EXHORTACIÓN APOSTÓLICA POSTSINODAL SACRAMENTUM CARITATIS DEL SANTO
PADRE BENEDICTO XVI AL EPISCOPADO, AL
CLERO, A LAS PERSONAS CONSAGRADAS Y A LOS FIELES LAICOS SOBRE LA EUCARISTÍA
FUENTE Y CULMEN DE LA VIDA Y DE LA MISIÓN DE LA IGLESIA
ÍNDICE
Introducción
Alimento de la verdad Desarrollo del rito eucarístico Sínodo de
los Obispos y Año de la Eucaristía Objeto de la presente Exhortación
PRIMERA
PARTE EUCARISTÍA, MISTERIO QUE SE HA DE CREER
La fe eucarística de la Iglesia
Santísima Trinidad y Eucaristía
El pan que baja del cielo Don gratuito de la Santísima Trinidad
Eucaristía: Jesús, el verdadero Cordero inmolado
La nueva
y eterna alianza en la sangre del Cordero Institución de la Eucaristía
Figura transit in veritatem
El Espíritu Santo y la Eucaristía
Jesús y el Espíritu Santo Espíritu Santo y Celebración eucarística
Eucaristía
e Iglesia
Eucaristía, principio causal de la Iglesia Eucaristía y comunión eclesial
Eucaristía y Sacramentos
Sacramentalidad de la Iglesia
I. Eucaristía e iniciación cristiana
Eucaristía, plenitud de la iniciación cristiana Orden de los sacramentos de la
iniciación Iniciación, comunidad
eclesial y familia
II. Eucaristía y sacramento de la Reconciliación
Su relación intrínseca
Algunas observaciones pastorales
III. Eucaristía y Unción de los enfermos
IV. Eucaristía y sacramento del Orden
In
persona Christi capitis
Eucaristía y celibato sacerdotal Escasez de clero y pastoral
vocacional Gratitud y esperanza
V. Eucaristía y Matrimonio
Eucaristía, sacramento esponsal
Eucaristía y unidad del matrimonio
Eucaristía e indisolubilidad del matrimonio
Eucaristía y escatología
Eucaristía:
don al hombre en camino El banquete
escatológico Oración por los difuntos
Eucaristía y la Virgen María SEGUNDA PARTE
EUCARISTÍA, MISTERIO
QUE SE HA DE CELEBRAR
Lex orandi y lex credendi Belleza y liturgia
La
Celebración eucarística, obra del «Christus totus»
Christus totus
in capite et in corpore
Eucaristía y Cristo resucitado
Ars celebrandi
El Obispo, liturgo por excelencia Respeto de los libros litúrgicos
y de la riqueza de los signos El arte al
servicio de la celebración El canto
litúrgico
Estructura de la celebración eucarística
Unidad intrínseca de la acción litúrgica Liturgia de la Palabra
Homilía Presentación de las ofrendas
Plegaria eucarística Rito de la paz Distribución y recepción de la
eucaristía Despedida: « Ite, missa est
»
Actuosa participatio
Auténtica participación
Participación y ministerio sacerdotal Celebración eucarística e inculturación
Condiciones personales para una « actuosa participatio » Participación de los cristianos no católicos
Participación a través de los medios de comunicación social «Actuosa
participatio» de los enfermos Atención a
los presos Los emigrantes y su participación en la Eucaristía Las grandes concelebraciones Lengua latina
Celebraciones eucarísticas en pequeños grupos
La celebración participada interiormente
Catequesis mistagógica
Veneración de la Eucaristía
Adoración y piedad eucarística
Relación intrínseca entre celebración y adoración Práctica de la
adoración eucarística Formas de devoción eucarística Lugar del sagrario en la iglesia
TERCERA PARTE EUCARISTÍA, MISTERIO QUE SE HA DE VIVIR
Forma eucarística de la vida cristiana
El culto espiritual – logiké latreía (Rm 12,1)
Eficacia integradora del culto eucarístico
«Iuxta dominicam viventes» – Vivir según el domingo Vivir el
precepto dominical Sentido del descanso
y del trabajo Asambleas dominicales en ausencia de sacerdote Una forma eucarística de la existencia
cristiana, la pertenencia eclesial
Espiritualidad y cultura eucarística
Eucaristía y evangelización de las culturas Eucaristía y fieles laicos Eucaristía y espiritualidad sacerdotal
Eucaristía y vida consagrada Eucaristía y transformación moral Coherencia eucarística
Eucaristía, misterio que se ha de anunciar
Eucaristía y misión Eucaristía y testimonio Jesucristo, único
Salvador Libertad de culto
Eucaristía, misterio que se ha de ofrecer al mundo
Eucaristía: pan partido para la vida del mundo Implicaciones sociales del Misterio
eucarístico El alimento de la verdad y la indigencia del hombre Doctrina social de la Iglesia Santificación
del mundo y salvaguardia de la creación [ Utilidad de un Compendio
eucarístico
Conclusión
INTRODUCCIÓN
1.Sacramento de la caridad,[1] la Santísima
Eucaristía es el don que Jesucristo hace de sí mismo, revelándonos el amor
infinito de Dios por cada hombre. En este admirable Sacramento se manifiesta el
amor « más grande », aquél que impulsa a « dar la vida por los propios amigos »
(cf. Jn 15,13). En efecto, Jesús « los amó hasta el extremo » (Jn 13,1).
Con esta expresión, el evangelista presenta el gesto de infinita humildad de
Jesús: antes de morir por nosotros en la cruz, ciñéndose una toalla, lava los
pies a sus discípulos. Del mismo modo, en el Sacramento eucarístico Jesús sigue
amándonos « hasta el extremo », hasta el don de su cuerpo y de su sangre. ¡Qué
emoción debió embargar el corazón de los Apóstoles ante los gestos y palabras del
Señor durante aquella Cena! ¡Qué admiración ha de suscitar también en nuestro
corazón el Misterio eucarístico!
Alimento de la verdad
2. En el Sacramento del altar, el Señor va al encuentro del
hombre, creado a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,27), acompañándole
en su camino. En efecto, en este Sacramento el Señor se hace comida
para el hombre hambriento de verdad y libertad. Puesto que sólo la verdad nos
hace auténticamente libres (cf. Jn 8,36), Cristo se convierte para
nosotros en alimento de la Verdad. San Agustín, con un penetrante conocimiento
de la realidad humana, ha puesto de relieve cómo el hombre se mueve
espontáneamente, y no por coacción, cuando se encuentra ante algo que lo atrae
y le despierta el deseo. Así pues, al preguntarse sobre lo que puede mover al
hombre por encima de todo y en lo más íntimo, el santo obispo exclama: « ¿Ama
algo el alma con más ardor que la verdad? ».[2] En efecto, todo hombre lleva en sí mismo el deseo inevitable de
la verdad última y definitiva. Por eso, el Señor Jesús, « el camino, la verdad
y la vida » (Jn 14,6), se dirige al corazón anhelante del hombre, que se
siente peregrino y sediento, al corazón que suspira por la fuente de la vida,
al corazón que mendiga la Verdad. En efecto, Jesucristo es la Verdad en Persona,
que atrae el mundo hacia sí. « Jesús es la estrella polar de la libertad
humana: sin él pierde su orientación, puesto que sin el conocimiento de la
verdad, la libertad se desnaturaliza, se aísla y se reduce a arbitrio estéril.
Con él, la libertad se reencuentra ».[3] En particular, Jesús nos
enseña en el sacramento de la Eucaristía la verdad del amor, que es la
esencia misma de Dios. Ésta es la verdad evangélica que interesa a cada hombre
y a todo el hombre. Por eso la Iglesia, cuyo centro vital es la Eucaristía, se
compromete constantemente a anunciar a todos, « a tiempo y a destiempo » (2
Tm 4,2) que Dios es amor.[4] Precisamente porque Cristo
se ha hecho por nosotros alimento de la Verdad, la Iglesia se dirige al hombre,
invitándolo a acoger libremente el don de Dios.
Desarrollo
del rito eucarístico
3.
Al observar la historia bimilenaria de la Iglesia de Dios, guiada por la sabia
acción del Espíritu Santo, admiramos llenos de gratitud cómo se han
desarrollado ordenadamente en el tiempo las formas rituales con que
conmemoramos el acontecimiento de nuestra salvación. Desde las diversas
modalidades de los primeros siglos, que resplandecen aún en los ritos de las
antiguas Iglesias de Oriente, hasta la difusión del ritual romano; desde las
indicaciones claras del Concilio de Trento y del Misal de san Pío V hasta la
renovación litúrgica establecida por el Concilio Vaticano II: en cada etapa de
la historia de la Iglesia, la celebración eucarística, como fuente y culmen de
su vida y misión, resplandece en el rito litúrgico con toda su riqueza
multiforme. La XI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos,
celebrada del 2 al 23 de octubre de 2005 en el Vaticano, ha manifestado un
profundo agradecimiento a Dios por esta historia, reconociendo en ella la guía
del Espíritu Santo. En particular, los Padres sinodales han constatado y
reafirmado el influjo benéfico que ha tenido para la vida de la Iglesia la
reforma litúrgica puesta en marcha a partir del Concilio Ecuménico Vaticano II.[5] El Sínodo de los
Obispos ha tenido la posibilidad de valorar cómo ha sido su recepción después
de la cumbre conciliar. Los juicios positivos han sido muy numerosos. Se han
constatado también las dificultades y algunos abusos cometidos, pero que no
oscurecen el valor y la validez de la renovación litúrgica, la cual tiene aún
riquezas no descubiertas del todo. En concreto, se trata de leer los cambios
indicados por el Concilio dentro de la unidad que caracteriza el desarrollo
histórico del rito mismo, sin introducir rupturas artificiosas.[6]
Sínodo
de los Obispos y Año de la Eucaristía
4.
Además, se ha de poner de relieve la relación del reciente Sínodo de los
Obispos sobre la Eucaristía con lo ocurrido en los últimos años en la vida de
la Iglesia. Ante todo, hemos de pensar en el Gran Jubileo de 2000, con el cual
mi querido Predecesor, el Siervo de Dios Juan Pablo II, ha introducido la
Iglesia en el tercer milenio cristiano. El Año Jubilar se ha caracterizado
indudablemente por un fuerte sentido eucarístico. No se puede olvidar que el
Sínodo de los Obispos ha estado precedido, y en cierto sentido también
preparado, por el Año de la Eucaristía, establecido con gran amplitud de miras
por Juan Pablo II para toda la Iglesia. Dicho Año, iniciado con el Congreso
Eucarístico Internacional de Guadalajara (México), en octubre de 2004, se ha
concluido el 23 de octubre de 2005, al final de la XI Asamblea Sinodal, con la
canonización de cinco Beatos que se han distinguido especialmente por la piedad
eucarística: el Obispo Józef Bilczewski, los presbíteros Cayetano Catanoso,
Segismundo Gorazdowski, Alberto Hurtado Cruchaga y el religioso capuchino Félix
de Nicosia. Gracias a las enseñanzas expuestas por Juan Pablo II en la Carta
apostólica Mane nobiscum Domine,[7] y a las valiosas sugerencias de la Congregación para el
Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,[8] las diócesis y las diversas entidades eclesiales han
emprendido numerosas iniciativas para despertar y acrecentar en los creyentes
la fe eucarística, para mejorar la dignidad de las celebraciones y promover la
adoración eucarística, así como para animar una solidaridad efectiva que,
partiendo de la Eucaristía, llegara a los pobres. Por fin, es necesario
mencionar la importancia de la última Encíclica de mi venerado Predecesor, Ecclesia de Eucharistia,[9] con la que nos ha
dejado una segura referencia magisterial sobre la doctrina eucarística y un
último testimonio del lugar central que este divino Sacramento tenía en su
vida.
Objeto
de la presente Exhortación
5.
Esta Exhortación apostólica postsinodal se propone retomar la riqueza
multiforme de reflexiones y propuestas surgidas en la reciente Asamblea General
del Sínodo de los Obispos —desde los Lineamenta hasta las Propositiones,
incluyendo el Instrumentum laboris, las Relationes ante et post
disceptationem, las intervenciones de los Padres sinodales, de los auditores
y de los hermanos delegados—, con la intención de explicitar algunas líneas
fundamentales de acción orientadas a suscitar en la Iglesia nuevo impulso y
fervor por la Eucaristía. Consciente del vasto patrimonio doctrinal y
disciplinar acumulado a través de los siglos sobre este Sacramento,[10] en el presente documento deseo
sobre todo recomendar, teniendo en cuenta el voto de los Padres sinodales,[11] que el pueblo
cristiano profundice en la relación entre el Misterio eucarístico, el
acto litúrgico y el nuevo culto espiritual que se deriva de la
Eucaristía como sacramento de la caridad. En esta perspectiva, deseo
relacionar la presente Exhortación con mi primera Carta encíclica Deus caritas est, en
la que he hablado varias veces del sacramento de la Eucaristía para subrayar su
relación con el amor cristiano, tanto respecto a Dios como al prójimo: « el
Dios encarnado nos atrae a todos hacia sí. Se entiende, pues, que el agapé
se haya convertido también en un nombre de la Eucaristía: en ella el agapé
de Dios nos llega corporalmente para seguir actuando en nosotros y por nosotros
».[12]
PRIMERA PARTE
EUCARISTÍA, MISTERIO QUE SE HA DE CREER
«Éste es el trabajo que Dios quiere: que creáis en el que él ha
enviado» (Jn 6,29)
La
fe eucarística de la Iglesia
6.
« Este es el Misterio de la fe ». Con esta expresión, pronunciada
inmediatamente después de las palabras de la consagración, el sacerdote
proclama el misterio celebrado y manifiesta su
admiración ante la conversión sustancial del pan y el vino en el cuerpo y la
sangre del Señor Jesús, una realidad que supera toda comprensión humana. En
efecto, la Eucaristía es « misterio de la fe » por excelencia: « es el compendio
y la suma de nuestra fe ».[13] La fe de la Iglesia
es esencialmente fe eucarística y se alimenta de modo particular en la mesa de
la Eucaristía. La fe y los sacramentos son dos aspectos complementarios de la
vida eclesial. La fe que suscita el anuncio de la Palabra de Dios se alimenta y
crece en el encuentro de gracia con el Señor resucitado que se produce en los
sacramentos: « La fe se expresa en el rito y el rito refuerza y fortalece la fe
».[14] Por
eso, el Sacramento del altar está siempre en el centro de la vida eclesial; «
gracias a la Eucaristía, la Iglesia renace siempre de nuevo ».[15] Cuanto más viva es
la fe eucarística en el Pueblo de Dios, más profunda es su participación en la
vida eclesial a través de la adhesión consciente a la misión que Cristo ha
confiado a sus discípulos. La historia misma de la Iglesia es testigo de ello.
Toda gran reforma está vinculada de algún modo al redescubrimiento de la fe en
la presencia eucarística del Señor en medio de su pueblo.
Santísima
Trinidad y Eucaristía
El
pan que baja del cielo
7.
La primera realidad de la fe eucarística es el misterio mismo de Dios, el amor
trinitario. En el diálogo de Jesús con Nicodemo encontramos una expresión
iluminadora a este respecto: « Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo
único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida
eterna. Porque Dios no mandó a su hijo al mundo para condenar al mundo, sino
para que el mundo se salve por él » (Jn 3,16-17). Estas palabras
muestran la raíz última del don de Dios. En la Eucaristía, Jesús no da « algo
», sino a sí mismo; ofrece su cuerpo y derrama su sangre. Entrega así toda su
vida, manifestando la fuente originaria de este amor divino. Él es el Hijo
eterno que el Padre ha entregado por nosotros. En el Evangelio escuchamos
también a Jesús que, después de haber dado de comer a la multitud con la
multiplicación de los panes y los peces, dice a sus interlocutores que lo
habían seguido hasta la sinagoga de Cafarnaúm: « Es mi Padre el que os da el verdadero
pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al
mundo » (Jn 6,32-33); y llega a identificarse él mismo, la propia carne
y la propia sangre, con ese pan: « Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo:
el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne,
para la vida del mundo » (Jn 6,51). Jesús se manifiesta así como el Pan
de vida, que el Padre eterno da a los hombres.
Don
gratuito de la Santísima Trinidad
8.
En la Eucaristía se revela el designio de amor que guía toda la historia de la
salvación (cf. Ef 1,10; 3,8-11). En ella, el Deus Trinitas, que
en sí mismo es amor (cf. 1 Jn 4,7-8), se une plenamente a nuestra
condición humana. En el pan y en el vino, bajo cuya apariencia Cristo se nos entrega
en la cena pascual (cf. Lc 22,14-20; 1 Co 11,23-26), nos llega
toda la vida divina y se comparte con nosotros en la forma del Sacramento. Dios
es comunión perfecta de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Ya en
la creación, el hombre fue llamado a compartir en cierta medida el aliento
vital de Dios (cf. Gn 2,7). Pero es en Cristo muerto y resucitado, y en
la efusión del Espíritu Santo que se nos da sin medida (cf. Jn 3,34),
donde nos convertimos en verdaderos partícipes de la intimidad divina.[16] Jesucristo, pues, « que, en
virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha »
(Hb 9,14), nos comunica la misma vida divina en el don eucarístico. Se
trata de un don absolutamente gratuito, que se debe sólo a las promesas de
Dios, cumplidas por encima de toda medida. La Iglesia, con obediencia fiel,
acoge, celebra y adora este don. El « misterio de la fe » es misterio del amor
trinitario, en el cual, por gracia, estamos llamados a participar. Por tanto,
también nosotros hemos de exclamar con san Agustín: « Ves la Trinidad si ves el
amor ».[17]
Eucaristía: Jesús, el verdadero Cordero inmolado
La
nueva y eterna alianza en la sangre del Cordero
9.
La misión para la que Jesús ha venido entre nosotros llega a su cumplimiento en
el Misterio pascual. Desde lo alto de la cruz, donde atrae todo hacia sí (cf.
Jn 12,32), antes de « entregar el espíritu » dice: « Está cumplido » (Jn
19,30). En el misterio de su obediencia hasta la muerte, y una muerte de cruz
(cf. Flp 2,8), se ha cumplido la nueva y eterna alianza. La libertad de
Dios y la libertad del hombre se han encontrado definitivamente en su carne
crucificada, en un pacto indisoluble y válido para siempre. También el pecado
del hombre ha sido expiado una vez por todas por el Hijo de Dios (cf. Hb
7,27; 1 Jn 2,2; 4,10). Como he tenido ya oportunidad de decir: « En su
muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse
para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es el amor en su forma más
radical ».[18] En el Misterio
pascual se ha realizado verdaderamente nuestra liberación del mal y de la
muerte. En la institución de la Eucaristía, Jesús mismo habló de la « nueva y
eterna alianza », estipulada en su sangre derramada (cf. Mt 26,28; Mc
14,24; Lc 22,20). Esta meta última de su misión era ya bastante evidente
al comienzo de su vida pública. En efecto, cuando a orillas del Jordán Juan
Bautista ve venir a Jesús, exclama: « Éste es el Cordero de Dios, que
quita el pecado del mundo » (Jn 1,19). Es significativo que la misma
expresión se repita cada vez que celebramos la santa Misa, con la invitación
del sacerdote para acercarse a comulgar: « Éste es el Cordero de Dios,
que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor ».
Jesús es el verdadero cordero pascual que se ha ofrecido espontáneamente
a sí mismo en sacrificio por nosotros, realizando así la nueva y eterna
alianza. La Eucaristía contiene en sí esta novedad radical, que se nos propone
de nuevo en cada celebración.[19]
Institución
de la Eucaristía
10.
De este modo llegamos a reflexionar sobre la institución de la Eucaristía en la
última Cena. Sucedió en el contexto de una cena ritual con la que se
conmemoraba el acontecimiento fundamental del pueblo de Israel: la liberación
de la esclavitud de Egipto. Esta cena ritual, relacionada con la inmolación de
los corderos (Ex 12,1- 28.43-51), era conmemoración del pasado, pero, al
mismo tiempo, también memoria profética, es decir, anuncio de una liberación
futura. En efecto, el pueblo había experimentado que aquella liberación no
había sido definitiva, puesto que su historia estaba todavía demasiado marcada
por la esclavitud y el pecado. El memorial de la antigua liberación se abría
así a la súplica y a la esperanza de una salvación más profunda, radical,
universal y definitiva. Éste es el contexto en el cual Jesús introduce la
novedad de su don. En la oración de alabanza, la Berakah, da gracias al
Padre no sólo por los grandes acontecimientos de la historia pasada, sino
también por la propia « exaltación ». Al instituir el sacramento de la
Eucaristía, Jesús anticipa e implica el Sacrificio de la cruz y la victoria de
la resurrección. Al mismo tiempo, se revela como el verdadero cordero
inmolado, previsto en el designio del Padre desde la fundación del mundo, como
se lee en la primera Carta de San Pedro (cf. 1,18-20). Situando en este
contexto su don, Jesús manifiesta el sentido salvador de su muerte y
resurrección, misterio que se convierte en el factor renovador de la historia y
de todo el cosmos. En efecto, la institución de la Eucaristía muestra cómo
aquella muerte, de por sí violenta y absurda, se ha transformado en Jesús en un
supremo acto de amor y de liberación definitiva del mal para la humanidad.
Figura
transit in veritatem
11.
De este modo Jesús inserta su novum radical dentro de la antigua cena
sacrificial judía. Para nosotros los cristianos, ya no es necesario repetir
aquella cena. Como dicen con precisión los Padres, figura transit in
veritatem: lo que anunciaba realidades futuras, ahora ha dado paso a la
verdad misma. El antiguo rito ya se ha cumplido y ha sido superado
definitivamente por el don de amor del Hijo de Dios encarnado. El alimento de
la verdad, Cristo inmolado por nosotros, dat... figuris terminum.[20] Con el mandato « Haced esto en
conmemoración mía » (cf. Lc 22,19; 1 Co 11,25), nos pide
corresponder a su don y representarlo sacramentalmente. Por tanto, el Señor
expresa con estas palabras, por decirlo así, la esperanza de que su Iglesia,
nacida de su sacrificio, acoja este don, desarrollando bajo la guía del
Espíritu Santo la forma litúrgica del Sacramento. En efecto, el memorial de su
total entrega no consiste en la simple repetición de la última Cena, sino
propiamente en la Eucaristía, es decir, en la novedad radical del culto
cristiano. Jesús nos ha encomendado así la tarea de participar en su « hora ».
« La Eucaristía nos adentra en el acto oblativo de Jesús. No recibimos
solamente de modo pasivo el Logos, sino que nos implicamos en la
dinámica de su entrega ».[21]) Él « nos atrae hacia sí ».[22] La conversión sustancial del pan y del vino en su cuerpo y
en su sangre introduce en la creación el principio de un cambio radical, como
una forma de « fisión nuclear », por usar una imagen bien conocida hoy por
nosotros, que se produce en lo más íntimo del ser; un cambio destinado a
suscitar un proceso de transformación de la realidad, cuyo término último será
la transfiguración del mundo entero, el momento en que Dios será todo para
todos (cf. 1 Co 15,28).
El
Espíritu Santo y la Eucaristía
Jesús
y el Espíritu Santo
12.
Con su palabra, y con el pan y el vino, el Señor mismo nos ha ofrecido los
elementos esenciales del culto nuevo. La Iglesia, su Esposa, está llamada a
celebrar día tras día el banquete eucarístico en conmemoración suya. Introduce
así el sacrificio redentor de su Esposo en la historia de los hombres y lo hace
presente sacramentalmente en todas las culturas. Este gran misterio se celebra
en las formas litúrgicas que la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo,
desarrolla en el tiempo y en los diversos lugares.[23] A este propósito es necesario despertar en nosotros la
conciencia del papel decisivo que desempeña el Espíritu Santo en el desarrollo
de la forma litúrgica y en la profundización de los divinos misterios. El
Paráclito, primer don para los creyentes,[24] que actúa ya en la creación (cf. Gn 1,2), está
plenamente presente en toda la vida del Verbo encarnado; en efecto, Jesucristo
fue concebido por la Virgen María por obra del Espíritu Santo (cf. Mt
1,18; Lc 1,35); al comienzo de su misión pública, a orillas del Jordán,
lo ve bajar sobre sí en forma de paloma (cf. Mt 3,16 y par.); en este
mismo Espíritu actúa, habla y se llena de gozo (cf. Lc 10,21), y por Él
se ofrece a sí mismo (cf. Hb 9,14). En los llamados « discursos de
despedida » recopilados por Juan, Jesús establece una clara relación entre el
don de su vida en el misterio pascual y el don del Espíritu a los suyos (cf.
Jn 16,7). Una vez resucitado, llevando en su carne las señales de la
pasión, Él infunde el Espíritu (cf. Jn 20,22), haciendo a los suyos
partícipes de su propia misión (cf. Jn 20,21). Será el Espíritu quien
enseñe después a los discípulos todas las cosas y les recuerde todo lo que
Cristo ha dicho (cf. Jn 14,26), porque corresponde a Él, como Espíritu
de la verdad (cf. Jn 15,26), guiarlos hasta la verdad completa (cf.
