Mi debate con el Papa (por
Jacob Neusner)
En el Medioevo los rabinos fueron forzados a trabarse en disputas con
sacerdotes en la presencia de reyes y cardenales, acerca de cuál era la
verdadera religión, el judaísmo o el cristianismo. El resultado estaba predeterminado.
Los cristianos ganaron; ellos tenían las espadas.
Pero en los años que siguieron a la Segunda
Guerra Mundial, las disputas dieron paso a la convicción de que las dos
religiones decían la misma cosa y las diferencias entre ambas se desechaban
como asuntos de poca importancia. Ahora, en cambio, ha comenzado un nuevo tipo
de controversia en la cual la verdad de las dos religiones está sometida a
debate. Ello marca el retorno a las viejas disputas, marcadas con la fuerte
importancia dada a la verdad religiosa y con la disposición a hacer preguntas
difíciles y a esforzarse por hallar las respuestas.
Mi libro, “A Rabbi Talks with Jesus” – Un rabino habla con Jesús – fue un
ejercicio contemporáneo de esas disputas y ahora, en el 2007, el Papa en su
nuevo libro “Jesús de Nazaret” ha recogido el reto punto por punto. Imaginen mi
asombro cuando me dijeron que una respuesta cristiana estaba expuesta en su
totalidad en la réplica que el Papa Benedicto XVI hacía a “Un rabino habla con
Jesús” en el capítulo cuatro de su libro “Jesús de Nazaret”.
¿Los Papas involucrados en diálogos teológicos judío-cristianos? En los tiempos
antiguos y medievales las disputas referentes a proposiciones de verdad
religiosa definían la finalidad del diálogo entre las religiones,
particularmente judaísmo y cristianismo. El judaísmo arguyó vigorosamente,
reuniendo argumentos rigurosos construidos sobre hechos de la Escritura común a
ambas partes en debate. Narrativas imaginarias, como “Kuzari” de Judah Halevi,
construyeron un diálogo entre judaísmo, cristianismo e islam, un diálogo
conducido por un rey que buscó la verdadera religión para su reino. El judaísmo
ganó la discusión ante el rey de los Khazars, al menos según lo formula Judah
Halevi. Pero el cristianismo no menos agresivo buscó aliados en el debate,
confiado en el resultado de la confrontación. Tales debates atestiguan a favor
de la fe común de ambas partes en la integridad de la razón y en los hechos de
las Escrituras que comparten.
La controversia se salió de las formas cuando las religiones perdieron la
confianza en el poder de la razón para establecer la verdad teológica.
Entonces, como en “Nathan the Wise” de Lessing, se hizo afirmar a las
religiones una verdad común, y las diferencias entre las religiones eran desestimadas
como triviales y no importantes. Un presidente americano dijo: “No importa lo
que creas mientras seas un buen hombre”. Entonces los debates entre las
religiones perdieron su urgencia. La herencia del Iluminismo con su
indiferencia por la pretensión de verdad de las religiones impulsó la
tolerancia religiosa y el respeto recíproco en lugar del debate religioso y la
pretensión de conocer a Dios. Las religiones aparecían como obstáculos para el
buen orden de la sociedad.
En los dos últimos siglos el diálogo judío-cristiano sirvió como medio para una
política de conciliación social, no para la investigación religiosa de las
convicciones del otro. La negociación sustituyó al debate y se pensó que la
pretensión de verdad en nombre de la propia religión violaba las reglas de
buena conducta.
En cambio, en “Un rabino habla con Jesús” tomé en serio la afirmación de Jesús
según la cual la Tora se cumplía en Él y sopesé esta afirmación con las
enseñanzas de otros rabinos, en un tipo de coloquio entre maestros de la Tora.
Y explico, de una manera lúcida y en absoluto apologética, por qué – si hubiese
vivido en la Tierra de Israel del primer siglo y hubiese estado presente en el
Discurso de la Montaña – no me habría unido al círculo de los discípulos de
Jesús. Estoy seguro de que hubiera disentido – espero que de manera cortés –
con sólida razón, argumentos y hechos.
Si hubiera escuchado lo que dijo en el Sermón de la Montaña, por buenas y
sustanciales razones no me hubiera vuelto uno de sus discípulos. Eso es difícil
de imaginar, pues es difícil pensar en palabras más profundamente grabadas en
nuestra civilización y sus más hondas afirmaciones que en las enseñanzas del
Sermón de la Montaña y otros pronunciamientos de Jesús. Pero, también es
difícil imaginar escuchar esas palabras por primera vez, como algo sorprendente
y exigente y no como meros clichés de la cultura. Eso es precisamente lo que me
propongo hacer en mi conversación con Jesús: escuchar y argumentar. Escuchar
las enseñanzas religiosas como si fuera la primera vez y responder a ellas con
sorpresa y asombro: he ahí la recompensa del debate religioso en nuestros días.
