EXHORTACIÓN APOSTÓLICA POSTSINODAL SACRAMENTUM CARITATIS DEL SANTO
PADRE BENEDICTO XVI AL EPISCOPADO, AL
CLERO, A LAS PERSONAS CONSAGRADAS Y A LOS FIELES LAICOS SOBRE LA EUCARISTÍA
FUENTE Y CULMEN DE LA VIDA Y DE LA MISIÓN DE LA IGLESIA
ÍNDICE
Introducción
Alimento de la verdad Desarrollo del rito eucarístico Sínodo de
los Obispos y Año de la Eucaristía Objeto de la presente Exhortación
PRIMERA
PARTE EUCARISTÍA, MISTERIO QUE SE HA DE CREER
La fe eucarística de la Iglesia
Santísima Trinidad y Eucaristía
El pan que baja del cielo Don gratuito de la Santísima Trinidad
Eucaristía: Jesús, el verdadero Cordero inmolado
La nueva
y eterna alianza en la sangre del Cordero Institución de la Eucaristía
Figura transit in veritatem
El Espíritu Santo y la Eucaristía
Jesús y el Espíritu Santo Espíritu Santo y Celebración eucarística
Eucaristía
e Iglesia
Eucaristía, principio causal de la Iglesia Eucaristía y comunión eclesial
Eucaristía y Sacramentos
Sacramentalidad de la Iglesia
I. Eucaristía e iniciación cristiana
Eucaristía, plenitud de la iniciación cristiana Orden de los sacramentos de la
iniciación Iniciación, comunidad
eclesial y familia
II. Eucaristía y sacramento de la Reconciliación
Su relación intrínseca
Algunas observaciones pastorales
III. Eucaristía y Unción de los enfermos
IV. Eucaristía y sacramento del Orden
In
persona Christi capitis
Eucaristía y celibato sacerdotal Escasez de clero y pastoral
vocacional Gratitud y esperanza
V. Eucaristía y Matrimonio
Eucaristía, sacramento esponsal
Eucaristía y unidad del matrimonio
Eucaristía e indisolubilidad del matrimonio
Eucaristía y escatología
Eucaristía:
don al hombre en camino El banquete
escatológico Oración por los difuntos
Eucaristía y la Virgen María SEGUNDA PARTE
EUCARISTÍA, MISTERIO
QUE SE HA DE CELEBRAR
Lex orandi y lex credendi Belleza y liturgia
La
Celebración eucarística, obra del «Christus totus»
Christus totus
in capite et in corpore
Eucaristía y Cristo resucitado
Ars celebrandi
El Obispo, liturgo por excelencia Respeto de los libros litúrgicos
y de la riqueza de los signos El arte al
servicio de la celebración El canto
litúrgico
Estructura de la celebración eucarística
Unidad intrínseca de la acción litúrgica Liturgia de la Palabra
Homilía Presentación de las ofrendas
Plegaria eucarística Rito de la paz Distribución y recepción de la
eucaristía Despedida: « Ite, missa est
»
Actuosa participatio
Auténtica participación
Participación y ministerio sacerdotal Celebración eucarística e inculturación
Condiciones personales para una « actuosa participatio » Participación de los cristianos no católicos
Participación a través de los medios de comunicación social «Actuosa
participatio» de los enfermos Atención a
los presos Los emigrantes y su participación en la Eucaristía Las grandes concelebraciones Lengua latina
Celebraciones eucarísticas en pequeños grupos
La celebración participada interiormente
Catequesis mistagógica
Veneración de la Eucaristía
Adoración y piedad eucarística
Relación intrínseca entre celebración y adoración Práctica de la
adoración eucarística Formas de devoción eucarística Lugar del sagrario en la iglesia
TERCERA PARTE EUCARISTÍA, MISTERIO QUE SE HA DE VIVIR
Forma eucarística de la vida cristiana
El culto espiritual – logiké latreía (Rm 12,1)
Eficacia integradora del culto eucarístico
«Iuxta dominicam viventes» – Vivir según el domingo Vivir el
precepto dominical Sentido del descanso
y del trabajo Asambleas dominicales en ausencia de sacerdote Una forma eucarística de la existencia
cristiana, la pertenencia eclesial
Espiritualidad y cultura eucarística
Eucaristía y evangelización de las culturas Eucaristía y fieles laicos Eucaristía y espiritualidad sacerdotal
Eucaristía y vida consagrada Eucaristía y transformación moral Coherencia eucarística
Eucaristía, misterio que se ha de anunciar
Eucaristía y misión Eucaristía y testimonio Jesucristo, único
Salvador Libertad de culto
Eucaristía, misterio que se ha de ofrecer al mundo
Eucaristía: pan partido para la vida del mundo Implicaciones sociales del Misterio
eucarístico El alimento de la verdad y la indigencia del hombre Doctrina social de la Iglesia Santificación
del mundo y salvaguardia de la creación [ Utilidad de un Compendio
eucarístico
Conclusión
INTRODUCCIÓN
1.Sacramento de la caridad,[1] la Santísima
Eucaristía es el don que Jesucristo hace de sí mismo, revelándonos el amor
infinito de Dios por cada hombre. En este admirable Sacramento se manifiesta el
amor « más grande », aquél que impulsa a « dar la vida por los propios amigos »
(cf. Jn 15,13). En efecto, Jesús « los amó hasta el extremo » (Jn 13,1).