Jn 16,13). En el relato de los Hechos, el Espíritu desciende sobre
los Apóstoles reunidos en oración con María el día de Pentecostés (cf. 2,1-4),
y los anima a la misión de anunciar a todos los pueblos la buena noticia. Por
tanto, Cristo mismo, en virtud de la acción del Espíritu, está presente y
operante en su Iglesia, desde su centro vital que es la Eucaristía.
Espíritu
Santo y Celebración eucarística
13.
En este horizonte se comprende el papel decisivo del Espíritu Santo en la
Celebración eucarística y, en particular, en lo que se refiere a la
transustanciación. Todo ello está bien documentado en los Padres de la Iglesia.
San Cirilo de Jerusalén, en sus Catequesis, recuerda que nosotros «
invocamos a Dios misericordioso para que mande su Santo Espíritu sobre las
ofrendas que están ante nosotros, para que Él transforme el pan en cuerpo de
Cristo y el vino en sangre de Cristo. Lo que toca el Espíritu Santo es
santificado y transformado totalmente ».[25] También san Juan Crisóstomo hace notar que el sacerdote
invoca el Espíritu Santo cuando celebra el Sacrificio[26]: como Elías —dice—,
el ministro invoca el Espíritu Santo para que, « descendiendo la gracia sobre
la víctima, se enciendan por ella las almas de todos ».[27] Es muy necesario
para la vida espiritual de los fieles que tomen conciencia más claramente de la
riqueza de la anáfora: junto con las palabras pronunciadas por Cristo en la
última Cena, contiene la epíclesis, como invocación al Padre para que haga
descender el don del Espíritu a fin de que el pan y el vino se conviertan en el
cuerpo y la sangre de Jesucristo, y para que « toda la comunidad sea cada vez
más cuerpo de Cristo ».[28] El Espíritu, que invoca el celebrante sobre los dones del
pan y el vino puestos sobre el altar, es el mismo que reúne a los fieles « en
un sólo cuerpo », haciendo de ellos una oferta espiritual agradable al Padre.[29]
Eucaristía e Iglesia
Eucaristía,
principio causal de la Iglesia
14.
Por el Sacramento eucarístico Jesús incorpora a los fieles a su propia « hora
»; de este modo nos muestra la unión que ha querido establecer entre Él y
nosotros, entre su persona y la Iglesia. En efecto, Cristo mismo, en el
sacrificio de la cruz, ha engendrado a la Iglesia como su esposa y su cuerpo.
Los Padres de la Iglesia han meditado mucho sobre la relación entre el origen
de Eva del costado de Adán mientras dormía (cf. Gn 2,21-23) y de la
nueva Eva, la Iglesia, del costado abierto de Cristo, sumido en el sueño de la
muerte: del costado traspasado, dice Juan, salió sangre y agua (cf. Jn 19,34),
símbolo de los sacramentos.[30] El contemplar « al que atravesaron » (Jn 19,37) nos
lleva a considerar la unión causal entre el sacrificio de Cristo, la Eucaristía
y la Iglesia. En efecto, la Iglesia « vive de la Eucaristía ».(31)
Ya que en ella se hace presente el sacrificio redentor de Cristo, se tiene que
reconocer ante todo que « hay un influjo causal de la Eucaristía en los
orígenes mismos de la Iglesia ».(32) La Eucaristía es Cristo que se nos
entrega, edificándonos continuamente como su cuerpo. Por tanto, en la sugestiva
correlación entre la Eucaristía que edifica la Iglesia y la Iglesia que hace a
su vez la Eucaristía,(33) la primera afirmación
expresa la causa primaria: la Iglesia puede celebrar y adorar el misterio de
Cristo presente en la Eucaristía precisamente porque el mismo Cristo se ha
entregado antes a ella en el sacrificio de la Cruz. La posibilidad que tiene la
Iglesia de « hacer » la Eucaristía tiene su raíz en la donación que Cristo le
ha hecho de sí mismo. Descubrimos también aquí un aspecto elocuente de la
fórmula de san Juan: « Él nos ha amado primero » (1Jn 4,19). Así,
también nosotros confesamos en cada celebración la primacía del don de Cristo.
En definitiva, el influjo causal de la Eucaristía en el origen de la Iglesia
revela la precedencia no sólo cronológica sino también ontológica del habernos
« amado primero ». Él es eternamente quien nos ama primero.
Eucaristía
y comunión eclesial
15.
La Eucaristía es, pues, constitutiva del ser y del actuar de la Iglesia. Por
eso la antigüedad cristiana designó con las mismas palabras Corpus Christi el
Cuerpo nacido de la Virgen María, el Cuerpo eucarístico y el Cuerpo eclesial de
Cristo.(34) Este dato, muy presente en la tradición, ayuda a aumentar en
nosotros la conciencia de que no se puede separar a Cristo de la Iglesia. El
Señor Jesús, ofreciéndose a sí mismo en sacrificio por nosotros, ha
preanunciado eficazmente en su donación el misterio de la Iglesia. Es
significativo que en la segunda plegaria eucarística, al invocar al Paráclito,
se formule de este modo la oración por la unidad de la Iglesia: « que el
Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y
Sangre de Cristo ». Este pasaje permite comprender bien que la res del
Sacramento eucarístico incluye la unidad de los fieles en la comunión eclesial.
La Eucaristía se muestra así en las raíces de la Iglesia como misterio de
comunión.(35)
Ya
en su Encíclica Ecclesia de Eucharistia, el siervo de Dios Juan Pablo II llamó la atención sobre
la relación entre Eucaristía y communio. Se refirió al memorial de
Cristo como la « suprema manifestación sacramental de la comunión en la Iglesia
».(36) La unidad de la comunión eclesial se revela concretamente en las
comunidades cristianas y se renueva en el acto eucarístico que las une y las
diferencia en Iglesias particulares, « in quibus et ex quibus una et unica
Ecclesia catholica exsistit ».(37) Precisamente la realidad de la única
Eucaristía que se celebra en cada diócesis en torno al propio Obispo nos
permite comprender cómo las mismas Iglesias particulares subsisten in y ex
Ecclesia. En efecto, « la unicidad e indivisibilidad del Cuerpo eucarístico
del Señor implica la unicidad de su Cuerpo místico, que es la Iglesia una e
indivisible. Desde el centro eucarístico surge la necesaria apertura de cada
comunidad celebrante, de cada Iglesia particular: del dejarse atraer por los
brazos abiertos del Señor se sigue la inserción en su Cuerpo, único e indiviso
».(38) Por este motivo, en la celebración de la
Eucaristía cada fiel se encuentra en su Iglesia, es decir, en la Iglesia
de Cristo. En esta perspectiva eucarística, comprendida adecuadamente, la
comunión eclesial se revela una realidad por su propia naturaleza católica.(39) Subrayar esta raíz eucarística de la comunión eclesial
puede contribuir también eficazmente al diálogo ecuménico con las Iglesias y
con las Comunidades eclesiales que no están en plena comunión con la Sede de Pedro.
En efecto, la Eucaristía establece objetivamente un fuerte vínculo de unidad
entre la Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas que han conservado la
auténtica e íntegra naturaleza del misterio de la Eucaristía. Al mismo tiempo,
el relieve dado al carácter eclesial de la Eucaristía puede convertirse también
en elemento privilegiado en el diálogo con las Comunidades nacidas de la
Reforma.(40)
Eucaristía y sacramentos
Sacramentalidad
de la Iglesia
16.
El Concilio Vaticano II ha recordado que « los demás sacramentos, como también
todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están unidos a la
Eucaristía y a ella se ordenan. La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo
el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan
de Vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo. Así, los
hombres son invitados y llevados a ofrecerse a sí mismos, sus trabajos y todas
las cosas creadas junto con Cristo ».(41) Esta relación íntima de la Eucaristía
con los otros sacramentos y con la existencia cristiana se comprende en su raíz
cuando se contempla el misterio de la Iglesia como sacramento.(42) A este
propósito, el Concilio Vaticano II afirma que « La Iglesia es en Cristo como un
sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de
todo el género humano ».(43) Ella, como dice san Cipriano, en cuanto « pueblo
convocado por el unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo »,(44) es
sacramento de la comunión trinitaria.
El
hecho de que la Iglesia sea « sacramento universal de salvación »(45) muestra cómo la « economía » sacramental determina en
último término el modo cómo Cristo, único Salvador, mediante el Espíritu llega
a nuestra existencia en sus circunstancias específicas. La Iglesia se recibe
y al mismo tiempo se expresa en los siete sacramentos, mediante los
cuales la gracia de Dios influye concretamente en los fieles para que toda su
vida, redimida por Cristo, se convierta en culto agradable a Dios. En esta
perspectiva, deseo subrayar aquí algunos elementos, señalados por los Padres
sinodales, que pueden ayudar a comprender la relación de todos los sacramentos
con el misterio eucarístico.
I.
Eucaristía e iniciación cristiana
Eucaristía,
plenitud de la iniciación cristiana
17.
Puesto que la Eucaristía es verdaderamente fuente y culmen de la vida y de la
misión de la Iglesia, el camino de iniciación cristiana tiene como punto de
referencia la posibilidad de acceder a este sacramento. A este respecto, como
han dicho los Padres sinodales, hemos de preguntarnos si en nuestras
comunidades cristianas se percibe de manera suficiente el estrecho vínculo que
hay entre el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía.(46)
En efecto, nunca debemos olvidar que somos bautizados y confirmados en orden a
la Eucaristía. Esto requiere el esfuerzo de favorecer en la acción pastoral una
comprensión más unitaria del proceso de iniciación cristiana. El sacramento del
Bautismo, mediante el cual nos conformamos con Cristo,(47)
nos incorporamos a la Iglesia y nos convertimos en hijos de Dios, es la puerta
para todos los sacramentos. Con él se nos integra en el único Cuerpo de Cristo
(cf. 1 Co 12,13), pueblo sacerdotal. Sin embargo, la participación en el
Sacrificio eucarístico perfecciona en nosotros lo que nos ha sido dado en el
Bautismo. Los dones del Espíritu se dan también para la edificación del Cuerpo
de Cristo (cf. 1 Co 12) y para un mayor testimonio evangélico en el
mundo.(48) Así pues, la santísima Eucaristía lleva la
iniciación cristiana a su plenitud y es como el centro y el fin de toda la vida
sacramental.(49)
Orden
de los sacramentos de la iniciación
18.
A este respeto es necesario prestar atención al tema del orden de los
Sacramentos de la iniciación. En la Iglesia hay tradiciones diferentes. Esta
diversidad se manifiesta claramente en las costumbres eclesiales de Oriente,(50) y en la misma praxis occidental por lo que se refiere
a la iniciación de los adultos,(51) a diferencia de la de los niños.(52) Sin
embargo, no se trata propiamente de diferencias de orden dogmático, sino de
carácter pastoral. Concretamente, es necesario verificar qué praxis puede
efectivamente ayudar mejor a los fieles a poner de relieve el sacramento de la
Eucaristía como aquello a lo que tiende toda la iniciación. En estrecha
colaboración con los competentes Dicasterios de la Curia Romana, las
Conferencias Episcopales han de verificar la eficacia de los actuales procesos
de iniciación, para ayudar cada vez más al cristiano a madurar con la acción
educadora de nuestras comunidades, y llegue a asumir en su vida una impronta
auténticamente eucarística, que le haga capaz de dar razón de la propia
esperanza de modo adecuado en nuestra época (cf. 1 P 3,15).
Iniciación,
comunidad eclesial y familia
19.
Se ha de tener siempre presente que toda la iniciación cristiana es un camino
de conversión, que se debe recorrer con la ayuda de Dios y en constante
referencia a la comunidad eclesial, ya sea cuando es el adulto mismo quien
solicita entrar en la Iglesia, como ocurre en los lugares de primera
evangelización y en muchas zonas secularizadas, o bien cuando son los padres
los que piden los Sacramentos para sus hijos. A este respecto, deseo llamar la
atención de modo especial sobre la relación que hay entre iniciación cristiana
y familia. En la acción pastoral se tiene que asociar siempre la familia
cristiana al itinerario de iniciación. Recibir el Bautismo, la Confirmación y
acercarse por primera vez a la Eucaristía, son momentos decisivos no sólo para
la persona que los recibe sino también para toda la familia, la cual ha de ser
ayudada en su tarea educativa por la comunidad eclesial, con la participación
de sus diversos miembros.(53) Quisiera subrayar aquí
la importancia de la primera Comunión. Para tantos fieles este día queda grabado
en la memoria con razón como el primer momento en que, aunque de modo todavía
inicial, se percibe la importancia del encuentro personal con Jesús. La
pastoral parroquial debe valorar adecuadamente esta ocasión tan significativa.
II.
Eucaristía y sacramento de la Reconciliación
Su
relación intrínseca
20.
Los Padres sinodales han afirmado que el amor a la Eucaristía lleva también a
apreciar cada vez más el sacramento de la Reconciliación.(54) Debido a la
relación entre estos sacramentos, una auténtica catequesis sobre el sentido de
la Eucaristía no puede separarse de la propuesta de un camino penitencial (cf. 1
Co 11,27-29). Efectivamente, como se constata en la actualidad, los fieles
se encuentran inmersos en una cultura que tiende a borrar el sentido del pecado,(55) favoreciendo una actitud superficial que lleva a
olvidar la necesidad de estar en gracia de Dios para acercarse dignamente a la
comunión sacramental.(56) En realidad, perder la conciencia de pecado comporta
siempre también una cierta superficialidad en la forma de comprender el amor
mismo de Dios. Ayuda mucho a los fieles recordar aquellos elementos que, dentro
del rito de la santa Misa, expresan la conciencia del propio pecado y al mismo
tiempo la misericordia de Dios.(57) Además, la relación
entre la Eucaristía y la Reconciliación nos recuerda que el pecado nunca es
algo exclusivamente individual; siempre comporta también una herida para la
comunión eclesial, en la que estamos insertados por el Bautismo. Por esto la
Reconciliación, como dijeron los Padres de la Iglesia, es laboriosus quidam
baptismus,(58) subrayando de esta manera que el
resultado del camino de conversión supone el restablecimiento de la plena
comunión eclesial, expresada al acercarse de nuevo a la Eucaristía.(59)
Algunas
observaciones pastorales
21.
El Sínodo ha recordado que es cometido pastoral del Obispo promover en su
propia diócesis una firme recuperación de la pedagogía de la conversión que
nace de la Eucaristía, y fomentar entre los fieles la confesión frecuente.
Todos los sacerdotes deben dedicarse con generosidad, empeño y competencia a la
administración del sacramento de la Reconciliación.(60)
A este propósito se debe procurar que los confesionarios de nuestras iglesias
estén bien visibles y sean expresión del significado de este Sacramento. Pido a
los Pastores que vigilen atentamente sobre la celebración del sacramento de la
Reconciliación, limitando la praxis de la absolución general exclusivamente a
los casos previstos,(61) siendo la celebración
personal la única forma ordinaria.(62) Frente a la necesidad de redescubrir el
perdón sacramental, debe haber siempre un Penitenciario (63) en todas
las diócesis. En fin, una praxis equilibrada y profunda de la indulgencia,
obtenida para sí o para los difuntos, puede ser una ayuda válida para una nueva
toma de conciencia de la relación entre Eucaristía y Reconciliación. Con la
indulgencia se gana « la remisión ante Dios de la pena temporal por los
pecados, ya perdonados en lo referente a la culpa ».(64) El recurso a las
indulgencias nos ayuda a comprender que sólo con nuestras fuerzas no podremos
reparar el mal realizado y que los pecados de cada uno dañan a toda la
comunidad; por otra parte, la práctica de la indulgencia, implicando, además de
la doctrina de los méritos infinitos de Cristo, la de la comunión de los
santos, enseña « la íntima unión con que estamos vinculados a Cristo, y la gran
importancia que tiene para los demás la vida sobrenatural de cada uno ».(65)
Esta práctica de la indulgencia puede ayudar eficazmente a los fieles en el
camino de conversión y a descubrir el carácter central de la Eucaristía en la
vida cristiana, ya que las condiciones que prevé su misma forma incluye el
acercarse a la confesión y a la comunión sacramental.
III.
Eucaristía y Unción de los enfermos
22.
Jesús no ha enviado solamente a sus discípulos a curar a los enfermos (cf. Mt
10,8; Lc 9,2; 10,9), sino que ha instituido también para ellos un
sacramento específico: la Unción de los enfermos.(66)
La Carta de Santiago atestigua ya la existencia de este gesto
sacramental en la primera comunidad cristiana (cf. 5,14-16). Si la Eucaristía
muestra cómo los sufrimientos y la muerte de Cristo se han transformado en
amor, la Unción de los enfermos, por su parte, asocia al que sufre al ofrecimiento
que Cristo ha hecho de sí para la salvación de todos, de tal manera que él
también pueda, en el misterio de la comunión de los santos, participar en la
redención del mundo. La relación entre estos sacramentos se manifiesta, además,
en el momento en que se agrava la enfermedad: « A los que van a dejar esta
vida, la Iglesia ofrece, además de la Unción de los enfermos, la Eucaristía
como viático ».(67) En el momento de pasar al Padre, la comunión con el Cuerpo
y la Sangre de Cristo se manifiesta como semilla de vida eterna y potencia de
resurrección: « El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo
lo resucitaré en el último día » (Jn 6,54). Puesto que el santo Viático
abre al enfermo la plenitud del misterio pascual, es necesario asegurarle su
recepción.(68) La atención y el cuidado pastoral de
los enfermos redunda sin duda en beneficio espiritual de toda la comunidad,
sabiendo que lo que hayamos hecho al más pequeño se lo hemos hecho a Jesús
mismo (cf. Mt 25,40).
IV.
Eucaristía y sacramento del Orden
In
persona Christi capitis
23.
La relación intrínseca entre Eucaristía y sacramento del Orden se desprende de
las mismas palabras de Jesús en el Cenáculo: « haced esto en conmemoración mía
» (Lc 22,19). En efecto, la víspera de su muerte, Jesús instituyó la
Eucaristía y fundó al mismo tiempo el sacerdocio de la nueva Alianza. Él
es sacerdote, víctima y altar: mediador entre Dios Padre y el pueblo (cf. Hb
5,5-10), víctima de expiación (cf. 1 Jn 2,2; 4,10) que se ofrece a sí
mismo en el altar de la cruz. Nadie puede decir « esto es mi cuerpo » y « éste
es el cáliz de mi sangre » si no es en el nombre y en la persona de Cristo,
único sumo sacerdote de la nueva y eterna Alianza (cf. Hb 8-9). El
Sínodo de los Obispos en otras asambleas trató ya el tema del sacerdocio
ordenado, tanto por lo que se refiere a la identidad del ministerio(69)
como a la formación de los candidatos.(70) Ahora, a la luz del diálogo tenido
en la última Asamblea sinodal, creo oportuno recordar algunos valores sobre la
relación entre la Eucaristía y el Orden. Ante todo, se ha de reafirmar que el
vínculo entre el Orden sagrado y la Eucaristía se hace visible precisamente en
la Misa presidida por el Obispo o el presbítero en la persona de Cristo como
cabeza.
La
doctrina de la Iglesia considera la ordenación sacerdotal condición
imprescindible para la celebración válida de la Eucaristía.(71) En efecto, « en
el servicio eclesial del ministerio ordenado es Cristo mismo quien está
presente en su Iglesia como Cabeza de su cuerpo, Pastor de su rebaño, sumo
sacerdote del sacrificio redentor ».(72) Ciertamente, el ministro ordenado «
actúa también en nombre de toda la Iglesia cuando presenta a Dios la oración de
la Iglesia y sobre todo cuando ofrece el sacrificio eucarístico ».(73) Es
necesario, por tanto, que los sacerdotes sean conscientes de que nunca deben
ponerse ellos mismos o sus opiniones en el primer plano de su ministerio, sino
a Jesucristo. Todo intento de ponerse a sí mismos como protagonistas de la
acción litúrgica contradice la identidad sacerdotal. Antes que nada, el
sacerdote es servidor y tiene que esforzarse continuamente en ser signo que,
como dócil instrumento en sus manos, se refiere a Cristo. Esto se expresa
particularmente en la humildad con la que el sacerdote dirige la acción
litúrgica, obedeciendo y correspondiendo con el corazón y la mente al rito,
evitando todo lo que pueda dar precisamente la sensación de un protagonismo
inoportuno. Recomiendo, por tanto, al clero profundizar siempre en la
conciencia del propio ministerio eucarístico como un humilde servicio a Cristo
y a su Iglesia. El sacerdocio, como decía san Agustín, es amoris officium,(74) es el oficio del buen pastor, que da la vida por las
ovejas (cf. Jn 10,14-15).
Eucaristía
y celibato sacerdotal
24.
Los Padres sinodales han querido subrayar que el sacerdocio ministerial
requiere, mediante la Ordenación, la plena configuración con Cristo. Respetando
la praxis y las tradiciones orientales diferentes, es necesario reafirmar el
sentido profundo del celibato sacerdotal, considerado justamente como una
riqueza inestimable y confirmado por la praxis oriental de elegir como obispos
sólo entre los que viven el celibato, y que tiene en gran estima la opción por
el celibato que hacen numerosos presbíteros. En efecto, esta opción del
sacerdote es una expresión peculiar de la entrega que lo conforma con Cristo y
de la entrega exclusiva de sí mismo por el Reino de Dios.(75)
El hecho de que Cristo mismo, sacerdote para siempre, viviera su misión hasta
el sacrificio de la cruz en estado de virginidad es el punto de referencia
seguro para entender el sentido de la tradición de la Iglesia latina a este
respecto. Así pues, no basta con comprender el celibato sacerdotal en términos
meramente funcionales. En realidad, representa una especial conformación con el
estilo de vida del propio Cristo. Dicha opción es ante todo esponsal; es una
identificación con el corazón de Cristo Esposo que da la vida por su Esposa.
Junto con la gran tradición eclesial, con el Concilio Vaticano II(76) y con los Sumos Pontífices predecesores míos,(77)
reafirmo la belleza y la importancia de una vida sacerdotal vivida en el
celibato, como signo que expresa la dedicación total y exclusiva a Cristo, a la
Iglesia y al Reino de Dios, y confirmo por tanto su carácter obligatorio para
la tradición latina. El celibato sacerdotal, vivido con madurez, alegría y
dedición, es una grandísima bendición para la Iglesia y para la sociedad misma.
Escasez
de clero y pastoral vocacional
25.
A propósito del vínculo entre el sacramento del Orden y la Eucaristía, el
Sínodo se ha detenido sobre la preocupación que ocasiona en muchas diócesis la
escasez de sacerdotes. Esto ocurre no sólo en algunas zonas de primera
evangelización, sino también en muchos países de larga tradición cristiana.
Ciertamente, una distribución del clero más ecuánime favorecería la solución
del problema. Es preciso, además, hacer un trabajo de sensibilización capilar.
Los Obispos han de implicar a los Institutos de Vida consagrada y a las nuevas
realidades eclesiales en las necesidades pastorales, respetando su propio
carisma, y pidan a todos los miembros del clero una mayor disponibilidad para
servir a la Iglesia allí dónde sea necesario, aunque comporte sacrificio.(78) En el Sínodo se ha discutido también sobre las
iniciativas pastorales que se han de emprender para favorecer, sobre todo en
los jóvenes, la apertura interior a la vocación sacerdotal. Esta situación no
se puede solucionar con simples medidas pragmáticas. Se ha de evitar que los Obispos,
movidos por comprensibles preocupaciones por la falta de clero, omitan un
adecuado discernimiento vocacional y admitan a la formación específica, y a la
ordenación, candidatos sin los requisitos necesarios para el servicio
sacerdotal.(79) Un clero no suficientemente formado, admitido a la ordenación
sin el debido discernimiento, difícilmente podrá ofrecer un testimonio adecuado
para suscitar en otros el deseo de corresponder con generosidad a la llamada de
Cristo. La pastoral vocacional, en realidad, tiene que implicar a toda la
comunidad cristiana en todos sus ámbitos.(80)
Obviamente, en este trabajo pastoral capilar se incluye también la acción de
sensibilización de las familias, a menudo indiferentes si no contrarias incluso
a la hipótesis de la vocación sacerdotal. Que se abran con generosidad al don
de la vida y eduquen a los hijos a ser disponibles ante la voluntad de Dios. En
síntesis, hace falta sobre todo tener la valentía de proponer a los jóvenes la
radicalidad del seguimiento de Cristo, mostrando su atractivo.
Gratitud
y esperanza
26.
