DOMINUM
ET VIVIFICANTEM
(El Espíritu
Santo, "Señor y dador de Vida")
INTRODUCCIÓN
I. EL ESPÍRITU DEL
PADRE Y DEL HIJO DADO A LA IGLESIA
II. EL ESPÍRITU QUE
CONVENCE AL MUNDO EN LO REFERENTE AL PECADO
III. EL ESPÍRITU QUE
DA LA VIDA
1.1. La Iglesia profesa su fe en el Espíritu Santo que es
"Señor y dador de vida". Así lo profesa el Símbolo de la Fe, llamado
nicenoconstantinopolitano por el nombre de los dos Concilios -Nicea (a. 325) y
Constantinopla (a. 381)-, en los que fue formulado o promulgado. En ellos se
añade también que el Espíritu Santo "habló por los profetas".
1.2. Son palabras que la Iglesia recibe de la fuente misma
de su fe, Jesucristo. En efecto, según el Evangelio de Juan, el Espíritu Santo
nos es dado con la nueva vida, como anuncia y promete Jesús el día grande de la
fiesta de los Tabernáculos: "Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el
que cree en mí", como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua
viva". Y el evangelista explica: "Esto decía refiriéndose al Espíritu
que iban a recibir los que creyeran en él". Es el mismo símil del agua
usado por Jesús en su coloquio con la Samaritana, cuando habla de una
"fuente de agua que brota para la vida eterna", y en el coloquio con
Nicodemo, cuando anuncia la necesidad de un nuevo nacimiento "de agua y de
Espíritu" para "entrar en el Reino de Dios".
1.3. La Iglesia, por tanto, instruida por la palabra de
Cristo, partiendo de la experiencia de Pentecostés y de su historia apostólica,
proclama desde el principio su fe en el Espíritu Santo, como aquél que es dador
de vida, aquél en el que el inescrutable Dios uno y trino se comunica a los
hombres, constituyendo en ellos la fuente de vida eterna.
2.1. Esta fe, profesada ininterrumpidamente por la
Iglesia, debe ser siempre fortalecida y profundizada en la conciencia del
Pueblo de Dios. Durante el último siglo esto ha sucedido varias veces; desde
León XIII, que publicó la Encíclica Divinum illud munus (a. 1897) dedicada
enteramente al Espíritu Santo, pasando por Pío XII, que en la Encíclica Mystici
Corporis (a. 1943) se refirió al Espíritu Santo como principio vital de la
Iglesia, en la cual actúa conjuntamente con Cristo, Cabeza del Cuerpo Místico,
hasta el Concilio Vaticano II, que ha hecho sentir la necesidad de una nueva
profundización de la doctrina sobre el Espíritu santo, como subrayaba Pablo VI:
"A la cristología y especialmente a la eclesiología del Concilio debe
suceder un estudio nuevo y un culto nuevo del Espíritu Santo, justamente como
necesario complemento de la doctrina conciliar".
2.2. En nuestra época, pues, estamos de nuevo llamados,
por la fe siempre antigua y siempre nueva de la Iglesia, a acercarnos al
Espíritu Santo que es dador de vida. Nos ayuda a ello y nos estimula también la
herencia común con las Iglesias orientales, las cuales han custodiado
celosamente las riquezas extraordinarias de las enseñanzas de los Padres sobre
el Espíritu Santo. También por esto podemos decir que uno de los
acontecimientos eclesiales más importantes de los últimos años ha sido el XVI
centenario del I Concilio de Constantinopla, celebrado contemporáneamente en
Constantinopla y en Roma en la solemnidad de Pentecostés del 1981. El Espíritu
Santo ha sido comprendido mejor en aquella ocasión, mientras se meditaba sobre
el misterio de la Iglesia, como aquél que indica los caminos que llevan a la
unión de los cristianos, más aún, como la fuente suprema de esta unidad, que
proviene de Dios mismo y a la que san Pablo dio una expresión particular con
las palabras con que frecuentemente se inicia la liturgia eucarística: "La
gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del
Espíritu Santo esté con todos vosotros".
2.3. De esta exhortación han partido, en cierto modo, y en
ella se han inspirado las precedentes Encíclicas Redemptor hominis y Dives in
misericordia, las cuales celebran el hecho de nuestra salvación realizada en el
Hijo, enviado por el Padre al mundo, "para que el mundo se salve por
él" y "toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios
padre". De esta misma exhortación arranca ahora la presente Encíclica
sobre el Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y
el Hijo recibe una misma adoración y gloria: él es una Persona divina que está
en el centro de la fe cristiana y es la fuente y la fuerza dinámica de la
renovación de la Iglesia. Esta Encíclica arranca de la herencia profunda del
Concilio. En efecto, los textos conciliares, gracias a su enseñanza sobre la
Iglesia en sí misma y sobre la Iglesia en el mundo, nos animan a penetrar cada
vez más en el misterio trinitario de Dios, siguiendo el itinerario evangélico,
patrístico y litúrgico: al Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo.
2.4. De este modo la Iglesia responde también a ciertos
deseos profundos, que trata de vislumbrar en el corazón de los hombres de hoy:
un nuevo descubrimiento de Dios en su realidad trascendente de Espíritu
infinito, como lo presenta Jesús a la Samaritana; la necesidad de adorarlo
"en espíritu y verdad", la esperanza de encontrar en él el secreto
del amor y la fuerza de una "creación nueva": sí, precisamente aquél
que es dador de vida.
2.5. La Iglesia se siente llamada a esta misión de
anunciar el Espíritu mientras, junto con la familia humana, se acerca al final
del segundo milenio después de Cristo. En la perspectiva de un cielo y una
tierra que "pasarán", la Iglesia sabe bien que adquieren especial
elocuencia las "palabras que no pasarán". Son las palabras de Cristo
sobre el Espíritu santo, fuente inagotable del "agua que brota para vida eterna",
que es verdad y gracia salvadora. Sobre estas palabras quiere reflexionar y
hacia ellas quiere llamar la atención de los creyentes y de todos los hombres,
mientras se prepara a celebrar -como se dirá más adelante- el gran Jubileo que
señalará el paso del segundo al tercer milenio cristiano.
2.6. Naturalmente, las consideraciones que siguen no
pretenden examinar de modo exhaustivo la riquísima doctrina sobre el Espíritu
Santo, ni privilegiar alguna solución sobre cuestiones todavía abiertas. Tienen
como objetivo principal desarrollar en la Iglesia la conciencia de que en ella
"el Espíritu Santo la impulsa a cooperar para que se cumpla el designio de
Dios, quien constituyó a Cristo principio de salvación para todo el
mundo".
I: EL ESPIRITU DEL PADRE Y DEL HIJO DADO A
LA IGLESIA
Promesa y revelación de Jesús durante la Cena pascual
3.1. Cuando ya era inminente para Jesús el momento de
dejar este mundo, anunció a los apóstoles "otro Paráclito". El
evangelista Juan, que estaba presente, escribe que Jesús, durante la Cena
pascual anterior al día de su pasión y muerte, se dirigió a ellos con estas
palabras: "Todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre
sea glorificado en el Hijo ... y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito
para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad".
3.2. Precisamente a este Espíritu de la verdad Jesús lo
llama el Paráclito, y Parákletos quiere decir "consolador", y también
"intercesor" o "abogado". Y dice que es "otro"
Paráclito, el segundo, porque él mismo, Jesús, es el primer Paráclito, al ser
el primero que trae y da la Buena Nueva. El Espíritu Santo viene después de él
y gracias a él, para continuar en el mundo, por medio de la Iglesia, la obra de
la Buena Nueva de salvación. De esta continuación de su obra por parte del
Espíritu Santo Jesús habla más de una vez durante el mismo discurso de
despedida, preparando a los apóstoles, reunidos en el Cenáculo, para su
partida, es decir, su pasión y muerte en Cruz.
