UNA LECTURA TEOLÓGICA DEL DESCENSO DE LA
“MARE DE DÉU DEL REMEI” DE MONOVÈR
El
Cronista Oficial de la Ciudad de Monovar, Don José Poveda Giménez, me ha
brindado desde estas páginas, la oportunidad de dirigirme a todos los
Monoveros. Gracias. Gracias porque cada vez es más difícil y se cierran mas y
mas puertas desde donde poder dirigirse al corazón del hombre y hablarle de fe,
de esperanza, de amor, de Dios y de la Madre.
En definitiva, de todo aquello que nos hace vivir, y mucho más que vivir:
convivir. De todo aquello que nos proyecta a una existencia no solo horizontal,
sino también vertical. Todo aquello que nos confiere una profundidad y dimensiones
divinas. Y qué mejor que hacerlo con motivo de unas fiestas que configuran la
identidad del Monovero. Las Fiestas de
la Mare de Deú del Remei.
A la luz del momento encantador del
descenso de la Mare de Deú del Remei de su Camerino, el 8 de septiembre, me
permito hacer esta reflexión.
Muchas
veces consideramos a la Iglesia como alejada o enfrentada al hombre. Ello
implica ya un empobrecimiento del mismo concepto de Iglesia, porque ella, nunca
se puede definir como un estamento que se encuentra “frente” al hombre, sino
todo lo contrario, dentro del hombre… no para condenarlo, sino para elevarlo y
dignificarlo. Tal y como corresponde a su misión encargada por el mismo Señor
Jesucristo. Una sociedad que debe entrar en diálogo con el hombre, a quien le
ofrece libremente un camino de grandeza. Una Esperanza que no defrauda, una fe
y una vida que promueven la fidelidad y la convivencia .
No
es una “sociedad frente a” otra sociedad… por mucho que se pretenda dar esta
imagen, tildando el concepto con los acentos de retrograda, anticuada, obsoleta
y contraria al desarrollo armónico del hombre.
La
Iglesia, fundada por Cristo, tiene la misión de perpetuar hasta su venida, su
presencia entre los hermanos, unos hermanos que en el plan de Dios, no están,
ni mucho menos, enfrentados.
La
Iglesia, alentada por el Espíritu Santo desde Pentecostés, tiene la misión de
levantar, acompañar, iluminar, caminar con el hombre, para descubrir al hombre,
el rostro del mismo hombre… y desempañar el cristal de su imagen hermosa,
radiante de Hijo de Dios. La misión de ser instrumento de paz y de concordia,
de justicia y amor, con entrañas de misericordia ante toda miseria humana,
siempre con el gesto y la palabra oportuna, a tiempo y a destiempo, mostrándose
disponible ante el hermano solo y desamparado, explotado y deprimido,
encontrando todos en ella, un motivo para seguir esperando, para seguir
creyendo no solo en Dios sino también en el hombre, como expresa hermosamente
una Plegaria Eucarística del Misal Romano.
Los
posibles intentos de enmudecer la voz de
la Iglesia, será intentar enmudecer, solapar, ocultar el verdadero rostro del
hombre que Cristo presenta ante los poderes de mundo. El “Ecce
Homo” de Pilatos, resuena hoy como entonces en el teatro de nuestro siglo
XXI. El Cristo vestido de púrpura y coronado de espinas es presentado en
el escenario burlesco… igual que
entonces.
¿Qué
decir de los perseguidores? ¿Quiénes son? ¿Dónde están? ¿Cuántos son?
Estos
son, muchas veces, tu yo mismo, cuando guardamos silencio, el silencio de los
cómplices, el silencio de la comodidad, o de la vergüenza. Estos son aquellos
que conviven con nosotros, casa con casa, dentro de casa… son hermanos que frustrados en sus
experiencias del corazón, (donde se combate las guerras entre Dios y el Diablo),
arremeten resentidos hacia aquello que no logran alcanzar.
¿Donde
están? No pocas veces, dentro de nosotros mismos. Somos nosotros mismos cuando
nos impedimos escuchar a Dios en el silencio del corazón donde reside. Lo cierto es que la Verdad
rotunda no puede ser enmudecida. Basta que miremos los ojos de un niño cuando
se acerca a recibir su Primera Comunión.
Basta que miremos al enfermo que postrado en la cama del dolor, levanta
su mirada al Cristo en la Cruz. Basta que escuchemos nuestro propio corazón.
Allí se esconde Cristo. Basta que miremos todos los años, a los hombres y
mujeres, jóvenes y mayores que con miradas emocionadas contemplan a la Mare de Deú del Remei que desciende con majestuosidad
de su Pedestal. Una vez más, para ponerse a servir e interceder por sus Hijos,
como lo hizo en las bodas de Caná.. ella Nuestra Mare de Deú del Remei recorre en un
instante, como por arte de magia, aquella distancia entre su Camerino y
nuestros corazones, que a veces nos parecía inmensa y que hemos establecido
nosotros mismos con nuestro desamor.