Es necesario tener mayor fe y esperanza en la iniciativa divina. Aunque en
algunas regiones haya escasez de clero, nunca debe faltar la confianza de que
Cristo sigue suscitando hombres que, dejando cualquier otra ocupación, se
dediquen totalmente a la celebración de los sagrados misterios, a la
predicación del Evangelio y al ministerio pastoral. Deseo aprovechar esta
ocasión para dar las gracias, en nombre de la Iglesia entera, a todos los
Obispos y presbíteros que desempeñan fielmente su propia misión con dedicación
y entrega. Naturalmente, el agradecimiento de la Iglesia es también para los
diáconos, a los cuales se les impone las manos « no para el sacerdocio sino
para el servicio ».(81) Como ha recomendado la Asamblea del Sínodo, expreso un
agradecimiento especial a los presbíteros fidei donum, que con
competencia y generosa dedicación, sin escatimar energías en el servicio a la
misión de la Iglesia, edifican la comunidad anunciando la Palabra de Dios y partiendo
el Pan de Vida.(82) En fin, hay que dar gracias a Dios por tantos sacerdotes
que han sufrido hasta el sacrificio de la propia vida por servir a Cristo. En
ellos se ve de manera elocuente lo que significa ser sacerdote hasta el fondo.
Se trata de testimonios conmovedores que pueden inspirar a tantos jóvenes a
seguir a Cristo y a dar su vida por los demás, encontrando así la vida
verdadera.
V.
Eucaristía y Matrimonio
Eucaristía,
sacramento esponsal
27.
La Eucaristía, sacramento de la caridad, muestra una particular relación con el
amor entre el hombre y la mujer unidos en matrimonio. Profundizar en esta
relación es una necesidad propia de nuestro tiempo.(83)
El Papa Juan Pablo II ha tenido muchas veces ocasión de afirmar el carácter
esponsal de la Eucaristía y su peculiar relación con el sacramento del
Matrimonio: « La Eucaristía es el sacramento de nuestra redención. Es el
sacramento del Esposo, de la Esposa ».(84) Por otra
parte, « toda la vida cristiana está marcada por el amor esponsal de Cristo y
de la Iglesia. Ya el Bautismo, entrada en el Pueblo de Dios, es un misterio
nupcial. Es, por así decirlo, como el baño de bodas que precede al banquete de
bodas, la Eucaristía ».(85) La Eucaristía corrobora de
manera inagotable la unidad y el amor indisolubles de cada Matrimonio
cristiano. En él, por medio del sacramento, el vínculo conyugal se encuentra
intrínsecamente ligado a la unidad eucarística entre Cristo esposo y la Iglesia
esposa (cf. Ef 5,31-32). El consentimiento recíproco que marido y mujer
se dan en Cristo, y que los constituye en comunidad de vida y amor, tiene
también una dimensión eucarística. En efecto, en la teología paulina, el amor
esponsal es signo sacramental del amor de Cristo a su Iglesia, un amor que
alcanza su punto culminante en la Cruz, expresión de sus « nupcias » con la
humanidad y, al mismo tiempo, origen y centro de la Eucaristía. Por eso, la
Iglesia manifiesta una cercanía espiritual particular a todos los que han
fundado sus familias en el sacramento del Matrimonio.(86) La familia —iglesia
doméstica(87)— es un ámbito primario de la vida de la Iglesia, especialmente
por el papel decisivo respecto a la educación cristiana de los hijos.(88) En
este contexto, el Sínodo ha recomendado también destacar la misión singular de
la mujer en la familia y en la sociedad, una misión que debe ser defendida,
salvaguardada y promovida.(89) Ser esposa y madre es una realidad
imprescindible que nunca debe ser menospreciada.
Eucaristía
y unidad del matrimonio
28.
Precisamente a la luz de esta relación intrínseca entre matrimonio, familia y
Eucaristía se pueden considerar algunos problemas pastorales. El vínculo fiel,
indisoluble y exclusivo que une a Cristo con la Iglesia, y que tiene su
expresión sacramental en la Eucaristía, se corresponde con el dato
antropológico originario según el cual el hombre debe estar unido de modo
definitivo a una sola mujer y viceversa (cf. Gn 2,24; Mt 19,5).
En este orden de ideas, el Sínodo de los Obispos ha afrontado el tema de la
praxis pastoral respecto a quien, proviniendo de culturas en que se practica la
poligamia, se encuentra con el anuncio del Evangelio. Quienes se hallan en
dicha situación, y se abren a la fe cristiana, deben ser ayudados a integrar su
proyecto humano en la novedad radical de Cristo. En el proceso del
catecumenado, Cristo los asiste en su condición específica y los llama a la
plena verdad del amor a través de las renuncias necesarias, en vista de la
comunión eclesial perfecta. La Iglesia los acompaña con una pastoral llena de
comprensión y también de firmeza,(90) sobre todo
enseñándoles la luz de los misterios cristianos que se refleja en la naturaleza
y los afectos humanos.
Eucaristía
e indisolubilidad del matrimonio
29.
Puesto que la Eucaristía expresa el amor irreversible de Dios en Cristo por su
Iglesia, se entiende por qué ella requiere, en relación con el sacramento del
Matrimonio, esa indisolubilidad a la que aspira todo verdadero amor.(91) Por tanto, es más que justificada la atención pastoral
que el Sínodo ha dedicado a las situaciones dolorosas en que se encuentran
bastantes fieles que, después de haber celebrado el sacramento del Matrimonio,
se han divorciado y contraído nuevas nupcias. Se trata de un problema pastoral
difícil y complejo, una verdadera plaga en el contexto social actual, que
afecta de manera creciente incluso a los ambientes católicos. Los Pastores, por
amor a la verdad, están obligados a discernir bien las diversas situaciones,
para ayudar espiritualmente de modo adecuado a los fieles implicados.(92) El Sínodo
de los Obispos ha confirmado la praxis de la Iglesia, fundada en la Sagrada
Escritura (cf. Mc 10,2-12), de no admitir a los sacramentos a los
divorciados casados de nuevo, porque su estado y su condición de vida
contradicen objetivamente esa unión de amor entre Cristo y la Iglesia que se
significa y se actualiza en la Eucaristía. Sin embargo, los divorciados vueltos
a casar, a pesar de su situación, siguen perteneciendo a la Iglesia, que los
sigue con especial atención, con el deseo de que, dentro de lo posible,
cultiven un estilo de vida cristiano mediante la participación en la santa
Misa, aunque sin comulgar, la escucha de la Palabra de Dios, la Adoración
eucarística, la oración, la participación en la vida comunitaria, el diálogo
con un sacerdote de confianza o un director espiritual, la entrega a obras de
caridad, de penitencia, y la tarea educativa de los hijos.
Donde
existan dudas legítimas sobre la validez del Matrimonio sacramental contraído,
se debe hacer lo que sea necesario para averiguar su fundamento. Es preciso
también asegurar, con pleno respeto del derecho canónico,(93)
que haya tribunales eclesiásticos en el territorio, su carácter pastoral, así
como su correcta y pronta actuación.(94) En cada diócesis ha de haber un número
suficiente de personas preparadas para el adecuado funcionamiento de los
tribunales eclesiásticos. Recuerdo que « es una obligación grave hacer que la
actividad institucional de la Iglesia en los tribunales sea cada vez más
cercana a los fieles ».(95) Sin embargo, se ha de
evitar que la preocupación pastoral sea interpretada como una contraposición
con el derecho. Más bien se debe partir del presupuesto de que el amor por
la verdad es el punto de encuentro fundamental entre el derecho y la
pastoral: en efecto, la verdad nunca es abstracta, sino que « se integra en el
itinerario humano y cristiano de cada fiel ».(96) Por esto, cuando no se
reconoce la nulidad del vínculo matrimonial y se dan las condiciones objetivas
que hacen la convivencia irreversible de hecho, la Iglesia anima a estos fieles
a esforzarse en vivir su relación según las exigencias de la ley de Dios, como
amigos, como hermano y hermana; así podrán acercarse a la mesa eucarística,
según las disposiciones previstas por la praxis eclesial. Para que semejante
camino sea posible y produzca frutos, debe contar con la ayuda de los pastores
y con iniciativas eclesiales apropiadas, evitando en todo caso la bendición de
estas relaciones, para que no surjan confusiones entre los fieles sobre del
valor del matrimonio.(97)
Debido
a la complejidad del contexto cultural en que vive la Iglesia en muchos países,
el Sínodo recomienda tener el máximo cuidado pastoral en la formación de los
novios y en la verificación previa de sus convicciones sobre los compromisos
irrenunciables para la validez del sacramento del Matrimonio. Un discernimiento
serio sobre este punto podrá evitar que los dos jóvenes, movidos por impulsos
emotivos o razones superficiales, asuman responsabilidades que luego no sabrían
respetar.(98) El bien que la Iglesia y toda la
sociedad esperan del Matrimonio, y de la familia fundada sobre él, es demasiado
grande como para no ocuparse a fondo de este ámbito pastoral específico.
Matrimonio y familia son instituciones que deben ser promovidas y protegidas de
cualquier equívoco posible sobre su auténtica verdad, porque el daño que se les
hace provoca de hecho una herida a la convivencia humana como tal.
Eucaristía
y escatología
Eucaristía:
don al hombre en camino
30.
Si es cierto que los sacramentos son una realidad propia de la Iglesia
peregrina en el tiempo(99) hacia la plena
manifestación de la victoria de Cristo resucitado, también es igualmente cierto
que, especialmente en la liturgia eucarística, se nos da a pregustar el
cumplimiento escatológico hacia el cual se encamina todo hombre y toda la
creación (cf. Rm 8,19 ss.). El hombre ha sido creado para la felicidad
eterna y verdadera, que sólo el amor de Dios puede dar. Pero nuestra libertad
herida se perdería si no fuera posible, ya desde ahora, experimentar algo del
cumplimiento futuro. Por otra parte, todo hombre, para poder caminar en la
justa dirección, necesita ser orientado hacia la meta final. Esta meta última,
en realidad, es el mismo Cristo Señor, vencedor del pecado y la muerte, que se
nos hace presente de modo especial en la Celebración eucarística. De este modo,
aún siendo todavía como « extranjeros y forasteros » (1 P 2,11) en este
mundo, participamos ya por la fe de la plenitud de la vida resucitada. El
banquete eucarístico, revelando su dimensión fuertemente escatológica, viene en
ayuda de nuestra libertad en camino.
El
banquete escatológico
31.
Reflexionando sobre este misterio, podemos decir que, con su venida, Jesús se
ha puesto en relación con la expectativa del pueblo de Israel, de toda la
humanidad y, en el fondo, de la creación misma. Con el don de sí mismo, ha
inaugurado objetivamente el tiempo escatológico. Cristo ha venido para
congregar al Pueblo de Dios disperso (cf. Jn 11,52), manifestando
claramente la intención de reunir la comunidad de la alianza, para llevar a
cumplimiento las promesas que Dios hizo a los antiguos padres (cf. Jr 23,3;
31,10; Lc 1,55.70). En la llamada de los Doce, que tiene una clara
relación con las doce tribus de Israel, y en el mandato que se les hace en la
última Cena, antes de su Pasión redentora, de celebrar su memorial, Jesús ha
manifestado que quería trasladar a toda la comunidad fundada por Él la tarea de
ser, en la historia, signo e instrumento de esa reunión escatológica, iniciada
en Él. Así pues, en cada Celebración eucarística se realiza sacramentalmente la
reunión escatológica del Pueblo de Dios. El banquete eucarístico es para
nosotros anticipación real del banquete final, anunciado por los profetas (cf.
Is 25,6-9) y descrito en el Nuevo Testamento como « las bodas del cordero »
(Ap 19,7-9), que se ha de celebrar en la alegría de la comunión de los
santos.(100)
Oración
por los difuntos
32.
La Celebración eucarística, en la que anunciamos la muerte del Señor,
proclamamos su resurrección, en la espera de su venida, es prenda de la gloria
futura en la que serán glorificados también nuestros cuerpos. La esperanza de
la resurrección de la carne y la posibilidad de encontrar de nuevo, cara a
cara, a quienes nos han precedido en el signo de la fe, se fortalece en
nosotros mediante la celebración del Memorial de nuestra salvación. En esta
perspectiva, junto con los Padres sinodales, quisiera recordar a todos los
fieles la importancia de la oración de sufragio por los difuntos, y en
particular la celebración de santas Misas por ellos,(101)
para que, una vez purificados, lleguen a la visión beatífica de Dios. Al
descubrir la dimensión escatológica que tiene la Eucaristía, celebrada y
adorada, se nos ayuda en nuestro camino y se nos conforta con la esperanza de
la gloria (cf. Rm 5,2; Tt 2,13).
Eucaristía
y la Virgen María
33.
La relación entre la Eucaristía y cada sacramento, y el significado
escatológico de los santos Misterios, ofrecen en su conjunto el perfil de la
vida cristiana, llamada a ser en todo momento culto espiritual, ofrenda de sí
misma agradable a Dios. Y si bien es cierto que todos nosotros estamos todavía
en camino hacia el pleno cumplimiento de nuestra esperanza, esto no quita que
se pueda reconocer ya ahora, con gratitud, que todo lo que Dios nos ha dado
encuentra realización perfecta en la Virgen María, Madre de Dios y Madre
nuestra: su Asunción al cielo en cuerpo y alma es para nosotros un signo de
esperanza segura, ya que, como peregrinos en el tiempo, nos indica la meta
escatológica que el sacramento de la Eucaristía nos hace pregustar ya desde
ahora.
En
María Santísima vemos también perfectamente realizado el modo sacramental con
que Dios, en su iniciativa salvadora, se acerca e implica a la criatura humana.
María de Nazaret, desde la Anunciación a Pentecostés, aparece como la persona
cuya libertad está totalmente disponible a la voluntad de Dios. Su Inmaculada
Concepción se manifiesta propiamente en la docilidad incondicional a la Palabra
divina. La fe obediente es la forma que asume su vida en cada instante ante la
acción de Dios. Virgen a la escucha, vive en plena sintonía con la voluntad
divina; conserva en su corazón las palabras que le vienen de Dios y, formando
con ellas como un mosaico, aprende a comprenderlas más a fondo (cf. Lc
2,19.51). María es la gran creyente que, llena de confianza, se pone en las
manos de Dios, abandonándose a su voluntad.(102) Este
misterio se intensifica hasta a llegar a la total implicación en la misión
redentora de Jesús. Como ha afirmado el Concilio Vaticano II, « la
Bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente
la unión con su Hijo hasta la cruz. Allí, por voluntad de Dios, estuvo de pie
(cf. Jn 19,25), sufrió intensamente con su Hijo y se unió a su
sacrificio con corazón de Madre que, llena de amor, daba su consentimiento a la
inmolación de su Hijo como víctima. Finalmente, Jesucristo, agonizando en la
cruz, la dio como madre al discípulo con estas palabras: Mujer, ahí tienes a tu
hijo ».(103) Desde la Anunciación hasta la Cruz, María
es aquélla que acoge la Palabra que se hizo carne en ella y que enmudece en el
silencio de la muerte. Finalmente, ella es quien recibe en sus brazos el cuerpo
entregado, ya exánime, de Aquél que de verdad ha amado a los suyos « hasta el
extremo » (Jn 13,1).
Por
esto, cada vez que en la Liturgia eucarística nos acercamos al Cuerpo y Sangre
de Cristo, nos dirigimos también a Ella que, adhiriéndose plenamente al
sacrificio de Cristo, lo ha acogido para toda la Iglesia. Los Padres sinodales
han afirmado que « María inaugura la participación de la Iglesia en el
sacrificio del Redentor ».(104) Ella es la Inmaculada
que acoge incondicionalmente el don de Dios y, de esa manera, se asocia a la
obra de la salvación. María de Nazaret, icono de la Iglesia naciente, es el
modelo de cómo cada uno de nosotros está llamado a recibir el don que Jesús
hace de sí mismo en la Eucaristía.
SEGUNDA
PARTE
EUCARISTÍA,
MISTERIO QUE SE HA DE CELEBRAR
«Os
aseguro que no fue Moisés quien os dio el pan del cielo, sino que es mi Padre
el que os da el verdadero pan del cielo» (Jn 6,32)
Lex orandi y lex credendi
34.
El Sínodo de los Obispos ha reflexionado mucho sobre la relación intrínseca
entre fe eucarística y celebración, poniendo de relieve el nexo entre lex orandi
y lex credendi, y subrayando la primacía de la acción litúrgica.
Es necesario vivir la Eucaristía como misterio de la fe celebrado
auténticamente, teniendo conciencia clara de que « el intellectus fidei
está originariamente siempre en relación con la acción litúrgica de la Iglesia
».(105) En este ámbito, la reflexión teológica nunca
puede prescindir del orden sacramental instituido por Cristo mismo. Por otra
parte, la acción litúrgica nunca puede ser considerada genéricamente,
prescindiendo del misterio de la fe. En efecto, la fuente de nuestra fe y de la
liturgia eucarística es el mismo acontecimiento: el don que Cristo ha hecho de
sí mismo en el Misterio pascual.
Belleza
y liturgia
35.
La relación entre el misterio creído y celebrado se manifiesta de modo peculiar
en el valor teológico y litúrgico de la belleza. En efecto, la liturgia, como
también la Revelación cristiana, está vinculada intrínsecamente con la belleza:
es veritatis splendor. En la liturgia resplandece el Misterio pascual
mediante el cual Cristo mismo nos atrae hacia sí y nos llama a la comunión. En
Jesús, como solía decir san Buenaventura, contemplamos la belleza y el fulgor
de los orígenes.(106) Este atributo al que nos referimos no es mero esteticismo
sino el modo en que nos llega, nos fascina y nos cautiva la verdad del amor de
Dios en Cristo, haciéndonos salir de nosotros mismos y atrayéndonos así hacia
nuestra verdadera vocación: el amor.(107) Ya en la creación, Dios se deja
entrever en la belleza y la armonía del cosmos (cf. Sb 13,5; Rm 1,19-20).
Encontramos después en el Antiguo Testamento grandes signos del esplendor de la
potencia de Dios, que se manifiesta con su gloria a través de los prodigios
hechos en el pueblo elegido (cf. Ex 14; 16,10; 24,12-18; Nm
14,20-23). En el Nuevo Testamento se llega definitivamente a esta epifanía de
belleza en la revelación de Dios en Jesucristo.(108)
Él es la plena manifestación de la gloria divina. En la glorificación del Hijo
resplandece y se comunica la gloria del Padre (cf. Jn 1,14; 8,54; 12,28;
17,1). Sin embargo, esta belleza no es una simple armonía de formas; « el más
bello de los hombres » (Sal 45[44],33) es
también, misteriosamente, quien no tiene « aspecto atrayente, despreciado y
evitado por los hombres [...], ante el cual se ocultan los rostros » (Is
53,2). Jesucristo nos enseña cómo la verdad del amor sabe también transfigurar
el misterio oscuro de la muerte en la luz radiante de la resurrección. Aquí el
resplandor de la gloria de Dios supera toda belleza mundana. La verdadera belleza
es el amor de Dios que se ha revelado definitivamente en el Misterio pascual.
La
belleza de la liturgia es parte de este misterio; es expresión eminente de la
gloria de Dios y, en cierto sentido, un asomarse del Cielo sobre la tierra. El
memorial del sacrificio redentor lleva en sí mismo los rasgos de aquel
resplandor de Jesús del cual nos han dado testimonio Pedro, Santiago y Juan
cuando el Maestro, de camino hacia Jerusalén, quiso transfigurarse ante ellos
(cf. Mc 9,2). La belleza, por tanto, no es un elemento decorativo de la
acción litúrgica; es más bien un elemento constitutivo, ya que es un atributo
de Dios mismo y de su revelación. Conscientes de todo esto, hemos de poner gran
atención para que la acción litúrgica resplandezca según su propia naturaleza.
La
celebración eucarística, obra del «Christus totus»
Christus totus in capite et
in corpore
36.
La belleza intrínseca de la liturgia tiene como sujeto propio a Cristo
resucitado y glorificado en el Espíritu Santo que, en su actuación, incluye a
la Iglesia.(109) En esta perspectiva, es muy sugestivo recordar las palabras de
san Agustín que describen elocuentemente esta dinámica de fe propia de la
Eucaristía. El gran santo de Hipona, refiriéndose precisamente al Misterio
eucarístico, pone de relieve cómo Cristo mismo nos asimila a sí: « Este pan que
vosotros veis sobre el altar, santificado por la palabra de Dios, es el cuerpo
de Cristo. Este cáliz, mejor dicho, lo que contiene el cáliz, santificado por
la palabra de Dios, es sangre de Cristo. Por medio de estas cosas quiso el
Señor dejarnos su cuerpo y sangre, que derramó para la remisión de nuestros
pecados. Si lo habéis recibido dignamente, vosotros sois eso mismo que habéis
recibido ».(110) Por lo tanto, « no sólo nos hemos convertido en cristianos,
sino en Cristo mismo ».(111) Podemos contemplar así la acción misteriosa de
Dios que comporta la unidad profunda entre nosotros y el Señor Jesús: « En
efecto, no se ha de creer que Cristo esté en la cabeza sin estar también en el
cuerpo, sino que está enteramente en la cabeza y en el cuerpo ».(112)
Eucaristía
y Cristo resucitado
37.
Puesto que la liturgia eucarística es esencialmente actio Dei que nos
une a Jesús a través del Espíritu, su fundamento no está sometido a nuestro
arbitrio ni puede ceder a la presión de la moda del momento. En esto también es
válida la afirmación indiscutible de san Pablo: « Nadie puede poner otro
cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo » (1 Co 3,11). El
Apóstol de los gentiles nos asegura además que, por lo que se refiere a la
Eucaristía, no nos transmite su doctrina personal, sino lo que él, a su vez, ha
recibido (cf. 1 Co 11,23). En efecto, la celebración de la Eucaristía
implica la Tradición viva. A partir de la experiencia del Resucitado y de la
efusión del Espíritu Santo, la Iglesia celebra el Sacrificio eucarístico
obedeciendo el mandato de Cristo. Por este motivo, al inicio, la comunidad
cristiana se reúne el día del Señor para la fractio panis. El día en que
Cristo ha resucitado de entre los muertos, el domingo, es también el primer día
de la semana, el día que según la tradición veterotestamentaria representaba el
principio de la creación. Ahora, el día de la creación se ha convertido en el
día de la « nueva creación », el día de nuestra liberación en el que
conmemoramos a Cristo muerto y resucitado.(113)
Ars
celebrandi
38.
En los trabajos sinodales se ha insistido varias veces en la necesidad de
superar cualquier posible separación entre el ars celebrandi, es decir,
el arte de celebrar rectamente, y la participación plena, activa y fructuosa de
todos los fieles. Efectivamente, el primer modo con el que se favorece la
participación del Pueblo de Dios en el Rito sagrado es la adecuada celebración
del Rito mismo. El ars celebrandi es la mejor premisa para la actuosa
participatio.(114) El ars celebrandi proviene
de la obediencia fiel a las normas litúrgicas en su plenitud, pues es
precisamente este modo de celebrar lo que asegura desde hace dos mil años la
vida de fe de todos los creyentes, los cuales están llamados a vivir la
celebración como Pueblo de Dios, sacerdocio real, nación santa (cf. 1 P 2,4-5.9).(115)
El
Obispo, liturgo por excelencia
39.
Si bien es cierto que todo el Pueblo de Dios participa en la Liturgia
eucarística, en el correcto ars celebrandi tienen un papel
imprescindible los que han recibido el sacramento del Orden. Obispos,
sacerdotes y diáconos, cada uno según su propio grado, han de considerar la
celebración como su deber principal.(116) En primer lugar el Obispo diocesano:
en efecto, él, como « primer dispensador de los misterios de Dios en la Iglesia
particular a él confiada, es el guía, el promotor y custodio de toda la vida
litúrgica ».(117) Todo esto es decisivo para la vida de la Iglesia particular,
no sólo porque la comunión con el Obispo es la condición para que toda
celebración en su territorio sea legítima, sino también porque él mismo es por
excelencia el liturgo de su propia Iglesia.(118) A él corresponde salvaguardar
la unidad concorde de las celebraciones en su diócesis. Por tanto, ha de ser un
« compromiso del Obispo hacer que los presbíteros, diáconos y los fieles
comprendan cada vez mejor el sentido auténtico de los ritos y los textos
litúrgicos, y así se les guíe hacia una celebración de la Eucaristía activa y
fructuosa ».(119) En particular, exhorto a cumplir todo lo necesario para que
las celebraciones litúrgicas oficiadas por el Obispo en la iglesia Catedral
respeten plenamente el ars celebrandi, de modo que puedan ser
consideradas como modelo para todas las iglesias de su territorio.(120)
Respeto
de los libros litúrgicos y de la riqueza de los signos
40.
