EL
DISCURSO
[...] 'Qué cosa puede o debe decir el Papa en el encuentro con la universidad
de su ciudad? Reflexionando sobre esta pregunta, me ha
parecido que ella incluye a otras dos, cuya clarificación debería conducir a la
respuesta. Es necesario, en efecto, preguntarse: 'Cuál es la naturaleza y la
misión del papado? Y también: 'cuál es la naturaleza y
la misión de la universidad? […]
El Papa es ante todo obispo de Roma, y como tal, en virtud de la sucesión al
Apóstol Pedro, tiene una responsabilidad episcopal en relación con toda la
Iglesia católica. […] Pero esta comunidad de la que cuida el obispo de Roma –
sea grande o pequeña – vive en el mundo; y sus condiciones, su camino, su
ejemplo y su palabra influyen inevitablemente en todo el resto de la comunidad
humana en su conjunto. […] Así, el Papa habla como representante de una
comunidad de creyentes en la cual durante los siglos de su existencia ha
madurado una determinada sabiduría de vida. Habla como representante de una
comunidad que guarda en ella un tesoro de conocimiento y de experiencia éticas,
que resulta importante para la entera humanidad. En este sentido habla como
representante de una razón ética.
Pero ahora se nos debe preguntar: 'Y qué es la universidad?
'Cuál es su tarea? […] Pienso que se puede decir que
el verdadero, íntimo origen de la universidad está en el anhelo de conocimiento
que es propio del ser humano. Él quiere saber qué cosa es todo aquello que lo
rodea. Quiere verdad.
En este sentido se puede ver el interrogarse de Sócrates como el impulso del
cual ha nacido la universidad occidental. Pienso por ejemplo – por mencionar
solamente un texto – en la disputa con Eutifrón, que frente a Sócrates defiende
la religión mítica y su devoción. A ello Sócrates contrapone una pregunta: “'Tú
crees que entre los dioses exista verdaderamente una guerra recíproca y
terribles enemistades y combates? 'Debemos, Eutifrón,
efectivamente decir que todo ello es verdad? (6 b-c).
En esta pregunta aparentemente poco devota – pero que en Sócrates derivaba de
una religiosidad más profunda y más pura, de la búsqueda del Dios
verdaderamente divino – los cristianos de los primeros siglos se han reconocido
a ellos mismos y el camino que recorrieron. Acogieron su fe no en modo
positivista, o como la vía de salida de deseos no apagados; la comprendieron
como la disolución de la neblina de la religión mitológica para hacer lugar al
descubrimiento de aquel Dios que es Razón creadora y al mismo tiempo
Razón-Amor. Por esto, el interrogarse de la razón sobre el Dios más grande como
también sobre la verdadera naturaleza y sobre el verdadero sentido del ser
humano era para ellos no una forma problemática de falta de religiosidad, sino
hacía parte de la esencia de su modo de ser religiosos. Por tanto, no tenía
necesidad de disolver o dejar de lado el interrogarse socrático, sino que
podían, más aún, debían acogerlo; y reconocer como parte de la propia identidad
la búsqueda fatigosa de la razón para alcanzar el conocimiento de la verdad
completa. Es más, podía así – en el ámbito de la fe cristiana, en el mundo
cristiano – nacer la universidad.
Es necesario dar un paso más. El hombre quiere conocer, quiere verdad. Verdad
es ante todo una cosa del ver, del comprender, de la theoría, como la llama la
tradición griega. Pero la verdad jamás es solamente teórica. Agustín, al
establecer una correlación entre las Bienaventuranzas del Discurso de la
Montaña y los dones del Espíritu Santo mencionados en Isaías 11, afirmó una
reciprocidad entre “scientia” y “tristitia”: el simple saber, dice, entristece.
