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Nuevo Artículo sobre la pederastia en la Iglesia ( !!Muy bueno¡¡) : En Artículos Edades de Inscripción de Catequesis
Despertar Religioso: (Deben estar Bautizados y aportar justificante de ello). Es en segundo de Primaria. De 7 a 8 años 2º Año de Catequesis: (Deben tener realizado el año del "Despertar Religioso"). Es en tercero de Primaria. De 8 a 9 años 3º Año de Catequesis: (Deben tener realizado los dos años anteriores). Es en cuarto de Primaria. De 9 a 10 años
La Crisis Económica en la Cuaresma 20010
Benedicto XVI: El sacerdote debe transmitir alegría Ofrecemos a continuación el texto del Videomensaje que el Papa Benedicto XVI grabó en los días pasados, y que se transmitió ayer, 28 de septiembre de 2009, durante el Retiro Internacional Sacerdotal en Ars (Francia). Queridos hermanos en el sacerdocio, Como podéis imaginar, habría sido enormemente feliz de poder estar con vosotros en este retiro sacerdotal internacional sobre el tema: “La alegría de ser sacerdote: consagrado para la salvación del mundo”. Sois muchos los que participáis y os beneficiáis de las enseñanzas del cardenal Christoph Schönborn. Saludo muy cordialmente a los demás predicadores y al obispo de Belley-Ars, monseñor Guy-Marie Bagnard. He tenido que contentarme con dirigiros este mensaje grabado, pero quiero creer que con estas palabras, a cada uno de vosotros os hablo de la manera más personal posible, para que, como dijo san Pablo, “os llevo en el corazón, partícipes como sois de mi gracia” (Fl 1, 7). San Juan María Vianney subrayaba el papel indispensable del sacerdote, cuando decía: “Un buen pastor, un pastor según el corazón de Dios, este es el mayor tesoro que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno de los más precioso dones de la misericordia divina”(El cura de Ars, Pensamientos, Bernard Nodet, Desclée de Brouwer, Foi Vivante, 2000, p. 101). En este Año sacerdotal, se nos llama a todos a explorar y redescubrir la grandeza del Sacramento que nos ha configurado para siempre a Cristo Sumo Sacerdote y nos ha “santificado en la verdad” (Jn 17, 19) a todos. Elegido entre los hombres, el sacerdote sigue siendo uno de ellos y está llamado a servirles entregándoles la vida de Dios. Es él el que “continúa la obra de redención en la tierra” (Nodet, p. 98). Nuestra vocación sacerdotal es un tesoro que llevamos en vasos de barro (cfr 2 Cor 4, 7). San Pablo expresó felizmente la infinita distancia que existe entre nuestra vocación y la pobreza de las respuestas que podemos dar a Dios. Tengamos presente en nuestros oídos y en lo íntimo de nuestro corazón la exclamación llena de confianza del Apóstol, que decía: “pues cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte” (2 Co 12, 10). La conciencia de esta debilidad nos abre a la intimidad de Dios, que nos da fuerza y alegría. Cuanto más persevere el sacerdote en la amistad de Dios, más continuará la obra del Redentor en la tierra (cfr Nodet, p. 98). El sacerdote ya no es más para si mismo, es para todos (cfr Nodet, p. 100). Precisamente allí reside uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo. El sacerdote, hombre de la Palabra divina y de las cosas sagradas, debe ser hoy más que nunca un hombre de alegría y de esperanza. A los hombres que ya no pueden concebir que Dios sea Amor puro, él afirmará siempre que la vida vale la pena ser vivida, y que Cristo le da todo su sentido porque ama a los hombres, a todos los hombres. La religión del Cura de Ars es una religión de la alegría, no una búsqueda morbosa de la mortificación, como a veces se ha creido: “Nuestra felicidad es demasiado grande, no, no, nunca podremos comprenderla” (Nodet, p. 110), decía, y también “cuando estamos de camino y divisamos un campanario, éste debería hacer latir nuestro corazón como la vista del tejado de la morada del bienamado hacer latir el corazón de la esposa”. Así, yo quisiera saludar con un afecto particular a aquellos de vosotros que tienen la carga pastoral de varias iglesias y que se desgastan sin llevar cuentas por mantener una vida sacramental en sus diferentes comunidades. ¡El reconocimiento de la Iglesia es inmenso hacia todos vosotros! No perdáis el valor, sino seguid rezando para que numerosos jóvenes acepten responder a la llamada de Cristo, que no deja de querer aumentar el número de sus apóstoles para misionar en sus campos. Queridos sacerdotes, pienso también en la enorme diversidad de los ministerios que ejercéis al servicio de la Iglesia. Pensad en el gran número de misas que habéis celebrado o celebraréis, haciendo cada vez a Cristo realmente presente sobre el altar. Pensad en las innumerables absoluciones que habéis dado y que daréis, permitiendo a un pecador ser perdonado. Percibís en