Por consiguiente, al subrayar la importancia del ars celebrandi, se pone
de relieve el valor de las normas litúrgicas.(121) El ars celebrandi ha
de favorecer el sentido de lo sagrado y el uso de las formas exteriores que
educan para ello, como, por ejemplo, la armonía del rito, los ornamentos
litúrgicos, la decoración y el lugar sagrado. Favorece la celebración
eucarística que los sacerdotes y los responsables de la pastoral litúrgica se
esfuercen en dar a conocer los libros litúrgicos vigentes y las respectivas
normas, resaltando las grandes riquezas de la Ordenación General del Misal
Romano y de la Ordenación de las Lecturas de la Misa. En las comunidades
eclesiales se da quizás por descontado que se conocen y aprecian, pero a menudo
no es así. En realidad, son textos que contienen riquezas que custodian y
expresan la fe, así como el camino del Pueblo de Dios a lo largo de dos
milenios de historia. Para una adecuada ars celebrandi es igualmente
importante la atención a todas las formas de lenguaje previstas por la
liturgia: palabra y canto, gestos y silencios, movimiento del cuerpo, colores
litúrgicos de los ornamentos. En efecto, la liturgia tiene por su naturaleza
una variedad de formas de comunicación que abarcan todo el ser humano. La
sencillez de los gestos y la sobriedad de los signos, realizados en el orden y
en los tiempos previstos, comunican y atraen más que la artificiosidad de
añadiduras inoportunas. La atención y la obediencia de la estructura propia del
ritual, a la vez que manifiestan el reconocimiento del carácter de la
Eucaristía como don, expresan la disposición del ministro para acoger con dócil
gratitud dicho don inefable.
El
arte al servicio de la celebración
41.
La relación profunda entre la belleza y la liturgia nos lleva a considerar con
atención todas las expresiones artísticas que se ponen al servicio de la
celebración.(122) Un elemento importante del arte
sacro es ciertamente la arquitectura de las iglesias,(123) en las que
debe resaltar la unidad entre los elementos propios del presbiterio: altar,
crucifijo, tabernáculo, ambón, sede. A este respecto, se ha de tener presente
que el objetivo de la arquitectura sacra es ofrecer a la Iglesia, que celebra
los misterios de la fe, en particular la Eucaristía, el espacio más apto para
el desarrollo adecuado de su acción litúrgica.(124) En
efecto, la naturaleza del templo cristiano se define por la acción litúrgica
misma, que implica la reunión de los fieles (ecclesia), los cuales son
las piedras vivas del templo (cf. 1 P 2,5).
El
mismo principio vale para todo el arte sacro, especialmente la pintura y la
escultura, en los que la iconografía religiosa se ha de orientar a la
mistagogía sacramental. Un conocimiento profundo de las formas que el arte
sacro ha producido a lo largo de los siglos puede ser de gran ayuda para los
que tienen la responsabilidad de encomendar a arquitectos y artistas obras
relacionadas con la acción litúrgica. Por tanto, es indispensable que en la
formación de los seminaristas y de los sacerdotes se incluya la historia del
arte como materia importante, con especial referencia a los edificios de culto,
según las normas litúrgicas. Es necesario que en todo
lo que concierne a la Eucaristía haya gusto por la belleza. Se debe también
respetar y cuidar los ornamentos, la decoración, los vasos sagrados, para que,
dispuestos de modo orgánico y ordenado entre sí, fomenten el asombro ante el
misterio de Dios, manifiesten la unidad de la fe y refuercen la devoción.(125)
El
canto litúrgico
42.
En el ars celebrandi desempeña un papel importante el canto litúrgico.(126) Con razón afirma san Agustín en un famoso sermón: «
El hombre nuevo conoce el cántico nuevo. El cantar es función de alegría y, si
lo consideramos atentamente, función de amor ».(127)
El Pueblo de Dios reunido para la celebración canta las alabanzas de Dios. La
Iglesia, en su bimilenaria historia, ha compuesto y sigue componiendo música y
cantos que son un patrimonio de fe y de amor que no se ha de perder.
Ciertamente, no podemos decir que en la liturgia sirva cualquier canto. A este
respecto, se ha de evitar la fácil improvisación o la introducción de géneros
musicales no respetuosos del sentido de la liturgia. Como elemento litúrgico,
el canto debe estar en consonancia con la identidad propia de la
celebración.(128) Por consiguiente, todo —el texto, la melodía, la ejecución—
ha de corresponder al sentido del misterio celebrado, a las partes del rito y a
los tiempos litúrgicos.(129) Finalmente, si bien se han de tener en cuenta las
diversas tendencias y tradiciones tan loables, deseo, como han pedido los
Padres sinodales, que se valore adecuadamente el canto gregoriano(130) como
canto propio de la liturgia romana.(131)
Estructura
de la celebración eucarística
43.
Después de haber recordado los elementos básicos del ars celebrandi puestos
de relieve en los trabajos sinodales, quisiera llamar la atención de modo más
concreto sobre algunas partes de la estructura de la celebración eucarística
que requieren un especial cuidado en nuestro tiempo, para ser fieles a la
intención profunda de la renovación litúrgica deseada por el Concilio Vaticano
II, en continuidad con toda la gran tradición eclesial.
Unidad
intrínseca de la acción litúrgica
44.
Ante todo, hay que considerar la unidad intrínseca del rito de la santa Misa.
Se ha de evitar que, tanto en la catequesis como en el modo de la celebración,
se dé lugar a una visión yuxtapuesta de las dos partes del rito. La liturgia de
la Palabra y la liturgia eucarística — además de los ritos de introducción y
conclusión— « están estrechamente unidas entre sí y forman un único acto de
culto ».(132) En efecto, la Palabra de Dios y la
Eucaristía están intrínsecamente unidas. Escuchando la Palabra de Dios nace o
se fortalece la fe (cf. Rm 10,17); en la Eucaristía, el Verbo hecho
carne se nos da como alimento espiritual.(133) Así pues, « la Iglesia recibe y
ofrece a los fieles el Pan de vida en las dos mesas de la Palabra de Dios y del
Cuerpo de Cristo ».(134) Por tanto, se ha de tener constantemente presente que
la Palabra de Dios, que la Iglesia lee y proclama en la liturgia, lleva a la
Eucaristía como a su fin connatural.
Liturgia
de la Palabra
45.
Junto con el Sínodo, pido que la liturgia de la Palabra se prepare y se viva
siempre de manera adecuada. Por tanto, recomiendo vivamente que en la liturgia
se ponga gran atención a la proclamación de la Palabra de Dios por parte de
lectores bien instruidos. Nunca olvidemos que « cuando se leen en la Iglesia
las Sagradas Escrituras, Dios mismo habla a su Pueblo, y Cristo, presente en su
palabra, anuncia el Evangelio ».(135) Si las circunstancias lo aconsejan, se
puede pensar en unas breves moniciones que ayuden a los fieles a una mejor disposición.
Para comprenderla bien, la Palabra de Dios ha de ser escuchada y acogida con
espíritu eclesial y siendo conscientes de su unidad con el Sacramento
eucarístico. En efecto, la Palabra que anunciamos y escuchamos es el Verbo
hecho carne (cf. Jn 1,14), y hace referencia intrínseca a la persona de
Cristo y a su permanencia de manera sacramental. Cristo no habla en el pasado,
sino en nuestro presente, ya que Él mismo está presente en la acción litúrgica.
En esta perspectiva sacramental de la revelación cristiana,(136)
el conocimiento y el estudio de la Palabra de Dios nos permite apreciar,
celebrar y vivir mejor la Eucaristía. A este respecto, se aprecia también en
toda su verdad la afirmación, según la cual « desconocer la Escritura es
desconocer a Cristo ».(137)
Para
lograr todo esto es necesario ayudar a los fieles a apreciar los tesoros de la
Sagrada Escritura en el leccionario, mediante iniciativas pastorales,
celebraciones de la Palabra y la lectura meditada (lectio divina).
Tampoco se ha de olvidar promover las formas de oración conservadas en la
tradición, la Liturgia de las Horas, sobre todo Laudes, Vísperas, Completas y
también las celebraciones de vigilias. El rezo de los Salmos, las lecturas
bíblicas y las de la gran tradición del Oficio divino pueden llevar a una
experiencia profunda del acontecimiento de Cristo y de la economía de la
salvación, que a su vez puede enriquecer la comprensión y la participación en
la celebración eucarística.(138)
Homilía
46.
La necesidad de mejorar la calidad de la homilía está en relación con la
importancia de la Palabra de Dios. En efecto, ésta « es parte de la acción
litúrgica »; (139) tiene el cometido de favorecer una mejor comprensión y
eficacia de la Palabra de Dios en la vida de los fieles. Por eso los ministros
ordenados han de « preparar la homilía con esmero, basándose en un conocimiento
adecuado de la Sagrada Escritura ».(140) Han de
evitarse homilías genéricas o abstractas. En particular, pido a los ministros
un esfuerzo para que la homilía ponga la Palabra de Dios proclamada en estrecha
relación con la celebración sacramental(141) y con la
vida de la comunidad, de modo que la Palabra de Dios sea realmente sustento y
vigor de la Iglesia.(142) Se ha de tener presente, por tanto, la finalidad
catequética y exhortativa de la homilía. Es conveniente que, partiendo del
leccionario trienal, se prediquen a los fieles homilías temáticas que, a lo
largo del año litúrgico, traten los grandes temas de la fe cristiana, según lo
que el Magisterio propone en los cuatro « pilares » del Catecismo de la Iglesia Católica y en su reciente Compendio: la profesión de la fe, la celebración del misterio
cristiano, la vida en Cristo y la oración cristiana.(143)
Presentación
de las ofrendas
47.
Los Padres sinodales han puesto también su atención en la presentación de las
ofrendas. Ésta no es sólo como un « intervalo » entre la liturgia de la Palabra
y la eucarística. Entre otras razones, porque eso haría perder el sentido de un
único rito con dos partes interrelacionadas. En realidad, este gesto humilde y
sencillo tiene un sentido muy grande: en el pan y el vino que llevamos al altar
toda la creación es asumida por Cristo Redentor para ser transformada y
presentada al Padre.(144) En este sentido, llevamos
también al altar todo el sufrimiento y el dolor del mundo, conscientes de que
todo es precioso a los ojos de Dios. Este gesto, para ser vivido en su
auténtico significado, no necesita ser enfatizado con añadiduras superfluas.
Permite valorar la colaboración originaria que Dios pide al hombre para
realizar en él la obra divina y dar así pleno sentido al trabajo humano, que
mediante la celebración eucarística se une al sacrificio redentor de Cristo.
Plegaria
eucarística
48.
La Plegaria eucarística es « el centro y la cumbre de toda la celebración ».(145) Su importancia merece ser subrayada adecuadamente.
Las diversas Plegarias eucarísticas que hay en el Misal nos han sido
transmitidas por la tradición viva de la Iglesia y se caracterizan por una
riqueza teológica y espiritual inagotable. Se ha de procurar que los fieles las
aprecien. La Ordenación General del Misal Romano nos ayuda en esto,
recordándonos los elementos fundamentales de toda Plegaria eucarística: acción
de gracias, aclamación, epíclesis, relato de la institución y consagración,
anámnesis, oblación, intercesión y doxología conclusiva.(146) En particular, la
espiritualidad eucarística y la reflexión teológica se iluminan al contemplar
la profunda unidad de la anáfora, entre la invocación del Espíritu Santo y el relato
de la institución,(147) en la que « se realiza el sacrificio que el mismo
Cristo instituyó en la última Cena ».(148) En efecto, « la Iglesia, por medio
de determinadas invocaciones, implora la fuerza del Espíritu Santo para que los
dones que han presentado los hombres queden consagrados, es decir, se
conviertan en el Cuerpo y Sangre de Cristo, y para que la víctima inmaculada
que se va a recibir en la Comunión sea para la salvación de quienes la reciben
».(149)
Rito
de la paz
49.
La Eucaristía es por su naturaleza sacramento de paz. Esta dimensión del
Misterio eucarístico se expresa en la celebración litúrgica de manera
específica con el rito de la paz. Se trata indudablemente de un signo de gran
valor (cf. Jn 14,27). En nuestro tiempo, tan lleno de conflictos, este
gesto adquiere, también desde el punto de vista de la sensibilidad común, un
relieve especial, ya que la Iglesia siente cada vez más como tarea propia pedir
a Dios el don de la paz y la unidad para sí misma y para toda la familia humana.
La paz es ciertamente un anhelo irreprimible en el corazón de cada uno. La
Iglesia se hace portavoz de la petición de paz y reconciliación que surge del
alma de toda persona de buena voluntad, dirigiéndola a Aquél que « es nuestra
paz » (Ef 2,14), y que puede pacificar a los pueblos e individuos aun
cuando fracasan las iniciativas humanas. Por ello se comprende la intensidad
con que se vive frecuentemente el rito de la paz en la celebración litúrgica. A
este propósito, sin embargo, durante el Sínodo de los Obispos se ha visto la
conveniencia de moderar este gesto, que puede adquirir expresiones exageradas,
provocando cierta confusión en la asamblea precisamente antes de la Comunión.
Sería bueno recordar que el alto valor del gesto no queda mermado por la sobriedad
necesaria para mantener un clima adecuado a la celebración, limitando por
ejemplo el intercambio de la paz a los más cercanos.(150)
Distribución
y recepción de la Eucaristía
50.
Otro momento de la celebración, al que es necesario hacer referencia, es la
distribución y recepción de la santa Comunión. Pido a todos, en particular a
los ministros ordenados y a los que, debidamente preparados, están autorizados
para el ministerio de distribuir la Eucaristía en caso de necesidad real, que
hagan lo posible para que el gesto, en su sencillez, corresponda a su valor de
encuentro personal con el Señor Jesús en el Sacramento. Respecto a las
prescripciones para una praxis correcta, me remito a los documentos emanados
recientemente.(151) Todas las comunidades cristianas han de atenerse fielmente
a las normas vigentes, viendo en ellas la expresión de la fe y el amor que
todos han de tener respecto a este sublime Sacramento. Tampoco se descuide el
tiempo precioso de acción de gracias después de la Comunión: además de un canto
oportuno, puede ser también muy útil permanecer recogidos en silencio.(152)
A
este propósito, quisiera llamar la atención sobre un problema pastoral con el
que nos encontramos frecuentemente en nuestro tiempo. Me refiero al hecho de
que en algunas circunstancias, como por ejemplo en las santas Misas celebradas
con ocasión de bodas, funerales o acontecimientos análogos, además de fieles
practicantes, asisten también a la celebración otros que tal vez no se acercan
al altar desde hace años, o quizás están en una situación de vida que no les
permite recibir los sacramentos. Otras veces sucede que están presentes
personas de otras confesiones cristianas o incluso de otras religiones.
Situaciones similares se producen también en iglesias que son meta de
visitantes, sobre todo en las grandes ciudades de en las que abunda el arte. En
estos casos, se ve la necesidad de usar expresiones breves y eficaces para
hacer presente a todos el sentido de la comunión
sacramental y las condiciones para recibirla. Donde se den situaciones en las
que no sea posible garantizar la debida claridad sobre el sentido de la
Eucaristía, se ha de considerar la conveniencia de sustituir la Eucaristía con
una celebración de la Palabra de Dios.(153)
Despedida:
« Ite, missa est »
51.
Quisiera detenerme ahora en lo que los Padres sinodales han dicho sobre el
saludo de despedida al final de la Celebración eucarística. Después de la
bendición, el diácono o el sacerdote despide al pueblo con las palabras: Ite,
missa est. En este saludo podemos apreciar la relación entre la Misa
celebrada y la misión cristiana en el mundo. En la antigüedad, « missa » significaba
simplemente « terminada ». Sin embargo, en el uso cristiano ha adquirido un
sentido cada vez más profundo. La expresión « missa » se transforma, en
realidad, en « misión ». Este saludo expresa sintéticamente la naturaleza
misionera de la Iglesia. Por tanto, conviene ayudar al Pueblo de Dios a que,
apoyándose en la liturgia, profundice en esta dimensión constitutiva de la vida
eclesial. En este sentido, sería útil disponer de textos debidamente aprobados
para la oración sobre el pueblo y la bendición final que expresen dicha
relación.(154)
Actuosa
participatio
Auténtica
participación
52.
El Concilio Vaticano II puso un énfasis particular en la participación activa,
plena y fructuosa de todo el Pueblo de Dios en la celebración eucarística.(155) Ciertamente, la renovación llevada a cabo en estos
años ha favorecido notables progresos en la dirección deseada por los Padres
conciliares. Pero no hemos de ocultar el hecho de que, a veces, ha surgido
alguna incomprensión precisamente sobre el sentido de esta participación. Por
tanto, conviene dejar claro que con esta palabra no se quiere hacer referencia
a una simple actividad externa durante la celebración. En realidad, la
participación activa deseada por el Concilio se ha de comprender en términos
más sustanciales, partiendo de una mayor toma de conciencia del misterio que se
celebra y de su relación con la vida cotidiana. Sigue siendo totalmente válida
la recomendación de la Constitución conciliar Sacrosanctum
Concilium, que exhorta a los fieles a no
asistir a la liturgia eucarística « como espectadores mudos o extraños », sino
a participar « consciente, piadosa y activamente en la acción sagrada ».(156)
El Concilio prosigue la reflexión: los fieles, « instruidos por la Palabra de
Dios, reparen sus fuerzas en el banquete del Cuerpo del Señor, den gracias a
Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo
por manos del sacerdote, sino también juntamente con él, y se perfeccionen día
a día, por Cristo Mediador, en la unidad con Dios y entre sí ».(157)
Participación
y ministerio sacerdotal
53.
La belleza y armonía de la acción litúrgica se manifiestan de manera
significativa en el orden con el cual cada uno está llamado a participar
activamente. Eso comporta el reconocimiento de las diversas funciones
jerárquicas implicadas en la celebración misma. Es útil recordar que, de por
sí, la participación activa no es lo mismo que desempeñar un ministerio
particular. Sobre todo, no ayuda a la participación activa de los fieles una
confusión ocasionada por la incapacidad de distinguir las diversas funciones
que corresponden a cada uno en la comunión eclesial.(158)
En particular, es preciso que haya claridad sobre las tareas específicas del
sacerdote. Éste es, como atestigua la tradición de la Iglesia, quien preside de
modo insustituible toda la celebración eucarística, desde el saludo inicial a
la bendición final. En virtud del Orden sagrado que ha recibido, él representa
a Jesucristo, cabeza de la Iglesia y, en la manera que le es propia, también a
la Iglesia misma.(159) En efecto, toda celebración de la Eucaristía está
dirigida por el Obispo, « ya sea personalmente, ya por los presbíteros, sus
colaboradores ».(160) Es ayudado por el diácono, que tiene algunas funciones
específicas en la celebración: preparar el altar y prestar servicio al
sacerdote, proclamar el Evangelio, predicar eventualmente la homilía, enunciar
las intenciones en la oración universal, distribuir la Eucaristía a los
fieles.(161) En relación con estos ministerios vinculados al sacramento del
Orden, hay también otros ministerios para el servicio litúrgico, que desempeñan
religiosos y laicos preparados, lo que es de alabar.(162)
Celebración
eucarística e inculturación
54.
A partir de las afirmaciones fundamentales del Concilio Vaticano II, se ha
subrayado varias veces la importancia de la participación activa de los fieles
en el Sacrificio eucarístico. Para favorecerla se pueden permitir algunas
adaptaciones apropiadas a los diversos contextos y culturas.(163)
El hecho de que haya habido algunos abusos no disminuye la claridad de este
principio, que se debe mantener de acuerdo con las necesidades reales de la
Iglesia, que vive y celebra el mismo misterio de Cristo en situaciones
culturales diferentes. En efecto, el Señor Jesús, precisamente en el misterio
de la Encarnación, naciendo de mujer como hombre perfecto (cf. Ga 4,4),
está en relación directa no sólo con las expectativas expresadas en el Antiguo
Testamento, sino también con las de todos los pueblos. Con eso, Él ha
manifestado que Dios quiere encontrarnos en nuestro contexto vital. Por tanto,
para una participación más eficaz de los fieles en los santos Misterios, es
útil proseguir el proceso de inculturación en el ámbito de la celebración
eucarística, teniendo en cuenta las posibilidades de adaptación que ofrece la
Ordenación General del Misal Romano,(164) interpretadas a la luz de los
criterios fijados por la IV Instrucción de la Congregación para el Culto divino
y la Disciplina de los Sacramentos, Varietates legitimae, del 25 de
enero de 1994,(165) y de las directrices dadas por el Papa Juan Pablo II en las
Exhortaciones apostólicas postsinodales Ecclesia
in Africa, Ecclesia in America, Ecclesia in Asia,
Ecclesia in Oceania, Ecclesia in
Europa.(166) Para lograr este objetivo,
encomiendo a las Conferencias Episcopales que favorezcan el adecuado equilibrio
entre los criterios y normas ya publicadas y las nuevas adaptaciones,(167)
siempre de acuerdo con la Sede Apostólica.
Condiciones
personales para una « actuosa participatio »
55.
Al considerar el tema de la actuosa participatio de los fieles en el
rito sagrado, los Padres sinodales han resaltado también las condiciones
personales de cada uno para una fructuosa participación.(168)
Una de ellas es ciertamente el espíritu de conversión continua que ha de
caracterizar la vida de cada fiel. No se puede esperar una participación activa
en la liturgia eucarística cuando se asiste superficialmente, sin antes
examinar la propia vida. Favorece dicha disposición interior, por ejemplo, el
recogimiento y el silencio, al menos unos instantes antes de comenzar la
liturgia, el ayuno y, cuando sea necesario, la confesión sacramental. Un
corazón reconciliado con Dios permite la verdadera participación. En
particular, es preciso persuadir a los fieles de que no puede haber una
actuosa participatio en los santos Misterios si no se toma al mismo tiempo
parte activa en la vida eclesial en su totalidad, la cual comprende también el
compromiso misionero de llevar el amor de Cristo a la sociedad.
Sin
duda, la plena participación en la Eucaristía se da cuando nos acercamos
también personalmente al altar para recibir la Comunión.(169)
No obstante, se ha de poner atención para que esta afirmación correcta no
induzca a un cierto automatismo entre los fieles, como si por el sólo hecho de
encontrarse en la iglesia durante la liturgia se tenga ya el derecho o quizás
incluso el deber de acercarse a la Mesa eucarística. Aun cuando no es posible
acercarse a la comunión sacramental, la participación en la santa Misa sigue
siendo necesaria, válida, significativa y fructuosa. En estas circunstancias,
es bueno cultivar el deseo de la plena unión con Cristo, practicando, por
ejemplo, la comunión espiritual, recordada por Juan Pablo II(170)
y recomendada por los Santos maestros de la vida espiritual.(171)
Participación
de los cristianos no católicos
56.
Al tratar el tema de la participación nos encontramos inevitablemente con el de
los cristianos pertenecientes a Iglesias o Comunidades eclesiales que no están
en plena comunión con la Iglesia Católica. A este respecto, se ha de decir que
la unión intrínseca que se da entre Eucaristía y unidad de la Iglesia nos lleva
a desear ardientemente, por un lado, el día en que podamos celebrar junto con
todos los creyentes en Cristo la divina Eucaristía y expresar así visiblemente
la plenitud de la unidad que Cristo ha querido para sus discípulos (cf. Jn 17,21).
Por otro lado, el respeto que debemos al sacramento del Cuerpo y Sangre de
Cristo nos impide hacer de él un simple « medio » que se usa
indiscriminadamente para alcanzar esta misma unidad.(172) En efecto, la
Eucaristía no sólo manifiesta nuestra comunión personal con Jesucristo, sino
que implica también la plena communio con la Iglesia. Éste es, pues, el
motivo por el cual, con dolor pero no sin esperanza, pedimos a los cristianos
no católicos que comprendan y respeten nuestra convicción, basada en la Biblia
y en la Tradición. Nosotros sostenemos que la comunión eucarística y la
comunión eclesial se corresponden tan íntimamente que hace imposible
generalmente por parte de los cristianos no católicos la participación en una
sin tener la otra. Menos sentido tendría aún una concelebración propia y
verdadera con ministros de Iglesias o Comunidades eclesiales no en plena
comunión con la Iglesia Católica. No obstante, es verdad que, de cara a la
salvación, existe la posibilidad de admitir individualmente a cristianos no
católicos a la Eucaristía, al sacramento de la Penitencia y a la Unción de los
enfermos. Pero eso sólo en situaciones determinadas y excepcionales,
caracterizadas por condiciones bien precisas.(173)
Éstas están indicadas claramente en el Catecismo
de la Iglesia Católica (174) y en su Compendio.(175)
Todos tienen el deber de atenerse fielmente a ellas.
Participación
a través de los medios de comunicación social
57.
Debido al gran desarrollo de los medios de comunicación social, la palabra «
participación » ha adquirido en las últimas décadas un sentido más amplio que
en el pasado. Todos reconocemos con satisfacción que estos instrumentos ofrecen
también nuevas posibilidades en lo que se refiere a la Celebración eucarística.(176) Eso exige a los agentes pastorales del sector una
preparación específica y un acentuado sentido de responsabilidad. En efecto, la
santa Misa que se transmite por televisión adquiere inevitablemente una cierta
ejemplaridad. Por tanto, se ha de poner una especial atención en que la
celebración, además de hacerse en lugares dignos y bien preparados, respete las
normas litúrgicas.