3.3. Las palabras, a las que aquí nos referimos, se
encuentran en el Evangelio de Juan. Cada una de ellas añade algún contenido
nuevo a aquel anuncio y a aquella promesa. Al mismo tiempo, están
simultáneamente relacionadas entre sí no sólo por la perspectiva de los mismos
acontecimientos, sino también por la perspectiva del misterio del Padre, del
Hijo y del Espíritu santo, que quizás en ningún otro pasaje de la Sagrada
Escritura encuentran una expresión tan relevante como ésta.
4.1. Poco después del citado anuncio, añade Jesús:
"Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el padre enviará en mi nombre,
os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo he dicho". El Espíritu
Santo será el Consolador de los apóstoles y de la Iglesia, siempre presente en
medio de ellos -aunque invisible- como maestro de la misma Buena Nueva que
Cristo anunció. Las palabras "enseñará" y "recordará"
significan no sólo que el Espíritu, a su manera, seguirá inspirando la
predicación del Evangelio de salvación, sino que también ayudará a comprender
el justo significado del contenido del mensaje de Cristo, asegurando su
continuidad e identidad de compresión en medio de las condiciones y
circunstancias mudables. El Espíritu Santo, pues, hará que en la Iglesia
perdure siempre la misma verdad que los apóstoles oyeron de su Maestro.
5.1. Los apóstoles, al transmitir la Buena Nueva, se
unirán particularmente al Espíritu Santo. Así sigue hablando Jesús "Cuando
venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al padre, el Espíritu de la
verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí. Pero también vosotros
daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio".
5.2. Los apóstoles fueron testigos directos y oculares.
"Oyeron" y "vieron con sus propios ojos",
"miraron" e incluso "tocaron con sus propias manos" a
cristo, como se expresa en otro pasaje el mismo evangelista Juan. Este
testimonio suyo humano, ocular e "histórico" sobre Cristo se une al
testimonio del Espíritu Santo: "El dará testimonio de mí". En el
testimonio del Espíritu de la verdad encontrará el supremo apoyo el testimonio
humano de los apóstoles. Y luego encontrará también en ellos el fundamento
interior de su continuidad entre las generaciones de los discípulos y de los
confesores de Cristo, que se sucederán en los siglos posteriores.
5.3. Si la revelación suprema y más completa de Dios a la
humanidad es Jesucristo mismo, el testimonio del Espíritu de la verdad inspira,
garantiza y corrobora su fiel transmisión en la predicación y en los escritos
apostólicos, mientras que el testimonio de los apóstoles asegura se expresión
humana en la Iglesia y en la historia de la humanidad.
6. Esto se deduce también de la profunda correlación de
contenido y de intención con el anuncio y la promesa mencionada, que se
encuentra en las palabras sucesivas del texto de Juan: "Mucho podría
deciros aún, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga el Espíritu de la
verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino
que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir".
Con estas palabras Jesús presenta el Paráclito, el Espíritu
de la verdad, como el que "enseñará" y "recordará", como el
que dará "testimonio" de él; luego dice : "Os guiará hasta la
verdad completa". Este "guiar hasta la verdad completa", con
referencia a lo que dice a los apóstoles "pero ahora no podéis con
ello", está necesariamente relacionado con el anonadamiento de Cristo por
medio de la pasión y muerte de Cruz, que entonces, cuando pronunciaba estas
palabras, era inminente.
Después, sin embargo, resulta claro que aquel
"guiar hasta la verdad completa" se refiere también además del
escándalo de la cruz, a todo lo que Cristo "hizo y enseñó". En
efecto, el misterio de Cristo en su globalidad exige la fe, ya que ésta
introduce oportunamente al hombre en la realidad del misterio revelado. El "guiar
hasta la verdad completa" se realiza, pues, en la fe y mediante la fe, lo
cual es obra del Espíritu de la verdad y fruto de su acción en el hombre. El
Espíritu santo debe ser en esto la guía suprema del hombre y la luz del
espíritu humano. Esto sirve para los apóstoles, testigos oculares, que deben
llevar ya a todos los hombres el anuncio de lo que Cristo "hizo y
enseñó" y, especialmente, el anuncio de su Cruz y de su Resurrección. En
una perspectiva más amplia esto sirve también para todas las generaciones de
discípulos y confesores del Maestro, ya que deberán aceptar con fe y confesar
con lealtad el misterio de Dios operante en la historia del hombre, el misterio
revelado que explica el sentido definitivo de esa misma historia.
7. Entre el Espíritu Santo y cristo subsiste, pues, en
la economía de la salvación una relación íntima por la cual el Espíritu actúa
en la historia del hombre como "otro Paráclito", asegurando de modo
permanente la transmisión y la erradicación de la Buena Nueva revelada por
Jesús de Nazaret. Por esto, resplandece la gloria de Cristo en el Espíritu
Santo-Paráclito, que en el misterio y en la actividad de la Iglesia continúa
incesantemente la presencia histórica del Redentor sobre la tierra y su obra
salvífica, como lo atestiguan las siguientes palabras de Juan : "El me
dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo comunicará a vosotros". Con
estas palabras se confirma una vez más todo lo que han dicho los enunciados
anteriores. "Enseñará..., recordará..., dará testimonio".
La suprema y completa autorrevelación de Dios, que se
ha realizado en Cristo, atestiguada por la predicación de los Apóstoles, sigue
manifestándose en la Iglesia mediante la misión del Paráclito invisible, el
Espíritu de la verdad. Cuán íntimamente esta misión esté relacionada con la
misión de Cristo y cuán plenamente se fundamente en ella misma, consolidando y
desarrollando en la historia sus frutos salvíficos, está expresado con el verbo
"recibir": "recibirá de lo mío y os lo comunicará". Jesús,
para explicar la palabra "recibirá", poniendo en clara evidencia la
unidad divina y trinitaria de la fuente, añade : "Todo lo que tiene el
Padre es mío. Por eso os he dicho: Recibirá de lo mío y os lo comunicará a
vosotros ". Tomando de lo "mío", por eso mismo recibirá de
"lo que es del Padre".
A la luz pues de aquel "recibirá" se pueden
explicar todavía las otras palabras significativas sobre el Espíritu santo,
pronunciadas por Jesús en el Cenáculo antes de la Pascua: "Os conviene que
yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me
voy, os lo enviaré; y cuando él venga, convencerá al mundo en lo referente al
pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio".
Convendrá dedicar todavía a estas palabras una reflexión aparte.
8. Una característica del texto joánico es que el Padre,
el Hijo y el Espíritu Santo son llamados claramente Personas; la primera es
distinta de la segunda y de la tercera, y éstas también lo son entre sí. Jesús
habla del Espíritu Paráclito usando varias veces el pronombre personal
"él"; y al mismo tiempo, en todo el discurso de despedida, descubre
los lazos que unen recíprocamente al Padre, al Hijo y al Paráclito. Por tanto,
"el Espíritu ... procede del Padre" y el Padre "dará" al
Espíritu. El Padre "enviará" el Espíritu en nombre del Hijo, el
Espíritu "dará testimonio" del Hijo. El Hijo pide al Padre que envíe
el Espíritu Paráclito, pero afirma y promete, además, en relación con su
"partida" a través de la Cruz: "Si me voy, os lo enviaré".
Así pues, el Padre envía el Espíritu Santo con el poder de su paternidad, igual
que ha enviado al Hijo, y al mismo tiempo lo envía con la fuerza de la
redención realizada por Cristo; en este sentido el Espíritu Santo es enviado
también por el Hijo: "os lo enviaré".
Conviene notar aquí que si todas las demás promesas
hechas en el Cenáculo anunciaban la venida del Espíritu Santo después de la
partida de Cristo, la contenida en el texto de Juan comprende y subraya
claramente también la relación de interdependencia, que se podría llamar
casual, entre la manifestación de ambos : "Pero si me voy, os le
enviaré". El Espíritu Santo vendrá cuando Cristo se haya ido por medio de
la Cruz; vendrá no sólo después, sino como causa de la redención realizada por
Cristo, pro voluntad y obra del Padre.