ese momento la fecundidad infinita del Sacramento del Orden. Vuestras manos, vuestros labios, se convierten, en el espacio de un instante, en las manos y en los labios de Dios. Lleváis a Cristo en vosotros; habéis, por gracia, entrado en la Santa Trinidad. Como decía el santo Cura: “Si uno tuviera fe, vería a Dios escondido en el sacerdote como una luz detrás de un vidrio, como un vino mezclado con el agua”(Nodet, p 97). Esta consideración debe ayudar a armonizar las relaciones entre los sacerdotes con el fin de realizar esa comunidad sacerdotal a la que exhorta san Pedro (cfr 1 Pe 2, 9) para formar el cuerpo de Cristo y construiros en el amor (cfr Ef 4, 11-16). El sacerdote es el hombre del futuro: es aquel que se ha tomado en serio las palabras de Pablo: “si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba” (Col 3,1). Lo que se haga en la tierra está en el orden de los medios ordenados al Fin último. La misa es el único punto de unión entre los medios y el Fin, porque nos deja ya contemplar, bajo la humilde apariencia del pan y del vino, el Cuerpo y la Sangre de Aquel que adoraremos en la eternidad. Las frases sencillas pero densas del santo Cura sobre la Eucaristía nos ayudan a percibir mejor la riqueza de ese momento único de la jornada en el que vivimos un cara a cara vivificante para nosotros mismos y para cada uno de los fieles. “La felicidad que hay en el decir la misa se comprenderá sólo en el cielo”, escribía (Nodet. p. 104). Os animo por tanto a reforzar vuestra fe y la de los fieles en el Sacramento que celebráis y que es la fuente de la verdadera alegría. El santo de Ars escribía: “El sacerdote debe sentir la misma alegría (de los apóstoles) al ver a Nuestro Señor, al que tiene entre las manos” (Ibidem). Agradeciéndoos lo que sois y por lo que hacéis, os repito: “Nada reemplazará nunca el ministerio de los sacerdotes en la vida de la Iglesia” (Homilía durante la misa del 13 de septiembre de 2008 en la Explanada de los Inválidos, París). Testigos vivientes del poder de Dios que opera en la debilidad de los hombres, consagrados para la salvación del mundo, sois, mis queridos hermanos, elegidos por el propio Cristo para ser, gracias a Él, sal de la tierra y luz del mundo. ¡Que podáis, durante este retiro espiritual, experimentar de modo profundo lo Íntimo Inenarrable (San Agustín, Confesiones, iii, 6, 11, va 13, p. 383) para estar perfectamente unidos a Cristo con el fin de anunciar su amor alrededor vuestro y de comprometeros totalmente al servicio de la santificación de todos los miembros del pueblo de Dios! Confiándoos a la Virgen María, Madre de Cristo y de los sacerdotes, os imparto a todos mi Bendición Apostólica.
La película AGORA Imagínense que hay que explicar con una película la realidad de Estados Unidos a alguien que no sabe nada de historia, de culturas. Y para explicarle cómo es le enseñamos unos planos de unas familias japonesas, entrañables. Luego aparece un avión donde sale un piloto con cara de bruto mascando chicle, y con fotos de playmates pegadas en el salpicadero. Por último vemos cómo ese avión lanza la bomba atómica sobre la ciudad de esas amables familias japonesas. Una vez terminado el cortometraje, se le dice al ignorante espectador: “Ya ves, esto es América”. Hiroshima existió. Nadie lo duda. Nadie se alegra. Pero el juicio sobre los americanos que se deduce de ese film, ¿es justo? Es una mentira. Aunque Hiroshima sea una verdad. Esto mismo es lo que sucede con la última película de Amenábar, Ágora: unas bases históricas reales, muchísimo maquillaje y caricatura históricos, para llegar a unas conclusiones completamente equivocadas. Amenábar vuelve a demostrar que es un grande en el oficio de dirigir películas. Otra cosa es que él decida someter su genio a los imperativos del pensamiento único. Lo más interesante es que Ágora no aparenta ser una película hecha en la era digital, sino que parece que todo decorado es real. La dirección artística es soberbia, y Rachel Weisz hace de Hipatia un personaje memorable. La película es solemne, minuciosa, con un trabajo del sonido espectacular y con unos guiños cosmológicos muy brillantes. Hay mucho cine dentro de Ágora, y por ello es muy fastidioso ver cómo el guión va estropeando la película a medida que avanza. ¿Una película contra la intolerancia? Ágora es presentada por Amenábar como un film contra la intolerancia. Pero es necesario analizar el marco elegido por el cineasta para su alegato. El contexto histórico son unos hechos luctuosos perpetrados por cristianos y paganos desmadrados entre los siglos IV y V en Alejandría. Según el historiador de la Iglesia Hubert Jedin, “el suceso más deplorable en el enfrentamiento entre el paganismo y el cristianismo en Egipto fue la muerte de la filósofa