Con esta expresión, el evangelista presenta el gesto de infinita humildad de
Jesús: antes de morir por nosotros en la cruz, ciñéndose una toalla, lava los
pies a sus discípulos. Del mismo modo, en el Sacramento eucarístico Jesús sigue
amándonos « hasta el extremo », hasta el don de su cuerpo y de su sangre. ¡Qué
emoción debió embargar el corazón de los Apóstoles ante los gestos y palabras del
Señor durante aquella Cena! ¡Qué admiración ha de suscitar también en nuestro
corazón el Misterio eucarístico!
Alimento de la verdad
2. En el Sacramento del altar, el Señor va al encuentro del
hombre, creado a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,27), acompañándole
en su camino. En efecto, en este Sacramento el Señor se hace comida
para el hombre hambriento de verdad y libertad. Puesto que sólo la verdad nos
hace auténticamente libres (cf. Jn 8,36), Cristo se convierte para
nosotros en alimento de la Verdad. San Agustín, con un penetrante conocimiento
de la realidad humana, ha puesto de relieve cómo el hombre se mueve
espontáneamente, y no por coacción, cuando se encuentra ante algo que lo atrae
y le despierta el deseo. Así pues, al preguntarse sobre lo que puede mover al
hombre por encima de todo y en lo más íntimo, el santo obispo exclama: « ¿Ama
algo el alma con más ardor que la verdad? ».[2] En efecto, todo hombre lleva en sí mismo el deseo inevitable de
la verdad última y definitiva. Por eso, el Señor Jesús, « el camino, la verdad
y la vida » (Jn 14,6), se dirige al corazón anhelante del hombre, que se
siente peregrino y sediento, al corazón que suspira por la fuente de la vida,
al corazón que mendiga la Verdad. En efecto, Jesucristo es la Verdad en Persona,
que atrae el mundo hacia sí. « Jesús es la estrella polar de la libertad
humana: sin él pierde su orientación, puesto que sin el conocimiento de la
verdad, la libertad se desnaturaliza, se aísla y se reduce a arbitrio estéril.
Con él, la libertad se reencuentra ».[3] En particular, Jesús nos
enseña en el sacramento de la Eucaristía la verdad del amor, que es la
esencia misma de Dios. Ésta es la verdad evangélica que interesa a cada hombre
y a todo el hombre. Por eso la Iglesia, cuyo centro vital es la Eucaristía, se
compromete constantemente a anunciar a todos, « a tiempo y a destiempo » (2
Tm 4,2) que Dios es amor.[4] Precisamente porque Cristo
se ha hecho por nosotros alimento de la Verdad, la Iglesia se dirige al hombre,
invitándolo a acoger libremente el don de Dios.
Desarrollo
del rito eucarístico
3.
Al observar la historia bimilenaria de la Iglesia de Dios, guiada por la sabia
acción del Espíritu Santo, admiramos llenos de gratitud cómo se han
desarrollado ordenadamente en el tiempo las formas rituales con que
conmemoramos el acontecimiento de nuestra salvación. Desde las diversas
modalidades de los primeros siglos, que resplandecen aún en los ritos de las
antiguas Iglesias de Oriente, hasta la difusión del ritual romano; desde las
indicaciones claras del Concilio de Trento y del Misal de san Pío V hasta la
renovación litúrgica establecida por el Concilio Vaticano II: en cada etapa de
la historia de la Iglesia, la celebración eucarística, como fuente y culmen de
su vida y misión, resplandece en el rito litúrgico con toda su riqueza
multiforme. La XI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos,
celebrada del 2 al 23 de octubre de 2005 en el Vaticano, ha manifestado un
profundo agradecimiento a Dios por esta historia, reconociendo en ella la guía
del Espíritu Santo. En particular, los Padres sinodales han constatado y
reafirmado el influjo benéfico que ha tenido para la vida de la Iglesia la
reforma litúrgica puesta en marcha a partir del Concilio Ecuménico Vaticano II.[5] El Sínodo de los
Obispos ha tenido la posibilidad de valorar cómo ha sido su recepción después
de la cumbre conciliar. Los juicios positivos han sido muy numerosos. Se han
constatado también las dificultades y algunos abusos cometidos, pero que no
oscurecen el valor y la validez de la renovación litúrgica, la cual tiene aún
riquezas no descubiertas del todo. En concreto, se trata de leer los cambios
indicados por el Concilio dentro de la unidad que caracteriza el desarrollo
histórico del rito mismo, sin introducir rupturas artificiosas.[6]
Sínodo
de los Obispos y Año de la Eucaristía
4.