9. Así, en el discurso pascual de despedida se llega
-puede decirse- al culmen de la revelación trinitaria. Al mismo tiempo, nos
encontramos ante unos acontecimientos definitivos y unas palabras supremas, que
al final se traducirán, en el gran mandato misional dirigido a los apóstoles y,
por medio de ellos, a la Iglesia: "Id, pues, y haced discípulos a todos
las gentes", mandato que encierra, en cierto modo, la fórmula trinitaria
del bautismo: "bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo y del
Espíritu santo". Esta fórmula refleja el misterio íntimo de Dios y de su
vida divina, que es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, divina unidad de la
Trinidad. Se puede leer este discurso como una preparación especial a esta
fórmula trinitaria, en la que se expresa la fuerza vivificadora del Sacramento
que obra la participación en la vida de Dios uno y trino, porque da al hombre
la gracia santificante como don sobrenatural. Por medio de ella éste es llamado
y hecho "capaz" de participar en la inescrutable vida de Dios.
10. Dios, en su vida íntima, "es amor", amor
esencial, común a las tres Personas divinas. El Espíritu Santo es amor personal
como Espíritu del Padre y del Hijo. Por esto "sondea hasta las
profundidades de Dios", como Amor-don increado. Puede decirse que en el
Espíritu Santo la vida íntima de Dios uno y trino se hace enteramente don,
intercambio del amor recíproco entre las Personas divinas, y que por el
Espíritu Santo Dios "existe" como don. El Espíritu Santo es pues la
expresión personal de esta donación, de este ser-amor. Es Persona-amor. Es
Persona-don. Tenemos aquí una riqueza insondable de la realidad y una
profundización inefable del concepto de persona en Dios, que solamente
conocemos por la Revelación.
Al mismo tiempo, el Espíritu Santo, consubstancial al
Padre y al Hijo en la divinidad, es amor y don (increado) del que deriva como
de una fuente (fons vivus) toda dádiva a las criaturas (don creado): la
donación de la existencia a todas las cosas mediante la creación; la donación
de la gracia a los hombres mediante toda la economía de la salvación. como
escribe el apóstol Pablo : "El amor de Dios ha sido derramado en nuestros
corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado".
La donación salvífica de Dios por el Espíritu Santo
11. El discurso de despedida de Cristo durante la Cena
pascual se refiere particularmente a este "dar" y "darse"
del Espíritu santo. En el Evangelio de Juan se descubre la "lógica"
más profunda del misterio salvífico contenido en el designio eterno de Dios
como expansión de la inefable comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo. Es la "lógica" divina, que del misterio de la Trinidad lleva
al misterio de la Redención del mundo por medio de Jesucristo. La Redención
realizada por el Hijo en el ámbito de la historia terrena del hombre -realizada
por su "partida" a través de la Cruz y Resurrección- es al mismo
tiempo, en toda su fuerza salvífica, transmitida al Espíritu Santo: que
"recibirá de lo mío". Las palabras del texto joánico indican que,
según el designio divino, la "partida" de Cristo es condición
indispensable del "envío" y de la venida del Espíritu Santo, indican
que entonces comienza la nueva comunicación salvífica por el Espíritu Santo.
12. Es un nuevo inicio en relación con el primero
-inicio originario de la donación salvífica de Dios- que se identifica con el
misterio de la creación. Así leemos ya en las primeras páginas del libro del
Génesis: "En el principio creó Dios los cielos y la tierra... y el Espíritu
de Dios (ruah Elohim) aleteaba por encima de las aguas". Este concepto
bíblico de creación comporta no sólo la llamada del ser mismo del cosmos a la
existencia, es decir, el dar la existencia, sino también la presencia del
Espíritu de Dios en la creación, o sea, el inicio de la comunicación salvífica
de Dios a las cosas que crea. Lo cual es válido ante todo para el hombre, que
ha sido creado a imagen y semejanza de Dios : "hagamos al ser humano a
nuestra imagen, como semejanza nuestra". "Hagamos", ¿se puede considerar
que el plural, que el Creador usa aquí hablando de sí mismo, sugiera ya de
alguna manera el misterio trinitario, la presencia de la Trinidad en la obra de
la creación del hombre? El lector cristiano, que conoce ya la revelación de
este misterio, puede también descubrir su reflejo en estas palabras. En
cualquier caso, el contexto nos permite ver en la creación del hombre el primer
inicio de la donación salvífica de Dios a la medida de su "imagen y
semejanza", que ha concedido al hombre.
13. Parece, pues, que las palabras pronunciadas por Jesús
en el discurso de despedida deben ser leídas también con referencia a aquel
"inicio" tan lejano, pero fundamental, que conocemos por el Génesis.
"Si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo
enviaré". Cristo, describiendo su "partida" como condición de la
venida del Paráclito, une el nuevo inicio de la comunicación salvífica de Dios
por el Espíritu Santo con el misterio de la Redención. Este es un nuevo inicio
y toda la historia del hombre, -empezando por la caída original-, se ha
interpuesto el pecado, que es contrario a la presencia del Espíritu de Dios en
la creación y es, sobre todo, contrario a la comunicación salvífica de Dios al
hombre. Escribe San Pablo que, precisamente a causa del pecado, "la
creación... fue sometida a la vanidad.. gimiendo hasta el presente y sufre
dolores de parto" y "desea vivamente la revelación de los hijos de
Dios".
14. Por eso Jesucristo dice en el Cenáculo: "Os
conviene que yo me vaya"; "Si me voy, os lo enviaré". La
"partida" de Cristo a través de la Cruz tiene la fuerza de la
Redención; y esto significa también una nueva presencia del Espíritu de Dios en
la creación : el nuevo inicio de la comunicación de Dios al hombre por el
Espíritu Santo. "La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a
nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá Padre!",
escribe el apóstol Pablo en la Carta a los Gálatas. El Espíritu Santo es el
Espíritu del Padre, como atestiguan las palabras del discurso de despedida en
el Cenáculo. Es, al mismo tiempo, el Espíritu del Hijo: es el Espíritu de
Jesucristo, como atestiguarán los apóstoles y especialmente Pablo de Tarso. Con
el envío de este Espíritu "a nuestros corazones" comienza a cumplirse
lo que "la creación desea vivamente", como leemos en la Carta a los
Romanos.
El Espíritu viene a costa de la "partida" de
Cristo. Si esta "partida" causó la tristeza de los apóstoles, y ésta
debía llegar a su culmen en la pasión y muerte del Viernes Santo, a su vez esta
"tristeza se convertirá en gozo". En efecto, Cristo insertará en su
"partida" redentora la gloria de la resurrección y de la ascensión al
Padre. Por tanto la tristeza, a través de la cual aparece el gozo, es la parte
que toca a los apóstoles en el marco de la "partida" de su Maestro,
una partida "conveniente", porque gracias a ella vendría otro
"Paráclito". A costa de la Cruz redentora y por la fuerza de todo el
misterio pascual de Jesucristo, el Espíritu Santo viene para quedarse desde el
día de Pentecostés con los Apóstoles, para estar con la Iglesia y en la Iglesia
y, por medio de ella, en el mundo.
De este modo se realiza definitivamente aquel nuevo
inicio de la comunicación de Dios uno y trino en el Espíritu Santo por obra de
Jesucristo, Redentor del Hombre y del mundo.
El Mesías ungido con el Espíritu Santo
15. Se realiza así completamente la misión del Mesías,
que recibió la plenitud del Espíritu Santo para el Pueblo elegido de Dios y
para toda la humanidad. "Mesías" literalmente significa
"Cristo", es decir, "ungido"; y en la historia de la
salvación significa "ungido con el Espíritu Santo". Esta era la
tradición profética del Antiguo Testamento. Siguiéndola, Simón Pedro dirá en
casa de Cornelio: "Vosotros sabéis lo sucedido en toda Judea... después
que Juan predicó el bautismo; como Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el
Espíritu Santo y con poder".
Desde estas palabras de Pedro y otras muchas parecidas
conviene remontarse ante todo a la profecía de Isaías, llamada a veces "el
quinto evangelio" o bien el "evangelio del Antiguo Testamento".
