La revolución científico-técnica y las nuevas tecnologías

                             El progreso científico

Del progreso científico se ha ocupado ampliamente el Magisterio de la Iglesia. Ciencia y técnica son dos caras de una misma moneda. La ciencia se refiere al saber, la técnica al hacer. La ciencia es la teoría y la técnica la práctica.

La Iglesia ha valorado a la ciencia de manera inequívocamente positiva. Es una riqueza de las naciones industrializadas. Y, puesto que las verdades del orden natural no se oponen a las verdades de la fe, la ciencia debe estimularse. Pero no se deben divinizar sus conquistas, pues éstas deben estar siempre al servicio del hombre. El progreso científico puede ser un instrumento para unir a los hombres, sacar de la miseria a los pueblos pobres y descubrir el orden establecido por Dios, para dominarlo y ponerlo al servicio del hombre.

Pero existen múltiples interrogantes sobre el progreso científico: produce el fenomenismo y el agnosticismo cuando el método de investigación se convierte en ley suprema de la verdad o provoca el olvido de la propia dignidad humana; suscita además contradicciones y desequilibrios en el pensamiento, en la familia y en las instituciones internacionales, resultando inmoral cuando su sobrevaloración se impone a los países pobres; por último, es condenable cuando el progreso científico se utiliza para la guerra o la marginación. El progreso científico es insuficiente para solucionar la crisis de la humanidad, que principalmente es moral y religiosa.

En la “Octagesima adveniens” se reconoce que las ciencias del hombre tienen una función positiva, porque pueden ampliar la libertad humana, ayudar a la moral cristiana y contribuir a la creencia en Dios. Pero, a su vez, conllevan ciertos peligros: cada ciencia por separado fragmenta el sentido de la totalidad del hombre y el sentido de la vida. Pero su gran peligro es reducir “científicamente” al hombre imponiéndole modelos de conducta, limitándolo a una pieza del sistema o a una definición científica.           

 La tecnociencia  y  el progreso tecnológico

La segunda revolución industrial, caracterizada por la búsqueda del bienestar y los objetivos de productividad, racionalización de la producción y del trabajo e incremento y expansión del consumo genera una forma de vida donde predominan los intereses industriales. El cristianismo ve en la técnica un instrumento de liberación del hombre y de desarrollo completo de la humanidad. Ésta debe servir al hombre como factor de progreso económico y de bienestar humano, y debe facilitar el descubrimiento del orden establecido por Dios. Pero la técnica, cuando sobrepasa sus posibilidades reales o niegas la prioridad de la ética sobre ella, se convierte en un grave peligro.

La técnica resulta insuficiente para responder a los graves interrogantes humanos o para solucionar los problemas de convivencia, sobre todo cuando la tecnología se convierte en ideología del tener o en instrumento de poder. También es adversaria del hombre cuando le priva de su derecho al trabajo o cuando, como fuerza de opresión, sirve para impedir el desarrollo económico y social de pueblos esteros. Para la Iglesia, si la técnica se desconecta de lo trascendente, convierte al hombre en prisionero de sí mismo, por lo que ésta debe conjugarse entonces con los valores del espíritu.

El “espíritu técnico” aparece en los textos pontificios como una concepción equivoca de la vida y del mundo, ya que pone en la técnica el fin último del hombre y de la vida. Es una nueva idolatría.

El progreso técnico ha adquirido una dimensión impresionante y favorece las relaciones sociales. Es un don de Dios, pero debe estar subordinado al bien común, favoreciendo la interdependencia, la solidaridad internacional y el espíritu de colaboración humana, para que un abuso del desarrollo tecnológico no se convierta en un arma contra la humanidad.

La industrialización tiene para el Magisterio sus ventajas cuando promueve la cultura de masas y es necesaria para el crecimiento económico y el progreso humano. Pero se exige una cierta cautela ante sus efectos no deseados o descontrolados que provocan situaciones de extrema pobreza en innumerables trabajadores, por el paro, la movilidad social, la adaptación profesional, la competencia desmedida, la creación de necesidades superfluas, la desorientación de las familias, etc. Corresponde, pues, a la moral orientar la industrialización para impedir el desorden y los graves daños sociales.

Las nuevas tecnologías

Las nuevas tecnologías suponen grandes transformaciones sociales y, por lo tanto, interesan a la Doctrina social de la Iglesia. Los textos pontificios atienden a las nuevas tecnologías desde el proceso de producción económica de bienes y servicios y por su posterior aplicación al campo de la comunicación y la cultura. En la Laborem exercens las nuevas tecnologías gozan, además, de la posibilidad de abrir un nuevo futuro para el hombre, cuando éste se dedique a funciones culturales más altas, una vez superadas las dificultades económicas. Pero entonces será necesario que las nuevas tecnologías sean compartidas por todos los hombres y se usen adecuadamente.

Con la automación la técnica actual no solo sustituye la fuerza muscular del hombre sino también su cerebro. Es una forma avanzada de técnica y de racionalización que compagina el maquinismo, la división del trabajo, la electrónica y la cibernética. Como otros procesos, es un fenómeno ambivalente: contribuye al progreso humano, pero puede subordinar al hombre a las exigencias de la técnica. Pío XII la trató de manera primordial señalando que es una actividad elogiosa, aunque no es la solución definitiva de los problemas del hombre. El progreso de la automación no puede prevalecer contra la economía o la vida social. No puede convertir al hombre en un demiurgo, y el orden social requiere más conocimientos que los puramente técnicos.

Con la generalización de la informática se ha ocasionado una forma de vida nueva. Las posibilidades que ofrece la informática provocan un primer interrogante en torno a su la manipulación y su uso fraudulento. Por eso es necesario reafirmar que el hombre y el bien común están por encima de todas las posibilidades informáticas. La Doctrina social ofrece todavía escasos textos sobre este tema. La Laborem exercens trata el asunto dentro de la concepción cristiana del trabajo. Las nuevas tecnologías están incardinadas en el trabajo del hombre; son fruto e interactúan entre el sujeto y el objeto del trabajo.

    Clemente