LAS
RAÍCES BÍBLICAS DEL JUBILEO
Santiago Guijarro Oporto [Publicado
originalmente en Pliego Vida Nueva (14 Diciembre 1999)]
El día uno de Enero del año 1300, un predicador
anónimo pronunció en la basílica de San Pedro un sermón que había de tener un
gran influjo en la historia la Iglesia hasta nuestros días. En lugar de hablar
sobre la octava de Navidad, que era y sigue siendo la fiesta que la Iglesia
celebra en ese día, habló "sobre el centenario y el jubileo". Este
sermón dio origen al primer jubileo del que tenemos noticia.
En últimos días del año precedente se había difundido
un rumor: aquellos que visitaran la basílica de San Pedro en el año del
centenario obtendrían una plenísima remisión de los pecados. El sermón de aquel
anónimo predicador confirmó este rumor, y provocó una gran afluencia de
peregrinos en la misma tarde de aquel uno de Enero, a los que se sumaron en los
días siguientes otros venidos de más lejos. Después de discutir el tema en un
consistorio de cardenales y de investigar en los archivos, el papa promulgó una
bula el día 22 de Febrero, fiesta de la cátedra de San Pedro, decretando la
celebración de un año jubilar.
Según el testimonio de los cronistas de la época, la
afluencia de peregrinos fue espectacular, y esto contribuyó a consolidar la
celebración del jubileo. La peregrinación a Roma, para orar en las basílicas
que conservan los restos de los apóstoles ha sido un ingrediente constante de
los años santos que se han celebrado a lo largo de la historia. Pero esta
peregrinación se entendía como un camino de conversión, de vuelta a Dios, que
culminaba con la remisión de los pecados concedida con motivo del año santo.
Desde sus mismos comienzos
la celebración de estos años santos se ha relacionado con la institución
bíblica del Jubileo. El mismo nombre de "año jubilar", y el hecho de
que la mayoría de ellos se hayan celebrado con un intervalo de cincuenta años,
que es el periodo de tiempo señalado en la ley bíblica del Jubileo, indican que
esta institución ha sido un punto de referencia constante.
(Así lo reconoce la carta
apostólica Tertio Millenio Adveniente, con la que el papa Juan Pablo II convocó
a toda la Iglesia a celebrar un nuevo año santo, cuando afirma que la
celebración de los jubileos del Antiguo Testamento se continúa en la historia
de la Iglesia (TMA 11). Esto significa que el año Jubilar del Cristo del Buen
Acierto debe inspirarse en la tradición bíblica del Jubileo, y por eso resulta
especialmente interesante conocer sus raíces, comenzando por el significado que
esta institución tenía en el antiguo Israel.
EL AÑO SABÁTICO Y EL AÑO
JUBILAR
Jubileo
procede del término latino iubilaeus, que a su vez viene de iubilum, que
significa gozo, alegría desbordante.
El iubilaeus es, por tanto, un acontecimiento gozoso. Esta palabra latina fue
utilizada por San Jerónimo para traducir un término hebreo, que se pronunciaba
de forma muy parecida, pero que tenía un significado muy diferente. La palabra
en cuestión es yobel. El yobel era
el cuerno de carnero que se hacía sonar
al comienzo de ciertas fiestas, y muy especialmente al comienzo del año jubilar,
hasta el punto de que este año acabó llamándose así por su relación con el
instrumento que anunciaba su comienzo. A San Jerónimo debió parecerle que esta
celebración era verdaderamente un motivo de alegría y por ello no dudó en
traducir tan libremente aquel término hebreo, que además tenía la ventaja de
reproducir bastante fielmente el sonido del término original. Así pues, de
yobel se pasó a iubiulaeus, de donde viene nuestra palabra jubileo.
Los antiguos israelitas
poseían dos leyes que están en el
origen de la institución del Jubileo: la del año sabático y la del año jubilar.
Aunque existen diferencias
notables entre ellas, el espíritu de ambas leyes es básicamente el mismo.
Según el relato de la
creación que encontramos al comienzo del libro del Génesis, Dios creó el mundo
en seis días y el séptimo día descansó. Desde entonces, el hombre debe imitar a
Dios, guardando un día de descanso cada siete días.
La intención de este relato es promover la celebración
del sábado, y por ello en el decálogo se invita a todos a observarlo con estas
palabras: "Acuérdate del sábado para santificarlo. Durante seis días
trabajarás y harás todas tus faenas. Pero el séptimo es día de descanso en
honor del Señor tu Dios. No harás en él trabajo alguno, ni tú, ni tus hijos, ni
tus siervos, ni tu ganado, ni el forastero que reside contigo. Porque en seis
días hizo el Señor el cielo y la tierra, el mar y todo lo que contienen, y el
séptimo día descansó. Por ello bendijo el Señor el día del sábado y lo declaró
santo" (Ex 20,8-11).