Ella,
todos los días, intercede por nosotros ante su Hijo, para que se derramen las
inapreciables Gracias Divinas. Ella nuevamente se dirige a Él, expresándole
nuestra falta del buen vino de alegría, de la paz, del amor,
… Pero a nosotros nos corresponde también ser portadores y “escanciar”
los tesoros de la generosidad, de la fraternidad, y de la amistad, que
encierran en sí mismas la misteriosa paradoja de sólo existir y poder tener en
la medida que se entregan y comparten con los demás. Éstas, junto con nuestras
oraciones y deseos de paz, serán las mejores ofrendas que le presentemos no
solamente unos días, sino durante todo el año a Nuestra Mare de Deú del Remei.
No
sólo el fervor y devoción a flor de piel el día de la procesión, no sólo los
desvelos y los esfuerzos de sus Mayorales durante todo el año, serán la mejor
divisa de quienes nos preciamos ser devotos hijos de esta Poderosa Madre y el
mejor tributo que podemos brindar a una sociedad que se debilita y enferma
paulatinamente de inanición, que pretende llegar a la “mayoría de edad”, y “madurar”
sin los valores religiosos y espirituales del ser humano.
Ahora,
al recordar con contenida emoción ese delicado, pausado y hermoso descenso de
la Mare de Deú del Remei desde su Camerino hacia todos nosotros, viene a mi
memoria aquella historia que me permito recordaros:
Es la historia de un par de hermanos que vivieron
juntos y en armonía por muchos años.
Vivían en granjas separada
pero un día… Surgió un conflicto, este fue el primer
problema serio que tenían en 40 años de cultivar juntos hombro a hombro,
compartiendo maquinaria. Comenzó con un pequeño malentendido y fue creciendo
hasta que explotó en un intercambio de palabras amargas seguido de semanas de
silencio.
Una
mañana alguien llamó a la puerta de Luis. Al abrir la puerta, encontró a un
hombre con herramientas de carpintero "Estoy buscando trabajo por unos días", dijo el
extraño, "quizá usted requiera algunas pequeñas reparaciones aquí en su
granja y yo pueda ser de ayuda". -"Sí", dijo el mayor de los
hermanos, "tengo un trabajo para usted. Mire al otro lado del arroyo, en
aquella granja vive mi vecino, bueno, de hecho es mi hermano menor. La semana
pasada había una hermosa pradera entre nosotros pero él desvío el cauce del
arroyo para que quedara entre nosotros. Él pudo haber hecho esto para
enfurecerme, pero le voy a hacer una mejor. ¿Ve usted aquella pila de desechos
de madera junto al granero? Quiero que construya una cerca de dos metros de
alto, no quiero verlo nunca más." El carpintero le dijo: "creo que
comprendo la situación". El hermano mayor marcho por provisiones al
pueblo.
Cerca del ocaso, cuando el granjero regresó, el carpintero justo había
terminado su trabajo.
El
granjero quedó con los ojos completamente abiertos, No había ninguna cerca de
dos metros. En su lugar había un puente que unía las dos granjas a través del
arroyo. En ese momento, su vecino, su hermano menor, vino desde su granja y
abrazando a su hermano mayor le dijo: -"Eres un gran tipo, mira que
construir este hermoso puente después de lo que he hecho y dicho". Estaban
en su reconciliación los dos hermanos, cuando vieron que el carpintero tomaba
sus herramientas. -"No, espera". "Quédate unos cuantos días
tengo muchos proyectos para ti", le dijo el hermano mayor al carpintero. "Me gustaría quedarme",
dijo el carpintero, "pero tengo muchos puentes por construir".
Muchas veces dejamos que los malentendidos o enojos
nos alejen de la gente que queremos, muchas veces permitimos que el orgullo se
anteponga al Amor, a nuestra vocación. No permitamos que eso pase en nuestras vidas. Aprendamos a
perdonar y valor lo que tenemos… y algo más importante, a valorar y a querer a
quien tenemos y con quien estamos. Apenas lo intentemos, descubriremos que el
“movimiento” que se produce entre las almas es inverso al movimiento que
expresamos con el termino “querer”. Si Amamos, ya no
estaremos “queriendo” sino “dando”. Dando afecto, cariño, vida, tiempo, en
definitiva, dándose uno mismo. Así, descubriremos asombrosamente que ese
descenso de la Virgen desde su camerino hacia todos nosotros, lo podemos
perpetuar nosotros mismo, descendiendo hacia el hermano cuando le amamos.
No
guardemos rencores ni sentimientos de
amargura que solo nos lastiman, nos alejan de Dios y de las personas que nos quieren. Él nos ama y desea que tengamos
una vida dichosa, llena de amor y armonía.
Imitemos en nuestra vida, ese “descenso”, ese
“darse”, de Nuestra Mare de Deú del Remei.
Miguel Ángel
Schiller Villalta. Cura Párroco de Alfaz del Pí