Escribí mi libro para dar un poco de luz al porqué, mientras los cristianos
creen en Jesucristo y la buena nueva de sus enseñanzas sobre el Reino de los
Cielos, los judíos creen en la Tora de Moisés y forman
en la tierra y en su propia carne el Reino de Dios de sacerdotes y pueblo
santo. Y esa creencia requiere de judíos con fe que discrepen de las enseñanzas
de Jesús, basados en que esas enseñanzas en puntos importantes contradicen la
Tora.
Donde Jesús se desvía de la revelación de Dios a Moisés en el Monte Sinaí, o
sea la Tora, está equivocado y Moisés tiene razón. Al sentar las bases para
este disenso no apologético, quiero alentar el diálogo religioso entre los
creyentes, cristianos y judíos por igual. Por mucho tiempo, los judíos
ensalzaron a Jesús como rabino, un judío como nosotros, verdaderamente; pero
para los cristianos que tienen fe en Jesucristo esa afirmación es irrelevante.
Y por su parte, los cristianos han ensalzado el judaísmo como la religión de la
que Jesús vino, lo que difícilmente para nosotros será un cumplido.
Hemos evitado poner al descubierto los puntos de sustancial diferencia entre
nosotros, no sólo en respuesta a la persona y afirmaciones de Jesús, sino
especialmente, en relación a sus enseñanzas.
Él afirma reformar y mejorar: “Se os ha dicho… pero yo os digo…” Nosotros
mantenemos, y yo argumento en mi libro, que la Tora era y es perfecta, sin
necesidad de mejoras; y que el judaísmo fue construido sobre la Tora y los
profetas y los escritos, las partes originalmente orales de la Tora escritas en
la Mishná, el Talmud y el Midrash – ese judaísmo, era y sigue siendo la
voluntad de Dios para la humanidad.
En base a ese criterio, propongo plantear una discrepancia judía en algunos
puntos importantes de las enseñanzas de Jesús. Es un acto de respeto hacia los
cristianos y de honor para su fe. Ya que sólo podemos discutir si nos tomamos
recíprocamente en serio. Sólo podemos dialogar si nos honramos a nosotros
mismos y al otro. En mi debate imaginario trato a Jesús con respeto, pero es
también mi intención discutir con Él sobre las cosas que dice.
¿Qué cosa está en juego aquí? Si tengo éxito al crear un retrato vívido del
debate, los cristianos verán las decisiones que hizo Jesús y encontrarán una
renovación para su fe en Jesucristo, pero también respecto al judaísmo. Quiero
resaltar las decisiones que el judaísmo y el cristianismo enfrentan en las
Escrituras que tienen en común. Los cristianos comprenderán el cristianismo
cuando reconozcan las decisiones que han tomado, y lo mismo para los judíos con
el judaísmo.
Quiero explicar a los cristianos por qué yo creo en el judaísmo, y eso debe
ayudarlos a ellos a identificar las convicciones fundamentales que los traen a
la iglesia todos los domingos. Los judíos fortalecerán su compromiso con la
Tora de Moisés, pero también su respeto al cristianismo. Quiero que los judíos
entiendan por qué el judaísmo requiere de asentimiento, “el Todo Misericordioso
busca el corazón”, “la Tora fue dada solamente para purificar el corazón del
hombre”. Ambos, judíos y cristianos deben encontrar en “Un rabino habla con
Jesús” las razones a afirmar, porque cada parte encontrará allí los puntos importantes
sobre los que reposan las diferencias entre judaísmo y cristianismo.
¿Qué me hace sentir tan seguro del resultado? Que yo creo que cuando ambos
lados entienden de la misma manera el asunto que los divide, y ambos con
sólidas razones afirman sus respectivas verdades, entonces todos podrán amar y
rendir culto a Dios en paz – sabiendo que es el único y el mismo Dios a quien
juntos sirven – con sus diferencias. Entonces, es un libro religioso acerca de
una diferencia religiosa: una discusión sobre Dios.
Cuando mi editor me pidió sugerencias de colegas a quienes solicitar que
recomendaran el libro, sugerí al Rabino Jefe Jonathan Sacks y al cardenal
Joseph Ratzinger. El Rabino Sacks me había impresionado desde hacía mucho por
su astuto y bien articulado modo de escribir sobre temas de teología, siendo el
mejor apologista contemporáneo del judaísmo. He admirado los escritos del
cardenal Ratzinger sobre el Jesús histórico y le escribí para hacérselo saber.
Él me respondió e intercambiamos escritos y libros. Su buena disposición para
discutir sobre la cuestión de la verdad, no sólo de políticas y doctrina, me
impresionó como valiente y constructiva.
Pero ahora Su Santidad ha dado un paso más adelante y ha respondido a mi
crítica en un creativo ejercicio de exégesis y teología. En su “Jesús de
Nazaret” el debate judío-cristiano entra en una nueva era. Somos capaces de
encontrarnos unos a otros en un prometedor ejercicio de razón y crítica. Los
retos del Sinaí nos conducen conjuntamente hacia la renovación de una tradición
de 2000 años de antigüedad de debates religiosos al servicio de la verdad de
Dios.
Alguien alguna vez me llamó la persona más contenciosa que jamás había
conocido. Ahora he encontrado mi contrincante. El Papa Benedicto XVI es otro
buscador de la verdad