El sábado permitía al ser
humano reponer fuerzas, hacerse consciente de su vida sobre la tierra y
celebrar la vida. El Hombre es mas que su obra. Así,
el descanso no es para “no hacer nada”, sino para santificar lo realizado. No
existe el mero aspecto lúdico y festivo para el Cristiano,
sino es bajo la inspiración de Dios. De lo contrario sería una identidad
pagana.
El "año sabático" se celebraba cada siete años. En él los
israelitas recuperaban sus propiedades, liberaban a los esclavos hebreos y
dejaban descansar la tierra.
El “año jubilar"
se celebraba al cumplirse siete semanas de años, (7.7=49)y
en él no sólo se dejaba descansar la tierra y se liberaba a los esclavos, sino
que los israelitas recuperaban la propiedad vendida, especialmente las tierras.
Las leyes sobre el año
sabático y sobre el año jubilar se encuentran en tres códigos legales, que
fueron compuestos en épocas diversas.
El más antiguo forma parte del libro del Éxodo, y es
conocido con el nombre de "Código de la Alianza" (Ex 20,22-23,19).
Las leyes contenidas en este código proceden, probablemente, de los comienzos
de la época monárquica (siglo IX a. C.). El segundo, que es mucho más extenso,
constituye la parte central y más antigua del libro del Deuteronomio. Por esta
razón se le conoce con el nombre de "Código Deuteronómico" (Dt
12-25). Este código suele datarse hacia finales del siglo VII a. C, un momento
de profunda renovación religiosa y social en el reino de Judá.
Finalmente, la llamada "Ley de Santidad",
que se encuentra en el libro del Levítico (Lv 17-26), fue compuesta hacia
mediados en la época del exilio
babilónico (siglo VI a. C.), o inmediatamente después de este acontecimiento. Es en este último código donde encontramos
la ley sobre el año jubilar.
Estos tres códigos legales
están relacionados entre sí, y los más tardíos a veces reelaboran leyes que se
encuentran en los anteriores. Esto significa que las leyes contenidas en ellos
eran leyes vivas, que se fueron adaptando
a nuevas circunstancias.
El común denominador de todas ellas es su carácter
social. Aunque la motivación es casi siempre religiosa, las consecuencias
apuntan siempre hacia una distribución más justa de la riqueza y hacia la
libertad como valor supremo. A nosotros nos interesa descubrir la semilla de
justicia y libertad que encierran, y para ello es necesario que las situemos en
el contexto en que surgieron, y que no perdamos de vista que se trata de una
legislación nacida en una cultura agraria de hace más de dos mil quinientos
años.
En Noviembre de 1994 el Papa dirigió a toda la
Iglesia una carta apostólica que comienza con las palabras Tertio Millenio
Adveniente (Al acercarse el tercer milenio). El principal objetivo de esta
carta era promover la preparación del próximo año santo. En ella, el Papa no
sólo proponía el itinerario que para ello debía seguirse en los tres años
precedentes, sino que explicaba el motivo y el sentido del año jubilar. En el
capítulo dedicado a explicar el sentido del "Jubileo del año 2000"
el Papa se remite constantemente al jubileo bíblico como marco y punto de
referencia de dicha explicación. Las referencias al jubileo bíblico se encuentran,
sobre todo en los números 11-15, que constituyen el núcleo de dicho capítulo.
En ellos se explica cómo la celebración de los jubileos, "que comenzó en
el Antiguo Testamento y continúa en la historia de la Iglesia", adquirió
su significado más pleno en la vida y en la predicación de Jesús. Su
intervención en la sinagoga de Nazaret proclamando que en Él se había
cumplido la profecía en que Isaías anunciaba la llegada de un "año de
gracia del Señor" (Lc 4,16-30) es la clave para entender en profundidad
el sentido que el jubileo tenía en Israel. Este ideal, que no siempre se
llevó a la práctica, constituye, sin embargo, una profecía que ha inspirado
la doctrina social de la Iglesia, sobre todo en éste último siglo. |
LA LEY SOBRE EL JUBILEO
La ley sobre el año jubilar, que se encuentra en Lv
25, recoge en cierto modo los elementos más importantes de las leyes contenidas
en los otros códigos. A partir de ella iremos señalando la evolución que se ha
dado en los diversos aspectos que caracterizaban al jubileo.