Y, de hecho, quien ve y aprende solamente todo lo que ocurre en el mundo,
termina triste. Pero verdad es más que saber: el conocimiento de la verdad
tiene como fin el conocimiento del bien. Este es también el sentido del
interrogarse socrático: 'Cuál es el bien que nos hace verdaderos? La verdad nos hace buenos, y la bondad es verdadera: este
es el optimismo que vive en la fe cristiana, porque a ella ha sido concedida la
visión del Logos, de la Razón creadora que, en la Encarnación de Dios, se ha
revelado como el Bien, como la Bondad misma.
En la teología medieval ha habido una disputa en profundidad sobre la relación
entre teoría y práctica, sobre la justa relación entre conocer y actuar – una
disputa que aquí no debemos desarrollar. De hecho, la universidad medieval con
sus cuatro facultades presenta esta correlación.
Comencemos con la facultad que, según la comprensión de entonces, era la
cuarta, la de medicina.
También si era considerada más como “arte” que como ciencia, sin embargo, su
inserción en el cosmos de la universitas significaba claramente que era
colocada en el ámbito de la racionalidad, que el arte del curar estaba bajo la
guía de la razón y era sustraída al ámbito de la magia. Curar es una tarea que
requiere siempre más que la simple razón, pero precisamente por esto tiene
necesidad de la conexión entre saber y poder, tiene necesidad de pertenecer a
la esfera de la ratio.
Inevitablemente aparece la cuestión de la relación entre praxis y teoría, entre
conocimiento y actuar, también en la facultad de jurisprudencia.
Se trata de dar justa forma a la libertad human que es siempre libertad en la
comunión recíproca: el derecho es el presupuesto de la libertad, no su
antagonista. Pero aquí emerge inmediatamente la pregunta: 'Cómo se determinan
los criterios de justicia que hacen posible una libertad vivida en común y que
sirven al ser bueno del hombre?
A esta altura se impone un salto al presente: es la cuestión de cómo se puede
encontrar una normativa jurídica que constituya un ordenamiento de la libertad,
de la dignidad humana y de los derechos del hombre. Es la cuestión que nos
ocupa hoy en los procesos democráticos de formación de la opinión y que
simultáneamente nos angustia como cuestión para el futuro de la humanidad.
Jürgen Habermas expresa, a mi parecer, un amplio consenso del pensamiento
actual, cuando dice que la legitimidad de una carta constitucional, como
presupuesto de la legalidad, derivaría de dos fuentes: de la participación
política igualitaria de todos los ciudadanos y de la forma razonable en que los
contrastes políticos son resueltos.
Respecto a esta “forma razonable” él anota que ella no puede ser sólo una lucha
por mayorías aritméticas, sino que debe caracterizarse como un “proceso de
argumentación sensible a la verdad” (wahrheitssensibles
Argumentationsverfahren). He dicho bien, pero es cosa muy difícil de
transformar en una praxis política. Los representantes de aquel público
“proceso de argumentación” son – lo sabemos – prevalentemente los partidos como
responsables de la formación de la voluntad política. De hecho, ellos tendrán
sin falta en la mira sobre todo obtener mayorías y con ello cuidarán casi
inevitablemente intereses que prometen satisfacer; pero tales intereses son
frecuentemente particulares y no sirven verdaderamente al conjunto. La
sensibilidad por la verdad siempre de nuevo viene derrotada por la sensibilidad
por los intereses. Encuentro significativo el hecho que Habermas hable de la
sensibilidad por la verdad como de un elemento necesario en el proceso de
argumentación política, reinsertando así el concepto de verdad en el debate
filosófico y político.
Pero entonces se vuelve inevitable la pregunta de Pilato: 'Qué cosa es la
verdad? 'Y cómo se le reconoce?
Si por esto se remite a la “razón pública”, como hace John Rawls, se sigue
necesariamente la pregunta: 'Qué cosa es razonable?
'Cómo una razón se demuestra verdadera razón? En todo
caso, en base a ello se hace evidente que, en la búsqueda del derecho a la
libertad, a la verdad, a la justa convivencia deben ser escuchadas instancias
diferentes respecto a los partidos y grupos de interés, sin que con ello se
quiera negar su importancia en lo más mínimo.
