Código de Derecho Canónico que no permite la admisión a la comunión eucarística a los que « obstinadamente persistan en un manifiesto pecado grave ». ECCLESIA DE EUCHARISTIA
CARTA ENCÍCLICA Juan Pablo II
Por último, habría que preguntarse, cual es la “Comunión” es decir, con quien hacen la Comunión, aquellas personas que carecen de la más mínima comunión con la comunidad, y con la Iglesia. Se oye también expresiones sorprendentes que brotan muchas veces de la ignorancia, “Yo me voy a otra Iglesia y no a mi Parroquia, para comulgar, oír Misa..etc..” Son los que van cambiando de Parroquia, hasta encontrar una que se amolde a sus caprichos, o modo de entender la vida; un “cura” que no “diga” lo que no deseo oír. (Invito a leer la Carta XVI de “Cartas del Diablo a su Sobrino” de C.S. Lewis. Edt. Rialp) Nuevamente habría que preguntarles con quienes hacen la “Comunión”. ¿”Con Apolo, con Pablo o con Cristo?”
El Sacerdote, antes de recibir la Eucaristía en cada Misa, repite estas palabras: “ Señor Jesucristo, que esta Eucaristía, no se a para mi motivo de juicio y condenación, sino que me sirva de aumento de gracia y provecho para la vida eterna”. Repitamos esta oración “secreta” en alguna ocasión, en voz alta. Ello puede ser una buena catequesis a quienes, la ignorancia, más que la maldad, les hace acercarse sin las debidas disposiciones a la Eucaristía. “el Sacramento de su cuerpo y su sangre no permite ficciones. .. San Juan Crisóstomo, exhortaba a los fieles: « También yo alzo la voz, suplico, ruego y exhorto encarecidamente a no sentarse a esta sagrada Mesa con una conciencia manchada y corrompida. Hacer esto, en efecto, nunca jamás podrá llamarse comunión, por más que toquemos mil veces el cuerpo del Señor, sino condena, tormento y mayor castigo ». ECCLESIA DE EUCHARISTIA
CARTA ENCÍCLICA Juan Pablo II
Miguel Ángel Schiller Villalta. Párroco