La celebración del año jubilar se hace coincidir con
el "Día de la expiación", una fiesta litúrgica en la que Dios
otorgaba su perdón al pueblo (Lv 25,8-9). Después de una declaración de
intenciones, se enuncia la ley básica, que dice así:
"En el año jubilar cada uno recobrará sus propiedades" (Lv
25,13). Esta ley básica se aplica sobre todo a las tierras vendidas, pero vale
también para cualquier otro tipo de propiedad.
En la normativa se
contemplan tres situaciones, que señalan las etapas de un progresivo
empobrecimiento:
a) la de aquellos que han
tenido que vender sus tierras; b) la de quienes se han empobrecido a causa de
los préstamos; y c) la de aquellos que han tenido que venderse como esclavos.
La devolución de la tierra
La tierra ocupa un lugar
privilegiado en la ley sobre el jubileo. En el "Código Deuteronómico" se prescribía el
perdón de las deudas cada siete años
(Dt 15,1-6), pero este perdón no afectaba a la propiedad de la tierra, de modo
que si alguien había perdido sus tierras no las recuperaba. Existía una ley que
obligaba al pariente más próximo a "rescatar" las tierras de quienes
se veían obligados a venderlas. De este modo las tierras no salían del grupo de
parentesco, pero tendían a acumularse en la familia más rica del clan.
La ley del jubileo establece una norma revolucionaria: en el año jubilar cada familia recupera su propiedad
ancestral, y con ella la posibilidad de comenzar de nuevo (Lv 25,25-28).
En una sociedad agraria la
posesión de la tierra era algo muy importante. Quien la posee es la familia, y
puede decirse que no hay verdadera familia sin tierras. La tierra era la
posesión más codiciada, porque es el principal medio de producción, y también
porque confiere honor. La tierra era imprescindible para que una familia
pudiera subsistir, y para que pudiera tener un lugar en la vida social. Por eso
era tan importante recuperarla, evitando que se acumulara en unas pocas
familias.
Es interesante observar
cómo se justifica esta redistribución de la tierra, que vale para cualquier
otra propiedad:
"Las tierras no se podrán
vender a perpetuidad y sin limitación, porque la tierra es mía y vosotros sois
emigrantes y huéspedes en mi propiedad. Por tanto, en todo el territorio que
ocupáis, mantendréis la posibilidad de rescatar las tierras." (Lv
25,23-24). En contra de lo que se
pensaba entonces, el propietario último de la tierra no es el Rey o el
terrateniente, sino el mismo Dios, y era Él quien garantizaba su redistribución
periódica. Los israelitas poseen la tierra en usufructo, no en propiedad.
El perdón de las deudas
El perdón de las deudas es
el tema central del "Código Deuteronómico". El enunciado básico de la
ley es este: "Cada siete años perdonarás las deudas. Este perdón
consistirá en lo siguiente: todo acreedor perdonará a su prójimo lo que le haya
prestado; dejará de reclamárselo a su prójimo o a su hermano, porque ha sido
proclamada la remisión en honor del Señor" (Dt 15,1-2). El objetivo de
esta norma era favorecer a los más necesitados y erradicar la pobreza:
"Así no habrá pobres entre los tuyos, pues el Señor te bendecirá
generosamente en la tierra que el Señor tu Dios te va a dar en herencia para
que la poseas" (Dt 15,4). Y aunque esto no sea posible, los israelitas
deben hacer todo lo posible por favorecer a los indigentes: "Nunca
faltarán pobres en la tierra. Por eso te ordeno: Sé generoso con tu hermano,
con el indigente y con el pobre de tu tierra" (Dt 15,11).
Lo mismo que en la ley
anterior, la norma vale para los israelitas, no para los extranjeros. Es una norma de solidaridad nacional.
La liberación de los
esclavos
La ley más antigua sobre la
liberación de los esclavos se encuentra en el "Código de la Alianza"
(Ex 21,2-7) y dice así: "Si compras un esclavo hebreo, te servirá durante
seis años, pero el séptimo quedará libre sin pagar nada. Si vino solo, solo
saldrá; si estaba casado, su mujer saldrá con él. Si fue su amo el que le dio
mujer, y tuvo de ella hijos, la mujer y los hijos pertenecen a su amo; sólo él
quedará libre" (Ex 21,2-4). Después se regulan dos casos particulares: el
del esclavo que prefiere quedarse en casa de su amo (Ex 21,5-6), y el de la
hija que ha sido vendida como esclava (Ex 21,7-11).