Por
lo que se refiere al valor de la participación en la santa Misa que los medios
de comunicación hacen posible, quien ve y oye dichas transmisiones ha de saber
que, en condiciones normales, no cumple con el precepto dominical. En efecto,
el lenguaje de la imagen representa la realidad, pero no la reproduce en sí
misma.(177) Si es loable que ancianos y enfermos
participen en la santa Misa festiva a través de las transmisiones
radiotelevisivas, no puede decirse lo mismo de quien, mediante tales
transmisiones, quisiera dispensarse de ir al templo para la celebración
eucarística en la asamblea de la Iglesia viva.
«
Actuosa participatio » de los enfermos
58.
Teniendo presente la condición de los que no pueden ir a los lugares de culto
por motivos de salud o edad, quisiera llamar la atención de toda la comunidad
eclesial sobre la necesidad pastoral de asegurar la asistencia espiritual a los
enfermos, tanto a los que están en su casa como a los que están hospitalizados.
En el Sínodo de los Obispos se ha hecho referencia a ellos varias veces. Se ha
de procurar que estos hermanos y hermanas nuestros puedan recibir con
frecuencia la Comunión sacramental. Al reforzar así la relación con Cristo
crucificado y resucitado, podrán sentir su propia vida integrada plenamente en
la vida y la misión de la Iglesia mediante la ofrenda del propio sufrimiento en
unión con el sacrificio de nuestro Señor. Se ha de reservar una atención
particular a los discapacitados; si lo permite su condición, la comunidad
cristiana ha de favorecer su participación en la celebración en un lugar de
culto. A este respecto, se ha de procurar que los edificios sagrados no tengan
obstáculos arquitectónicos que impidan el acceso de los minusválidos. Se ha de
dar también la comunión eucarística, cuando sea posible, a los discapacitados
mentales, bautizados y confirmados: ellos reciben la Eucaristía también en la
fe de la familia o de la comunidad que los acompaña.(178)
Atención
a los presos
59.
La tradición espiritual de la Iglesia, siguiendo una indicación específica de
Cristo (cf. Mt 25,36), ha reconocido en la visita a los presos una de
las obras de misericordia corporal. Los que se encuentran en esta situación
tienen una necesidad especial de ser visitados por el Señor mismo en el
sacramento de la Eucaristía. Sentir la cercanía de la comunidad eclesial,
participar en la Eucaristía y recibir la santa Comunión en un período de la vida
tan particular y doloroso puede ayudar sin duda en el
propio camino de fe y favorecer la plena reinserción social de la persona.
Interpretando los deseos manifestados en la asamblea sinodal pido a las
diócesis que, en lo posible, pongan los medios adecuados para una actividad
pastoral que se ocupe de atender espiritualmente a los presos.(179)
Los
emigrantes y su participación en la Eucaristía
60.
Al plantearse el problema de los que se ven obligados a dejar la propia tierra
por diversos motivos, el Sínodo ha expresado particular gratitud a los que se
dedican a la atención pastoral de los emigrantes. En este contexto, se ha de
prestar una atención especial a los emigrantes que pertenecen a las Iglesias
católicas orientales y a los que, lejos de su propia casa, tienen dificultades
para participar en la liturgia eucarística según el propio rito de pertenencia.
Por eso, donde sea posible, se les conceda poder ser asistidos por sacerdotes
de su rito. En todo caso, pido a los Obispos que acojan en la caridad de Cristo
a estos hermanos. El encuentro entre los fieles de diversos ritos puede
convertirse también en ocasión de enriquecimiento recíproco. Pienso
particularmente en el beneficio que puede aportar, sobre todo para el clero, el
conocimiento de las diversas tradiciones.(180)
Las
grandes concelebraciones
61.
La asamblea sinodal ha considerado la calidad de la participación en las
grandes celebraciones que tienen lugar en circunstancias particulares, en las
que, además de un gran número de fieles, concelebran muchos sacerdotes.(181) Por un lado, es fácil reconocer el valor de estos
momentos, especialmente cuando el Obispo preside rodeado de su presbiterio y de
los diáconos. Por otro, en estas circunstancias se pueden producir problemas
por lo que se refiere a la expresión sensible de la unidad del presbiterio,
especialmente en la Plegaria eucarística y en la distribución de la santa
Comunión. Se ha de evitar que estas grandes concelebraciones produzcan
dispersión. Para ello, se han de prever modos adecuados de coordinación y
disponer el lugar de culto de manera que permita a los presbíteros y a los
fieles una participación plena y real. En todo caso, se ha de tener presente
que se trata de concelebraciones de carácter excepcional y limitadas a
situaciones extraordinarias.
Lengua
latina
62.
No obstante, lo dicho anteriormente no debe ofuscar el valor de estas grandes
liturgias. En particular, pienso en las celebraciones que tienen lugar durante
encuentros internacionales, hoy cada vez más frecuentes. Éstas han de ser
valoradas debidamente. Para expresar mejor la unidad y universalidad de la
Iglesia, quisiera recomendar lo que ha sugerido el Sínodo de los Obispos, en
sintonía con las normas del Concilio Vaticano II: (182) exceptuadas las
lecturas, la homilía y la oración de los fieles, sería bueno que dichas
celebraciones fueran en latín; también se podrían rezar en latín las oraciones
más conocidas(183) de la tradición de la Iglesia y,
eventualmente, utilizar cantos gregorianos. Más en general, pido que los futuros
sacerdotes, desde el tiempo del seminario, se preparen para comprender y
celebrar la santa Misa en latín, además de utilizar textos latinos y cantar en
gregoriano; se procurará que los mismos fieles conozcan las oraciones más
comunes en latín y que canten en gregoriano algunas partes de la liturgia.(184)
Celebraciones
eucarísticas en pequeños grupos
63.
Una situación muy distinta es la que se da en algunas circunstancias pastorales
en las que, precisamente para lograr una participación más consciente, activa y
fructuosa, se favorecen las celebraciones en pequeños grupos. Aun reconociendo
el valor formativo que tienen estas iniciativas, conviene precisar que han de
estar en armonía con el conjunto del proyecto pastoral de la diócesis. En
efecto, dichas experiencias perderían su carácter pedagógico si se las
considerara como antagonistas o paralelas respecto a la vida de la Iglesia
particular. A este respecto, el Sínodo ha subrayado algunos criterios a los que
atenerse: los grupos pequeños han de servir para unificar la comunidad
parroquial, no para fragmentarla; esto debe ser evaluado en la praxis concreta;
estos grupos tienen que favorecer la participación fructuosa de toda la
asamblea y preservar en lo posible la unidad de cada familia en la vida litúrgica.(185)
La
celebración participada interiormente
Catequesis
mistagógica
64.
La gran tradición litúrgica de la Iglesia nos enseña que, para una
participación fructuosa, es necesario esforzarse en corresponder personalmente
al misterio que se celebra mediante el ofrecimiento a Dios de la propia vida,
en unión con el sacrificio de Cristo por la salvación del mundo entero. Por
este motivo, el Sínodo de los Obispos ha recomendado que los fieles tengan una
actitud coherente entre las disposiciones interiores y los gestos y las
palabras. Si faltara ésta, nuestras celebraciones, por muy animadas que fueren,
correrían el riesgo de caer en el ritualismo. Así pues, se ha de promover una
educación en la fe eucarística que disponga a los fieles a vivir personalmente
lo que se celebra. Ante la importancia esencial de esta participatio personal
y consciente, ¿cuáles pueden ser los instrumentos formativos idóneos? A este
respecto, los Padres sinodales han propuesto unánimemente una catequesis de
carácter mistagógico que lleve a los fieles a adentrarse cada vez más en los
misterios celebrados.(186) En particular, por lo que se refiere a la relación
entre el ars celebrandi y la actuosa participatio, se ha de
afirmar ante todo que « la mejor catequesis sobre la Eucaristía es la
Eucaristía misma bien celebrada ».(187) En efecto, por su propia naturaleza, la
liturgia tiene una eficacia propia para introducir a los fieles en el
conocimiento del misterio celebrado. Precisamente por ello, el itinerario
formativo del cristiano en la tradición más antigua de la Iglesia, aun sin
descuidar la comprensión sistemática de los contenidos de la fe, tuvo siempre
un carácter de experiencia, en el cual era determinante el encuentro vivo y
persuasivo con Cristo, anunciado por auténticos testigos. En este sentido, el
que introduce en los misterios es ante todo el testigo. Dicho encuentro ahonda
en la catequesis y tiene su fuente y su culmen en la celebración de la
Eucaristía. De esta estructura fundamental de la experiencia cristiana nace la
exigencia de un itinerario mistagógico, en el cual se han de tener siempre
presentes tres elementos:
a)
Ante todo, la interpretación de los ritos a la luz de los acontecimientos
salvíficos, según la tradición viva de la Iglesia. Efectivamente, la
celebración de la Eucaristía contiene en su infinita riqueza continuas
referencias a la historia de la salvación. En Cristo crucificado y resucitado
podemos celebrar verdaderamente el centro que recapitula toda la realidad (cf. Ef
1,10). Desde el principio, la comunidad cristiana ha leído los
acontecimientos de la vida de Jesús, y en particular el misterio pascual, en
relación con todo el itinerario veterotestamentario.
b)
Además, la catequesis mistagógica ha de introducir en el significado de los
signos contenidos en los ritos. Este cometido es particularmente urgente en
una época como la actual, tan imbuida por la tecnología, en la cual se corre el
riesgo de perder la capacidad perceptiva de los signos y símbolos. Más que
informar, la catequesis mistagógica debe despertar y educar la sensibilidad de
los fieles ante el lenguaje de los signos y gestos que, unidos a la palabra,
constituyen el rito.
c)
Finalmente, la catequesis mistagógica ha de enseñar el significado de los
ritos en relación con la vida cristiana en todas sus facetas, como el
trabajo y los compromisos, el pensamiento y el afecto, la actividad y el
descanso. Forma parte del itinerario mistagógico subrayar la relación entre los
misterios celebrados en el rito y la responsabilidad misionera de los fieles.
En este sentido, el resultado final de la mistagogía es tomar conciencia de que
la propia vida es transformada progresivamente por los santos misterios que se
celebran. El objetivo de toda la educación cristiana, por otra parte, es formar
al fiel como « hombre nuevo », con una fe adulta, que lo haga capaz de
testimoniar en el propio ambiente la esperanza cristiana que lo anima.
Para
desarrollar en nuestras comunidades eclesiales esta tarea educativa, hay que
contar con formadores bien preparados. Ciertamente, todo el Pueblo de Dios ha
de sentirse comprometido en esta formación. Cada comunidad cristiana está
llamada a ser ámbito pedagógico que introduce en los misterios que se celebran
en la fe. A este respecto, durante el Sínodo los Padres han subrayado la
conveniencia de una mayor participación de las comunidades de vida consagrada,
de los movimientos y demás grupos que, por sus propios carismas, pueden aportar
un renovado impulso a la formación cristiana.(188)
También en nuestro tiempo el Espíritu Santo prodiga la efusión de sus dones
para sostener la misión apostólica de la Iglesia, a la cual corresponde
difundir la fe y educarla hasta su madurez.(189)
Veneración
de la Eucaristía
65.
Un signo convincente de la eficacia que la catequesis eucarística tiene en los
fieles es sin duda el crecimiento en ellos del sentido del misterio de Dios
presente entre nosotros. Eso se puede comprobar a través de manifestaciones
específicas de veneración de la Eucaristía, hacia la cual el itinerario
mistagógico debe introducir a los fieles.(190) Pienso,
en general, en la importancia de los gestos y de la postura, como arrodillarse
durante los momentos principales de la plegaria eucarística. Para adecuarse a
la legítima diversidad de los signos que se usan en el contexto de las
diferentes culturas, cada uno ha de vivir y expresar que es consciente de
encontrarse en toda celebración ante la majestad infinita de Dios, que llega a
nosotros de manera humilde en los signos sacramentales.
Adoración
y piedad eucarística
Relación
intrínseca entre celebración y adoración
66.
Uno de los momentos más intensos del Sínodo fue cuando, junto con muchos
fieles, nos desplazamos a la Basílica de San Pedro para la adoración
eucarística. Con este gesto de oración, la asamblea de los Obispos quiso llamar
la atención, no sólo con palabras, sobre la importancia de la relación
intrínseca entre celebración eucarística y adoración. En este aspecto
significativo de la fe de la Iglesia se encuentra uno de los elementos
decisivos del camino eclesial realizado tras la renovación litúrgica querida
por el Concilio Vaticano II. Mientras la reforma daba sus primeros pasos, a
veces no se percibió de manera suficientemente clara la relación intrínseca
entre la santa Misa y la adoración del Santísimo Sacramento. Una objeción
difundida entonces se basaba, por ejemplo, en la observación de que el Pan
eucarístico no habría sido dado para ser contemplado, sino para ser comido. En
realidad, a la luz de la experiencia de oración de la Iglesia, dicha
contraposición se mostró carente de todo fundamento. Ya decía san Agustín: « nemo
autem illam carnem manducat, nisi prius adoraverit; [...] peccemus non
adorando – Nadie come de esta carne sin antes adorarla [...], pecaríamos si
no la adoráramos ».(191) En efecto, en la Eucaristía el Hijo de Dios viene a
nuestro encuentro y desea unirse a nosotros; la adoración eucarística no es si
no la continuación obvia de la celebración eucarística, la cual es en sí misma
el acto más grande de adoración de la Iglesia.(192) Recibir la Eucaristía
significa adorar al que recibimos. Precisamente así, y sólo así, nos hacemos
una sola cosa con Él y, en cierto modo, pregustamos anticipadamente la belleza
de la liturgia celestial. La adoración fuera de la santa Misa prolonga e
intensifica lo acontecido en la misma celebración litúrgica. En efecto, « sólo
en la adoración puede madurar una acogida profunda y verdadera. Y precisamente
en este acto personal de encuentro con el Señor madura luego también la misión
social contenida en la Eucaristía y que quiere romper las barreras no sólo
entre el Señor y nosotros, sino también y sobre todo las barreras que nos
separan a los unos de los otros ».(193)
Práctica
de la adoración eucarística
67.
Por tanto, unido a la asamblea sinodal, recomiendo ardientemente a los Pastores
de la Iglesia y al Pueblo de Dios la práctica de la adoración eucarística,
tanto personal como comunitaria.(194) A este respecto,
será de gran ayuda una catequesis adecuada en la que se explique a los fieles
la importancia de este acto de culto que permite vivir más profundamente y con
mayor fruto la celebración litúrgica. Además, cuando sea posible, sobre todo en
los lugares más poblados, será conveniente indicar las iglesias u oratorios que
se pueden dedicar a la adoración perpetua. Recomiendo también que en la
formación catequética, sobre todo en el ciclo de preparación para la Primera
Comunión, se inicie a los niños en el significado y belleza de estar junto a
Jesús, fomentando el asombro por su presencia en la Eucaristía.
Además,
quisiera expresar admiración y apoyo a los Institutos de vida consagrada cuyos
miembros dedican una parte importante de su tiempo a la adoración eucarística.
De este modo ofrecen a todos el ejemplo de personas que se dejan plasmar por la
presencia real del Señor. Al mismo tiempo, deseo animar a las asociaciones de
fieles, así como a las Cofradías, que tienen esta práctica como un compromiso
especial, siendo así fermento de contemplación para toda la Iglesia y llamada a
la centralidad de Cristo para la vida de los individuos y de las comunidades.
Formas
de devoción eucarística
68.
La relación personal que cada fiel establece con Jesús, presente en la
Eucaristía, lo pone siempre en contacto con toda la comunión eclesial, haciendo
que tome conciencia de su pertenencia al Cuerpo de Cristo. Por eso, además de
invitar a los fieles a encontrar personalmente tiempo para estar en oración
ante el Sacramento del altar, pido a las parroquias y a otros grupos eclesiales
que promuevan momentos de adoración comunitaria. Obviamente, conservan todo su
valor las formas de devoción eucarística ya existentes. Pienso, por ejemplo, en
las procesiones eucarísticas, sobre todo la procesión tradicional en la
solemnidad del Corpus Christi, en la práctica piadosa de las Cuarenta
Horas, en los Congresos eucarísticos locales, nacionales e internacionales, y
en otras iniciativas análogas. Estas formas de devoción, debidamente
actualizadas y adaptadas a las diversas circunstancias, merecen ser cultivadas
también hoy.(195)
Lugar
del sagrario en la iglesia
69.
Sobre la importancia de la reserva eucarística y de la adoración y veneración
del sacramento del sacrificio de Cristo, el Sínodo de los Obispos ha
reflexionado sobre la adecuada colocación del sagrario en nuestras iglesias.(196) En efecto, esto ayuda a reconocer la presencia real
de Cristo en el Santísimo Sacramento. Por tanto, es necesario que el lugar en
que se conservan las especies eucarísticas sea identificado fácilmente por
cualquiera que entre en la iglesia, gracias también a la lamparilla encendida.
Para ello, se ha de tener en cuenta la estructura arquitectónica del edificio
sacro: en las iglesias donde no hay capilla del Santísimo Sacramento, y el
sagrario está en el altar mayor, conviene seguir usando dicha estructura para la
conservación y adoración de la Eucaristía, evitando poner delante la sede del
celebrante. En las iglesias nuevas conviene prever que la capilla del Santísimo
esté cerca del presbiterio; si esto no fuera posible, es preferible poner el
sagrario en el presbiterio, suficientemente alto, en el centro del ábside, o
bien en otro punto donde resulte bien visible. Todos estos detalles ayudan a
dar dignidad al sagrario, del cual debe cuidarse también el aspecto artístico.
Obviamente, se ha tener en cuenta lo que dice a este respecto la Ordenación
General del Misal
Romano.(197) En todo caso, el juicio
último en esta materia corresponde al Obispo diocesano.
TERCERA
PARTE
EUCARISTÍA,
MISTERIO QUE SE HA DE VIVIR
«El
Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre;
del mismo modo, el que come, vivirá por mí» (Jn 6,57)
Forma
eucarística de la vida cristiana
El
culto espiritual – logiké latreía (Rm
12,1)
70.
El Señor Jesús, que por nosotros se ha hecho alimento de verdad y de amor,
hablando del don de su vida nos asegura que « quien coma de este pan vivirá
para siempre » (Jn 6,51). Pero esta « vida eterna » se inicia en
nosotros ya en este tiempo por el cambio que el don eucarístico realiza en
nosotros: « El que come vivirá por mí » (Jn 6,57). Estas palabras de
Jesús nos permiten comprender cómo el misterio « creído » y « celebrado »
contiene en sí un dinamismo que hace de él principio de vida nueva en nosotros
y forma de la existencia cristiana. En efecto, comulgando el Cuerpo y la Sangre
de Jesucristo se nos hace partícipes de la vida divina de un modo cada vez más
adulto y consciente. Análogamente a lo que san Agustín dice en las Confesiones
sobre el Logos eterno, alimento del alma, poniendo de relieve su carácter
paradójico, el santo Doctor imagina que se le dice: « Soy el manjar de los
grandes: creces, y me comerás, sin que por eso me transforme en ti, como el
alimento de tu carne; sino que tú te transformarás en mí ».(198) En efecto, no
es el alimento eucarístico el que se transforma en nosotros, sino que somos
nosotros los que gracias a él acabamos por ser cambiados misteriosamente.
Cristo nos alimenta uniéndonos a él; « nos atrae hacia sí ».(199)
La
Celebración eucarística aparece aquí con toda su fuerza como fuente y culmen de
la existencia eclesial, ya que expresa, al mismo tiempo, tanto el inicio como
el cumplimiento del nuevo y definitivo culto, la logiké latreía.(200) A
este respecto, las palabras de san Pablo a los Romanos son la formulación más
sintética de cómo la Eucaristía transforma toda nuestra vida en culto
espiritual agradable a Dios: « Os exhorto, por la misericordia de Dios, a
presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es
vuestro culto razonable » (Rm 12,1). En esta exhortación se ve la imagen
del nuevo culto como ofrenda total de la propia persona en comunión con toda la
Iglesia. La insistencia del Apóstol sobre la ofrenda de nuestros cuerpos
subraya la concreción humana de un culto que no es para nada desencarnado. A
este propósito, el santo de Hipona nos sigue recordando que « éste es el
sacrificio de los cristianos: es decir, el llegar a ser muchos en un solo
cuerpo en Cristo. La Iglesia celebra este misterio con el sacramento del altar,
que los fieles conocen bien, y en el que se les muestra claramente que en lo
que se ofrece ella misma es ofrecida ».(201) En efecto, la doctrina católica
afirma que la Eucaristía, como sacrificio de Cristo, es también sacrificio de
la Iglesia, y por tanto de los fieles.(202) La insistencia sobre el sacrificio
—« hacer sagrado »— expresa aquí toda la densidad existencial que se encuentra
implicada en la transformación de nuestra realidad humana ganada por Cristo
(cf. Flp 3,12).
Eficacia
integradora del culto eucarístico
71.
El nuevo culto cristiano abarca todos los aspectos de la vida,
transfigurándola: « Cuando comáis o bebáis o hagáis cualquier otra cosa,
hacedlo todo para gloria de Dios » (1 Co 10,31). El cristiano está
llamado a expresar en cada acto de su vida el verdadero culto a Dios. De aquí
toma forma la naturaleza intrínsecamente eucarística de la vida cristiana. La
Eucaristía, al implicar la realidad humana concreta del creyente, hace posible,
día a día, la transfiguración progresiva del hombre, llamado a ser por gracia
imagen del Hijo de Dios (cf. Rm 8,29 s.). Todo lo que hay de
auténticamente humano —pensamientos y afectos, palabras y obras— encuentra en
el sacramento de la Eucaristía la forma adecuada para ser vivido en plenitud.
Aparece aquí todo el valor antropológico de la novedad radical traída por
Cristo con la Eucaristía: el culto a Dios en la vida humana no puede quedar
relegado a un momento particular y privado, sino que, por su naturaleza, tiende
a impregnar cualquier aspecto de la realidad del individuo. El culto agradable
a Dios se convierte así en un nuevo modo de vivir todas las circunstancias de
la existencia, en la que cada detalle queda exaltado al ser vivido dentro de la
relación con Cristo y como ofrenda a Dios. La gloria de Dios es el hombre
viviente (cf. 1 Co 10,31). Y la vida del hombre es la visión de Dios.(203)
«
Iuxta dominicam viventes » – Vivir según el domingo
72.
Esta novedad radical que la Eucaristía introduce en la vida del hombre ha
estado presente en la conciencia cristiana desde el principio. Los fieles han
percibido en seguida el influjo profundo que la Celebración eucarística ejercía
sobre su estilo de vida. San Ignacio de Antioquía expresaba esta verdad
calificando a los cristianos como « los que han llegado a la nueva esperanza »,
y los presentaba como los que viven « según el domingo » (iuxta dominicam
viventes).(204) Esta fórmula del gran mártir
antioqueno ilumina claramente la relación entre la realidad eucarística y la
vida cristiana en su cotidianidad. La costumbre característica de los
cristianos de reunirse el primer día después del sábado para celebrar la
resurrección de Cristo —según el relato de san Justino mártir(205)—
es el hecho que define también la forma de la existencia renovada por el
encuentro con Cristo. La fórmula de san Ignacio —« vivir según el domingo »—
subraya también el valor paradigmático que este día santo posee respecto a
cualquier otro día de la semana. En efecto, su diferencia no está simplemente
en dejar las actividades habituales, como una especie de paréntesis dentro del
ritmo normal de los días. Los cristianos siempre han vivido este día como el
primero de la semana, porque en él se hace memoria de la radical novedad traída
por Cristo. Así pues, el domingo es el día en que el cristiano encuentra esa
forma eucarística de su existencia y a la que está llamado a vivir
constantemente. « Vivir según el domingo » quiere decir vivir conscientes de la
liberación traída por Cristo y desarrollar la propia vida como ofrenda de sí
mismos a Dios, para que su victoria se manifieste plenamente a todos los hombres
a través de una conducta renovada íntimamente.
Vivir
el precepto dominical
73.
Los Padres sinodales, conscientes de este nuevo principio de vida que la
Eucaristía pone en el cristiano, han reafirmado la importancia del precepto
dominical para todos los fieles, como fuente de libertad auténtica, para poder
vivir cada día según lo que han celebrado en el « día del Señor ». En efecto,
la vida de fe peligra cuando ya no se siente el deseo de participar en la
Celebración eucarística, en que se hace memoria de la victoria pascual.
Participar en la asamblea litúrgica dominical, junto con todos los hermanos y
hermanas con los que se forma un solo cuerpo en Jesucristo, es algo que la
conciencia cristiana reclama y que al mismo tiempo la forma. Perder el sentido del
domingo, como día del Señor para santificar, es síntoma de una pérdida del
sentido auténtico de la libertad cristiana, la libertad de los hijos de
Dios.(206) A este respecto, son hermosas las observaciones de mi venerado
predecesor Juan Pablo II en la Carta apostólica Dies
Domini.(207) a propósito de las diversas
dimensiones del domingo para los cristianos: es dies Domini, con
referencia a la obra de la creación; dies Christi como día de la nueva
creación y del don del Espíritu Santo que hace el Señor Resucitado; dies
Ecclesiae como día en que la comunidad cristiana se congrega para la
celebración; dies hominis como día de alegría, descanso y caridad
fraterna.