pagana Hipatia, que en 415 fue atrozmente asesinada, tras haber sufrido graves injurias, por una chusma fanatizada” (1). Amenábar carga las tintas, descontextualiza y simplifica al máximo ciertos personajes como San Cirilo o Amonio. Aquellos hechos reprobables se sitúan, por tanto, en el contexto de la confrontación de dos cosmovisiones, de dos culturas, la pagana y la cristiana, y es ahí precisamente donde Amenábar quiere aprovechar para proponer su propia filosofía de la historia: si el paganismo fue luz, el cristianismo es oscuridad; si el paganismo fue progreso, el cristianismo supuso una marcha atrás en la cultura, en la civilización, en la filosofía y en la ciencia. No es una metáfora caprichosa: en Ágora, los paganos visten de blanco (Hipatia), y los cristianos de gris o de negro (Amonio, Cirilo). A este esquema bipolar, Amenábar añade a lo largo del film una vuelta de tuerca: lo malo no es en realidad el cristianismo, sino cualquier concepción teológica. Ya sean los dioses paganos o el Dios cristiano y judío: la religión oscurece la razón, desprecia a la filosofía y frena la ciencia y el progreso. Frente al escepticismo que genera ver tanta guerra de religión en un kilómetro cuadrado, Hipatia declara: “Yo creo en la Filosofía”. El cristianismo como verdugo de la cultura Y ahí reside la relevancia de Ágora, que bajo el envoltorio de una película histórica, propone un juicio muy negativo sobre el valor actual de las religiones en general y del cristianismo en particular. Desmentir esa afirmación precisaría de una biblioteca como la de Alejandría, para documentar someramente lo que el cristianismo ha aportado al progreso de la cultura, del arte, de la ciencia, del derecho, de la filosofía, de la política, de las relaciones internacionales... Pero dicha biblioteca sería insuficiente para ilustrar lo que el cristianismo ha supuesto para el “progreso” personal de millones y millones de hombres y mujeres concretos a lo largo del mundo y de la historia: el “progreso” que viene de encontrarse con Jesús, que promete sin rubor satisfacer los deseos del corazón del hombre. Esto en Ágora no se intuye ni de lejos. Los cristianos que aparecen son bárbaros, fanáticos, misóginos, violentos y muy visionarios. Y los dos “buenos” cristianos que vemos, Sinesio y Davo, se van contaminando a lo largo del film del oscurantismo circundante. Quien encarna las características de una antropología cristiana –caridad, benevolencia, serenidad, tolerancia, insobornabilidad, castidad, fraternidad universal, igualdad– es la pagana Hipatia, un personaje que Amenábar vuelve fascinante, ideal de virtud, y dechado de inteligencia y humanidad. Hipatia se propone como una santa laica de las que tanto están de moda. Un primer argumento a favor del “retroceso” cristiano que se puede desprender de Ágora es el de la inmoralidad de aquel grupo de cristianos pendencieros, que aparecen capitaneados por un san Cirilo cruel y maquiavélico. Ciertamente hay muchos episodios en la historia de la Iglesia por los que un cristiano no se siente orgulloso. Así ha sido siempre y así será, porque la Iglesia la forman pecadores. Incluso los Papas han pedido a veces perdón por errores del pasado. La conciencia del mal y del pecado es tan clara en el seno de la Iglesia que esta instituyó en sus mismos orígenes el sacramento de la penitencia y del perdón. Que se sepa ninguna organización, asociación o partido cuenta con una institución como la confesión, con lo que quizá habría que concluir que nadie como los cristianos tiene tanta conciencia del propio pecado. Fe contra razón Más importante en Ágora es el conflicto soterrado –¿incompatibilidad?– que plantea entre razón y fe, entre ciencia y religión. No es este el lugar tampoco para explicar y aclarar que la fe es la amiga más fiel de la razón, que lo que Amenábar y tantos otros llaman fe, no es más que una superstición visionaria y esclerótica que nada tiene que ver con el cristianismo. Bastaría con que leyeran algo, por ejemplo la Fides et ratio, para comprender que la fe no es enemiga ni de la ciencia, ni del progreso, ni mucho menos de la razón. Siempre habrá energúmenos entre las filas de los creyentes, pero que sólo son representativos de su propia equivocación. En este sentido, el magnífico homenaje que Amenábar brinda en este film a la ciencia antigua, y muy en especial a la astronomía, es un homenaje a la razón que cualquier espectador cristiano disfrutará como propio, aunque Amenábar parezca querer oponerlo a los intereses “reducidos” de los cristianos (2). Por todas estas razones es imposible que un cristiano pueda sentirse históricamente reconocido en la propuesta cinematográfica de Amenábar, muy lastrada por tópicos, prejuicios, esquemas ideológicos y leyendas negras.
