La gran perdonanza (I)
19 Enero 10 - Luis SUÁREZ / De la
Real Academia de la Historia
Este año 2010 coincide con esa seria conmemoración que
periódicamente nos une a Compostela: Año Santo se dice en nuestros días
pero durante siglos se utilizaba otro término más expresivo y correcto: la Gran
Perdonanza. Por medio de esas huellas de peregrinos que se acumulan por encima
de un viejo cementerio, España ha hecho llegar a Europa uno de los
mensajes humanos más importantes, hasta enraizarlo en sus normas jurídicas.
Tenemos que acostumbrarnos a entender que no hay delito o pecado, por graves
que estos sean, que no pueda alcanzar el perdón, siempre, eso si, que se
cumplan las tres condiciones que se colocaban sobre los hombros de los
peregrinos: arrepentimiento con voluntad de enmienda, reconocimiento y
confesión del daño causado, y una «verdadera y fructuosa
penitencia». Corremos, sin embargo, el riesgo de convertir esta celebración en
una especie de fiesta folklórica, o en un ejercicio deportivo que toma para si
ese «camino de estrellas que hay a lo largo del cielo», como nos recordaba la
vieja canción gallega.
Es importante que, remontándonos en el tiempo,
aprendamos la gran lección moral que tras la memoria jacobea se esconde. No lo
es, por el contrario, poner demasiado énfasis en la controversia acerca de
cuales son en realidad los restos que descansan en Compostela. Según la
tradición medieval, un discípulo, Anastasios, junto con Onésimo, se encargaron
de traer desde Palestina los restos de Jacobo, primer apóstol mártir, hasta la
tierra en que iniciara su predicación. ¿Se imaginan Vds. el susto de aquellos
que ponen en duda la veracidad de la leyenda, entre los cuales me cuento, al
descubrirse en 1979 una lápida con ese nombre, Anastasios, tan frecuente en
Grecia? No es necesario detenerse más en este punto. Lo que importa no es la
naturaleza biológica de las cenizas allí inhumadas, sino la conciencia
verdaderamente profunda.
El peregrino, que hacía un largo y terrible camino, en
el que las más duras pruebas le acechaban, realizaba una fructuosa operación
que también nosotros deberíamos practicar: olvidarse de cuanto le rodea para
adentrarse en si mismo y hacerse la pregunta capital: ¿quien y qué soy? Al
termino de la ruta (Manjoya es «mi alegría») provisto ya de «gran perdonanza»
se sentía un «hombre nuevo capaz de reemprender la ruta de su existencia,
partiendo, desde luego con premisas morales muy serias. Es algo que la
sociedad actual debería hacer. Hemos llegado a suprimir la pena de muerte y
esto es, indudablemente un gran progreso, pero estamos conservando el ser
antiguo en el terrorista o el asesino de quien no reclamamos esa condición
sustancial del arrepentimiento y de la enmienda. Se incurre en una especie de
contrasentido: un terrorista no puede ser ejecutado, pero él se considera con
justo derecho para seguir matando a fin de imponer su forma de vida o su
ideología a la que en modo alguno está dispuesto a renunciar. Y vuelve a la
calle al cabo de un tiempo sin propósito de enmienda. Los periódicos
proporcionan datos suficientes de esta aparente contradicción.
Un problema que sólo puede resolverse con un fuerte cambio moral. Un siglo
antes de que se produjera la noticia del descubrimiento en el Campo de la
Estrella, y exactamente dos años antes de que tuviera lugar la «pérdida
de España» a manos de los musulmanes, un abad de Malmesbury, en Inglaterra,
llamado Adhelm, al dedicar a Santiago un altar en su iglesia, ya recogió la
tradición con estas palabras: «fue el primero que evangelizó España». En otras
palabras nos hallamos ante una conciencia europea que invoca el
hecho de que en Occidente sólo dos lugares pueden considerarse como
legítimamente apostólico, Roma, donde yacen las «columnas» de la Iglesia, y
Compostela que custodia los restos de Jacobo. En estos dos puntos el ser
humano, creyente o no, descubre las raíces profundas en que se apoya
precisamente la europeidad. Dante Alighieri lo entendía muy bien cuando
escribió la clara advertencia: «Sólo es peregrino el que camina hacia la tumba
de Jacobo, romero el que va a Roma y palmero el que se dirige a Jerusalem».
Shakespeare, dos siglos más tarde, al definir el amor como una de las
dimensiones capaces de cambiar el odio que separaba a Capuletos de Montescos,
completa la idea: «Palma con palma, ese es el beso de los palmeros».