Además, se ha de poner de relieve la relación del reciente Sínodo de los
Obispos sobre la Eucaristía con lo ocurrido en los últimos años en la vida de
la Iglesia. Ante todo, hemos de pensar en el Gran Jubileo de 2000, con el cual
mi querido Predecesor, el Siervo de Dios Juan Pablo II, ha introducido la
Iglesia en el tercer milenio cristiano. El Año Jubilar se ha caracterizado
indudablemente por un fuerte sentido eucarístico. No se puede olvidar que el
Sínodo de los Obispos ha estado precedido, y en cierto sentido también
preparado, por el Año de la Eucaristía, establecido con gran amplitud de miras
por Juan Pablo II para toda la Iglesia. Dicho Año, iniciado con el Congreso
Eucarístico Internacional de Guadalajara (México), en octubre de 2004, se ha
concluido el 23 de octubre de 2005, al final de la XI Asamblea Sinodal, con la
canonización de cinco Beatos que se han distinguido especialmente por la piedad
eucarística: el Obispo Józef Bilczewski, los presbíteros Cayetano Catanoso,
Segismundo Gorazdowski, Alberto Hurtado Cruchaga y el religioso capuchino Félix
de Nicosia. Gracias a las enseñanzas expuestas por Juan Pablo II en la Carta
apostólica Mane nobiscum Domine,[7] y a las valiosas sugerencias de la Congregación para el
Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,[8] las diócesis y las diversas entidades eclesiales han
emprendido numerosas iniciativas para despertar y acrecentar en los creyentes
la fe eucarística, para mejorar la dignidad de las celebraciones y promover la
adoración eucarística, así como para animar una solidaridad efectiva que,
partiendo de la Eucaristía, llegara a los pobres. Por fin, es necesario
mencionar la importancia de la última Encíclica de mi venerado Predecesor, Ecclesia de Eucharistia,[9] con la que nos ha
dejado una segura referencia magisterial sobre la doctrina eucarística y un
último testimonio del lugar central que este divino Sacramento tenía en su
vida.
Objeto
de la presente Exhortación
5.
Esta Exhortación apostólica postsinodal se propone retomar la riqueza
multiforme de reflexiones y propuestas surgidas en la reciente Asamblea General
del Sínodo de los Obispos —desde los Lineamenta hasta las Propositiones,
incluyendo el Instrumentum laboris, las Relationes ante et post
disceptationem, las intervenciones de los Padres sinodales, de los auditores
y de los hermanos delegados—, con la intención de explicitar algunas líneas
fundamentales de acción orientadas a suscitar en la Iglesia nuevo impulso y
fervor por la Eucaristía. Consciente del vasto patrimonio doctrinal y
disciplinar acumulado a través de los siglos sobre este Sacramento,[10] en el presente documento deseo
sobre todo recomendar, teniendo en cuenta el voto de los Padres sinodales,[11] que el pueblo
cristiano profundice en la relación entre el Misterio eucarístico, el
acto litúrgico y el nuevo culto espiritual que se deriva de la
Eucaristía como sacramento de la caridad. En esta perspectiva, deseo
relacionar la presente Exhortación con mi primera Carta encíclica Deus caritas est, en
la que he hablado varias veces del sacramento de la Eucaristía para subrayar su
relación con el amor cristiano, tanto respecto a Dios como al prójimo: « el
Dios encarnado nos atrae a todos hacia sí. Se entiende, pues, que el agapé
se haya convertido también en un nombre de la Eucaristía: en ella el agapé
de Dios nos llega corporalmente para seguir actuando en nosotros y por nosotros
».[12]
PRIMERA PARTE
EUCARISTÍA, MISTERIO QUE SE HA DE CREER
«Éste es el trabajo que Dios quiere: que creáis en el que él ha
enviado» (Jn 6,29)
La
fe eucarística de la Iglesia
6.