Por tanto, este día se muestra como fiesta primordial en la que
cada fiel, en el ambiente en que vive, puede ser anunciador y custodio del
sentido del tiempo. En efecto, de este día brota el sentido cristiano de la
existencia y un nuevo modo de vivir el tiempo, las relaciones, el trabajo, la
vida y la muerte. Por tanto, es bueno que en el día del Señor los grupos
eclesiales organicen en torno a la Celebración eucarística dominical
manifestaciones propias de la comunidad cristiana: encuentros de amistad,
iniciativas para formar la fe de niños, jóvenes y adultos, peregrinaciones,
obras de caridad y diversos momentos de oración. Ante estos valores tan
importantes —aún cuando el sábado por la tarde, desde las primeras Vísperas, ya
pertenezca al domingo y esté permitido cumplir el precepto dominical— es
preciso recordar que el domingo merece ser santificado en sí mismo, para que no
termine siendo un día « vacío de Dios ».(208)
Sentido
del descanso y del trabajo
74.
Es particularmente urgente en nuestro tiempo recordar que el día del Señor es
también el día de descanso del trabajo. Esperamos con gran interés que la
sociedad civil lo reconozca también así, a fin de que sea posible liberarse de
las actividades laborales sin sufrir por ello perjuicio alguno. En efecto, los
cristianos, en cierta relación con el sentido del sábado en la tradición judía,
han considerado el día del Señor también como el día del descanso del trabajo
cotidiano. Esto tiene un significado propio, al ser una relativización del
trabajo, que debe estar orientado al hombre: el trabajo es para el hombre y
no el hombre para el trabajo. Es fácil intuir cómo así se protege al hombre en
cuanto se emancipa de una posible forma de esclavitud. Como he tenido ocasión
de afirmar, « el trabajo reviste una importancia primaria para la realización
del hombre y el desarrollo de la sociedad, y por eso es preciso que se organice
y desarrolle siempre en el pleno respeto de la dignidad humana y al servicio
del bien común. Al mismo tiempo, es indispensable que el hombre no se deje
dominar por el trabajo, que no lo idolatre, pretendiendo encontrar en él el sentido
último y definitivo de la vida ».(209) En el día
consagrado a Dios es donde el hombre comprende el sentido de su vida y también
de la actividad laboral.(210)
Asambleas
dominicales en ausencia de sacerdote
75.
Al profundizar en el sentido de la Celebración dominical para la vida del
cristiano, se plantea espontáneamente el problema de las comunidades cristianas
en las que falta el sacerdote y donde, por consiguiente, no es posible celebrar
la santa Misa en el día del Señor. A este respecto, se ha de reconocer que nos
encontramos ante situaciones bastante diferentes entre sí. El Sínodo, ante
todo, ha recomendado a los fieles acercarse a una de las iglesias de la
diócesis en que esté garantizada la presencia del sacerdote, aún cuando eso
requiera un cierto sacrificio.(211) En cambio, allí
donde las grandes distancias hacen prácticamente imposible la participación en
la Eucaristía dominical, es importante que las comunidades cristianas se reúnan
igualmente para alabar al Señor y hacer memoria del día dedicado a Él. Sin
embargo, esto debe realizarse en el contexto de una adecuada instrucción acerca
de la diferencia entre la santa Misa y las asambleas dominicales en ausencia de
sacerdote. La atención pastoral de la Iglesia se expresa en este caso vigilando
que la liturgia de la Palabra, organizada bajo la dirección de un diácono o de
un responsable de la comunidad, al que se le haya confiado debidamente este
ministerio por la autoridad competente, se cumpla según un ritual específico
elaborado por las Conferencias episcopales y aprobado por ellas para este
fin.(212) Recuerdo que corresponde a los Ordinarios conceder la facultad de
distribuir la comunión en dichas liturgias, valorando cuidadosamente la
conveniencia de la opción. Además, se ha de evitar que dichas asambleas
provoquen confusión sobre el papel central del sacerdote y la dimensión
sacramental en la vida de la Iglesia. La importancia del papel de los laicos, a
los que se ha de agradecer su generosidad al servicio de las comunidades
cristianas, nunca ha de ocultar el ministerio insustituible de los sacerdotes
para la vida de la Iglesia.(213) Así pues, se ha de
vigilar atentamente que las asambleas sin sacerdote no den lugar a puntos de
vista eclesiológicos en contraste con la verdad del Evangelio y la tradición de
la Iglesia.
Es
más, deberían ser ocasiones privilegiadas para pedir a Dios que mande santos
sacerdotes según su corazón. A este respecto, es conmovedor lo que escribía el
Papa Juan Pablo II en la Carta a los Sacerdotes para el Jueves Santo de 1979, recordando aquellos lugares
en los que la gente, privada del sacerdote por parte del régimen dictatorial,
se reunía en una iglesia o santuario, ponía sobre el altar la estola que
conservaba todavía y recitaba las oraciones de la liturgia eucarística, haciendo
silencio « en el momento que corresponde a la transustanciación desciende en
medio de ellos », dando así testimonio del ardor con que « desean escuchar las
palabras, que sólo los labios de un sacerdote pueden pronunciar eficazmente
».(214) Precisamente en esta perspectiva, teniendo en cuenta el bien
incomparable que se deriva de la celebración del Sacrificio eucarístico, pido a
todos los sacerdotes una activa y concreta disponibilidad para visitar lo más a
menudo posible las comunidades confiadas a su atención pastoral, para que no
permanezcan demasiado tiempo sin el Sacramento de la caridad.
Una
forma eucarística de la vida cristiana, la pertenencia eclesial
76.
La importancia del domingo como dies Ecclesiae nos lleva a la relación
intrínseca entre la victoria de Jesús sobre el mal y sobre la muerte y nuestra
pertenencia a su Cuerpo eclesial. En efecto, en el Día del Señor todo cristiano
descubre también la dimensión comunitaria de la propia existencia redimida.
Participar en la acción litúrgica, comulgar con el Cuerpo y la Sangre de Cristo
quiere decir, al mismo tiempo, hacer cada vez más íntima y profunda la propia
pertenencia a Él, que ha muerto por nosotros (cf. 1 Co 6,19 s.; 7,23).
Verdaderamente, quién se alimenta de Cristo vive por Él. El sentido profundo de
la communio sanctorum se entiende en relación con el Misterio
eucarístico. La comunión tiene siempre y de modo inseparable una connotación
vertical y una horizontal: comunión con Dios y comunión con los hermanos y
hermanas. Las dos dimensiones se encuentran misteriosamente en el don
eucarístico. « Donde se destruye la comunión con Dios, que es comunión con el
Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo, se destruye también la raíz y el
manantial de la comunión con nosotros. Y donde no se vive la comunión entre
nosotros, tampoco es viva y verdadera la comunión con el Dios Trinitario ».(215) Así pues, llamados a ser miembros de Cristo y, por
tanto, miembros los unos de los otros (cf. 1 Co 12,27), formamos una
realidad fundada ontológicamente en el Bautismo y alimentada por la Eucaristía,
una realidad que requiere una respuesta sensible en la vida de nuestras
comunidades.
La
forma eucarística de la vida cristiana es sin duda una forma eclesial y
comunitaria. El modo concreto en que cada fiel puede experimentar su
pertenencia al Cuerpo de Cristo se realiza a través de la diócesis y las
parroquias, como estructuras fundamentales de la Iglesia en un territorio
particular. Asociaciones, movimientos eclesiales y nuevas comunidades —con la
vitalidad de sus carismas concedidos por el Espíritu Santo para nuestro
tiempo—, así como también los Institutos de vida consagrada, tienen el deber de
ofrecer su contribución específica para favorecer en los fieles la percepción
de pertenecer al Señor (cf. Rm 14,8). El fenómeno de la
secularización, que comporta aspectos marcadamente individualistas, ocasiona
sus efectos deletéreos sobre todo en las personas que se aíslan, y por el
escaso sentido de pertenencia. El cristianismo, desde sus comienzos, supone
siempre una compañía, una red de relaciones vivificadas continuamente por la
escucha de la Palabra, la Celebración eucarística y animadas por el Espíritu
Santo.
Espiritualidad
y cultura eucarística
77.
Es significativo que los Padres sinodales hayan afirmado que « los fieles
cristianos necesitan una comprensión más profunda de las relaciones entre la
Eucaristía y la vida cotidiana. La espiritualidad eucarística no es solamente
participación en la Misa y devoción al Santísimo Sacramento. Abarca la vida
entera ».(216) Esta consideración tiene hoy un
particular significado para todos nosotros. Se ha de reconocer que uno de los
efectos más graves de la secularización, mencionada antes, consiste en haber
relegado la fe cristiana al margen de la existencia, como si fuera algo inútil
respecto al desarrollo concreto de la vida de los hombres. El fracaso de este
modo de vivir « como si Dios no existiera » está ahora a la vista de todos. Hoy
se necesita redescubrir que Jesucristo no es una simple convicción privada
o una doctrina abstracta, sino una
persona real cuya entrada en la historia es capaz de renovar la vida de todos.
Por eso la Eucaristía, como fuente y culmen de la vida y de la misión de la
Iglesia, se tiene que traducir en espiritualidad, en vida « según el Espíritu »
(cf. Rm 8,4 s.;. Ga 5,16.25). Resulta
significativo que san Pablo, en el pasaje de la Carta a los Romanos en que
invita a vivir el nuevo culto espiritual, menciona al mismo tiempo la necesidad
de cambiar el propio modo de vivir y pensar: « Y no os ajustéis a este mundo,
sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo
que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto » (12,2). De
esta manera, el Apóstol de las gentes subraya la relación entre el verdadero culto
espiritual y la necesidad de entender de un modo nuevo la vida y vivirla. La
renovación de la mentalidad es parte integrante de la forma eucarística de la
vida cristiana, « para que ya no seamos niños sacudidos por las olas y llevados
al retortero por todo viento de doctrina » (Ef 4,14).
Eucaristía
y evangelización de las culturas
78.
De todo lo expuesto se desprende que el Misterio eucarístico nos hace entrar
en diálogo con las diferentes culturas, aunque en cierto sentido también
las desafía.(217) Se ha de reconocer el carácter
intercultural de este nuevo culto, de esta logiké latreía. La presencia
de Jesucristo y la efusión del Espíritu Santo son acontecimientos que pueden
confrontarse siempre con cada realidad cultural, para fermentarla evangélicamente.
Por consiguiente, esto comporta el compromiso de promover con convicción la
evangelización de las culturas, con la conciencia de que el mismo Cristo es la
verdad de todo hombre y de toda la historia humana. La Eucaristía se convierte
en criterio de valorización de todo lo que el cristiano encuentra en las
diferentes expresiones culturales. En este importante proceso podemos escuchar
las muy significativas palabras de san Pablo que, en su primera Carta a los
Tesalonicenses, exhorta: « examinadlo todo, quedándoos con lo bueno » (5,21).
Eucaristía
y fieles laicos
79.
En Cristo, Cabeza de la Iglesia que es su Cuerpo, todos los cristianos forman «
una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo
adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que nos llamó a salir de la
tiniebla y a entrar en su luz maravillosa » (1 P 2,9). La Eucaristía,
como misterio que se ha de vivir, se ofrece a cada persona en la condición en
que se encuentra, haciendo que viva cotidianamente la novedad cristiana en su
situación existencial. Puesto que el Sacrificio eucarístico alimenta y
acrecienta en nosotros lo que ya se nos ha dado en el Bautismo, por el cual
todos estamos llamados a la santidad,(218) esto
debería aflorar y manifestarse también en las situaciones o estados de vida en
que se encuentra cada cristiano. Éste, viviendo la propia vida como vocación,
se convierte día tras día en culto agradable a Dios. Ya desde la reunión
litúrgica, el Sacramento de la Eucaristía nos compromete en la realidad cotidiana
para que todo se haga para gloria de Dios.
Puesto
que el mundo es « el campo » (Mt 13,38) en el que Dios pone a sus hijos
como buena semilla, los laicos cristianos, en virtud del Bautismo y de la
Confirmación, y fortalecidos por la Eucaristía, están llamados a vivir la
novedad radical traída por Cristo precisamente en las condiciones comunes de la
vida.(219) Han de cultivar el deseo de que la Eucaristía influya cada vez más
profundamente en su vida cotidiana, convirtiéndolos en testigos visibles en su
propio ambiente de trabajo y en toda la sociedad.(220) Animo de modo particular
a las familias para que este Sacramento sea fuente de fuerza e inspiración. El
amor entre el hombre y la mujer, la acogida de la vida y la tarea educativa se
revelan como ámbitos privilegiados en los que la Eucaristía puede mostrar su
capacidad de transformar la existencia y llenarla de sentido.(221)
Los Pastores siempre han de apoyar, educar y animar a los fieles laicos a vivir
plenamente su propia vocación a la santidad en el mundo, al que Dios ha amado
tanto que le ha entregado a su Hijo para que se salve por Él (cf. Jn
3,16).
Eucaristía
y espiritualidad sacerdotal
80.
La forma eucarística de la existencia cristiana se manifiesta de modo
particular en el estado de vida sacerdotal. La espiritualidad sacerdotal es
intrínsecamente eucarística. La semilla de esta espiritualidad se puede
encontrar ya en las palabras que el Obispo pronuncia en la liturgia de la
Ordenación: « Recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios.
Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el
misterio de la cruz del Señor ».(222) El sacerdote,
para dar a su vida una forma eucarística cada vez más plena, ya en el período
de formación y luego en los años sucesivos, ha de dedicar tiempo a la vida
espiritual.(223) Él está llamado a ser siempre un auténtico buscador de Dios,
permaneciendo al mismo tiempo cercano a las preocupaciones de los hombres. Una
vida espiritual intensa le permitirá entrar más profundamente en comunión con
el Señor y le ayudará a dejarse ganar por el amor de Dios, siendo su testigo en
todas las circunstancias, aunque sean difíciles y sombrías. Por esto, junto con
los Padres del Sínodo, recomiendo a los sacerdotes « la celebración cotidiana
de la santa Misa, aun cuando no hubiera participación de fieles ».(224) Esta
recomendación está en consonancia ante todo con el valor objetivamente infinito
de cada Celebración eucarística; y, además, está motivado por su singular
eficacia espiritual, porque si la santa Misa se vive con atención y con fe, es
formativa en el sentido más profundo de la palabra, pues promueve la
conformación con Cristo y consolida al sacerdote en su vocación.
Eucaristía
y vida consagrada
81.
En el contexto de la relación entre la Eucaristía y las diversas vocaciones
eclesiales resplandece de modo particular « el testimonio profético de las
consagradas y de los consagrados, que encuentran en la Celebración eucarística
y en la adoración la fuerza para el seguimiento radical de Cristo obediente,
pobre y casto ».(225) Los consagrados y las consagradas, incluso desempeñando
muchos servicios en el campo de la formación humana y en la atención a los
pobres, en la enseñanza o en la asistencia a los enfermos, saben que el
objetivo principal de su vida es « la contemplación de las cosas divinas y la
unión asidua con Dios ».(226) La contribución esencial que la Iglesia espera de
la vida consagrada es más en el orden del ser que en el del hacer. En este
contexto, quisiera subrayar la importancia del testimonio virginal precisamente
en relación con el misterio de la Eucaristía. En efecto, además de la relación
con el celibato sacerdotal, el Misterio eucarístico manifiesta una relación
intrínseca con la virginidad consagrada, ya que es expresión de la consagración
exclusiva de la Iglesia a Cristo, que ella con fidelidad radical y fecunda
acoge como a su Esposo.(227) La virginidad consagrada
encuentra en la Eucaristía inspiración y alimento para su entrega total a
Cristo. Además, en la Eucaristía obtiene consuelo e impulso para ser, también
en nuestro tiempo, signo del amor gratuito y fecundo de Dios para con la
humanidad. A través de su testimonio específico, la vida consagrada se
convierte objetivamente en referencia y anticipación de aquellas « bodas del
Cordero » (Ap 19,7-9), meta de toda la historia de la salvación. En este
sentido, es una llamada eficaz al horizonte escatológico que todo hombre
necesita para poder orientar sus propias opciones y decisiones de vida.
Eucaristía
y transformación moral
82.
Descubrir la belleza de la forma eucarística de la vida cristiana nos lleva a
reflexionar también sobre la fuerza moral que dicha forma produce para defender
la auténtica libertad de los hijos de Dios. Con esto deseo recordar una
temática surgida en el Sínodo sobre la relación entre forma eucarística de
la vida y transformación moral. El Papa Juan Pablo II afirmaba que la vida
moral « posee el valor de un ‘‘culto espiritual'' (Rm 12,1; cf. Flp
3,3) que nace y se alimenta de aquella inagotable fuente de santidad y
glorificación de Dios que son los sacramentos, especialmente la Eucaristía; en
efecto, participando en el sacrificio de la Cruz, el cristiano comulga con el
amor de donación de Cristo y se capacita y compromete a vivir esta misma caridad
en todas sus actitudes y comportamientos de vida ».(228) En definitiva, « en el
‘‘culto'' mismo, en la comunión eucarística, está incluido a la vez el ser
amado y el amar a los otros. Una Eucaristía que no comporte un ejercicio
práctico del amor es fragmentaria en sí misma ».(229)
Esta
referencia al valor moral del culto espiritual no se ha de interpretar en clave
moralista. Es ante todo el gozoso descubrimiento del dinamismo del amor en el
corazón que acoge el don del Señor, se abandona a Él y encuentra la verdadera
libertad. La transformación moral que comporta el nuevo culto instituido por
Cristo, es una tensión y un deseo cordial de corresponder al amor del Señor con
todo el propio ser, no obstante la conciencia de la propia fragilidad. Todo
esto está bien reflejado en el relato evangélico de Zaqueo (cf. Lc
19,1-10). Después de haber hospedado a Jesús en su casa, el publicano se ve
completamente transformado: decide dar la mitad de sus bienes a los pobres y
devuelve cuatro veces más a quienes había robado. El impulso moral, que nace de
acoger a Jesús en nuestra vida, brota de la gratitud por haber experimentado la
inmerecida cercanía del Señor.
Coherencia
eucarística
83.
Es importante notar lo que los Padres sinodales han denominado coherencia
eucarística, a la cual está llamada objetivamente nuestra vida. En efecto,
el culto agradable a Dios nunca es un acto meramente privado, sin consecuencias
en nuestras relaciones sociales: al contrario, exige el testimonio público de
la propia fe. Obviamente, esto vale para todos los bautizados, pero tiene una
importancia particular para quienes, por la posición social o política que
ocupan, han de tomar decisiones sobre valores fundamentales, como el respeto y
la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural, la
familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer, la libertad de educación
de los hijos y la promoción del bien común en todas sus formas.(230) Estos valores no son negociables. Así pues, los
políticos y los legisladores católicos, conscientes de su grave responsabilidad
social, deben sentirse particularmente interpelados por su conciencia,
rectamente formada, para presentar y apoyar leyes inspiradas en los valores
fundados en la naturaleza humana.(231) Esto tiene
además una relación objetiva con la Eucaristía (cf. 1 Co 11,27-29). Los
Obispos han de llamar constantemente la atención sobre estos valores. Ello es
parte de su responsabilidad para con la grey que se les ha confiado.(232)
Eucaristía,
misterio que se ha de anunciar
Eucaristía
y misión
84.
En la homilía
durante la Celebración eucarística con la que he iniciado solemnemente mi
ministerio en la Cátedra de Pedro, decía: « Nada hay más hermoso que haber sido
alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que
conocerle y comunicar a los otros la amistad con él ».(233)
Esta afirmación asume una mayor intensidad si pensamos en el Misterio
eucarístico. En efecto, no podemos guardar para nosotros el amor que celebramos
en el Sacramento. Éste exige por su naturaleza que sea comunicado a todos. Lo
que el mundo necesita es el amor de Dios, encontrar a Cristo y creer en Él. Por
eso la Eucaristía no es sólo fuente y culmen de la vida de la Iglesia; lo es
también de su misión: « Una Iglesia auténticamente eucarística es una Iglesia
misionera ».(234) También nosotros podemos decir a
nuestros hermanos con convicción: « Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos
para que estéis unidos con nosotros » (1 Jn 1,3). Verdaderamente, nada
hay más hermoso que encontrar a Cristo y comunicarlo a los demás. Además, la
institución misma de la Eucaristía anticipa lo que es el corazón de la misión
de Jesús: Él es el enviado del Padre para la redención del mundo (cf. Jn
3,16-17; Rm 8,32). En la última Cena Jesús confía a sus discípulos el
Sacramento que actualiza el sacrificio que Él ha hecho de sí mismo en
obediencia al Padre para la salvación de todos nosotros. No podemos acercarnos
a la Mesa eucarística sin dejarnos llevar por ese movimiento de la misión que,
partiendo del corazón mismo de Dios, tiende a llegar a todos los hombres. Así
pues, el impulso misionero es parte constitutiva de la forma eucarística de la
vida cristiana.
Eucaristía
y testimonio
85.
La misión primera y fundamental que recibimos de los santos Misterios que
celebramos es la de dar testimonio con nuestra vida. El asombro por el don que
Dios nos ha hecho en Cristo imprime en nuestra vida un dinamismo nuevo,
comprometiéndonos a ser testigos de su amor. Nos convertimos en testigos
cuando, por nuestras acciones, palabras y modo de ser, aparece Otro y se
comunica. Se puede decir que el testimonio es el medio con el que la verdad del
amor de Dios llega al hombre en la historia, invitándolo a acoger libremente
esta novedad radical. En el testimonio Dios, por así decir, se expone al riesgo
de la libertad del hombre. Jesús mismo es el testigo fiel y veraz (cf. Ap 1,5;
3,14); ha venido para dar testimonio de la verdad (cf. Jn 18,37). Con
estas reflexiones deseo recordar un concepto muy querido por los primeros
cristianos, pero que también nos afecta a nosotros, cristianos de hoy: el
testimonio hasta el don de sí mismos, hasta el martirio, ha sido considerado
siempre en la historia de la Iglesia como la cumbre del nuevo culto espiritual:
« Presentar vuestros cuerpos » (Rm 12,1). Se puede recordar, por
ejemplo, el relato del martirio de san Policarpo de Esmirna, discípulo de san
Juan: todo el acontecimiento dramático es descrito como una liturgia, más aún
como si el mártir mismo se convirtiera en Eucaristía.(235) Pensemos también en
la conciencia eucarística que Ignacio de Antioquía expresa ante su martirio: él
se considera « trigo de Dios » y desea llegar a ser en el martirio « pan puro
de Cristo ».(236) El cristiano que ofrece su vida en el martirio entra en plena
comunión con la Pascua de Jesucristo y así se convierte con Él en Eucaristía.
Tampoco faltan hoy en la Iglesia mártires en los que se manifiesta de modo
supremo el amor de Dios. Sin embargo, aun cuando no se requiera la prueba del
martirio, sabemos que el culto agradable a Dios implica también interiormente
esta disponibilidad,(237) y se manifiesta en el
testimonio alegre y convencido ante el mundo de una vida cristiana coherente
allí donde el Señor nos llama a anunciarlo.
Jesucristo,
único Salvador
86.
Subrayar la relación intrínseca entre Eucaristía y misión nos ayuda a
redescubrir también el contenido último de nuestro anuncio. Cuanto más vivo sea
el amor por la Eucaristía en el corazón del pueblo cristiano, tanto más clara
tendrá la tarea de la misión: llevar a Cristo. No es sólo una idea o una
ética inspirada en Él, sino el don de su misma Persona. Quien no comunica la
verdad del Amor al hermano no ha dado todavía bastante. La Eucaristía, como
sacramento de nuestra salvación, nos lleva a considerar de modo ineludible la
unicidad de Cristo y de la salvación realizada por Él a precio de su sangre.
Por tanto, la exigencia de educar constantemente a todos al trabajo misionero,
cuyo centro es el anuncio de Jesús, único Salvador, surge del Misterio
eucarístico, creído y celebrado.(238) Así se evitará
que se reduzca a una interpretación meramente sociológica la decisiva obra de
promoción humana que comporta siempre todo auténtico proceso de evangelización.
Libertad
de culto
87.