Aludiendo a la venida de un personaje misterioso, que la revelación
neotestamentaria identificará con Jesús, Isaías relaciona la persona y su misión
con una acción especial del Espíritu de Dios, Espíritu del Señor. Dice así el
Profeta: "Saldrá un vástago del tronco de Jesé y un retoño de sus raíces
brotará. Reposará sobre él el espíritu del Señor: espíritu de sabiduría e
inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y de temor
del Señor. Y le inspirará en el temor del Señor". Este texto es importante
para toda la pneumatología del Antiguo Testamento, porque constituye como un
puente entre el antiguo concepto bíblico de "espíritu", entendido
ante todo como "aliento carismático", y el "Espíritu" como
persona y como don, don para la persona. El Mesías de la estirpe de David
("del tronco de Jesé") es precisamente aquella persona sobre la que
"se posará" el Espíritu del Señor. Es obvio que en este caso todavía
no se puede hablar de la revelación del Paráclito; sin embargo, con aquella
alusión velada a la figura del futuro Mesías se abre, por decirlo de algún
modo, la vía sobre la que se prepara la plena revelación del Espíritu Santo en
la unidad del misterio trinitario, que se manifestará finalmente en la Nueva
Alianza.'
16. El Mesías es precisamente esta vía. En la Antigua
Alianza la unción era un símbolo externo del don del Espíritu. El Mesías (mucho
más que cualquier otro personaje ungido en la Antigua Alianza) es el único gran
Ungido por Dios mismo. Es el Ungido en el sentido de que posee la plenitud del
Espíritu de Dios. El mismo será también el mediador al conceder este Espíritu a
todo el Pueblo. En efecto, dice el Profeta con estas palabras:"El Espíritu
del Señor está sobre mí, por cuanto que me ha ungido el Señor. A anunciar la
buena nueva a los pobres me ha enviado, a vendar los corazones rotos; a
pregonar a los cautivos la liberación, y a los reclusos la libertad; a pregonar
año de gracia del Señor".
Según el libro de Isaías, el Ungido y el Enviado junto
con el Espíritu del Señor es también el Siervo elegido del Señor, sobre el que
se posa el Espíritu de Dios: "He aquí a mi siervo a quien sostengo, mi
elegido en quien se complace mi alma. He puesto mi espíritu sobre él". Se
sabe que el Siervo del Señor es presentado en el Libro de Isaías como el
verdadero varón de dolores: el Mesías doliente por los pecados del mundo. Y a
la vez es precisamente aquél cuya misión traerá verdaderos frutos de salvación
para toda la humanidad: "Dictará ley a las naciones..."; y será
"alianza del pueblo y luz de las gentes..."; "para que mi salvación
alcance hasta los confines de la tierra". Ya que: "Mi espíritu que ha
venido sobre ti y mis palabras que he puesto en tus labios no caerán de tu boca
ni de la boca de tu descendencia ni de la boca de la descendencia de tu
descendencia, dice el Señor, desde ahora y para siempre".
Los textos proféticos expuestos aquí deben ser leídos
por nosotros a la luz del Evangelio, como a su vez el Nuevo Testamento recibe
una particular clarificación por la admirable luz contenida en estos textos
veterotestamentarios. El profeta presenta al Mesías como aquél que viene por el
Espíritu Santo, como aquél que posee la plenitud de este Espíritu en sí y, al
mismo tiempo, para los demás, para Israel, para todas las naciones y para toda
la humanidad.
La plenitud del Espíritu de Dios está acompañada de
múltiples dones, los de la salvación, destinados de modo particular a los
pobres y a los que sufren, a todos los que abren su corazón a estos dones, a
veces mediante las dolorosas experiencias de su propia existencia, pero ante
todo con aquella disponibilidad interior que viene de la fe. Esto intuía el
anciano Simeón, "hombre justo y piadoso" ya que "estaba en él el
Espíritu Santo", en el momento de la presentación de Jesús en el Templo,
cuando descubría en él la "salvación preparada a la vista de todos los
pueblos" a costa del gran sufrimiento - la Cruz- que habría de abrazar
acompañado por su Madre. Esto intuía todavía mejor la Virgen María, que
"había concebido del Espíritu Santo", cuando meditaba en su corazón
los "misterios" del Mesías al que estaba asociada.
17. Conviene subrayar aquí claramente que el
"Espíritu Santo", que "se posa" sobre el futuro Mesías, es
ante todo un don de Dios para la persona de aquel Siervo del Señor. pero éste
no es una persona aislada e independiente, porque actúa por voluntad del Señor
en virtud de su decisión u opción. Aunque a la luz de los textos de Isaías la
actuación salvífica del Mesías, Siervo del Señor, encierra en sí la acción del
Espíritu que se manifiesta a través de él mismo, sin embargo en el contexto
veterotestamentario no está sugerida la distinción de los sujetos o de las
personas divinas, tal como subsisten en el misterio trinitario y son reveladas
luego en el Nuevo Testamento. tanto en Isaías como en el resto del Antiguo
Testamento la personalidad del Espíritu Santo está totalmente
"escondida": escondida en la revelación del único Dios, así como
también en el anuncio del futuro Mesías.
18. Jesucristo se referirá a este anuncio, contenido en
las palabras de Isaías, al comienzo de su actividad mesiánica. Esto acaecerá en
Nazaret mismo, donde había transcurrido treinta años de su vida en la casa de
José, el carpintero, junto a María, su Madre Virgen. Cuando se presentó la
ocasión de tomar la palabra en la Sinagoga, abriendo el libro de Isaías
encontró el pasaje en que estaba escrito: "El Espíritu del Señor está
sobre mí, por cuanto que me ha ungido el Señor" y después de haber leído
este fragmento dijo a los presentes: "Esta Escritura, que acabáis de oír,
se ha cumplido hoy". De este modo confesó y proclamó ser el que "fue
ungido" por el Padre, ser el Mesías, es decir Cristo, en quien mora el
Espíritu Santo como don de Dios mismo, aquél que posee la plenitud de este
Espíritu, aquél que marca el "nuevo inicio" del don que Dios hace a
la humanidad con el Espíritu.
Jesús de
Nazaret "elevado "por el Espíritu Santo
19. Aunque en Nazaret, su patria, Jesús no es acogido
como Mesías, sin embargo, al comienzo de su actividad pública, su misión
mesiánica por el Espíritu Santo es revelada al pueblo por Juan el Bautista. Este,
hijo de Zacarías y de Isabel, anuncia en el Jordán la venida del Mesías y
administra el bautismo de penitencia. dice al respecto : "Yo os bautizo
con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, y yo no soy digno de
desatarle la correa de sus sandalias. El os bautizará en Espíritu Santo y
fuego".
Juan Bautista anuncia al Mesías-Cristo no sólo como el
que "viene" por el Espíritu santo, sino también como el que
"lleva" el Espíritu Santo, como Jesús revelará mejor en el Cenáculo.
Juan es aquí el eco fiel de las palabras de Isaías, que en el antiguo Profeta
miraban al futuro, mientras que en su enseñanza a orillas del Jordán
constituyen la introducción inmediata en la nueva realidad mesiánica. juan no
es solamente un profeta sino también un mensajero, es el precursor de Cristo.
Lo que Juan anuncia se realiza a la vista de todos. Jesús de Nazaret va al
Jordán para recibir también el bautismo de penitencia. Al ver que llega, Juan
proclama : "He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del
mundo". Dice esto por inspiración del Espíritu Santo, atestiguando el
cumplimiento de la profecía de Isaías. Al mismo tiempo confiesa la fe en la
misión redentora de Jesús de Nazaret. "Cordero de Dios" en boca de
Juan Bautista es una expresión de la verdad sobre el Redentor, no menos
significativa de la usada por Isaías: "Siervo del Señor".
Así, por el testimonio de Juan en el Jordán, Jesús de
Nazaret, rechazado por sus conciudadanos, es elevado ante Israel como Mesías,
es decir "Ungido" con el Espíritu Santo. Y este testimonio es
corroborado por otro testimonio de orden superior mencionado por los
Sinópticos. En efecto, cuando todo el pueblo fue bautizado y mientras Jesús
después de recibir el bautismo estaba en oración, "se abrió el cielo y
bajó sobre él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma" y al
mismo tiempo "vino una voz del cielo: Este es mi Hijo amado, en quien me
complazco".