« Este es el Misterio de la fe ». Con esta expresión, pronunciada
inmediatamente después de las palabras de la consagración, el sacerdote
proclama el misterio celebrado y manifiesta su
admiración ante la conversión sustancial del pan y el vino en el cuerpo y la
sangre del Señor Jesús, una realidad que supera toda comprensión humana. En
efecto, la Eucaristía es « misterio de la fe » por excelencia: « es el compendio
y la suma de nuestra fe ».[13] La fe de la Iglesia
es esencialmente fe eucarística y se alimenta de modo particular en la mesa de
la Eucaristía. La fe y los sacramentos son dos aspectos complementarios de la
vida eclesial. La fe que suscita el anuncio de la Palabra de Dios se alimenta y
crece en el encuentro de gracia con el Señor resucitado que se produce en los
sacramentos: « La fe se expresa en el rito y el rito refuerza y fortalece la fe
».[14] Por
eso, el Sacramento del altar está siempre en el centro de la vida eclesial; «
gracias a la Eucaristía, la Iglesia renace siempre de nuevo ».[15] Cuanto más viva es
la fe eucarística en el Pueblo de Dios, más profunda es su participación en la
vida eclesial a través de la adhesión consciente a la misión que Cristo ha
confiado a sus discípulos. La historia misma de la Iglesia es testigo de ello.
Toda gran reforma está vinculada de algún modo al redescubrimiento de la fe en
la presencia eucarística del Señor en medio de su pueblo.
Santísima
Trinidad y Eucaristía
El
pan que baja del cielo
7.
La primera realidad de la fe eucarística es el misterio mismo de Dios, el amor
trinitario. En el diálogo de Jesús con Nicodemo encontramos una expresión
iluminadora a este respecto: « Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo
único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida
eterna. Porque Dios no mandó a su hijo al mundo para condenar al mundo, sino
para que el mundo se salve por él » (Jn 3,16-17). Estas palabras
muestran la raíz última del don de Dios. En la Eucaristía, Jesús no da « algo
», sino a sí mismo; ofrece su cuerpo y derrama su sangre. Entrega así toda su
vida, manifestando la fuente originaria de este amor divino. Él es el Hijo
eterno que el Padre ha entregado por nosotros. En el Evangelio escuchamos
también a Jesús que, después de haber dado de comer a la multitud con la
multiplicación de los panes y los peces, dice a sus interlocutores que lo
habían seguido hasta la sinagoga de Cafarnaúm: « Es mi Padre el que os da el verdadero
pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al
mundo » (Jn 6,32-33); y llega a identificarse él mismo, la propia carne
y la propia sangre, con ese pan: « Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo:
el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne,
para la vida del mundo » (Jn 6,51). Jesús se manifiesta así como el Pan
de vida, que el Padre eterno da a los hombres.
Don
gratuito de la Santísima Trinidad
8.
En la Eucaristía se revela el designio de amor que guía toda la historia de la
salvación (cf. Ef 1,10; 3,8-11). En ella, el Deus Trinitas, que
en sí mismo es amor (cf. 1 Jn 4,7-8), se une plenamente a nuestra
condición humana. En el pan y en el vino, bajo cuya apariencia Cristo se nos entrega
en la cena pascual (cf. Lc 22,14-20; 1 Co 11,23-26), nos llega
toda la vida divina y se comparte con nosotros en la forma del Sacramento. Dios
es comunión perfecta de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Ya en
la creación, el hombre fue llamado a compartir en cierta medida el aliento
vital de Dios (cf. Gn 2,7). Pero es en Cristo muerto y resucitado, y en
la efusión del Espíritu Santo que se nos da sin medida (cf. Jn 3,34),
donde nos convertimos en verdaderos partícipes de la intimidad divina.[16] Jesucristo, pues, « que, en
virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha »
(Hb 9,14), nos comunica la misma vida divina en el don eucarístico. Se
trata de un don absolutamente gratuito, que se debe sólo a las promesas de
Dios, cumplidas por encima de toda medida. La Iglesia, con obediencia fiel,
acoge, celebra y adora este don. El « misterio de la fe » es misterio del amor
trinitario, en el cual, por gracia, estamos llamados a participar. Por tanto,
también nosotros hemos de exclamar con san Agustín: « Ves la Trinidad si ves el
amor ».[17]
Eucaristía: Jesús, el verdadero Cordero inmolado
La
nueva y eterna alianza en la sangre del Cordero
9.
La misión para la que Jesús ha venido entre nosotros llega a su cumplimiento en
el Misterio pascual. Desde lo alto de la cruz, donde atrae todo hacia sí (cf.