En este contexto, deseo hablar de lo que los Padres han afirmado durante la
asamblea sinodal sobre las graves dificultades que afectan a la misión de
aquellas comunidades cristianas que viven en condiciones de minoría o incluso
privadas de la libertad religiosa.(239) Realmente
debemos dar gracias al Señor por todos los Obispos, sacerdotes, personas
consagradas y laicos, que se esfuerzan por anunciar el Evangelio y viven su fe
arriesgando la propia vida. En muchas regiones del mundo el mero hecho de ir a
la Iglesia es un testimonio heroico que expone a las personas a la marginación
y a la violencia. En esta ocasión, deseo confirmar también la solidaridad de
toda la Iglesia con los que sufren por la falta de libertad de culto. Allí
dónde falta la libertad religiosa, lo sabemos, falta en definitiva la libertad
más significativa, ya que en la fe el hombre expresa su íntima convicción sobre
el sentido último de su propia vida. Pidamos, pues, que aumenten los espacios
de libertad religiosa en todos los Estados, para que los cristianos, así como
también los miembros de otras religiones, puedan vivir personal y
comunitariamente sus convicciones libremente.
Eucaristía,
misterio que se ha de ofrecer al mundo
Eucaristía:
pan partido para la vida del mundo
88.
« El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo » (Jn 6,51). Con
estas palabras el Señor revela el verdadero sentido del don de la propia vida
por todos los hombres y nos muestran también la íntima compasión que Él tiene
por cada persona. En efecto, los Evangelios nos narran muchas veces los
sentimientos de Jesús por los hombres, de modo especial por los que sufren y
los pecadores (cf. Mt 20,34; Mc 6,54; Lc 9,41). Mediante
un sentimiento profundamente humano, Él expresa la intención salvadora de Dios
para todos los hombres, a fin de que lleguen a la vida verdadera. Cada
celebración eucarística actualiza sacramentalmente el don de la propia vida que
Jesús ha hecho en la Cruz por nosotros y por el mundo entero. Al mismo tiempo,
en la Eucaristía Jesús nos hace testigos de la compasión de Dios por cada
hermano y hermana. Nace así, en torno al Misterio eucarístico, el servicio de
la caridad para con el prójimo, que « consiste justamente en que, en Dios y con
Dios, amo también a la persona que no me agrada o ni siquiera conozco. Esto
sólo puede llevarse a cabo a partir del encuentro íntimo con Dios, un encuentro
que se ha convertido en comunión de voluntad, llegando a implicar el
sentimiento. Entonces aprendo a mirar a esta otra persona no ya sólo con mis
ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva de Jesucristo ».(240) De ese modo, en las personas que encuentro reconozco
a hermanos y hermanas por los que el Señor ha dado su vida amándolos « hasta el
extremo » (Jn 13,1). Por consiguiente, nuestras comunidades, cuando
celebran la Eucaristía, han de ser cada vez más conscientes de que el
sacrificio de Cristo es para todos y que, por eso, la Eucaristía impulsa a todo
el que cree en Él a hacerse « pan partido » para los demás y, por tanto, a
trabajar por un mundo más justo y fraterno. Pensando en la multiplicación de
los panes y los peces, hemos de reconocer que Cristo sigue exhortando también
hoy a sus discípulos a comprometerse en primera persona: « dadles vosotros de
comer » (Mt 14,16). En verdad, la vocación de cada uno de nosotros
consiste en ser, junto con Jesús, pan partido para la vida del mundo.
Implicaciones
sociales del Misterio eucarístico
89.
La unión con Cristo que se realiza en el Sacramento nos capacita también para
nuevos tipos de relaciones sociales: « la ‘‘mística'' del Sacramento tiene un
carácter social ». En efecto, « la unión con Cristo es al mismo tiempo unión
con todos los demás a los que Él se entrega. No puedo tener a Cristo sólo para
mí; únicamente puedo pertenecerle en unión con todos los que son suyos o lo
serán »(241) A este respecto, hay que explicitar la
relación entre Misterio eucarístico y compromiso social. La Eucaristía es
sacramento de comunión entre hermanos y hermanas que aceptan reconciliarse en
Cristo, el cual ha hecho de judíos y paganos un pueblo solo, derribando el muro
de enemistad que los separaba (cf. Ef 2,14). Sólo esta constante tensión
hacia la reconciliación permite comulgar dignamente con el Cuerpo y la Sangre
de Cristo (cf. Mt 5,23- 24).(242) Cristo, por
el memorial de su sacrificio, refuerza la comunión entre los hermanos y, de
modo particular, apremia a los que están enfrentados para que aceleren su
reconciliación abriéndose al diálogo y al compromiso por la justicia. No hay
duda de que las condiciones para establecer una paz verdadera son la restauración
de la justicia, la reconciliación y el perdón.(243) De
esta toma de conciencia nace la voluntad de transformar también las estructuras
injustas para restablecer el respeto de la dignidad del hombre, creado a imagen
y semejanza de Dios. La Eucaristía, a través de la puesta en práctica de este
compromiso, transforma en vida lo que ella significa en la celebración. Como he
tenido ocasión de afirmar, la Iglesia no tiene como tarea propia emprender una
batalla política para realizar la sociedad más justa posible; sin embargo,
tampoco puede ni debe quedarse al margen de la lucha por la justicia. La
Iglesia « debe insertarse en ella a través de la argumentación racional y debe
despertar las fuerzas espirituales, sin las cuales la justicia, que siempre
exige también renuncias, no puede afirmarse ni prosperar ».(244)
En
la perspectiva de la responsabilidad social de todos los cristianos, los Padres
sinodales han recordado que el sacrificio de Cristo es misterio de liberación
que nos interpela y provoca continuamente. Dirijo por tanto una llamada a todos
los fieles para que sean realmente operadores de paz y de justicia: « En
efecto, quien participa en la Eucaristía ha de empeñarse en construir la paz en
nuestro mundo marcado por tantas violencias y guerras, y de modo particular
hoy, por el terrorismo, la corrupción económica y la explotación sexual ».(245) Todos estos problemas, que a su vez engendran otros
fenómenos degradantes, son los que despiertan viva preocupación. Sabemos que
estas situaciones no se pueden afrontar de un manera
superficial. Precisamente, gracias al Misterio que celebramos, deben
denunciarse las circunstancias que van contra la dignidad del hombre, por el
cual Cristo ha derramado su sangre, afirmando así el valor tan alto de cada
persona.
El
alimento de la verdad y la indigencia del hombre
90.
No podemos permanecer pasivos ante ciertos procesos de globalización que con
frecuencia hacen crecer desmesuradamente en todo el mundo la diferencia entre
ricos y pobres. Debemos denunciar a quien derrocha las riquezas de la tierra,
provocando desigualdades que claman al cielo (cf. St 5,4). Por ejemplo,
es imposible permanecer callados ante « las imágenes sobrecogedoras de los
grandes campos de prófugos o de refugiados —en muchas partes del mundo— acogidos
en precarias condiciones para librarse de una suerte peor, pero necesitados de
todo. Estos seres humanos, ¿no son nuestros hermanos y hermanas? ¿Acaso sus
hijos no vienen al mundo con las mismas esperanzas legítimas de felicidad que
los demás? ».(246) El Señor Jesús, Pan de vida eterna,
nos apremia y nos hace estar atentos a las situaciones de pobreza en que se
halla todavía gran parte de la humanidad: son situaciones cuya causa implica a
menudo un clara e inquietante responsabilidad por parte de los hombres. En
efecto, « se puede afirmar, sobre la base de datos estadísticos disponibles,
que menos de la mitad de las ingentes sumas destinadas globalmente a armamento
sería más que suficiente para sacar de manera estable de la indigencia al
inmenso ejército de los pobres. Esto interpela a la conciencia humana. Nuestro
común compromiso por la verdad puede y tiene que dar nueva esperanza a estas
poblaciones que viven bajo el umbral de la pobreza, mucho más a causa de
situaciones que dependen de las relaciones internacionales políticas,
comerciales y culturales, que por circunstancias incontroladas ».(247)
El
alimento de la verdad nos impulsa a denunciar las situaciones indignas del
hombre, en las que a causa de la injusticia y la explotación se muere por falta
de comida, y nos da nueva fuerza y ánimo para trabajar sin descanso en la
construcción de la civilización del amor. Los cristianos han procurado desde el
principio compartir sus bienes (cf. Hch 4,32) y ayudar a los pobres (cf.
Rm 15,26). La colecta en las asambleas litúrgicas no sólo nos lo
recuerda expresamente, sino que es también una necesidad muy actual. Las
instituciones eclesiales de beneficencia, en particular Caritas en sus
diversos ámbitos, desarrollan el precioso servicio de ayudar a las personas
necesitadas, sobre todo a los más pobres. Estas instituciones, inspirándose en
la Eucaristía, que es el sacramento de la caridad, se convierten en su
expresión concreta; por ello merecen todo encomio y estímulo por su compromiso
solidario en el mundo.
Doctrina
social de la Iglesia
91.
El misterio de la Eucaristía nos capacita e impulsa a un trabajo audaz en las
estructuras de este mundo para llevarles aquel tipo de relaciones nuevas, que
tiene su fuente inagotable en el don de Dios. La oración que repetimos en cada
santa Misa: « Danos hoy nuestro pan de cada día », nos obliga a hacer todo lo
posible, en colaboración con las instituciones internacionales, estatales o
privadas, para que cese o al menos disminuya en el mundo el escándalo del
hambre y de la desnutrición que sufren tantos millones de personas,
especialmente en los países en vías de desarrollo. El cristiano laico en
particular, formado en la escuela de la Eucaristía, está llamado a asumir
directamente la propia responsabilidad política y social. Para que pueda
desempeñar adecuadamente sus cometidos hay que prepararlo mediante una
educación concreta a la caridad y a la justicia. Por eso, como ha pedido el
Sínodo, es necesario promover la doctrina social de la Iglesia y darla a
conocer en las diócesis y en las comunidades cristianas.(248)
En este precioso patrimonio, procedente de la más antigua tradición eclesial,
encontramos los elementos que orientan con profunda sabiduría el comportamiento
de los cristianos ante las cuestiones sociales candentes. Esta doctrina,
madurada durante toda la historia de la Iglesia, se caracteriza por el realismo
y el equilibrio, ayudando así a evitar compromisos equívocos o utopías
ilusorias.
Santificación
del mundo y salvaguardia de la creación
92.
Para desarrollar una profunda espiritualidad eucarística que pueda incidir
también de manera significativa en el campo social, se requiere que el pueblo
cristiano tenga conciencia de que, al dar gracias por medio de la Eucaristía,
lo hace en nombre de toda la creación, aspirando así a la santificación del
mundo y trabajando intensamente para tal fin.(249) La
Eucaristía misma proyecta una luz intensa sobre la historia humana y sobre todo
el cosmos. En esta perspectiva sacramental aprendemos, día a día, que todo
acontecimiento eclesial tiene carácter de signo, mediante el cual Dios se
comunica a sí mismo y nos interpela. De esta manera, la forma eucarística de la
vida puede favorecer verdaderamente un auténtico cambio de mentalidad en el
modo de ver la historia y el mundo. La liturgia misma nos educa a todo esto
cuando, durante la presentación de las ofrendas, el sacerdote dirige a Dios una
oración de bendición y de petición sobre el pan y el vino, « fruto de la tierra
», « de la vid » y del « trabajo del hombre ». Con estas palabras, además de
incluir en la ofrenda a Dios toda la actividad y el esfuerzo humano, el rito
nos lleva a considerar la tierra como creación de Dios, que produce todo lo
necesario para nuestro sustento. La creación no es una realidad neutral, mera materia
que se puede utilizar indiferentemente siguiendo el instinto humano. Más bien
forma parte del plan bondadoso de Dios, por el que todos nosotros estamos
llamados a ser hijos e hijas en el Unigénito de Dios, Jesucristo (cf. Ef 1,4-12).
La fundada preocupación por las condiciones ecológicas en que se encuentra la
creación en muchas partes del mundo encuentra motivos de tranquilidad en la
perspectiva de la esperanza cristiana, que nos compromete a actuar
responsablemente en defensa de la creación.(250) En efecto, en la relación
entre la Eucaristía y el universo descubrimos la unidad del plan de Dios y se
nos invita a descubrir la relación profunda entre la creación y la « nueva
creación », inaugurada con la resurrección de Cristo, nuevo Adán. En ella participamos
ya desde ahora en virtud del Bautismo (cf. Col 2,12 s.), y así se le
abre a nuestra vida cristiana, alimentada por la Eucaristía, la perspectiva del
mundo nuevo, del nuevo cielo y de la nueva tierra, donde la nueva Jerusalén
baja del cielo, desde Dios, « ataviada como una novia que se adorna para su
esposo » (Ap 21,2).
Utilidad
de un Compendio eucarístico
93.
Al final de estas reflexiones, en las que he querido fijarme en las
orientaciones surgidas en el Sínodo, deseo acoger también una petición que
hicieron los Padres para ayudar al pueblo cristiano a creer, celebrar y vivir
cada vez mejor el Misterio eucarístico. Preparado por los Dicasterios
competentes se publicará un Compendio que recogerá textos del Catecismo
de la Iglesia Católica, oraciones y explicaciones de las Plegarias Eucarísticas
del Misal, así como todo lo que pueda ser útil para la correcta comprensión,
celebración y adoración del Sacramento del altar.(251)
Espero que este instrumento ayude a que el memorial de la Pascua del Señor se
convierta cada vez más en fuente y culmen de la vida y de la misión de la
Iglesia. Esto impulsará a cada fiel a hacer de su propia vida un verdadero
culto espiritual.
CONCLUSIÓN
.94.
Queridos hermanos y hermanas, la Eucaristía es el origen de toda forma de
santidad, y todos nosotros estamos llamados a la plenitud de vida en el
Espíritu Santo. ¡Cuántos santos han hecho auténtica la propia vida gracias a su
piedad eucarística! Desde san Ignacio de Antioquía a san Agustín, de san
Antonio Abad a san Benito, de san Francisco de Asís a santo Tomás de Aquino, de
santa Clara de Asís a santa Catalina de Siena, de san Pascual Bailón a san
Pedro Julián Eymard, de san Alfonso María de Ligorio al beato Carlos de
Foucauld, de san Juan María Vianney a santa Teresa de Lisieux, de san Pío de
Pietrelcina a la beata Teresa de Calcuta, del beato Piergiorgio Frassati al
beato Iván Mertz, sólo por citar algunos de los numerosos nombres. La santidad
ha tenido siempre su centro en el sacramento de la Eucaristía.
.Por
eso, es necesario que en la Iglesia se crea realmente, se celebre con devoción
y se viva intensamente este santo Misterio. El don de sí mismo que Jesús hace
en el Sacramento memorial de su pasión, nos asegura que el culmen de nuestra
vida está en la participación en la vida trinitaria, que en Él se nos ofrece de
manera definitiva y eficaz. La celebración y adoración de la Eucaristía nos
permiten acercarnos al amor de Dios y adherirnos personalmente a él hasta
unirnos con el Señor amado. El ofrecimiento de nuestra vida, la comunión con
toda la comunidad de los creyentes y la solidaridad con cada hombre, son
aspectos imprescindibles de la logiké latreía, del culto espiritual,
santo y agradable a Dios (cf. Rm 12,1), en el que toda nuestra realidad
humana concreta se transforma para su gloria. Invito, pues, a todos los
pastores a poner la máxima atención en la promoción de una espiritualidad
cristiana auténticamente eucarística. Que los presbíteros, los diáconos y todos
los que desempeñan un ministerio eucarístico, reciban siempre de estos mismos
servicios, realizados con esmero y preparación constante, fuerza y estímulo
para el propio camino personal y comunitario de santificación. Exhorto a todos
los laicos, en particular a las familias, a encontrar continuamente en el Sacramento
del amor de Cristo la fuerza para transformar la propia vida en un signo
auténtico de la presencia del Señor resucitado. Pido a todos los consagrados y
consagradas que manifiesten con su propia vida eucarística el esplendor y la
belleza de pertenecer totalmente al Señor.
2.
95. A principios del
s. IV, el culto cristiano estaba todavía prohibido por las autoridades
imperiales. Algunos cristianos del Norte de África, que se sentían en la
obligación de celebrar el día del Señor, desafiaron la prohibición. Fueron
martirizados mientras declaraban que no les era posible vivir sin la
Eucaristía, alimento del Señor: sine dominico non possumus.(252) Que
estos mártires de Abitinia, junto con muchos santos y beatos que han hecho de
la Eucaristía el centro de su vida, intercedan por nosotros y nos enseñen la
fidelidad al encuentro con Cristo resucitado. Nosotros tampoco podemos vivir
sin participar en el Sacramento de nuestra salvación y deseamos ser iuxta
dominicam viventes, es decir, llevar a la vida lo que celebramos en el día
del Señor. En efecto, este es el día de nuestra liberación definitiva. ¿Qué
tiene de extraño que deseemos vivir cada día según la novedad introducida por
Cristo con el misterio de la Eucaristía?
.96.
Que María Santísima, Virgen inmaculada, arca de la nueva y eterna alianza, nos
acompañe en este camino al encuentro del Señor que viene. En Ella encontramos
la esencia de la Iglesia realizada del modo más perfecto. La Iglesia ve en
María, « Mujer eucarística » —como la ha llamado el Siervo de Dios Juan Pablo
II (253)—, su icono más logrado, y la contempla como
modelo insustituible de vida eucarística. Por eso, en presencia del « verum
Corpus natum de Maria Virgine » sobre el altar, el sacerdote, en nombre de
la asamblea litúrgica, afirma con las palabras del canon: « Veneramos la
memoria, ante todo, de la gloriosa siempre Virgen María,
.Madre
de Jesucristo, nuestro Dios y Señor ».(254) Su santo
nombre se invoca y venera también en los cánones de las tradiciones cristianas
orientales. Los fieles, por su parte, « encomiendan a María, Madre de la
Iglesia, su vida y su trabajo. Esforzándose por tener los mismos sentimientos
de María, ayudan a toda la comunidad a vivir como ofrenda viva, agradable al
Padre ».(255) Ella es la Tota pulchra, Toda
hermosa, ya que en Ella brilla el resplandor de la gloria de Dios. La belleza
de la liturgia celestial, que debe reflejarse también en nuestras asambleas,
tiene un fiel espejo en Ella. De Ella hemos de aprender a convertirnos en
personas eucarísticas y eclesiales para poder presentarnos también nosotros,
según la expresión de san Pablo, « inmaculados » ante el Señor, tal como Él nos
ha querido desde el principio (cf. Col 1,21; Ef 1,4).(256)
3.
97. Que el Espíritu
Santo, por intercesión de la Santísima Virgen María, encienda en nosotros el
mismo ardor que sintieron los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-35), y
renueve en nuestra vida el asombro eucarístico por el resplandor y la belleza
que brillan en el rito litúrgico, signo eficaz de la belleza infinita propia
del misterio santo de Dios. Aquellos discípulos se levantaron y volvieron de
prisa a Jerusalén para compartir la alegría con los hermanos y hermanas en la
fe. En efecto, la verdadera alegría está en reconocer que el Señor se queda
entre nosotros, compañero fiel de nuestro camino. La Eucaristía nos hace
descubrir que Cristo muerto y resucitado, se hace contemporáneo nuestro en el
misterio de la Iglesia, su Cuerpo. Hemos sido hechos testigos de este misterio
de amor. Deseemos ir llenos de alegría y admiración al encuentro de la santa
Eucaristía, para experimentar y anunciar a los demás la verdad de la palabra
con la que Jesús se despidió de sus discípulos: « Yo estoy con vosotros todos
los días, hasta al fin del mundo » (Mt 28,20).
En
Roma, junto a san Pedro, el 22 de Febrero, fiesta de la Cátedra del Apóstol san
Pedro, del año 2007, segundo de mi Pontificado.
Notas
[1] Cf. Sto. Tomás de Aquino,
Summa Theologiae, III, q. 73, a. 3.
[2] In Iohannis Evangelium Tractatus, 26,5: PL
35, 1609.
[3] A los participantes en la Asamblea Plenaria de la
Congregación para la Doctrina de la Fe
(10 febrero 2006): AAS 98 (2006), 255.
[4] Discurso a los participantes en la III reunión del XI
Consejo Ordinario del Sínodo de los Obispos (1 junio 2006): L'Osservatore Romano, ed. en lengua española
(9 junio 2006), p. 18.
[5] Cf. Propositio 2.
[6] Me refiero a la necesidad
de una hermenéutica de la continuidad con referencia también a una correcta
lectura del desarrollo litúrgico después del Concilio Vaticano II: cf. Discurso a la Curia Romana (22
diciembre 2005): AAS 98 (2006), 44-45.
[7] Cf. AAS 97(2005),
337-352.
[8] Cf. Año de la Eucaristía.
Sugerencias y propuestas (14 octubre 2004):
L'Osservatore
Romano (15 octubre 2004),
Suplemento.
[9] Cf. AAS 95(2003),
433-475. Recuérdese también la Instrucción de la Congregación para el Culto
Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Redemptionis
Sacramentum (25 marzo 2004): AAS
96 (2004), 549-601, querida expresamente por Juan Pablo II.
[10] Por recordar sólo los
principales: Conc. Ecum. de Trento, Doctrina et
canones de ss. Missae sacrificio, DS 1738-1759; León XIII, Carta
enc. Mirae Caritatis (28 mayo 1902): ASS (1903), 115- 136,
115-136; Pío XII, Carta enc. Mediator Dei (20 noviembre 1947): AAS
39 (1947), 521-595; Pablo VI, Carta enc. Mysterium Fidei (3 septiembre
1965): AAS 57 (1965), 753-774; Juan Pablo II, Carta enc. Ecclesia de Eucharistia (17
abril 2003): AAS 95(2003), 433-475; Congregación para el Culto Divino y
la Disciplina de los Sacramentos, Instr. Eucharisticum mysterium (25
mayo 1967): AAS 59 (1967), 539-573; Instr. Liturgiam authenticam
(28 marzo 2001): AAS 93 (2001), 685-726.
[11] Cf. Propositio 1.
[12] N. 14: AAS 98
(2006), 229.
[13] Catecismo de la Iglesia Católica, 1327.
[14] Propositio 16.
[15] Homilía en la Misa de toma de posesión de la Cátedra de
Roma (7 mayo 2005): AAS 97 (2005), 752.
[16] Cf. Propositio 4.
[17] De Trinitate, VIII, 8, 12: CCL 50, 287.
[18] Carta enc. Deus caritas est (25 diciembre 2005), 12: AAS 98
(2006), 228.
[19] Cf. Propositio 3.
[20] Breviario Romano, Himno
en el Oficio de lectura de la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de
Cristo.
[21] Carta enc. Deus caritas est (25
diciembre 2005), 13: AAS 98 (2006), 228.
[22] Homilía en la explanada de Marienfeld (21 agosto 2005): AAS 97 (2005), 891-892.
[23] Cf. Propositio 3.
[24] Cf. Misal Romano,
Plegaria Eucarística IV.
[25] Catequesis XXIII, 7: PG 33, 1114s.
[26] Cf. Sobre el sacerdocio, VI, 4: PG 48, 681.
[27] Ibíd., III, 4: PG 48, 642.
[28] Propositio 22.
[29] Cf. Propositio 42:
« Este encuentro eucarístico se realiza en el Espíritu Santo que nos transforma
y santifica. Él despierta en el discípulo la decidida voluntad de anunciar con
audacia a los demás lo que se ha escuchado y vivido, para acompañarlos al mismo
encuentro con Cristo. De este modo, el discípulo, enviado por la Iglesia, se
abre a una misión sin fronteras ».
[30] Cf. Conc. Ecum. Vat. II,
Const. dogm. Lumen
gentium, sobre la Iglesia, 3; véase, por ejemplo, S.
Juan Crisóstomo, Catequesis 3,13-19: SC 50,174-177.
.(31) Juan Pablo
II, Carta enc.Ecclesia de Eucharistia (17
abril 2003), 1: AAS 95(2003) 433.
.(32) Ibíd., 21:
AAS 95 (2003), 447.
.(33) Cf. Juan
Pablo II, Carta enc. Redemptor hominis
(4 marzo 1979), 20: AAS 71 (1979), 309316; Carta ap. Dominicae Cenae (24 febrero 1980),
4: AAS 72 (1980), 119-121.
.(34) Cf. Propositio
5.
.(35) Cf. Sto.
Tomás de Aquino, Summa Theologiae, III, q. 80, a. 4.
.(36) N. 38:
AAS 95 (2003), 458.
.(37) Conc.
Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 23.
.(38) Congregación
para la Doctrina de la Fe, Carta Communionis
notio, sobre algunos aspectos de la Iglesia como comunión (28
mayo 1992), 11: AAS 85 (1993), 844-845.
.(39)
Propositio 5: « El término “católico” expresa la universalidad que proviene
de la unidad que la Eucaristía, que se celebra en cada Iglesia, favorece y
edifica. En la Eucaristía, las Iglesias particulares tienen el papel de hacer
visible en la Iglesia universal su propia unidad y su diversidad. Esta relación
de amor fraterno deja entrever la comunión trinitaria. Los concilios y los
sínodos expresan en la historia este aspecto fraterno de la Iglesia ».
.(40) Cf.
ibíd.
.(41) Decr.Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio
y vida de los presbíteros, 5.
.(42) Cf.
Propositio 14.
.(43) Const.
dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 1.