Regresamos así a la estructura de la universidad medieval. Junto a la facultad
de jurisprudencia estaban las de filosofía y de teología, a las que estaba
confiada la búsqueda del ser humano en su totalidad y la tarea de mantener
despierta la sensibilidad por la verdad.
Se podría decir sin duda que este es el sentido permanente y verdadero de ambas
facultades: ser custodios de la sensibilidad por la verdad, no permitir que se
distraiga al hombre de la búsqueda de la verdad. 'Pero cómo pueden ellas
responder a esta tarea? Esta es una pregunta para la
cual de nuevo es necesario siempre esforzarse y que nunca es propuesta y
resuelta de modo definitivo. Así, en este momento, ni siquiera yo puedo ofrecer
propiamente una respuesta, sino más bien una invitación a seguir en camino con
esta pregunta – en camino con los grandes que a lo largo de toda la historia
han luchado y buscado, con sus respuestas y con sus inquietudes por la verdad,
que remite continuamente más allá de toda respuesta aislada.
Teología y filosofía forman en ello una peculiar pareja de gemelos, en la cual
ninguna de las dos puede ser separada totalmente de la otra, y sin embargo,
cada una debe conservar la propia tarea y la propia identidad:
Es mérito histórico de santo Tomás de Aquino – frente a la diferente respuesta
de los Padres a causa de su contexto histórico – el haber puesto en evidencia
la autonomía de la filosofía y con ella el derecho y la responsabilidad propias
de la razón que se interroga en base a sus fuerzas.
Diferenciándose de las filosofías napoleónicas, en las que religión y filosofía
estaban inseparablemente enlazadas, los Padres habían presentado la fe
cristiana como la verdadera filosofía, subrayando también que esta fe
corresponde a las exigencias de la razón en busca de la verdad; que la fe es el
“sí” a la verdad, respecto a las religiones míticas convertidas en simple
hábito. Pero después, al momento del nacimiento de las universidades, en
Occidente no existían más aquellas religiones, sino sólo el cristianismo, y así
era necesario subrayar de manera nueva la responsabilidad propia de la razón,
que no es absorbida por la fe.
Tomás se encontró actuando en un momento privilegiado: por primera vez los
escritos filosóficos de Aristóteles eran accesibles en su integridad: estaban
presentes las filosofías judía y árabe, como específicas apropiaciones y
prosecuciones de la filosofía griega. Así el cristianismo, en un nuevo diálogo
con al razón de los otros, que venia encontrando, debió luchar por la propia
racionalidad. La facultad de filosofía que, conocida como “facultad de los
artistas”, hasta aquel momento había sido sólo propedéutica a la teología, se
volvió entonces una facultad auténtica, un colega autónomo de la teología y de
la fe reflejada en ella.
No podemos detenernos aquí en el cautivador debate que de ello derivó. Diría
que la idea de santo Tomás acerca de la relación entre filosofía y teología
podría ser expresada en la formula que se encuentra en el Concilio de
Calcedonia para la cristología: filosofía y teología deben relacionarse entre
sí “sin confusión y sin separación”
“Sin confusión” quiere decir que cada una debe conservar su identidad propia.
La filosofía debe ser verdaderamente una búsqueda de la razón en su propia
libertad y responsabilidad; debe ver sus límites y así como su grandeza y
amplitud. La teología debe seguir buscando en el tesoro de conocimientos que
ella no ha inventado, que siempre la supera y que al no agotarse nunca mediante
la reflexión, pone siempre de nuevo en marcha el pensamiento".
Junto al “sin confusión” está también el “sin separación”. La filosofía no
vuelve a comenzar cada vez desde el punto cero del sujeto pensante de forma
aislada, sino que se inserta en el gran diálogo de la sabiduría histórica, que
ella crítica y dócilmente una y otra vez acoge y desarrolla. Pero no debe
tampoco cerrarse a aquello que las religiones y en particular la fe cristiana
han recibido y dado a la humanidad como indicación del camino.