Jn 12,32), antes de « entregar el espíritu » dice: « Está cumplido » (Jn
19,30). En el misterio de su obediencia hasta la muerte, y una muerte de cruz
(cf. Flp 2,8), se ha cumplido la nueva y eterna alianza. La libertad de
Dios y la libertad del hombre se han encontrado definitivamente en su carne
crucificada, en un pacto indisoluble y válido para siempre. También el pecado
del hombre ha sido expiado una vez por todas por el Hijo de Dios (cf. Hb
7,27; 1 Jn 2,2; 4,10). Como he tenido ya oportunidad de decir: « En su
muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse
para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es el amor en su forma más
radical ».[18] En el Misterio
pascual se ha realizado verdaderamente nuestra liberación del mal y de la
muerte. En la institución de la Eucaristía, Jesús mismo habló de la « nueva y
eterna alianza », estipulada en su sangre derramada (cf. Mt 26,28; Mc
14,24; Lc 22,20). Esta meta última de su misión era ya bastante evidente
al comienzo de su vida pública. En efecto, cuando a orillas del Jordán Juan
Bautista ve venir a Jesús, exclama: « Éste es el Cordero de Dios, que
quita el pecado del mundo » (Jn 1,19). Es significativo que la misma
expresión se repita cada vez que celebramos la santa Misa, con la invitación
del sacerdote para acercarse a comulgar: « Éste es el Cordero de Dios,
que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor ».
Jesús es el verdadero cordero pascual que se ha ofrecido espontáneamente
a sí mismo en sacrificio por nosotros, realizando así la nueva y eterna
alianza. La Eucaristía contiene en sí esta novedad radical, que se nos propone
de nuevo en cada celebración.[19]
Institución
de la Eucaristía
10.
De este modo llegamos a reflexionar sobre la institución de la Eucaristía en la
última Cena. Sucedió en el contexto de una cena ritual con la que se
conmemoraba el acontecimiento fundamental del pueblo de Israel: la liberación
de la esclavitud de Egipto. Esta cena ritual, relacionada con la inmolación de
los corderos (Ex 12,1- 28.43-51), era conmemoración del pasado, pero, al
mismo tiempo, también memoria profética, es decir, anuncio de una liberación
futura. En efecto, el pueblo había experimentado que aquella liberación no
había sido definitiva, puesto que su historia estaba todavía demasiado marcada
por la esclavitud y el pecado. El memorial de la antigua liberación se abría
así a la súplica y a la esperanza de una salvación más profunda, radical,
universal y definitiva. Éste es el contexto en el cual Jesús introduce la
novedad de su don. En la oración de alabanza, la Berakah, da gracias al
Padre no sólo por los grandes acontecimientos de la historia pasada, sino
también por la propia « exaltación ». Al instituir el sacramento de la
Eucaristía, Jesús anticipa e implica el Sacrificio de la cruz y la victoria de
la resurrección. Al mismo tiempo, se revela como el verdadero cordero
inmolado, previsto en el designio del Padre desde la fundación del mundo, como
se lee en la primera Carta de San Pedro (cf. 1,18-20). Situando en este
contexto su don, Jesús manifiesta el sentido salvador de su muerte y
resurrección, misterio que se convierte en el factor renovador de la historia y
de todo el cosmos. En efecto, la institución de la Eucaristía muestra cómo
aquella muerte, de por sí violenta y absurda, se ha transformado en Jesús en un
supremo acto de amor y de liberación definitiva del mal para la humanidad.
Figura
transit in veritatem
11.
De este modo Jesús inserta su novum radical dentro de la antigua cena
sacrificial judía. Para nosotros los cristianos, ya no es necesario repetir
aquella cena. Como dicen con precisión los Padres, figura transit in
veritatem: lo que anunciaba realidades futuras, ahora ha dado paso a la
verdad misma. El antiguo rito ya se ha cumplido y ha sido superado
definitivamente por el don de amor del Hijo de Dios encarnado. El alimento de
la verdad, Cristo inmolado por nosotros, dat... figuris terminum.[20] Con el mandato « Haced esto en
conmemoración mía » (cf. Lc 22,19; 1 Co 11,25), nos pide
corresponder a su don y representarlo sacramentalmente. Por tanto, el Señor
expresa con estas palabras, por decirlo así, la esperanza de que su Iglesia,
nacida de su sacrificio, acoja este don, desarrollando bajo la guía del
Espíritu Santo la forma litúrgica del Sacramento. En efecto, el memorial de su
total entrega no consiste en la simple repetición de la última Cena, sino
propiamente en la Eucaristía, es decir, en la novedad radical del culto
cristiano. Jesús nos ha encomendado así la tarea de participar en su « hora ».
« La Eucaristía nos adentra en el acto oblativo de Jesús. No recibimos
solamente de modo pasivo el Logos, sino que nos implicamos en la
dinámica de su entrega ».[21]) Él « nos atrae hacia sí ».[22] La conversión sustancial del pan y del vino en su cuerpo y
en su sangre introduce en la creación el principio de un cambio radical, como
una forma de « fisión nuclear », por usar una imagen bien conocida hoy por
nosotros, que se produce en lo más íntimo del ser; un cambio destinado a
suscitar un proceso de transformación de la realidad, cuyo término último será
la transfiguración del mundo entero, el momento en que Dios será todo para
todos (cf. 1 Co 15,28).