Es una teofanía trinitaria que atestigua la exaltación
de Cristo con ocasión del bautismo en el Jordán, la cual no sólo confirma el testimonio
de Juan Bautista, sino que descubre una dimensión todavía más profunda de la
verdad sobre Jesús de Nazaret como Mesías. El Mesías es el Hijo predilecto del
Padre. Su exaltación solemne no se reduce a la misión mesiánica del
"Siervo del Señor". A la luz de la teofanía del Jordán, esta
exaltación alcanza el misterio de la Persona misma del Mesías. El es exaltado
porque es el Hijo de la divina complacencia. La voz de lo alto dice: "mi
Hijo".
20. La teofanía del Jordán ilumina sólo fugazmente el
misterio de Jesús de Nazaret cuya actividad entera se desarrollará bajo la
presencia viva del Espíritu Santo. Este misterio habría sido manifestado por
Jesús mismo y confirmado gradualmente a través de todo lo que "hizo y
enseñó". En la línea de esta enseñanza y de los signos mesiánicos que
Jesús hizo antes de llegar al discurso de despedida en el Cenáculo, encontramos
unos acontecimientos y palabras que constituyen comentos particularmente
importantes de esta progresiva revelación.
Así el evangelista Lucas, que ya ha presentado a Jesús
"lleno de Espíritu Santo" y "conducido por el Espíritu en el
desierto", nos hace saber que, después del regreso de los setenta y dos
discípulos de la misión confiada por el Maestro, mientras llenos de gozo narraban
los frutos de su trabajo, en aquel momento, se llenó de gozo Jesús en el
Espíritu Santo, y dijo: "Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la
tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has
revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito". Jesús se
alegra por la paternidad divina, se alegra porque le ha sido posible revelar
esta paternidad; se alegra, finalmente, por la especial irradiación de esta
paternidad divina sobre los "pequeños". Y el evangelista califica
todo esto como "gozo en el Espíritu Santo".
Este "gozo", en cierto modo, impulsa a Jesús
a decir todavía : "Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce
quien es el Hijo sino el Padre; y quien es el Padre sino el Hijo, y aquél a
quien se lo quiere revelar".
21. Lo que durante la teofanía del Jordán vino en cierto
modo "desde fuera", desde lo alto, aquí proviene "desde
dentro", es decir, desde la profundidad de lo que es Jesús. Es otra
revelación del Padre y del Hijo, unidos en el Espíritu Santo. Jesús habla
solamente de la paternidad de Dios y de su propia filiación; no habla
directamente del Espíritu que es amor y, por tanto, unión del Padre y del Hijo.
Sin embargo, lo que dice del Padre y de sí como Hijo brota de la plenitud del
Espíritu que está en él y que se derrama en su corazón, penetra su mismo
"yo", inspira y vivifica profundamente su acción. de ahí aquel
"gozarse en el Espíritu Santo".
La unión de Cristo con el Espíritu Santo, de la que
tiene perfecta conciencia, se expresa en aquel "gozo", que en cierto
modo hace "perceptible" su fuente arcana. Se da así una particular
manifestación y exaltación que es propia del Hijo del Hombre, de Cristo-Mesías,
cuya humanidad pertenece a la persona del Hijo de Dios, substancialmente uno
con el Espíritu Santo en la divinidad.
En la magnífica confesión de la paternidad de Dios,
Jesús de Nazaret manifiesta también a sí mismo su "yo" divino;
efectivamente, él es el Hijo "de la misma naturaleza", y por tanto
"nadie conoce quien es el Hijo sino el Padre; y quien es el Padre sino el
Hijo", aquel Hijo que "por nosotros los hombres y por nuestra
salvación" se hizo hombre por obra del Espíritu santo y nació de una
virgen, cuyo nombre era María.
Cristo resucitado dice:
"Recibid el Espíritu Santo"
22. Gracias a su narración Lucas nos acerca a la verdad
contenida en el discurso del Cenáculo. Jesús de Nazaret, "elevado"
por el Espíritu Santo, durante este dircurso-coloquio, se manifiesta como el
que "trae" el Espíritu, como el que debe llevarlo y "darlo"
a los apóstoles y a la Iglesia a costa de su "partida" a través de la
cruz.
El verbo "traer" aquí quiere decir, ante
todo, "revelar". En el Antiguo Testamento, desde el Libro del
Génesis, el espíritu de Dios fue de alguna manera dado a conocer primero como
"soplo" de Dios que da vida, como "soplo vital"
sobrenatural. En el libro de Isaías es presentado como un "don" para
la persona del Mesías, como el que se posa sobre él, para guiar interiormente
toda su actividad salvífica. Junto al Jordán, el anuncio de Isaías ha tomado
una forma concreta: Jesús de Nazaret es el que viene por el Espíritu Santo y lo
trae como don propio de su misma persona, para comunicarlo a través de su
humanidad: "El os bautizará en Espíritu Santo". En el Evangelio de
Lucas se encuentra confirmada y enriquecida esta revelación del Espíritu Santo,
como fuente íntima de la vida y acción mesiánica de Jesucristo.
A la luz de lo que Jesús dice en el discurso del
Cenáculo, el Espíritu Santo es revelado de una manera nueva y más plena. Es no
sólo el don a la persona (a la persona del Mesías), sino que es una
Persona-don. Jesús anuncia su venida como la de "otro Paráclito", el
cual, siendo el Espíritu de la verdad, guiará a los apóstoles y a la Iglesia
"hacia la verdad completa". Esto se realizará en virtud de la especial
comunión entre el Espíritu santo y Cristo : "Recibirá de lo mío y os lo
anunciará a vosotros". Esta comunión tiene su fuente primaria en el Padre:
"Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho: que recibirá de
lo mío y os lo anunciará a vosotros". Procediendo del Padre, el Espíritu
santo es enviado por el Padre. El Espíritu Santo ha sido enviado antes como don
para el Hijo que se ha hecho hombre, para cumplir las profecías mesiánicas.
Según el texto joánico, después de la "partida" de Cristo-Hijo, el
Espíritu Santo "vendrá" directamente -en su nueva misión- a completar
la obra del Hijo. Así llevará a término la nueva era de la historia de la
salvación.
23. Nos encontramos en el umbral de los acontecimientos
pascuales. La revelación nueva y definitiva del Espíritu Santo como persona,
que es el don, se realiza precisamente en este momento. Los acontecimientos
pascuales -pasión, muerte y resurrección de Cristo- son también el tiempo de la
nueva venida del Espíritu Santo, como Paráclito y Espíritu de la verdad. Son el
tiempo del "nuevo inicio" de la comunicación de Dios uno y trino a la
humanidad en el Espíritu Santo, por obra de Cristo Redentor. Este nuevo inicio
es la redención del mundo: "Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único".
Y a en el "dar" el Hijo, en este don del Hijo, se expresa la esencia
más profunda de Dios, el cual, como Amor, es la fuente inagotable de esta
dádiva. En el don hecho por el Hijo se completan la revelación y la dádiva del
amor eterno: El Espíritu Santo, que en la inescrutable profundidad de la
divinidad es una Persona-don, por obra del Hijo, es decir, mediante el misterio
pascual es dado de un modo nuevo a los apóstoles y a la Iglesia y, por medio de
ellos, a la humanidad y al mundo entero.
24. La expresión definitiva de este misterio tiene lugar
el día de la Resurrección. Este día, Jesús de Nazaret, "nacido del linaje
de David", como escribe el apóstol Pablo, es "constituido Hijo de
Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los
muertos". Puede decirse, por consiguiente, que la "elevación"
mesiánica de Cristo por el Espíritu Santo alcanza su culmen en la Resurrección,
en la cual se revela también como Hijo de Dios, "lleno de poder". Y
este poder, cuyas fuentes brotan de la inescrutable comunión trinitaria, se
manifiesta ante todo en el hecho de que Cristo resucitado, si por una parte
realiza la promesa de Dios expresada ya por boca del Profeta: "os daré un
corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, ... mi espíritu",
por otra cumple su misma promesa hecha a los apóstoles con las palabras:
"Si me voy, os lo enviaré". Es él: el Espíritu de la verdad, el
Paráclito enviado por Cristo resucitado para transformarnos en su misma imagen
de resucitado.