Lo que más nos llama la
atención en esta ley a es la existencia misma de la esclavitud. Y sin embargo,
entonces era algo muy normal. La causa más común por la que un hombre se vendía
a sí mismo con toda su familia, o a alguno de sus miembros como esclavos, eran
las deudas. Era frecuente que los campesinos pidieran una deuda para comprar
semilla, o para poder comer hasta que llegase la cosecha, y bastaba cualquier
contratiempo para que se vieran obligados a vender la tierra e incluso a sí
mismos para pagar la deuda contraída.
La recuperación de la libertad al cabo de siete años
era una forma de solidaridad entre los miembros del pueblo de Israel, pero no
es extraño que muchos optaran por seguir en la casa de sus amos, pues la
libertad sin medios les conducía a otras formas de esclavitud. Tal vez por esta
razón, la normativa sobre los esclavos en el "Código Deuteronómico"
recomienda que, junto con la libertad, el amo les entregue algunos medios de
subsistencia: "Cuando lo dejes libre no lo dejarás marchar con las manos
vacías, sino que le darás generosamente dones de tu ganado, de tu era o de tu
lagar; le darás de los bienes con que el Señor tu Dios te haya bendecido."
(Dt 15,13-14). Y se añade una motivación religiosa, que fundamente dicha
libertad: "Recuerda que fuiste esclavo en Egipto y que el Señor tu Dios te
rescató" (Dt 15,15).
En la ley sobre el año jubilar se da un paso más: "Si un hermano tuyo se empobrece y se vende a
ti... estará a tu servicio hasta el año jubilar. Entonces saldrá libre de tu
casa él y sus hijos. Volverá a su familia y
recobrará de nuevo la propiedad de sus padres, porque son siervos míos; yo
los saqué de Egipto, y no deben ser vendidos como esclavos. No lo tratarás con
dureza, sino que temerás a tu Dios" (Lv 25,39-43). La verdadera libertad supone recobrar la tierra del cultivo, la
"propiedad de sus padres".
Una libertad sin autonomía económica no es tal, y por
eso en el año jubilar, junto con la libertad, deben recuperarse las tierras.
EL "AÑO DE
GRACIA" DEL SEÑOR
El pasaje en que aparece
más claramente la relación entre el proyecto de Jesús y el "año de gracia
del Señor" anunciado por ellos es la presentación de Jesús en la sinagoga
de Nazaret (Lc 4,16-30).
La escena es conocida.
Jesús va a Nazaret y un sábado asiste a la reunión sinagoga. En ella le piden
que lea un pasaje del profeta Isaías, y después de hacerlo añade un comentario
breve, que desencadena en sus oyentes diversas reacciones. El pasaje que ahora
nos interesa recordar es este:
"Le entregaron el libro del profeta Isaías y, al
desenrollarlo, encontró el pasaje donde está escrito:
El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha
ungido para anunciar la buena noticia a los pobres; me ha enviado a proclamar
la liberación a los cautivos y dar vista a los ciegos, a libertar a los
oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor. Después enrolló el libro,
se lo dio al ayudante y se sentó. Todos los que estaban en la sinagoga tenían
sus ojos clavados en él. Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido ante vosotros
el pasaje de la Escritura que acabáis de escuchar" (Lc 4,17-21).
Al colocar al comienzo de
la actividad de Jesús este episodio Lucas ha querido ofrecer a sus lectores una
clave importante para entender la actividad de Jesús narrada en su evangelio, y
también la vida de las primeras comunidades cristianas que cuenta en el libro
de los Hechos de los Apóstoles. El proyecto de Jesús, que se despliega en ambos
libros es, en última instancia, la realización plena del "año de gracia
del Señor", que es buena noticia para los pobres, y trae la liberación y
el perdón para todos. Lucas invita a sus lectores a que contemplen la
actuación de Jesús y de los primeros cristianos en clave de jubileo.
EL JUBILEO PROCLAMADO Y
REALIZADO POR JESÚS
Esta forma de contemplar el
proyecto de Jesús no fue una invención de Lucas. Lo que él hizo fue explicitar
algo que encontramos en otras tradiciones sobre Jesús. En ellas encontramos
diversos indicios de que el mismo Jesús entendió su actuación como el
cumplimiento del año de gracia para los pobres, que había anunciado Isaías.:
"Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos
andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a
los pobres se les anuncia la buena noticia; y dichoso el que no encuentre en mí
motivo de tropiezo" (Lc 7,22-23; Mt 11,4-6).
Las bienaventuranzas
revelan esta buena noticia anunciada a los pobres.: "Dichosos los pobres,
porque vuestro es el reino de Dios. Dichosos los que ahora tenéis hambre,
porque Dios os saciará. Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis"
(Lc 6,20-21).