El
Espíritu Santo y la Eucaristía
Jesús
y el Espíritu Santo
12.
Con su palabra, y con el pan y el vino, el Señor mismo nos ha ofrecido los
elementos esenciales del culto nuevo. La Iglesia, su Esposa, está llamada a
celebrar día tras día el banquete eucarístico en conmemoración suya. Introduce
así el sacrificio redentor de su Esposo en la historia de los hombres y lo hace
presente sacramentalmente en todas las culturas. Este gran misterio se celebra
en las formas litúrgicas que la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo,
desarrolla en el tiempo y en los diversos lugares.[23] A este propósito es necesario despertar en nosotros la
conciencia del papel decisivo que desempeña el Espíritu Santo en el desarrollo
de la forma litúrgica y en la profundización de los divinos misterios. El
Paráclito, primer don para los creyentes,[24] que actúa ya en la creación (cf. Gn 1,2), está
plenamente presente en toda la vida del Verbo encarnado; en efecto, Jesucristo
fue concebido por la Virgen María por obra del Espíritu Santo (cf. Mt
1,18; Lc 1,35); al comienzo de su misión pública, a orillas del Jordán,
lo ve bajar sobre sí en forma de paloma (cf. Mt 3,16 y par.); en este
mismo Espíritu actúa, habla y se llena de gozo (cf. Lc 10,21), y por Él
se ofrece a sí mismo (cf. Hb 9,14). En los llamados « discursos de
despedida » recopilados por Juan, Jesús establece una clara relación entre el
don de su vida en el misterio pascual y el don del Espíritu a los suyos (cf.
Jn 16,7). Una vez resucitado, llevando en su carne las señales de la
pasión, Él infunde el Espíritu (cf. Jn 20,22), haciendo a los suyos
partícipes de su propia misión (cf. Jn 20,21). Será el Espíritu quien
enseñe después a los discípulos todas las cosas y les recuerde todo lo que
Cristo ha dicho (cf. Jn 14,26), porque corresponde a Él, como Espíritu
de la verdad (cf. Jn 15,26), guiarlos hasta la verdad completa (cf.
Jn 16,13). En el relato de los Hechos, el Espíritu desciende sobre
los Apóstoles reunidos en oración con María el día de Pentecostés (cf. 2,1-4),
y los anima a la misión de anunciar a todos los pueblos la buena noticia. Por
tanto, Cristo mismo, en virtud de la acción del Espíritu, está presente y
operante en su Iglesia, desde su centro vital que es la Eucaristía.
Espíritu
Santo y Celebración eucarística
13.
En este horizonte se comprende el papel decisivo del Espíritu Santo en la
Celebración eucarística y, en particular, en lo que se refiere a la
transustanciación. Todo ello está bien documentado en los Padres de la Iglesia.
San Cirilo de Jerusalén, en sus Catequesis, recuerda que nosotros «
invocamos a Dios misericordioso para que mande su Santo Espíritu sobre las
ofrendas que están ante nosotros, para que Él transforme el pan en cuerpo de
Cristo y el vino en sangre de Cristo. Lo que toca el Espíritu Santo es
santificado y transformado totalmente ».[25] También san Juan Crisóstomo hace notar que el sacerdote
invoca el Espíritu Santo cuando celebra el Sacrificio[26]: como Elías —dice—,
el ministro invoca el Espíritu Santo para que, « descendiendo la gracia sobre
la víctima, se enciendan por ella las almas de todos ».[27] Es muy necesario
para la vida espiritual de los fieles que tomen conciencia más claramente de la
riqueza de la anáfora: junto con las palabras pronunciadas por Cristo en la
última Cena, contiene la epíclesis, como invocación al Padre para que haga
descender el don del Espíritu a fin de que el pan y el vino se conviertan en el
cuerpo y la sangre de Jesucristo, y para que « toda la comunidad sea cada vez
más cuerpo de Cristo ».[28] El Espíritu, que invoca el celebrante sobre los dones del
pan y el vino puestos sobre el altar, es el mismo que reúne a los fieles « en
un sólo cuerpo », haciendo de ellos una oferta espiritual agradable al Padre.[29]
Eucaristía e Iglesia
Eucaristía,
principio causal de la Iglesia
14.