Al atardecer de aquel primer día de la semana, estando
cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban
los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: "La paz
con vosotros". Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos
se alegraron de ver al Señor. Jesús repitió: "La paz con vosotros. Como el
Padre me envió, también yo os envío". Dicho esto, sopló sobre ellos y les
dijo: Recibid el Espíritu Santo".
Todos los detalles de este texto-clave del Evangelio
de Juan tienen su elocuencia, especialmente si los releemos con referencia a
las palabras pronunciadas en el mismo Cenáculo al comienzo de los
acontecimientos pascuales. tales acontecimientos - el triduo sacro de Jesús,
que el Padre ha consagrado con la unción y enviado al mundo- alcanzan ya su
cumplimiento. cristo que "había entregado el espíritu en la cruz"
como Hijo del hombre y Cordero de Dios, una vez resucitado va donde los
apóstoles para "soplar sobre ellos" con el poder del que habla la
carta a los Romanos.
La venida del Señor llena de gozo a los presentes:
"Su tristeza se convierte en gozo", como ya había prometido antes de
su pasión. Y sobre todo se verifica el principal anuncio del discurso de
despedida: Cristo resucitado, como si preparara una nueva creación, "trae"
el Espíritu Santo a los apóstoles. Lo trae a costa de su "partida";
les da este Espíritu como a través de las heridas de su crucifixión: "Les
mostró las manos y el costado". En virtud de esta crucifixión les dice:
"Recibid el Espíritu Santo".
Se establece así una relación profunda entre el envío
del Hijo y el del Espíritu Santo. No se da el envío del Espíritu Santo (después
del pecado original) sin la Cruz y la Resurrección: "Si no me voy, no
vendrá a vosotros el Paráclito". Se establece también una relación íntima
entre la misión del Espíritu Santo y la del Hijo en la Redención. La misión del
Hijo, en cierto modo, encuentra su "cumplimiento" en la Redención:
"Recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros". La Redención es
realizada totalmente por el Hijo, el Ungido, que ha venido y actuado con el
poder del Espíritu Santo, ofreciéndose finalmente en sacrificio supremo sobre
el madero de la Cruz. Y esta Redención, al mismo tiempo, es realizada
constantemente en los corazones y en las conciencias humanas -en la historia
del mundo- por el Espíritu Santo, que es el " otro Paráclito ".
El Espíritu Santo y la era de la Iglesia
25. "Consumada la obra que el Padre encomendó
realizar al Hijo sobre la tierra ( cf. Jn 17,4) fue enviado el Espíritu Santo
el día de Pentecostés a fin de santificar indefinidamente a la Iglesia y para
que de este modo los fieles tengan acceso al Padre pro medio de Cristo en un
mismo Espíritu (cf. Ef 2, 18). El es el Espíritu de vida o la fuente de agua
que salta hasta la vida eterna (cf. Jn 4, 14; 7, 38-39), por quien el Padre
vivifica a los hombres, muertos por el pecado, hasta que resucite sus cuerpos
mortales en Cristo (cf. Rom 8, 10-11)".
De este modo el Concilio Vaticano II habla del
nacimiento de la Iglesia el día de Pentecostés. Tal acontecimiento constituye
la manifestación definitiva de lo que se había realizado en el mismo Cenáculo
el domingo de Pascua. Cristo resucitado vino y "trajo" a los
apóstoles el Espíritu Santo. Se lo dio diciendo: "Recibid el Espíritu
Santo". Lo que había sucedido entonces en el interior del Cenáculo,
"estando las puertas cerradas", más tarde, el día de Pentecostés es
manifestado también al exterior, ante los hombres. Se abren las puertas del
Cenáculo y los apóstoles se dirigen a los habitantes y a los peregrinos venidos
a Jerusalén con ocasión de la fiesta, para dar testimonio de Cristo por el
poder del Espíritu Santo. .De este modo se cumple el anuncio: "El dará
testimonio de mí. Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis
conmigo desde el principio".
Leemos en otro documento del Vaticano II: "El
Espíritu Santo obraba ya, sin duda, en el mundo antes de que Cristo fuera
glorificado. Sin embargo, el día de Pentecostés descendió sobre los discípulos
para permanecer con ellos para siempre; la Iglesia se manifestó públicamente
ante la multitud; comenzó la difusión del Evangelio por la predicación entre
los paganos".
La era de la Iglesia empezó con la "venida",
es decir, con la bajada del Espíritu Santo sobre los apóstoles reunidos en el
Cenáculo de Jerusalén junto con María, Madre del Señor. Dicha era empezó en el
momento en que las promesas y las profecías, que explícitamente se referían al
Paráclito, el Espíritu de la verdad, comenzaron a verificarse con toda su
fuerza y evidencia sobre los apóstoles, determinando así el nacimiento de la
Iglesia. de esto hablan ampliamente y en muchos pasajes los Hechos de los
Apóstoles de los cuales resulta que, según la conciencia de la primera
comunidad, cuyas convicciones expresa Lucas, el Espíritu Santo asumió la guía
invisible -pero en cierto modo "perceptible"- de quienes, después de
la partida del Señor Jesús, sentían profundamente que había quedado huérfanos.
Estos, con la venida del espíritu Santo, se sintieron
idóneos para realizar la misión que se les había confiado. Se sintieron llenos
de fortaleza. Precisamente esto obró en ellos el espíritu Santo, y lo sigue
obrando continuamente en la Iglesia, mediante sus sucesores. Pues la gracia del
Espíritu Santo, que los apóstoles dieron a sus colaboradores con la imposición de
las manos, sigue siendo transmitida en la ordenación episcopal. Luego los
Obispos, con el sacramento del Orden hacen partícipes de este don espiritual a
los ministros sagrados y proveen a que, mediante el sacramento de la
Confirmación, sean corroborados por él todos los renacidos por el agua y por el
espíritu; así , en cierto modo, se perpetúa en la Iglesia la gracia de
Pentecostés.
Como escribe el Concilio, "el Espíritu habita en
la Iglesia y en el corazón de los fieles como en un templo (cf. 1 Cor 3, 16; 6,
19), y en ellos ora y da testimonio de su adopción como hijos (cf. Gál 4, 6;
Rom 8, 15-16. 26). Guía a la Iglesia a toda la verdad (cf. Jn 16, 13), la
unifica en comunión y ministerio, la provee y gobierna con diversos dones
jerárquicos y carismáticos y la embellece con sus frutos (cf. Ef 4 11-12; 1 Cor
12, 4; Gál 5, 22) con la fuerza del Evangelio rejuvenece la Iglesia, la renueva
incesantemente y la conduce a la unión consumada con su Esposo".
26. Los pasajes citados por la Constitución conciliar
Lumen gentium nos indican que, con la venida del Espíritu Santo, empezo la era
de la Iglesia. Nos indican también que esta era, la era de la Iglesia, perdura.
Perdura a través de los siglos y las generaciones. En nuestro siglo en el que
la humanidad se está acercando al final del segundo milenio después de Cristo,
esta "era de la Iglesia", se ha manifestado de manera especial por
medio del Concilio Vaticano II, como concilio de nuestro siglo. En efecto, se
sabe que éste ha sido especialmente un concilio "eclesiológico", un
concilio sobre el tema de la Iglesia.
Al mismo tiempo, la enseñanza de este concilio es
esencialmente "pneumatológica", impregnada por la verdad sobre el
Espíritu Santo, como alma de la Iglesia Podemos decir que el Concilio Vaticano
II en su rico magisterio contiene propiamente todo lo "que el Espíritu
dice a las Iglesias" en la fase presente de la historia de la salvación.
Siguiendo la guía del Espíritu de la verdad y dando
testimonio junto con él, el Concilio ha dado una especial ratificación de la
presencia del Espíritu Santo Paráclito. En cierto modo, lo ha hecho nuevamente
"presente" en nuestra difícil época. A la luz d esta convicción se
comprende mejor la gran importancia de todas las iniciativas que miran a la
realización del Vaticano II, de su magisterio y de su orientación pastoral y
ecuménica.