Muchas de las cosas dichas por teólogos en el curso de la historia o también
traducidas en la práctica por las autoridades eclesiales han sido demostradas
falsas por la historia y hoy nos confunden. Pero al mismo tiempo es verdad que
la historia de los santos, la historia del humanismo crecido sobre la base de
la fe cristiana demuestra la verdad de esta fe en su núcleo esencial,
haciéndola con ello también una instancia para la razón pública. Cierto, mucho
de lo que dicen la teología y la fe puede ser hecho propio solamente dentro de
la fe y por tanto no puede presentarse como exigencia para aquellos a los
cuales esta fe queda como algo inaccesible. Pero es verdad que al mismo tiempo
que el mensaje de la fe cristiana nunca es solamente una “comprehensive
religious doctine” en el sentido de Rawls, sino una fuerza de purificación para
la razón misma, que ayuda a ser más uno mismo. El mensaje cristiano, en base a su
origen, debería ser siempre una estimulo hacia la verdad y, de este modo, una
fuerza contra la presión del poder y de los intereses.
Pues, hasta ahora sólo he hablado de la universidad medieval, buscando sin
embargo dejar transparentar la naturaleza permanente de la universidad y de su
tarea. En los tiempos modernos se han abierto nuevas dimensiones del saber, que
en la universidad son valorizados sobre todo en dos grandes ámbitos: ante todo
en las ciencias naturales que se han desarrollado sobre la base de la conexión
de experimentación y de prosupuesta racionalidad de la materia; en segundo
lugar, en las ciencias históricas y humanas, en las que el hombre, escrutando
el espejo de su historia y aclarando las dimensiones de su naturaleza, trata de
comprenderse mejor a sí mismo.
En este desarrollo se ha abierto a la humanidad no sólo una medida inmensa de
saber y de poder. Ha crecido también el conocimiento y el reconocimiento de los
derechos y de la dignidad del hombre, y de esto solamente podemos estar agradecidos.
Pero jamás se puede decir que el camino del hombre está completo y que el
peligro de caer en la deshumanización ha cesado completamente, como lo vemos en
el panorama de la historia actual. El peligro actual del mundo occidental –
para hablar sólo de esto – es que el hombre, precisamente en virtud de la
grandeza de su saber y su poder, se rinda ante la cuestión de la verdad. Lo que
significa al mismo tiempo que la razón, al final, se doblega frente a la
presión de los intereses y a los atractivos de la utilidad, obligada a
reconocerla como criterio último.
Dicho desde el punto de vista de la estructura de la universidad: existe el
peligro de que la filosofía, no sintiéndose más capaz de su verdadera tarea, se
degrade en positivismo; que la teología, con su mensaje dirigido a la razón,
sea confinada en la esfera privada de un grupo más o menos grande. Pero si la
razón – estimulada por su presunta pureza – se vuelve sorda al gran mensaje que
viene de la fe cristiana y de su sabiduría, se seca como un árbol cuyas raíces
no alcanzan más las aguas que le dan vida. Pierde el aliento por la verdad y
así ya no se hace grande sino pequeña.
Aplicado a nuestra cultura europea ello significa: si ella quiere sólo
auto-construirse en base al círculo de las propias argumentaciones y a lo que
de momento la convence y – preocupada por su laicidad – se separa de las raíces
de las cuales vive, entonces no llega a ser más razonable y más pura, sino que
se descompone y se hace añicos.
Con esto regreso al punto de partida. 'Qué cosa tiene que hacer o decir el Papa
en la universidad? Seguramente no debe buscar imponer
a otros en modo autoritario la fe, que puede ser sólo donada en libertad. Más
allá de su ministerio de pastor en la Iglesia y según la naturaleza intrínseca
de este ministerio pastoral, su misión es mantener despierta la sensibilidad
por la verdad; invitar siempre de nuevo a la razón a ponerse en búsqueda de lo
verdadero, del bien, de Dios y, en este camino, invitarla a percibir las luces
útiles surgidas a lo largo de la historia de la fe cristiana, y a percibir así
a Jesucristo como la Luz que ilumina la historia y ayuda a encontrar la vía
hacia el futuro.