.(44) De
Orat. Dom., 23: PL 4, 553.
.(45) Conc.
Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 48; cf. también ibíd., 9.
.(46) Cf.
Propositio 13.
.(47) Cf. Conc.
Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 7.
.(48) Cf.
ibíd., 11; Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad
gentes, sobre la actividad misionera de la
Iglesia, 9.13.
.(49) Cf. Juan
Pablo II, Carta ap. Dominicae Cenae (24
febrero 1980), 7: AAS 72 (1980), 124127; Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Presbyterorum Ordinis,
sobre el ministerio y vida de los presbíteros, 5.
.(50) Cf.
Código de los Cánones de las Iglesias Orientales, can. 710.
.(51) Cf.
Rito de la iniciación cristiana de los adultos, Introd. gen., nn. 34-36.
.(52) Cf. Rito
del Bautismo de los niños, Introd. nn. 18-19.
.(53) Cf.
Propositio 15.
.(54) Cf.
Propositio 7. Juan Pablo II, Carta enc. Ecclesia
de Eucharistia (17 abril 2003), 36: AAS 95
(2003), 457-458.
.(55) Cf. Juan
Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Reconciliatio
et paenitentia (2 diciembre 1984), 18: AAS 77
(1985), 224-228.
.(56) Cf.Catecismo de la Iglesia Católica,
1385.
.(57) A este
respecto, se puede pensar en el Confiteor o en las palabras del
sacerdote y de la asamblea antes de acercarse al altar: « Señor, no soy
digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme
». La liturgia prevé justamente algunas oraciones muy bellas para el sacerdote,
transmitidas por la tradición y que le recuerdan la necesidad de ser perdonado,
como, por ejemplo, las que se pronuncian en voz baja antes de invitar a los
fieles a la comunión sacramental: « líbrame, por la recepción de tu Cuerpo y
de tu Sangre, de todas mis culpas y de todo mal. Concédeme cumplir siempre tus
mandamientos y jamás permitas que me separe de ti ».
.(58) Cf. S. Juan
Damasceno, Sobre la recta fe, IV, 9: PG 94, 1124C; S. Gregorio
Nacianceno, Discurso 39, 17: PG 36, 356A; Conc. Ecum. de Trento, Doctrina
de sacramento paenitentiae, cap. 2: DS 1672.
.(59) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Cost. dogm.
Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 11; Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Reconciliatio et paenitentia (2 diciembre
1984), 30: AAS 77 (1985), 256-257.
.(60) Cf. Propositio
7.
(61)Cf. Juan Pablo II, Motu proprio Misericordia Dei (7 abril
2002): AAS 94 (2002), 452-459.
(62) Junto con los Padres sinodales, recuerdo que las
celebraciones penitenciales no sacramentales, mencionadas en el ritual del
sacramento de la Reconciliación, pueden ser útiles para aumentar el espíritu de
conversión y de comunión en las comunidades cristianas, preparando así los
corazones a la celebración del sacramento: cf. Propositio 7.
.(63) Cf. Código de Derecho Canónico, can. 508.
.(64) Pablo VI,
Const. ap. Indulgentiarum doctrina (1 enero 1967), Normae, n. 1: AAS
59 (1967), 21.
.(65) Ibíd.,
9: AAS 59 (1967), 18-19.
.(66) Cf.Catecismo de la Iglesia Católica,
1499-1531.
.(67) Ibíd., 1524.
.(68) Cf. Propositio
44.
.(69) Cf. Sínodo
de los Obispos, II Asamblea General, Documento sobre el sacerdocio ministerial
Ultimis temporibus (30 noviembre 1971): AAS 63 (1971), 898-942.
.(70) Cf. Juan
Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Pastores
dabo vobis (25 marzo 1992), 42-69: AAS 84 (1992), 729-778.
.(71) Cf. Conc.
Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 10; Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta sobre
algunas cuestiones concernientes al ministro de la Eucaristía Sacerdotium
ministeriale (6 agosto 1983): AAS 75 (1983), 1001-1009.
.(72) Catecismo de la Iglesia Católica,
1548.
.(73) Ibíd., 1552.
.(74) Cf. In Iohannis Evangelium Tractatus 123,
5: PL 35, 1967.
.(75) Cf.
Propositio 11.
.(76) Cf. Decr.Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio
y vida de los presbíteros, 16.
.(77) Cf. Juan
XXIII, Carta enc. Sacerdotii nostri primordia (1 agosto 1959): AAS 51
(1959), 545-579; Pablo VI, Carta enc. Sacerdotalis coelibatus (24 junio
1967): AAS 59 (1967), 657697; Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Pastores dabo vobis (25 marzo 1992), 29: AAS
84 (1992), 703-705; Benedicto XVI, Discurso
a la Curia Romana ( 22
diciembre 2006): L'Osservatore Romano, ed. en lengua española (29
diciembre 2006), p. 7.
.(78) Cf.
Propositio 11.
.(79) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Optatam totius,
sobre la formación sacerdotal, 6; Código de Derecho Canónico, can. 241,
§ 1 y can. 1029; Código de los Cánones de las Iglesias Orientales, can.
342, § 1 y can. 758; Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Pastores dabo vobis (25 marzo 1992)
11.34.50: AAS 84 (1992), 673-675; 712-714; 746-748; Congregación para el
Clero, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros Dives Ecclesiae (31 marzo 1994), 58: LEV,
1994, pp. 56-58; Congregación para la Educación Católica, Instrucción sobre los criterios de discernimiento vocacional
sobre las personas con tendencias homosexuales con vistas a su admisión al
Seminario y a las Órdenes sagradas (4 noviembre 2005):
AAS 97 (2005), 1007-1013.
(80) Cf. Propositio 12; Juan Pablo II, Exhort. ap.
postsinodal Pastores dabo vobis (25 marzo 1992) 41: AAS 84 (1992), 726-729.
(81) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 29.
(82) Cf. Propositio 38.
(83) Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Familiaris consortio (22
noviembre 1981), 57: AAS 74 (1982), 149-150.
(84) Carta ap. Mulieris dignitatem (15 agosto 1988), 26: AAS 80 (1988), 1715-1716.
(85) Catecismo de la Iglesia
Católica, 1617.
(86) Cf. Propositio
8.
(87) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium, sobre la Iglesia, 11.
(88)Cf. Propositio 8.
(89) Cf. Juan Pablo II, Carta ap. Mulieris dignitatem (15
agosto 1988): AAS 80 (1988), 16531729; Congregación para la Doctrina de
la Fe, Carta a los Obispos de la Iglesia Católica
sobre la colaboración del hombre y de la mujer en la Iglesia y en el mundo (31 mayo 2004): AAS 96 (2004), 671-687.
(90) Cf. Propositio 9.
(91) Cf. Catecismo de la Iglesia
Católica, 1640.
(92) Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Familiaris consortio (22
noviembre 1981), 84: AAS 74 (1982), 184-186; Congregación para la
Doctrina de la Fe, Carta a los Obispos de la
Iglesia Católica sobre la recepción de la comunión eucarística por parte de
los fieles divorciados y vueltos a casar Annus Internationalis Familiae (14 septiembre 1994): AAS 86 (1994), 974-979.
(93) Cf. Consejo Pontificio para los Textos Legislativos,
Instrucción sobre las normas que han de observarse en los tribunales eclesiásticos
en las causas matrimoniales Dignitas connubii (25 enero 2005), Ciudad del Vaticano, 2005.
(94) Cf. Propositio 40.
(95) Discurso al Tribunal de
la Rota Romana con ocasión de la inauguración del año judicial (28 enero 2006): AAS
98 (2006), 138.
(96) Cf.
Propositio 40.
.(97) Cf.
ibíd.
.(98) Cf.
ibíd.
.(99) Cf. Conc.
Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 48.
(100) Cf. Propositio 3.
(101) A este propósito, quisiera recordar las palabras llenas de esperanza y de
consuelo de la
Plegaria
eucarística II: « Acuérdate también de
nuestros hermanos que durmieron en la esperanza de la resurrección, y de todos
los que han muerto en tu misericordia; admítelos a contemplar la luz de tu
rostro ».
(102)
Cf. Homilía (8 diciembre 2005): AAS
98 (2006), 15-16.
(103) Const. dogm. Lumen
gentium, sobre la Iglesia, 58.
(104) Propositio 4.
(105) Relatio post disceptationem, 4: L'Osservatore Romano (14
octubre 2005), p. 5.
(106) Cf. Serm. 1, 7; 11, 10; 22, 7; 29, 76: Sermones dominicales ad
fidem codicum nunc denuo editi, Grottaferrata, 1977, pp.135, 209 s., 292
s., 337; Benedicto XVI, Mensaje a los Movimientos
Eclesiales y a las Nuevas Comunidades (22 mayo 2006): AAS 98
(2006), 463. (107) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.
Gaudium et spes, sobre la Iglesia en
el mundo actual, 22.
(108)
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina revelación, 2.4.
(109) Propositio 33.
(110) Sermo 227, 1: PL 38, 1099.
(111) S. Agustín, In Iohannis Evangelium Tractatus, 21, 8: PL 35,
1568.
(112) Ibíd., 28,1: PL 35, 1622.
(113) Cf. Propositio 30. La santa Misa que la Iglesia celebra durante la
semana, y a la que se invita a los fieles a participar, tiene también su
paradigma en el día del Señor, el día de la resurrección de Cristo; Propositio
43.
(114) Cf. Propositio 2.
(115) Cf. Propositio 25. (116) Cf. Propositio 19. La Propositio
25 especifica: « Una auténtica acción litúrgica expresa la sacralidad del
Misterio eucarístico. Ésta debería reflejarse en las palabras y las acciones
del sacerdote celebrante mientras intercede ante Dios, tanto con los fieles
como por ellos ».
(117) Ordenación General del Misal Romano, 22; cf. Conc.
Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 41; Congregación para el Culto Divino
y la Disciplina de los Sacramentos, Instr. Redemptionis
Sacramentum (25 marzo 2004), 19-25: AAS
96 (2004), 555-557.
(118)
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Christus Dominus,
sobre la función pastoral de los
obispos, 14; Const. Sacrosanctum Concilium,
sobre la sagrada liturgia, 41.
(119) Ordenación General del Misal Romano, 22.
(120) Cf. ibíd.
(121) Cf. Propositio 25.
(122) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum
Concilium, sobre la sagrada liturgia, 112-130.
(123) Cf.
Propositio 27.
(124) Cf. ibíd.
(125) Con referencia a estos aspectos, es necesario atenerse fielmente a lo
establecido en la Ordenación General del Misal Romano, 319-351.
(126)
Cf. Ordenación General del Misal Romano, 39-41; Conc. Ecum. Vat. II,
Const. Sacrosanctum Concilium, sobre
la sagrada liturgia, 112-118.
(127) Sermo 34, 1: PL 38, 210.
(128) Cf. Propositio 25: « Como todas las expresiones artísticas,
también el canto debe armonizarse íntimamente con la liturgia y contribuir
eficazmente a su finalidad, es decir, ha de expresar la fe, la oración, la
admiración y el amor a Jesús presente en la Eucaristía ».
(129) Cf. Propositio 29.
(130) Cf. Propositio 36.
(131) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum
Concilium, sobre la sagrada liturgia, 116; Ordenación General del
Misal Romano, 41.
(132) Ordenación General del Misal Romano, 28; cf. Conc. Ecum. Vat. II,
Const. Sacrosanctum Concilium, sobre
la sagrada liturgia, 56; Sagrada Congregación de Ritos, Instr. Eucharisticum
Mysterium (25 mayo 1967), 3: AAS 57 (1967), 540-543.
(133) Cf.
Propositio 18.
(134) Ibíd.
(135) Ordenación General del Misal Romano, 29.
(136) Cf. Juan Pablo II, Carta. enc. Fides et
ratio (14 septiembre 1998), 13: AAS 91 (1999), 15-16.
(137) S. Jerónimo, Comm. in Is.,
Prol.: PL 24, 17; cf. Conc. Ecum.
Vat. II, Const. dogm. Dei
Verbum, sobre la divina revelación, 25.
(138) Cf. Propositio 31.
(139) Cf. Ordenación General del Misal Romano, 29; Conc. Ecum. Vat. II,
Const.
Sacrosanctum Concilium, sobre la
sagrada liturgia, 7.33.52.
(140) Propositio 19.
(141) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum
Concilium, sobre la sagrada liturgia, 52.
(142) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina revelación, 21.
(143) Para este fin, el Sínodo ha exhortado a elaborar elementos pastorales
basados en el leccionario trienal, que ayuden a unir intrínsecamente la
proclamación de las lecturas previstas con la doctrina de la fe: cf. Propositio
19.
(144) Cf. Propositio 20.
(145) Ordenación General del Misal Romano, 78.
(146) Cf. ibíd. 78-79.
(147) Cf. Propositio 22.
(148) Ordenación General del Misal Romano, 79d.
(149) Ibíd. 79c. (150) Teniendo en cuenta costumbres antiguas y
venerables, así como los deseos manifestados por los Padres sinodales, he
pedido a los Dicasterios competentes que estudien la posibilidad de colocar el
rito de la paz en otro momento, por ejemplo, antes de la presentación de las
ofrendas en el altar. Por lo demás, dicha opción recordaría de manera
significativa la amonestación del Señor sobre la necesidad de reconciliarse
antes de presentar cualquier ofrenda a Dios (cf. Mt 5,23 s.): cf.
Propositio 23.
(151) Cf.
Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Instr.
Redemptionis Sacramentum (25 marzo
2004), 80-96: AAS 96 (2004), 574-577.
(152) Cf. Propositio 34.
(153) Cf. Propositio 35.
(154) Cf. Propositio 24.
(155) Cf. Const. Sacrosanctum Concilium,
sobre la sagrada liturgia, 14-20; 30 s.; 48 s.; Congregación para el Culto
Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Instr. Redemptionis
Sacramentum (25 marzo 2004), 36-42: AAS 96 (2004), 561-564.
(156) N. 48.
(157) Ibíd.
(158) Cf. Congregación para el Clero y otros Dicasterios de la
Curia Romana, Instr. Sobre algunas cuestiones acerca de la colaboración de los
fieles laicos en el sagrado ministerio de los sacerdotes, Ecclesiae de
mysterio (15 agosto 1997): AAS 89 (1997), 852-877.
(159) Cf. Propositio 33.
(160) Ordenación General del Misal Romano, 92.
(161) Cf. ibíd., 94.
(162) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Apostolicam actuositatem, sobre el apostolado de los laicos, 24; Ordenación General del
Misal Romano, nn. 95-111; Congregación para el Culto Divino y la Disciplina
de los Sacramentos, Instr. Redemptionis
Sacramentum (25 marzo 2004), 43-47:
AAS 96 (2004), 564-566; Propositio 33: « Se han de introducir estos
ministerios de acuerdo con un mandato específico y las exigencias reales de la
comunidad que celebra. Las personas encargadas de estos servicios litúrgicos
laicales han de ser elegidas con mucha atención, bien preparadas
y acompañadas con una formación permanente. Su nombramiento ha de ser temporal.
Dichas personas deben ser conocidas por la comunidad y recibir de ella el
debido reconocimiento ».
(163) Cf. Conc. Ecum.
Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium,
sobre la sagrada liturgia, 37 ,42.
(164) Cf. nn. 386-399.
(165) AAS 87 (1995), 288-314.
(166) Cf. Exhort. ap.
postsinodal Ecclesia in Africa (14 septiembre 1995), 55-71; Exhort. ap.
postsinodal Ecclesia in America (22 enero 1999), 16.40.64.70-72: AAS 91
(1999), 752-753; 775-776; 799; 805-809; Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in
Asia (6 noviembre 1999), 21s.: AAS 92 (2000), 482-487; Exhort. ap.
postsinodal Ecclesia in Oceania (22 noviembre 2001), 16: AAS 94
(2002), 382- 384; Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Europa (28 junio
2003), 58-
60: AAS 95 (2003), 685-686.
(167) Cf. Propositio 26.
(168) Cf. Propositio 35; Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, sobre
la sagrada liturgia, 11.
(169) Cf.
Catecismo de la Iglesia Católica, 1388; Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, sobre
la sagrada liturgia, 55.
(170)
Cf. Carta enc. Ecclesia de Eucharistia
(17 abril 2003), 34: AAS 95 (2003), 456.
(171) Así, por ejemplo, Sto. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, III, q.
80, a. 1,2; Sta. Teresa de Jesús, Camino de perfección, cap. 35. La
doctrina ha sido confirmada con autoridad por el Concilio de Trento, sess.
XIII, c. VIII.
(172) Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Ut unum sint
(25 mayo 1995), 8: AAS 87 (1995), 925-926.
(173) Cf. Propositio 41; Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo,
8,15; Juan Pablo II, Carta enc. Ut unum sint
(25 mayo 1995), 46: AAS 87 (1995), 948; Carta enc. Ecclesia de Eucharistia (17 abril 2003),
45-46: AAS 95 (2003), 463- 464; Código de
Derecho Canónico, can. 844 §§ 3-4; Código de los Cánones de las
Iglesias Orientales, can. 671 §§ 3-4; Consejo Pontificio para la Unidad de
los Cristianos, Directoire pour l'application des principes et des normes
sur l'œcuménisme (25 marzo 1993), 125, 129131: AAS 85 (1993), 1087,
1088-1089.
(174)
Cf. nn. 1398-1401.
(175) Cf. n. 293.
(176)Cf. Consejo Pontificio de las Comunicaciones Sociales, Instr. past. sobre las Comunicaciones
Sociales en el 20º aniversario de la « Communio et progressio », Aetatis novae (22 febrero 1992): AAS 84
(1992), 447-468.
(177) Cf. Propositio 29.
(178) Cf. Propositio 44.
(179) Cf. Propositio 48.
(180) Este conocimiento se puede adquirir también en los años de formación de
los candidatos al sacerdocio en el seminario mediante iniciativas apropiadas:
cf. Propositio 45.
(181) Cf. Propositio 37.
(182) Cf. Const. Sacrosanctum Concilium,
sobre la sagrada liturgia, 36 y 54.
(183) Propositio 36.
(184) Cf. ibíd.
(185) Cf. Propositio 32.
(186)Cf. Propositio 14.
(187) Propositio 19.
(188) Cf. Propositio 14.
(189) Cf. Homilía en las primeras Vísperas de
Pentecostés (3 junio 2006): AAS 98 (2006), 509.
(190) Cf. Propositio 34.
(191) Enarrationes in Psalmos 98,9 CCL XXXIX 1385; cf. Discurso a la Curia Romana (22 diciembre 2005):
AAS 98 (2006), 44-45.
(192) Cf. Propositio 6.
(193) Discurso a la Curia Romana (22
diciembre 2005): AAS 98 (2006), 45.
(194) Cf. Propositio 6; Congregación para el Culto Divino y la
Disciplina de los Sacramentos, Directorio sobre
la piedad popular y liturgia (17 diciembre 2001), nn. 164-165,
Ciudad del Vaticano 2002; Sagrada Congregación de Ritos, Instr.
Eucharisticum Mysterium (25 mayo 1967): AAS 57 (1967), 539-573.
(195)
Cf. Relatio post disceptationem, 11: L'Osservatore Romano (14
octubre 2005), p. 5.
(196)Cf. Propositio 28.
(197) Cf. n. 314.
(198) VII, 10, 16: PL 32, 742.
(199) Homilía en la Explanada de Marienfeld,
(21 agosto 2005): AAS 97 (2005), 892; cf.Homilía
en la Vigilia de Pentecostés (3 junio 2006): AAS 98 (2006),
505.
(200) Cf. Relatio post disceptationem, 6,47: L'Osservatore
Romano (14 octubre 2005), pp. 5. 6; Propositio 43.
(201) De civitate Dei, X, 6: PL 41, 284.
(202) Cf. Catecismo de la
Iglesia Católica, 1368.
(203) Cf. S. Ireneo, Contra las herejías IV, 20, 7: PG 7, 1037.
(204) A los Magnesios, 9,1-2: PG 5, 670.
(205) Cf. I Apología 67, 1-6; 66: PG 6, 430 s. 427. 430.
(206) Cf. Propositio 30.
(207) Cf. AAS 90 (1998), 713-766.
(208) Propositio 30.
(209) Homilía (19 marzo 2006): AAS 98
(2006), 324.
(210) Señala a este respecto el Compendio de la
doctrina social de la Iglesia, 258: « El descanso abre al hombre, sujeto
a la necesidad del trabajo, la perspectiva de una libertad más plena, la del Sábado eterno (cf. Hb 4,9-10). El
descanso permite a los hombres recordar y revivir las obras de Dios, desde la
Creación hasta la Redención, reconocerse a sí mismos como obra suya (cf. Ef
2,10), y dar gracias por su vida y su subsistencia a Él, que de ellas es el
Autor ».
(211)
Cf. Propositio 10.
(212) Cf. ibíd..
(213) Cf. Discurso a los obispos de la conferencia
episcopal de Canadá – Quebec en visita ad limina Apostolorum (11 mayo
2006): L'Osservatore Romano (12 mayo 2006), p. 5.
(214) N. 10: AAS 71(1979), 414-415.
(215) Audiencia general del 29 marzo 2006: L'Osservatore
Romano, ed. en lengua española (31 marzo 2006), p. 16.
(216) Propositio 39.
(217) Cf. Relatio post disceptationem, 30: L'Osservatore Romano (14 octubre
2005), p. 6.
(218) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium sobre la Iglesia, 39-42.
(219) Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Christifideles
laici (30 diciembre 1988), 14.16:AAS 81 (1989),
409-413; 416-418.
(220) Cf. Propositio 39.
(221) Cf. ibíd.
(222) Pontifical Romano. Ordenación del Obispo, de Presbíteros y de Diáconos, Rito
de la ordenación del presbítero, n. 150.
(223) Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap.
postsinodal Pastores dabo vobis (25 marzo
1992),19-33; 70-81: AAS 84 (1992), 686-712; 778-800.
(224) Propositio 38.
(225) Propositio 39. Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata (25 marzo 1996), 95: AAS 88
(1996), 470-471.
(226) Código de Derecho Canónico, can. 663,
§ 1.
(227) Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita
consecrata (25 marzo 1996), 34: AAS 88 (1996), 407-408.
(228) Carta enc. Veritatis splendor (6
agosto 1993), 107: AAS 85 (1993), 1216-1217.
(229) Carta enc. Deus caritas est (25
diciembre 2005), 14: AAS 98 (2006), 229.
(230) Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Evangelium vitae (25
marzo 1995): AAS 87 (1995), 401522; Benedicto XVI, Discurso a un congreso organizado por la Academia
Pontificia para la vida (27 febrero 2006):
AAS 98 (2006), 264-265.
(231) Cf.
Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota
doctrinal acerca de algunas cuestiones con respecto al comportamiento de los católicos
en la vida política (24 noviembre 2002):
AAS 95 (2004), 359-370.
(232)
Cf. Propositio 46.
(233) AAS (2005), 711.
(234) Propositio 42.
(235) Cf. Martirio de Policarpo, XV, 1: PG 5, 1039. 1042.
(236) A los Romanos, IV,1: PG 5, 690.
(237)Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium sobre la Iglesia, 42.
(238) Cf. Propositio 42; Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo
y de la Iglesia Dominus Iesus (6
agosto 2000), 13-15: AAS 92 (2000), 754-755.
(239) Cf. Propositio 42.
(240)Carta enc. Deus caritas est (25
diciembre 2005), 18: AAS 98 (2006), 232.
(241) Ibíd., n. 14. (242) Durante la asamblea
sinodal hemos escuchado conmovidos testimonios muy significativos acerca de la
eficacia del sacramento en la obra de pacificación. Se afirma al respecto en la
Propositio 49: « Gracias a las celebraciones eucarísticas, pueblos en
conflicto se han podido reunir alrededor de la Palabra de Dios, escuchar su
anuncio profético de reconciliación a través del perdón gratuito, recibir la
gracia de la conversión que permite la comunión en el mismo pan y en el mismo
cáliz ».
(243)
Cf. Propositio 48.
(244) Carta enc. Deus caritas est (25
diciembre 2005), 28: AAS 98 (2006), 239.
(245) Propositio 48.
(246) Discurso al Cuerpo Diplomático acreditado
ante la Santa Sede (9 enero 2006), 28: AAS 98 (2006), 127.
(247) Ibíd.
(248) Cf. Propositio 48. A este respecto es muy útil el Compendio de la doctrina social de la Iglesia.
(249) Cf. Propositio 43.
(250) Cf. Propositio 47.
(251) Cf. Propositio 17.
(252) Acta SS. Saturnini, Dativi et aliorum plurimorum martyrum in Africa, 7.
9. 10: PL 8, 707.709-710.
(253) Cf. Carta enc. Ecclesia de
Eucharistia (17 abril 2003), 53: AAS 95
(2003), 469.
(254) Plegaria Eucarística I (Canon Romano).
(255) Propositio 50.
(256) Cf. Homilía (8 diciembre 2005): AAS 98 (2006), 15.