En este sentido deben ser también consideradas y
valoradas las sucesivas Asambleas del Sínodo de los Obispos, que tratan de
hacer que los frutos de la verdad y del amor -auténticos frutos del Espíritu
Santo- sean un bien duradero del Pueblo de Dios en su peregrinación terrena en
el curso de los siglos. Es indispensable este trabajo de la Iglesia orientado a
la verificación y consolidación de los frutos salvíficos del Espíritu,
otorgados en el Concilio. A este respecto conviene saber " discernirlos
" atentamente de todo lo que contrariamente puede provenir sobre todo del
"príncipe de este mundo". Este discernimiento es tanto más necesario
en la realización de la obra del Concilio ya que se ha abierto ampliamente al
mundo actual, como aparece claramente en las importantes Constituciones
conciliares Gaudium et spes y Lumen gentium.
Leemos en la Constitución pastoral: "La comunidad
cristiana (de los discípulos de Cristo) está integrada por hombres que,
reunidos en Cristo son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el
Reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla
a todos. La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del género
humano y de su historia". "Bien sabe la Iglesia que sólo Dios, al que
ella sirve, responde a las aspiraciones más profundas del corazón humano, el
cual nunca se sacia plenamente con solos los elementos terrenos". "El
Espíritu de Dios... con admirable providencia guía el curso de los tiempos y
renueva la faz de la tierra".
II: EL ESPIRITU QUE CONVENCE AL MUNDO
EN LO REFERENTE AL PECADO
27. Cuando Jesús, durante el discurso del Cenáculo,
anuncia la venida del Espíritu Santo "a costa" de su partida y
promete: "Si me voy, os lo enviaré", precisamente en el mismo
contexto añade: "Y cuando él venga, convencerá al mundo en lo referente al
pecado, en lo referente a la justicia, y en lo referente al juicio". El
mismo Paráclito y Espíritu de la verdad, -que ha sido prometido como el que
"enseñará" y "recordará", que "dará testimonio" ,
que "guiará hasta la verdad completa"-, con las palabras citadas
ahora es enunciado como el que "convencerá al mundo en lo referente al
pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio".
Significativo parece también el contexto. Jesús
relaciona este anuncio del Espíritu santo con las palabras que indican su
propia "partida" a través de la Cruz, e incluso subraya su necesidad:
"os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el
Paráclito".
Pero lo más interesante es la explicación que Jesús
añade a estas palabras: pecado, justicia, juicio. Dice en efecto: "El
convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y
en lo referente al juicio; en lo referente al pecado, porque me voy al Padre, y
ya no me veréis; en lo referente al juicio, porque el Príncipe de este mundo
está juzgado".
En el pensamiento de Jesús el pecado, la justicia y el
juicio tienen un sentido muy preciso, distinto del que quizás alguno sería
propenso a atribuir a estas palabras, independientemente de la explicación de
quien habla. Esta explicación indica también cómo conviene entender aquel
"convencer al mundo", que es propio de la acción del Espíritu Santo.
Aquí es importante tanto el significado de cada palabra, como el hecho de que
Jesús las haya unido entre sí en la misma frase.
En este pasaje "el pecado" , significa la
incredulidad que Jesús encontró entre los "suyos", empezando por sus
conciudadanos de Nazaret. Significa el rechazo de su misión que llevará a los
hombres a condenarlo a muerte. Cuando seguidamente habla de "la
justicia", Jesús parece que piensa en la justicia definitiva, que el Padre
le dará rodeándolo con la gloria de la resurrección y de la ascensión al cielo:
"Voy al Padre".
A su vez, en el contexto del pecado y de la justicia
entendidos así, "el juicio" significa que el Espíritu de la verdad
demostrará la culpa del "mundo" en la condena de Jesús a la muerte en
Cruz. Sin embargo, Cristo no vino al mundo sólo para juzgarlo y condenarlo: él
vino para salvarlo. El convencer en lo referente al pecado y a la justicia
tiene como finalidad la salvación del mundo y la salvación de los hombres.
Precisamente esta verdad parece estar subrayada por la afirmación de que
"el juicio" se refiere solamente al "Príncipe de este
mundo", es decir, Satanás, el cual desde el principio explota la obra de
la creación contra la salvación, contra la alianza y la unión del hombre con
Dios: él está "ya juzgado" desde el principio. Si el Espíritu
Paráclito debe convencer al mundo precisamente en lo referente al juicio, es
para continuar en él la obra salvífica de Cristo.
28. Queremos concentrar ahora nuestra atención
principalmente sobre esta misión del Espíritu santo, que consiste en
"convencer al mundo en lo referente al pecado", pero respetando al
mismo tiempo el contexto de las palabras de Jesús en el Cenáculo. El Espíritu Santo,
que recibe del Hijo la obra de la Redención del mundo, recibe con ello mismo la
tarea del salvífico "convencer en lo referente al pecado". Este
convencer se refiere constantemente a la "justicia", es decir, a la
salvación definitiva en Dios, al cumplimiento de la economía que tiene como
centro a Cristo crucificado y glorificado.
Y esta economía salvífica de Dios sustrae, en cierto
modo, al hombre del "juicio, o sea de la condenación", con la que ha
sido castigado el pecado de Satanás, "Príncipe de este mundo", quien
por razón de su pecado se ha convertido en "dominador de este mundo
tenebroso". Y he aquí que, mediante esta referencia al "juicio",
se abren amplios horizontes para la comprensión del "pecado" así como
de la "justicia". El Espíritu Santo, al mostrar en el marco de la
Cruz de Cristo "el pecado" en la economía de la salvación (podría
decirse "el pecado salvado"), hace comprender que su misión es la de
"convencer" también en lo referente al pecado que ya ha sido juzgado
definitivamente ("el pecado condenado").
29. Todas las palabras pronunciadas por el Redentor en el
Cenáculo la víspera de su pasión, se inscriben en la era de la Iglesia: ante
todo, las dichas sobre el Espíritu Santo como Paráclito y Espíritu de la
verdad. Estas se inscriben en ella de un modo siempre nuevo a lo largo de cada
generación y de cada época. Esto ha sido confirmado, respecto a nuestro siglo,
por el conjunto de las enseñanzas del Concilio vaticano II, especialmente en la
Constitución pastoral "Gaudium et spes". Muchos pasajes de este
documento señalan con claridad que el Concilio, abriéndose a la luz del
Espíritu de la verdad, se presenta como el auténtico depositario de los
anuncios y de las promesas hechas por Cristo a los apóstoles y a la Iglesia en
el discurso de despedida; de modo particular, del anuncio, según el cual el
Espíritu Santo debe "convencer al mundo en lo referente al pecado, en lo
referente a la justicia y en lo referente al juicio".
Esto lo señala ya el texto en el que el Concilio
explica cómo entiende el "mundo": "Tiene, pues, ante sí la
Iglesia (el Concilio mismo) al mundo, esto es la entera familia humana con el
conjunto universal de las realidades entre las que ésta vive; el mundo, teatro
de la historia humana, con sus afanes, fracasos y victorias; el mundo, que los
cristianos creen fundado y conservado por el amor del Creador, esclavizado bajo
la servidumbre del pecado, pero liberado por Cristo, crucificado y resucitado,
roto el poder del demonio, para que el mundo se transforme según el propósito
divino y llegue a su consumación". Respecto a este texto tan sintético es
necesario leer en la misma Constitución otros pasajes, que tratan de mostrar
con todo el realismo de la fe la situación del pecado en el mundo contemporáneo
y explicar también su esencia partiendo de diversos puntos de vista.
Cuando Jesús, la víspera de Pascua, habla del Espíritu
Santo, que "convencerá al mundo en lo referente al pecado", por un
lado se debe dar a esta afirmación el alcance más amplio posible, porque
comprende el conjunto de los pecados en la historia de la humanidad. Por otro
lado, sin embargo, cuando Jesús explica que este pecado consiste en el hecho de
que "no creen en él", este alcance parece reducirse a los que
rechazaron la misión mesiánica del Hijo del Hombre, condenándole a la muerte de
Cruz.