Por el Sacramento eucarístico Jesús incorpora a los fieles a su propia « hora
»; de este modo nos muestra la unión que ha querido establecer entre Él y
nosotros, entre su persona y la Iglesia. En efecto, Cristo mismo, en el
sacrificio de la cruz, ha engendrado a la Iglesia como su esposa y su cuerpo.
Los Padres de la Iglesia han meditado mucho sobre la relación entre el origen
de Eva del costado de Adán mientras dormía (cf. Gn 2,21-23) y de la
nueva Eva, la Iglesia, del costado abierto de Cristo, sumido en el sueño de la
muerte: del costado traspasado, dice Juan, salió sangre y agua (cf. Jn 19,34),
símbolo de los sacramentos.[30] El contemplar « al que atravesaron » (Jn 19,37) nos
lleva a considerar la unión causal entre el sacrificio de Cristo, la Eucaristía
y la Iglesia. En efecto, la Iglesia « vive de la Eucaristía ».(31)
Ya que en ella se hace presente el sacrificio redentor de Cristo, se tiene que
reconocer ante todo que « hay un influjo causal de la Eucaristía en los
orígenes mismos de la Iglesia ».(32) La Eucaristía es Cristo que se nos
entrega, edificándonos continuamente como su cuerpo. Por tanto, en la sugestiva
correlación entre la Eucaristía que edifica la Iglesia y la Iglesia que hace a
su vez la Eucaristía,(33) la primera afirmación
expresa la causa primaria: la Iglesia puede celebrar y adorar el misterio de
Cristo presente en la Eucaristía precisamente porque el mismo Cristo se ha
entregado antes a ella en el sacrificio de la Cruz. La posibilidad que tiene la
Iglesia de « hacer » la Eucaristía tiene su raíz en la donación que Cristo le
ha hecho de sí mismo. Descubrimos también aquí un aspecto elocuente de la
fórmula de san Juan: « Él nos ha amado primero » (1Jn 4,19). Así,
también nosotros confesamos en cada celebración la primacía del don de Cristo.
En definitiva, el influjo causal de la Eucaristía en el origen de la Iglesia
revela la precedencia no sólo cronológica sino también ontológica del habernos
« amado primero ». Él es eternamente quien nos ama primero.
Eucaristía
y comunión eclesial
15.
La Eucaristía es, pues, constitutiva del ser y del actuar de la Iglesia. Por
eso la antigüedad cristiana designó con las mismas palabras Corpus Christi el
Cuerpo nacido de la Virgen María, el Cuerpo eucarístico y el Cuerpo eclesial de
Cristo.(34) Este dato, muy presente en la tradición, ayuda a aumentar en
nosotros la conciencia de que no se puede separar a Cristo de la Iglesia. El
Señor Jesús, ofreciéndose a sí mismo en sacrificio por nosotros, ha
preanunciado eficazmente en su donación el misterio de la Iglesia. Es
significativo que en la segunda plegaria eucarística, al invocar al Paráclito,
se formule de este modo la oración por la unidad de la Iglesia: « que el
Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y
Sangre de Cristo ». Este pasaje permite comprender bien que la res del
Sacramento eucarístico incluye la unidad de los fieles en la comunión eclesial.
La Eucaristía se muestra así en las raíces de la Iglesia como misterio de
comunión.(35)
Ya
en su Encíclica Ecclesia de Eucharistia, el siervo de Dios Juan Pablo II llamó la atención sobre
la relación entre Eucaristía y communio. Se refirió al memorial de
Cristo como la « suprema manifestación sacramental de la comunión en la Iglesia
».(36) La unidad de la comunión eclesial se revela concretamente en las
comunidades cristianas y se renueva en el acto eucarístico que las une y las
diferencia en Iglesias particulares, « in quibus et ex quibus una et unica
Ecclesia catholica exsistit ».(37) Precisamente la realidad de la única
Eucaristía que se celebra en cada diócesis en torno al propio Obispo nos
permite comprender cómo las mismas Iglesias particulares subsisten in y ex
Ecclesia. En efecto, « la unicidad e indivisibilidad del Cuerpo eucarístico
del Señor implica la unicidad de su Cuerpo místico, que es la Iglesia una e
indivisible. Desde el centro eucarístico surge la necesaria apertura de cada
comunidad celebrante, de cada Iglesia particular: del dejarse atraer por los
brazos abiertos del Señor se sigue la inserción en su Cuerpo, único e indiviso
».(38) Por este motivo, en la celebración de la
Eucaristía cada fiel se encuentra en su Iglesia, es decir, en la Iglesia
de Cristo. En esta perspectiva eucarística, comprendida adecuadamente, la
comunión eclesial se revela una realidad por su propia naturaleza católica.(39) Subrayar esta raíz eucarística de la comunión eclesial
puede contribuir también eficazmente al diálogo ecuménico con las Iglesias y
con las Comunidades eclesiales que no están en plena comunión con la Sede de Pedro.