NOTAS (2) No hay que olvidar que una figura de la talla intelectual de San Agustín es contemporáneo de Hipatia. Ni que el siguiente paso de gigante en la astronomía fue obra de Nicolás Copérnico en el siglo XV, dentro de una cultura de matriz cristiana. Los que creen que la ciencia se interrumpió durante los “oscuros siglos medievales” harían bien en informarse sobre Robert Grosseteste, Alberto Magno, Roger Bacon, Jean Buridan, Nicolás Oresme...
Aborto, un debate no superado LA RAZÓN 18-5-09 José Jara
Recientemente, la nueva
ministra de Sanidad ha manifestado que el debate sobre el aborto es un tema ya
superado en nuestra sociedad. Sin embargo, teniendo en cuenta el número de
artículos publicados en prensa sobre este tema y la amplia movilización de las
últimas manifestaciones a favor del respeto a la vida en diversas ciudades
españolas, no parece que sea ésta la situación real. Más bien parece lo
contrario. Cuando el Tribunal Constitucional, en 1985, dictó sentencia
circunscribiendo la posibilidad de abortar a tres situaciones excepcionales,
tales como el grave peligro para la salud de la madre, la presencia de taras
graves en el feto y el supuesto de violación, el debate, aunque sin consenso
social, aparentemente quedó cerrado para un sector importante de la sociedad.
Actualmente, después de transcurridos más de veinte años y ante la objetivación
de un fraude continuo a esa misma ley por parte de las clínicas acreditadas en
la realización de abortos, el debate ha vuelto a reabrirse y se pide, desde cada
vez instancias más plurales, algún tipo de control. De hecho, el primer supuesto
mencionado ha quedado convertido en un coladero para realizar el 97% de los
abortos que, en número creciente, se llevan a cabo año tras año. Por ello, se
podría afirmar que las clínicas abortistas han perdido toda credibilidad en el
manejo de esta situación que, por intereses propios, parece habérseles ido de
las manos. Por otra parte, buscando consensos posibles, al menos deberíamos estar de acuerdo en que la información inicial que se dé a estas mujeres con embarazos imprevistos debería ser lo más neutra posible, asumiéndola la sanidad pública y sacándola de las clínicas privadas. En este sentido, son muy de agradecer iniciativas desarrolladas por los propios profesionales, como la puesta en marcha de la web www.abortoinformacionmedica.es, en la que se oferta información sin ningún color político sobre cómo asumir correctamente una entrevista clínica comprendiendo los sentimientos de la mujer, mostrando la fase de gestación en la que se encuentra el nasciturus y, brevemente, la técnica de aborto correspondiente, ofertando también alternativas de ayuda social a las que derivar a la paciente si se desea acudir a ellas. En definitiva, éste podría ser el primer paso para acabar con el oscurantismo y la desinformación que rodean a las mujeres con embarazos no deseados. Otro modo de clarificar el debate, quitándonos la venda de los ojos, sería dar a conocer los estudios que demuestran que el aborto no es una intervención sin secuelas para las mujeres. La duda no está ya en elegir lo mejor para el feto o lo mejor para la madre. Entre los muchos estudios que corroboran esto, tiene especial interés el publicado recientemente en el «British Journal of Psychiatry» en el que se pone de manifiesto un mayor riesgo de trastornos psiquiátricos (depresión, trastornos de ansiedad, ideación suicida y hábitos tóxicos) en mujeres jóvenes que habían abortado en comparación con no embarazadas o mujeres que llevaron a cabo su embarazo. La evidencia, según reflejan estos investigadores, es consistente para indicar la asociación con riesgo de trastornos mentales. Resultados similares se han notificado también en muy amplios estudios realizados en Finlandia y Canadá. Por tanto, ¿a quién se beneficia realmente promoviendo más abortos y a edades más tempranas? Desde luego, no es a la mujer. Lo que se necesita, el mejor camino de entendimiento, no es promocionar más abortos, sino aportar más ayudas y menos incertidumbre sobre su futuro a las mujeres con embarazos imprevistos. *Presidente de la Asociación de Bioética de la Comunidad de Madrid
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