Pero es difícil no advertir que este aspecto más
"reducido" e históricamente preciso del significado del pecado se
extienda hasta asumir un alcance universal por la universalidad de la
Redención, que se ha realizado por medio de la Cruz. La revelación del misterio
de la redención abre el camino a una comprensión en la que cada pecado,
realizado en cualquier lugar y momento, hace referencia a la Cruz de Cristo y
por tanto, indirectamente también al pecado de quienes "no han creído en
él", condenando a Jesucristo a la muerte de Cruz.
Desde este punto de vista es conveniente volver al
acontecimiento de Pentecostés.
El testimonio del día de Pentecostés
30. El día de Pentecostés encontraron su más exacta y
directa confirmación los anuncios de Cristo en el discurso de despedida y, en
particular, el anuncio del que estamos tratando: "El Paráclito...
convencerá al mundo en lo referente al pecado". Aquel día, sobre los
apóstoles recogidos en oración junto a María, Madre de Jesús, bajó el Espíritu
Santo prometido, como leemos en los Hechos de los Apóstoles: "Quedaron
todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según
el Espíritu les concedía expresarse", "volviendo a conducir de este
modo a la unidad las razas dispersas, ofreciendo al Padre las primicias de
todas las naciones".
Es evidente la relación entre este acontecimiento y el
anuncio de Cristo. En él descubrimos el primero y fundamental cumplimiento de
la promesa del Paráclito. Este viene, enviado por el Padre, "después"
de la partida de Cristo, como "precio" de ella. Esta es primero una
partida a través de la muerte de Cruz, y luego, cuarenta días después de la
resurrección, con su ascensión al Cielo. Aún en el momento de la Ascensión
Jesús mandó a los apóstoles "que no se ausentasen de Jerusalén, sino que
aguardasen la Promesa del Padre"; "seréis bautizados en el Espíritu
Santo dentro de pocos días"; "recibiréis la fuerza del Espíritu
Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda
Judea y Samaría, y hasta con confines de la tierra".
Estas palabras últimas encierran un eco o un recuerdo
al anuncio hecho en el Cenáculo. Y el día de Pentecostés este anuncio se cumple
fielmente. Actuando bajo el influjo del Espíritu Santo, recibido por los apóstoles
durante la oración en el Cenáculo ante una muchedumbre de diversas lenguas
congregadas para la fiesta, Pedro se presenta y habla. Proclama lo que
ciertamente no habría tenido el valor de decir anteriormente:
"Israelitas... Jesús de Nazaret, hombre acreditado por Dios entre vosotros
con milagros, prodigios y señales que Dios hizo por su medio entre vosotros...
a éste, que fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento
de Dios, vosotros lo matasteis clavándole en la cruz por mano de los impíos; a
éste, pues, Dios lo resucitó librándole de los dolores de la muerte, pues no
era posible que quedase bajo su dominio".
Jesús había anunciado y prometido: "El dará
testimonio de mí... pero también vosotros daréis testimonio". En el primer
discurso de Pedro en Jerusalén este "testimonio" encuentra su claro
comienzo: es el testimonio sobre Cristo crucificado y resucitado. El testimonio
del Espíritu Paráclito y de los apóstoles. Y en el contenido mismo de aquel
primer testimonio, el Espíritu de la verdad por boca de Pedro "convence al
mundo en lo referente al pecado": ante todo, respecto al pecado que supone
el rechazo de Cristo hasta la condena a muerte y hasta la Cruz en el Gólgota.
Proclamaciones de contenido similar se repetirán, según el libro de los Hechos
de los Apóstoles, en otras ocasiones y en distintos lugares.
31. Desde este testimonio inicial de Pentecostés, la
acción del Espíritu de la verdad, que "convence al mundo en lo referente
al pecado" del rechazo de Cristo, está vinculada de manera inseparable al
testimonio del misterio pascual: misterio del Crucificado y Resucitado. En esta
vinculación el mismo "convencer en lo referente al pecado" manifiesta
la propia dimensión salvífica. En efecto, es un "convencimiento" que
no tiene como finalidad la mera acusación del mundo, ni mucho menos su condena.
Jesucristo no ha venido al mundo para juzgarlo y
condenarlo, sino para salvarlo. Esto está ya subrayado en este primer discurso
cuando Pedro exclama: "Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que
Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis
crucificado ". Y a continuación cuando los presentes preguntan a Pedro y a
los demás apóstoles: ¿Qué hemos de hacer, hermanos?" él les responde:
"Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de
Jesucristo, para remisión de vuestros pecados ; y recibiréis el don del
Espíritu Santo".
De este modo el " convencer en lo referente al
pecado " llega ser a la vez un convencer sobre la remisión de los pecados,
por virtud del Espíritu Santo. Pedro en su discurso de Jerusalén exhorta a la
conversión, como Jesús exhortaba a sus oyentes al comienzo de su actividad
mesiánica. La conversión exige la convicción del pecado, contiene en sí el
juicio interior de la conciencia, y éste, siendo una verificación de la acción
del Espíritu de la verdad en la intimidad del hombre, llega a ser al mismo
tiempo el nuevo comienzo de la dádiva de la gracia y del amor: " Recibid
el Espíritu Santo ". Así pues en este " convencer en lo referente al
pecado " descubrimos una doble dádiva: el don de la verdad de la
conciencia y el don de la certeza de la redención. El Espíritu de la verdad es
el Paráclito.
El convencer en lo referente al pecado, mediante el
ministerio de la predicación apostólica en la Iglesia naciente, es relacionado
-bajo el impulso del Espíritu derramado en Pentecostés- con el poder redentor
de Cristo crucificado y resucitado. De este modo se cumple la promesa referente
al Espíritu Santo hecha antes de Pascua: " recibirá de lo mío y os lo
anunciará a vosotros ". Por tanto, cuando Pedro, durante el acontecimiento
de Pentecostés, habla del pecado de aquellos que " no creyeron " y
entregaron a una muerte ignominiosa Jesús de Nazaret, da testimonio de la
victoria sobre el pecado; victoria que se ha alcanzado, en cierto modo,
mediante el pecado más grande que el hombre podía cometer: la muerte de Jesús,
Hijo de Dios, consubstancial al Padre.
De modo parecido, la muerte del Hijo de Dios vence la
muerte humana: " Seré tu muerte, oh muerte ", como el pecado de haber
crucificado al Hijo de Dios " vence " el pecado humano. Aquel pecado
que se consumó el día de Viernes Santo en Jerusalén y también cada pecado del
hombre. Pues, al pecado más grande del hombre corresponde, en el corazón del
Redentor, la oblación del amor supremo, que supera el mal de todos los pecados
de los hombres. En base a esta creencia, la Iglesia en la liturgia romana no
duda en repetir cada año, en el transcurso de la vigilia Pascual, " Oh
feliz culpa ", en el anuncio de la resurrección hecho por el diácono con
el canto del " Exsultet ".
32. Sin embargo, de esta verdad inefable nadie puede
" convencer al mundo ", al hombre y a la conciencia humana, sino es
el Espíritu de la verdad. El es el Espíritu que " sondea hasta las
profundidades de Dios ". Ante el misterio del pecado se deben sondear
totalmente " las profundidades de Dios ". No basta sondear la
conciencia humana, como misterio íntimo del hombre, sino que se debe penetrar
en el misterio íntimo de Dios, en aquellas " profundidades de Dios "
que se resumen en la síntesis: al Padre, en el Hijo, por medio del Espíritu
Santo. Es precisamente el Espíritu Santo que las " sondea " y de
ellas saca la respuesta de Dios al pecado del hombre. Con esta respuesta se
cierra el procedimiento de " convencer en lo referente al pecado ",
como pone en evidencia el acontecimiento de Pentecostés.
Al convencer al " mundo " del pecado del Gólgota -la muerte del Cordero inocente-, como sucede el día de Pentecostés, el Espíritu Santo convenc