Jesús comparó varias veces este Reinado de Dios a un banquete, al que
están invitados, sobre todo, aquellos que no pueden devolver la invitación:
"Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, hermanos,
parientes o vecinos ricos; no sea que ellos a su vez te inviten a ti, y con
ello quedes ya pagado. Más bien, cuando des un banquete, invita a los pobres, a
los lisiados y a los ciegos. ¡Dichoso tú si no pueden pagarte! Recibirás tu
recompensa cuando los justos resuciten" (Lc 14,12-14).
Hay otras palabras de Jesús
que evocan el espíritu del jubileo. Son aquellas que hablan del perdón de las
deudas, o de prestar sin esperar nada a cambio. Estas palabras pertenecen a los más genuino de su predicación. El perdón de las deudas
aparece en el Padrenuestro y en la parábola del siervo despiadado (Mt 18,23-35).: "Siervo malvado, yo te perdoné aquella deuda
entera, porque me lo suplicaste. ¿No debías haber tenido compasión de tu
compañero, como yo la tuve de ti?" (Mt 18,32-33).
El Padrenuestro, es una
oración impregnada profundamente del espíritu jubilar.
El perdón de las deudas está relacionado con el perdón
de los pecados.
A la mujer "pecadora" que lava los pies a
Jesús en casa de Simón, lo mismo que al paralítico, a quien sus amigos y
parientes descuelgan desde el techo, Jesús les dice: "Tus pecados han sido
perdonados" (Lc 7,48; Mc 2,5). La consecuencia de este perdón conduce es
la reintegración social, de modo que no sólo las palabras de Jesús, sino
también su actuación, participa del espíritu del jubileo. Si leemos el
evangelio desde esta perspectiva, descubriremos que Jesús se relaciona constantemente
con personas marginadas, y que el encuentro con él les trae la liberación.
Las comidas de Jesús con
los pecadores y sus exorcismos son dos comportamientos muy representativos de
su actividad, en los que aparece este proyecto liberador de Jesús.
COMUNIÓN Y SOLIDARIDAD
ENTRE LOS PRIMEROS CRISTIANOS
El espíritu del jubileo
anunciado y realizado por Jesús siguió vivo después de su muerte, cuando sus
discípulos trataron de continuar el proyecto iniciado por él.
Hay dos experiencias de las
primeras comunidades cristianas en las que podemos entrever este espíritu: la
comunión de bienes practicada por la iglesia de Jerusalén, y la colecta que
Pablo organizó a favor de dicha iglesia. Se trata de dos experiencias de
comunión -una entre los miembros de la misma comunidad, y otra entre diversas
comunidades- cuyo objetivo era repartir las propiedades, para que nadie pasara
necesidad.
El libro de los Hechos, tal
vez con una visión idealizada de aquellos comienzos, resume así la experiencia
de la comunidad de Jerusalén: "no había entre ellos necesitados, porque
todos los que tenían hacienda o casas las vendían, llevaban el precio de lo
vendido, lo ponían a los pies de los apóstoles, y se repartía a cada uno según
su necesidad (Hch 4,34-35).
CELEBRAR EL JUBILEO HOY
Hemos querido adentrarnos
en las raíces del jubileo para entender un poco mejor cuál es el sentido del
año jubilar, y poder así celebrarlo mejor.
La raíz más honda del
jubileo cristiano se encuentra en la predicación y en la vida de Jesús. El
"año de gracia del Señor", en el que se ofrece el perdón y la
liberación a todos. Esta forma de entender el jubileo debe inspirar nuestra
forma de celebrarlo.
La
celebración del Jubileo no puede reducirse a un calendario de actividades cada 50 años.
Una
peregrinación puede convertirse fácilmente en una forma más de turismo y de
consumo.
La
celebración del Jubileo no puede reducirse tampoco a una serie de actos
litúrgicos.
La
celebración no puede mirar sólo hacia el pasado, haciendo una memoria
agradecida. Esto es muy importante, pero no es suficiente. La celebración del
Jubileo debe mirar también hacia el futuro, y no sólo en clave de celebración,
sino también en clave de compromiso.
El
Jubileo del Cristo del Buen Acierto celebrará el gran acontecimiento que ha
marcado en estos siglos la historia humana: la encarnación de Jesucristo. Sin
embargo, esta celebración no será plena, si los cristianos no colocamos junto a
la "persona de Jesús", el "proyecto de Jesús". Es decir,
vivir, pensar, obrar, querer y sentir como Él.