En efecto, la Eucaristía establece objetivamente un fuerte vínculo de unidad
entre la Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas que han conservado la
auténtica e íntegra naturaleza del misterio de la Eucaristía. Al mismo tiempo,
el relieve dado al carácter eclesial de la Eucaristía puede convertirse también
en elemento privilegiado en el diálogo con las Comunidades nacidas de la
Reforma.(40)
Eucaristía y sacramentos
Sacramentalidad
de la Iglesia
16.
El Concilio Vaticano II ha recordado que « los demás sacramentos, como también
todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están unidos a la
Eucaristía y a ella se ordenan. La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo
el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan
de Vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo. Así, los
hombres son invitados y llevados a ofrecerse a sí mismos, sus trabajos y todas
las cosas creadas junto con Cristo ».(41) Esta relación íntima de la Eucaristía
con los otros sacramentos y con la existencia cristiana se comprende en su raíz
cuando se contempla el misterio de la Iglesia como sacramento.(42) A este
propósito, el Concilio Vaticano II afirma que « La Iglesia es en Cristo como un
sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de
todo el género humano ».(43) Ella, como dice san Cipriano, en cuanto « pueblo
convocado por el unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo »,(44) es
sacramento de la comunión trinitaria.
El
hecho de que la Iglesia sea « sacramento universal de salvación »(45) muestra cómo la « economía » sacramental determina en
último término el modo cómo Cristo, único Salvador, mediante el Espíritu llega
a nuestra existencia en sus circunstancias específicas. La Iglesia se recibe
y al mismo tiempo se expresa en los siete sacramentos, mediante los
cuales la gracia de Dios influye concretamente en los fieles para que toda su
vida, redimida por Cristo, se convierta en culto agradable a Dios. En esta
perspectiva, deseo subrayar aquí algunos elementos, señalados por los Padres
sinodales, que pueden ayudar a comprender la relación de todos los sacramentos
con el misterio eucarístico.
I.
Eucaristía e iniciación cristiana
Eucaristía,
plenitud de la iniciación cristiana
17.
Puesto que la Eucaristía es verdaderamente fuente y culmen de la vida y de la
misión de la Iglesia, el camino de iniciación cristiana tiene como punto de
referencia la posibilidad de acceder a este sacramento. A este respecto, como
han dicho los Padres sinodales, hemos de preguntarnos si en nuestras
comunidades cristianas se percibe de manera suficiente el estrecho vínculo que
hay entre el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía.(46)
En efecto, nunca debemos olvidar que somos bautizados y confirmados en orden a
la Eucaristía. Esto requiere el esfuerzo de favorecer en la acción pastoral una
comprensión más unitaria del proceso de iniciación cristiana. El sacramento del
Bautismo, mediante el cual nos conformamos con Cristo,(47)
nos incorporamos a la Iglesia y nos convertimos en hijos de Dios, es la puerta
para todos los sacramentos. Con él se nos integra en el único Cuerpo de Cristo
(cf. 1 Co 12,13), pueblo sacerdotal. Sin embargo, la participación en el
Sacrificio eucarístico perfecciona en nosotros lo que nos ha sido dado en el
Bautismo. Los dones del Espíritu se dan también para la edificación del Cuerpo
de Cristo (cf. 1 Co 12) y para un mayor testimonio evangélico en el
mundo.(48) Así pues, la santísima Eucaristía lleva la
iniciación cristiana a su plenitud y es como el centro y el fin de toda la vida
sacramental.(49)
Orden
de los sacramentos de la iniciación
18.
A este respeto es necesario prestar atención al tema del orden de los
Sacramentos de la iniciación. En la Iglesia hay tradiciones diferentes. Esta
diversidad se manifiesta claramente en las costumbres eclesiales de Oriente,(50) y en la misma praxis occidental por lo que se refiere
a la iniciación de los adultos,(51) a diferencia de la de los niños.(52) Sin
embargo, no se trata propiamente de diferencias de orden dogmático, sino de
carácter pastoral. Concretamente, es necesario verificar qué praxis puede
efectivamente ayudar mejor a los fieles a poner de relieve el sacramento de la
Eucaristía como aquello a lo que tiende toda la iniciación. En estrecha
colaboración con los competentes Dicasterios de la Curia Romana, las
Conferencias Episcopales han de verificar la eficacia de los actuales procesos
de iniciación, para ayudar cada vez más al cristiano a madurar con la acción
educadora de nuestras comunidades, y llegue a asumir en su vida una impronta
auténticamente eucarística, que le haga capaz de dar razón de la propia
esperanza de modo adecuado en nuestra época (cf. 1 P 3,15).